lacalledelavida

Cine y escritura

Soy un árbol que abraza. Extraños y paisanos vienen a mí en busca de sosiego. Me han convertido en una leyenda. Extienden los brazos e intentan rodearme, aunque no sea posible. El perímetro de mi tronco, enorme, algunos dicen que majestuoso, se alza en el centro de un parque cercano al mar. Rodeado por otros árboles y una vegetación que recuerda al trópico, oigo un distante rumor de olas. El mismo viento que azuza el agua del mar provoca el baile de mis hojas articulando sonidos evocadores.

De noche, vigía del sueño, abrazo la imaginación de los que me visitan y admiran.

De día, mudo en oidor de conversaciones, fisgón de caricias, hechicero de los amores que se tejen bajo mi inmensa copa.

Mi existencia de observador, ya centenaria, ha ido de la mano del descubrimiento de miles de historias de amor, soledad, dolor, melancolía, desamor, rabia, alegría.  Historias de vida y también de muerte que, paciente, siempre espera.

En el centro del parque se yerguen mis ramas que hoy, en esta débil luz de otoño, lucen sin apenas hojas.

Suena la campana de la catedral.  Hoy  su tañer no expresa vida. Con la contundencia de cada repique revive un recuerdo que hiere, reseca mi savia, marchita y hace caer mis últimas hojas.

Otro sonido, el del susurro lejano del mar me traslada a una mañana de un invierno alrededor de sesenta años atrás. Yo era un árbol aún joven. Muy temprano  una mujer abrigada, con un pañuelo en la cabeza, atravesó sigilosamente el parque, desierto, y se dirigió a mi temblorosa. Se quitó el pañuelo, que enmarcaba un rostro en el que la viveza de los ojos parecía disfrazar la perfección de las facciones. Su pelo brillaba con afán bajo  aquella primera luz del día. Adela era muy joven. Aquel día acababa de despedir a su marido que partía obligado al frente. Se habían casado tan solo meses atrás. Durante cuatro años, los que duró aquella guerra disparatada,  Adela vino a verme cada mañana muy temprano.  Atravesaba el parque a buen paso, abría los brazos y se agarraba a mi tronco en un abrazo en el que dejaba aflorar sin fingimiento el dolor. Era aquel un instante de sosiego en mitad de un día a día en el que las circunstancias no permitían exponer públicamente determinados sentimientos. Arrebujada contra mí, se dejaba ir y  lloraba.

El tiempo pasó y acabó el horror de aquella guerra, pero el marido de Adela no pudo regresar. Soldado del bando vencido, fue encarcelado, tardó años en volver a casa y, cuando lo hizo, su debilidad era tal, que poco tardó en morir. Adela continuó visitándome cada mañana, año tras año. Nunca perdió la costumbre de abrazarme al amanecer. Su abrazo cobró mayor intensidad con el paso del tiempo. A veces, todo sucedía en silencio. En ocasiones, Adela susurraba algunas frases sobre su amor perdido. Sentir mi abrazo probablemente significaba,  además del consuelo que no podía encontrar alrededor, aferrarse a una fuerza de la naturaleza, a la vida.  Ser cobijo de ese amor truncado ha sido el sustento de mi savia a lo largo de todos estos años.

Las campanas tocan a difunto. Ha muerto mi amante Adela. Una mujer que me abrazó, a la que abracé durante setenta años, durante los que se proclamó una guerra, seguida de una paz que convirtió a Adela  en la mujer del enemigo, del traidor y se sintió menospreciada, señalada, vejada. No tuvo grandes oportunidades de marchar pero, a pesar de todo, tampoco quiso nunca abandonar esta tierra donde una noche enterró a su amor en silencio, hace más de cincuenta años. Dejó que el tiempo transcurriese  por ella y por los demás hasta que el olvido imperó  sobre episodios lejanos de guerra, posguerra y odio.

Hoy  la vida que no llegó a poder vivir ha dejado paso a su muerte. Hoy se ha ido mi amante, ya anciana, tan hermosa como siempre. Recordaré los pasitos ligeros que la traían a mí en sus últimas visitas. Su pelo blanco enmarcando un rostro de ojos vivos, a pesar de la enfermedad, de la cercanía del final. Sus brazos rodeándome, despidiéndose de mí, de la vida.

Hoy, mañana, en el futuro, me visitarán muchas otras personas. Lo sé. Seguiré sintiendo en el abrazo de cada uno el pulso de la existencia humana, tan frágil. Pero mi tronco guardará la memoria del abrazo dulce de mi amada Adela, su historia, que fue la de muchos amores truncados en tiempos de guerra.

Alrededor, en este parque, el tañer de las campanas no ha detenido la vida. Mis ramas siguen enhiestas, danzando al ritmo del viento, a pesar de la tristeza.

Un poco más allá un niño rubio juega con una pelota. Calcula mal el golpe y propina un balonazo a una niña que, inmediatamente, rompe a  llorar. Se acerca a ella compungido. Se miran. La niña sonríe entre lágrimas.

Cerca de mí un señor maduro sentado en un banco observa  a una señora madura sentada dos bancos más allá. Pasarán algunos días y, probablemente, sentados juntos, conversarán y reirán.

La gente pasea, se sienta al sol, juega, seduce, disfruta. Pasan las horas y el mundo sigue andando a pesar de la ausencia de Adela.

Cae el día, aciago. El parque enciende sus luces. La gente abandona el lugar y la soledad toma el relevo de la multitud.

En medio del silencio de la recién llegada noche, una joven de ojos grandes y tristes atraviesa el parque y se dirige hacia mí con paso grácil de bailarina. Me abraza. Su cuerpo, casi desfallecido, se desploma sobre mi tronco y transmite todo el sentimiento que oculta. Dolor y pérdida. Mis raíces vibran con ese abrazo prolongado, veraz, emocionado, que emula otros abrazos que han pasado hoy a ser únicamente recuerdo. Al cabo de un rato se aleja de mí con el paso lento y  la mirada serena.

Como Adela, mi querida Adela.

La vida continúa. Unos suceden a otros. El juego del tiempo avanza, nunca se detiene.

Soy un árbol que abraza. Tierno, austero, frágil, vigoroso. Tuve suerte. Sentí el abrazo cálido de una mujer durante sesenta años. Reviviré su abrazo cada vez que alguien me rodeé con vehemencia, como hace unos instantes, aunque hoy, mañana, durante mucho tiempo,  recuerde con amargura y mi tronco exhume humedad por los poros de su madera.

Soy un árbol que abraza, aunque hoy llore en silencio, mientras la ciudad calla y duerme.

 

En el territorio madrileño se celebran anualmente 51 festivales de cine y video (Censo 2010). No hay un dato cerrado respecto al territorio nacional, aunque parece haber acuerdo en que la cifra puede superar los trescientos si incluimos el territorio amplio de los dedicados al cortometraje.

A partir del año 2000 el número de certámenes pareció multiplicarse por todo el mapa nacional. A los motivos culturales, se sumaban en algunos casos la búsqueda de propuestas que animasen el turismo y múltiples factores dependiendo del lugar, a los que se sumaba  el interés de muchas localidades de tener un certamen que sirviese de incentivo al público local. Por otra parte, en momentos en que la economía parecía tener menos problemas, la organización de un festival de cine era  una acción factible y “barata” en comparación con otras manifestaciones artísticas.

Durante la década del 2000 ha existido un crecimiento desordenado de los festivales. Una parte de ellos llegaron para quedarse, realizando un buen trabajo. Otros fueron y vinieron sin pena ni gloria. El número de propuestas aumentó de forma drástica.

Organizar un festival no es tarea fácil. Antes de nada es necesario tener claro lo que ya existe porque no tiene sentido duplicar propuestas. Es importante comprender las características del lugar donde se va a realizar y la idiosincrasia de los espectadores potenciales para establecer un nexo con el público. Es crucial determinar claramente el contenido que queremos priorizar desde el ángulo cinematográfico y saber si contamos con los medios materiales y el equipo humano adecuado para hacerlo. La financiación del proyecto es otro tema delicado. La gran mayoría de apuestas dependen en un porcentaje alto del sector público.

En estos momentos el panorama es difícil. Apostar por un festival es apostar por un proyecto a largo plazo. La propuesta de un certamen tarda en tomar cuerpo unos años. Ahora nos encontramos con un mapa en que los certámenes  tienen  que enfrentar arduos problemas en su gestión.

Los festivales dedicados al cortometraje, en este marco, no parecen tener un horizonte fácil. Han supuesto un gran porcentaje de los certámenes creados en la última década, han significado una apuesta interesante para acercar a los espectadores, muchas veces de pequeños municipios, el mundo del cortometraje y del cine en general. Han sido el escaparate más importante de la destacable producción de cine español en formato corto y, por tanto, han incentivado una parte del sector audiovisual que nutre de nuevos productores, directores y técnicos a la industria. Han ilusionado (y generar ilusión es muy importante y, en un panorama de crisis lo es aún más) a los que están iniciando sus pasos en el audiovisual.

Estos días cumple su 25 aniversario el Festival de Medina del  Campo. Sus proyectos, su entusiasmo, han nutrido de historias cortas un cuarto de siglo de nuestras vidas. Recuerdo haber competido en Medina, el interés de sus sesiones, la importancia de poder coincidir con tantos directores y profesionales y charlar de cine y del mundo, la emoción de encontrarte con el público.

Medina, Alcalá de Henares, Huesca, Aguilar de Campoo, Elche, Bilbao, Valencia, Santiago, entre otras muchas, han sido localidades donde el cortometraje encontró su “lugar en el mundo” hace mucho tiempo. Después han surgido muchísimas propuestas en municipios de todo el territorio español. Son festivales en la mayoría de los casos humildes, que conectan a la gente con el cine (en un momento en que el visionado individual crece de forma progresiva,  los festivales tienen en su mano potenciar nuevas fórmulas que conecten a la gente con los profesionales de modo directo) y con un cine que no encuentran habitualmente en las pantallas comerciales.

El crecimiento del número de festivales de cortometrajes en la última década, de forma general, tiene una lectura positiva. La imaginación tiene que llevar a no perder el terreno ganado. A menos presupuesto, más trabajo, más imaginación. Hay que destacar la importante labor de difusión realizada, valorar el coste bajo que han tenido estos certámenes e intentar que el mundo del audiovisual que viene siga encontrando en los festivales un aliado.

Enhorabuena a Medina del Campo. Enhorabuena a todos los festivales que nos han hecho crecer como cineastas, como espectadores, como personas.

 

El espacio, ordenado. Suena un tintineo familiar. Cierro la puerta y entro con sigilo.

Al fondo un niño juega con un avión de hojalata. Sus ojos, luminosos, recuerdan los de un hombre al que conocí bien. Un vendedor de ilusiones.

Todo empezó unos años atrás. El tiempo ha pasado deprisa, pero recuerdo muy bien aquel día. Una tarde cualquiera del inicio de un verano cualquiera. Vuelve a mí como si se tratase de hoy.

Juan camina con paso ligero junto al borde de la acera. Busca la tarjeta del cliente de la aseguradora al que tiene que visitar en el bolsillo de su abrigo. Su mano roza una moneda que resbala suavemente y cae rozando primero su cadera, después su pierna, hasta llegar a la parte baja de su pantalón, saltar sobre su pie, rebotar en el asfalto para después recorrer en línea recta el camino hacia el otro lado de la calle, deteniéndose justo en la mitad de la calzada al encontrar un pequeño bache del asfalto.

Asombrado por la rapidez de la trayectoria, Juan contempla el final del itinerario de la moneda. Cuando era niño su padre siempre decía que jamás se debe dejar el dinero tirado en el suelo, aunque se trate de un céntimo. Rápidamente, movido como por un resorte, gira la cabeza a un lado y a otro para comprobar el tráfico. Espera a que un autobús avance lentamente antes de cruzar hacia el lugar donde ha caído la moneda. Después ahí, de pie en mitad de la calle, la observa fijamente. Brilla de forma especial. Ha caído en cruz. Normal. Hace mucho que las cosas parecen no ir de cara. El porcentaje de sus ventas de seguros baja. El banco aprieta. El sueldo no llega.

Juan se agacha y vuelve a contemplar el resplandor de la moneda cuando le aturde un bocinazo. Su cuerpo se tensa por la impresión y gira la cabeza para encontrarse con el gesto de hastío del conductor de una furgoneta haciéndole aspavientos para que se aparte. Al incorporarse, levanta la mirada y se fija en un escaparate al otro lado de la calle. Es curioso, nunca antes había reparado en ese establecimiento, aunque tiene clientes en el barrio y pasa por allí frecuentemente. La moneda parecía dirigirse hacia él.

Globos terráqueos, coches de metal, juguetes de latón, cacharros de navegación, artefactos de los inicios del cine. Imitaciones y antigüedades, revueltas, hacinadas. Juan fisgonea el escaparate que promete un bazar de sorpresas. Y en un rincón maquetas de aviones antiguos, modernos, de guerra, avionetas, aeronaves.

De repente, alguien le golpea con suavidad en el brazo.

– Juan, ¿a qué esperas? Vamos, espabila, que tenemos camino por delante.

Su padre, en el inicio de la madurez, vigoroso, habla con tono animado.

– Pero, ¿adónde vamos?

Juan, se incorpora en la cama y se frota los ojos.

– A volar, hijo, vamos a volar.

– Pero, papá, no podemos volar. – responde mientras se despereza.

– Hoy si, hijo. Ya lo verás.

El rojo intenso de una cometa brilla en un cielo azul, tremendamente azul.

El padre de Juan suelta la cuerda y, poco a poco, la cometa asciende hasta que sube tan alto que parece chocar con el sol. Los dos corren siguiendo la dirección del viento en una pradera cercana a Madrid. Ríen, saltan y corren tanto que parecen dejarse llevar por el viento y volar como la cometa.

El cristal del escaparate refleja el rostro de Juan. Su sonrisa se apaga.

Poco después de aquella mañana de domingo la cometa deja de volar. El padre y la hermana de Juan sufren un accidente de coche. Solo ella sobrevive.

Aquella miscelánea de objetos maravillosos del escaparate capta de nuevo la atención de Juan. Grande, luminoso, el espacio parece una invitación a volver a degustar el mundo de la infancia, de días lejanos salpicados de pequeños grandes momentos.

Juan mira el reloj. Empuja la puerta de la tienda mientras comprueba que aún quedan diez minutos para su reunión. Un suave tintineo suena sobre su cabeza. Melodiosa, la campana parece invitar a la tranquilidad. Al fondo de un espacio repleto de objetos la sonrisa de un hombre corpulento que parece recién salido de un barco le da la bienvenida. Con una barba curtida y canosa, el viejo con cara de lobo de mar le observa con mirada divertida tras unas gafas de montura gruesa.

Juan hace un gesto vago de saludo al hombre de la tienda y pasea delante de anaqueles en los que el tiempo corre por relojes de arena, la fantasía convierte el latón en mil piezas de colores, los aviones juegan con muñecos de hojalata y dan réplica a coches y naves de formas y tamaños diversos. En aquel paraíso del coleccionista, de los niños eternos, Juan quiere absorber cada detalle, deleitarse con cada pieza.

La tienda cuenta con hileras de estanterías que dividen el espacio y aprovechan cada hueco. El desorden se multiplica en las baldas a medida que se avanza en el interior. Juan camina lentamente sin perder detalle, hasta que llega a los anaqueles dedicados a los aviones. Allí se detiene.

Volar.

Siempre le ha gustado volar.

A partir de aquella cometa que le regaló su padre, empezó a interesarse por el vuelo y por todo aparato que pudiera elevarse del suelo. Supone para él mucho más que un pasatiempo. Conoce al dedillo la historia de aviones de todo tipo y época. Y allí está, en aquel extraño paraíso, olvidando el reloj y volviendo a recuperar el ritmo lento de la infancia. Pasea su mirada por un elenco amplio de modelos de aeronaves, hasta que el mundo parece detenerse cuando se topa con una Cessna 182. Aquella maqueta simple y no muy bien lograda reproduce la primera avioneta que admiró. Sucedió hace unos años.

Un hombre le observa desde detrás de una mesa de oficina.

– ¿Le puedo ayudar en algo?

– Vengo a informarme de los cursos de vuelo.

El oficinista se levanta, abre un archivador y ofrece a Juan unos folletos explicativos. Un montón de papeles que empieza a examinar con detenimiento.

Detrás del oficinista una ventana amplia deja ver el aparcamiento de un campo de vuelo. Varias avionetas, aparcadas, parecen esperar que alguien las invite a dar una vuelta por el aire.

Juan hojea los papeles. Ve cifras que no están a su alcance. Su sueldo, aunque bajo, es importante en casa. La pensión de su madre no da para mucho.

La puerta de la oficina se abre de golpe y entra un hombre de unos cincuenta años que parece conocer de toda la vida al oficinista que ha atendido a Juan. Le pide unos papeles de su avioneta, una Cessna 182.

Concluida la gestión, se despide del oficinista y repara en la presencia de Juan, absorto en la lectura de la documentación.

– Vaya, parece que tenemos aquí un aspirante a piloto.

Juan levanta la vista de los papeles.

– Me gustaría, pero…

El hombre le interrumpe con brusquedad.

– Si te gusta volar no hay peros.

Juan responde con gesto decaído.

– Si los hay,… perdone. Obtener la licencia resulta caro.

– No hacer con tu vida lo que realmente quieres hacer es más caro.

– A veces… -su interlocutor, cortante,  no le deja terminar.

– ¿Quieres venir conmigo? Hoy vuelo solo.

– Sería… – Juan busca las palabras- Me encantaría.

– No iremos lejos, volveremos alrededor de una hora.

– Yo… ¡no sabe lo que me gustaría!

– Pues no se hable más, vamos hacia la avioneta y así me cuentas que te empuja a querer volar.

El sol aprieta mientras recorren el aparcamiento. Juan no puede despegar la vista de las avionetas que van desfilando a un lado y a otro del camino que, con mucho aplomo, recorre Enrique, su anfitrión.

La Cessna 182, blanca y roja, reluciente, está en uno de los extremos del aparcamiento. Enrique describe someramente el aparato  desde el exterior mientras dan un giro de 360 grados alrededor. Suben a la avioneta y mientras el piloto  realiza el protocolo de despegue, Juan siente un nerviosismo extremo. L as rodillas le tiemblan. Comprende parte de la jerga por todo lo que ha leído, pero ahora está en el interior de una avioneta. Todo lo que sucede es real. Por fin va a conocer qué se siente desde el aire. Por fin va a volar.

Pronto la pista de despegue queda atrás y Juan, sintiendo el estómago revuelto por el impacto, pero feliz, contempla como Cuatro Vientos y Madrid, al fondo, van alejándose y semejando una pequeña maqueta.

Desde el aire las ciudades parecen minúsculas. Cuando la distancia del suelo aumenta los seres humanos se desvanecen. Se descubre un ángulo del paisaje que esboza una realidad en la que miles de historias, ciudades enteras, quedan reducidas a medidas míseras. Cobramos una medida más real: no parecemos existir.

Enrique y Juan hablan a voces. Es la única forma de entenderse con el ruido ensordecedor que les rodea. Avanzan hacia el norte. Pronto la montaña parece plegarse al paso de su pequeña avioneta. El estómago de Juan acusa el impacto de las subidas y bajadas del aparato, del nerviosismo, pero, a pesar de todo, es feliz cumpliendo su sueño.

– Volar no es difícil. Si es lo que quieres hacer, debes hacerlo.

Esas palabras resuenan en la evocación de Juan que, con la maqueta de la Cessna 182 en la mano, recuerda la vomitona que consiguió contener hasta el aterrizaje de la avioneta. También, los vuelos que realizó aquel verano con Enrique que, después de aquel trayecto, le ofreció que volase con él cuando nadie de su familia le acompañase. Quedaban una vez a la semana y, con el avanzar del tiempo, Juan fue aprendiendo los rudimentos del vuelo. No dejaba de preguntar y preguntar. A Enrique le sentaba bien el papel de maestro, disfrutaba con este discípulo fiel, de aprendizaje veloz, que había conocido por azar.

La maqueta de la Cessna planea al lado de su estantería. Juan descubre como su brazo mueve de un lado a otro el pequeño avión. Mira alrededor con apuro y se da cuenta de que el señor de barbas que parece ser el dueño de la tienda le observa y le sonríe. Abochornado, deja la maqueta en la estantería y su mano esboza un gesto que simula una disculpa. Pero sigue observándola con atención.

Aquel verano, probablemente el mejor de su vida, transcurrió rápidamente. Pronto empezaron las lluvias otoñales y Enrique pareció desaparecer. Preocupado, Juan llamaba constantemente por teléfono a su casa y nadie contestaba, hasta que un día respondió una voz apagada de mujer que denotaba agotamiento. Le explicó que su marido estaba ingresado porque le habían diagnosticado una leucemia y estaba en tratamiento. No quería ver a nadie.

Juan se quedó pasmado. Un hombre con tanta energía. Era increíble. Enrique había sido extremadamente generoso con él. Recordó sus palabras el último día que volaron juntos. Tuvieron un problema con el motor de la Cessna que, afortunadamente, no fue grave, pero que convirtió aquel vuelo, precisamente aquel, el último, en una aventura complicada.

“Juan, volar es como vivir. La vida tiene problemas. El vuelo tiene problemas. La primera regla para actuar tiene que ser no perder los nervios. Lo que se puede arreglar, se arregla si uno está tranquilo, si es firme en sus decisiones. De otra manera, la avioneta se cae, la vida se hunde”.

La pequeña avioneta de la estantería, le evoca la imagen de la Cessna de Enrique aparcada en Cuatro Vientos aquel otoño y aquel invierno, ensuciándose y deteriorándose a medida que la vida iba abandonando a su dueño.

A pesar de su insistencia, Juan no consiguió visitar a Enrique, inflexible en su idea de que nadie fuera de su entorno próximo le visitase. Sin embargo, inesperadamente, un día, a principios de diciembre, sonó el teléfono. Era él.

La Cessna de la estantería parece ahora minúscula, rodeada de otras maquetas de un tamaño mayor.

Recuerda la voz de Enrique, suave, como nunca lo había sido, al otro lado del teléfono.

“Juan, quiero que me recuerdes tal y como me conociste hace unos meses. Ahora se me está pudriendo la sangre y la vida, ya no soy yo. Quiero que sepas que he disfrutado mucho volando contigo. Este verano he vuelto a aprender a volar, enseñándote. Gracias por devolverme esa sensación, ese disfrute. No quiero irme sin decírtelo”.

La Cessna se desdibuja borrada por el recuerdo del cable de teléfono que Juan agarraba y retorcía mientras aguantaba las lágrimas y escuchaba intuyendo que aquella iba a ser la última conversación con su amigo.

“Te gusta volar, Juan, a lo mejor, por muchas razones, no puedes llegar a ser piloto profesional, pero, sea como sea, tienes que encontrar la forma de acercarte lo más posible a este mundo. Es tu mundo. Nadie puede encontrarse bien alejado de lo que ama. Recuérdalo Juan, recuérdalo”.

Los ojos de Juan se nublan como aquel día y la Cessna parece no tener un contorno definido. También la estantería aparece ante él borrosa.

Se enteró de la muerte de Enrique un día que fue a Cuatro Vientos, ya en primavera. La Cessna no estaba aparcada en su sitio. Preguntó y en la oficina le dijeron que la avioneta había sido vendida y trasladada a otro aeródromo tras el fallecimiento del dueño.

– Es mi avioneta preferida.

Una voz suave, detrás de él, murmura estas palabras. Juan deja de observar la Cessna, la estantería. Se gira y encuentra unos ojos de mirada divertida, que se parecen a los del dueño de la tienda, detrás de unas gafas de montura roja, modernas. El pelo, también rojo, enmarca un rostro que, en su conjunto, resulta muy atractivo porque la sonrisa nace en la mirada y contagia a la boca, al gesto.

– También la mía –la voz de Juan se atraganta, sale con dificultad-, he tenido la suerte de volar alguna vez con ella.

– Yo la he pilotado en alguna ocasión.

– ¿Pilotas avionetas?

– Tengo la licencia. Solo de vez en cuando, pero si, las piloto. Hay otra maqueta de este modelo que está mejor terminada que esta, igual no la has visto. –Julia trastea por la estantería y en medio del caos aparece una maqueta blanca y roja-.

– Es idéntica –Juan la observa con asombro-, una copia perfecta de la avioneta en la que volé.

Al otro lado de la tienda el viejo lobo de mar escucha y observa a Julia y a Juan charlando. Sonríe.

Aquel día no ocurrió nada especial y, sin embargo, todo fue especial.

La campanita de la puerta ha anunciado mi llegada. Sigue sonando con suavidad, como el día en que Juan entró por primera vez.

Recorro el espacio como si fuese nuevo para mí, aunque he crecido en él. Mi vida ha evolucionado con los objetos que se han ido sucediendo en las estanterías de este almacén de ilusiones que creó mi padre. El tiempo ha traído cambios. El desorden de otras épocas ha cedido el paso a una colocación estudiada que permite encontrar los artículos con facilidad. Las maquetas de aviones han ganado espacio, ocupan casi la mitad de la tienda y son el principal motivo de atracción. Se encuentran piezas únicas que importamos de mil lugares. Los coleccionistas y aficionados acuden como si el espacio fuese un templo. Hay una clientela amplia y fiel.

Al fondo veo a Juan, enseñando una maqueta de una Cessna a un cliente. Pasados seis años, ahí está, tras el mostrador que ocupaba mi padre, que le ofreció un contrato casi nada más verle avanzar con entusiasmo de niño a través del interior de la tienda, poco después de observar aquel primer día como nos mirábamos y charlábamos entusiasmados sobre vuelos y avionetas. Mi padre buscaba un empleado y encontró a una persona que, como él, como yo, amaba el vuelo. En alguna ocasión llegamos a volar juntos los tres en avioneta, cuando Juan por fin pudo hacer las horas necesarias para el examen de la licencia para pilotar. Disfrutó observando los cambios que propusimos y llevamos a cabo en la tienda, nos apoyó en la idea de aumentar el catálogo de maquetas de aviones y, pasados un par de años, dejó en nuestras manos el establecimiento y decidió retirarse a descansar y montar él mismo maquetas. Tuvo la suerte de ver nacer a su nieto, que es idéntico a él. Pasados unos meses, mientras dormía, una noche, el corazón dejó de latir. Se fue tranquilo.

Juan no se ha dado cuenta de que he entrado, sigue explicando con entusiasmo al cliente las peculiaridades de la maqueta.

Avanzo por la tienda mientras respondo preguntas sobre distintos artículos de algunos compradores habituales. Llego a las estanterías de los aviones, donde corretea nuestro hijo, Jorge, que me enseña, emocionado, un nuevo modelo que hemos recibido. Una de las primeras palabras que aprendió fue “avión”.

Observo que Juan busca algo en su bolsillo de su pantalón. Una moneda cae lentamente, en un movimiento que recuerda la cámara lenta cinematográfica, rebota en su pie y recorre, en línea recta, el camino hacia donde estamos Jorge y yo. En su trayecto va disminuyendo su velocidad hasta que se detiene justo delante de mis pies.

Sonrío. Juan, desde el mostrador, me mira y también sonríe. El cliente que está con Juan nos observa con perplejidad. No comprende el diálogo que mantenemos sin palabras.

Me agacho y observo la moneda. Brilla de forma especial, como hace años. Juan la lleva siempre encima. Es un recuerdo especial, casi su talismán. Eso dice. Nunca había reparado en esta tienda, a pesar de pasar por delante a menudo. Miraba alrededor y no veía nada, completamente absorto en sus preocupaciones. Estábamos cerca y sin embargo, lejos, muy lejos.

Pudo no suceder. Estos años pudieron no ser.

Juan siguió la moneda hacia este espacio, hacia los aviones, hacia mí.

¿Casualidad?

Recojo la moneda del suelo, la guardo en un bolsillo y jugueteo con ella. Los dedos  parecen no querer separarse de ella.

A J., que va a tener suerte. Con el recuerdo imborrable de la costa californiana vista desde el aire.

El día que decides abrir un blog hay muchos temas que te inquietan. La capacidad de transmitir exactamente lo que quieres. El saber dar una unidad a los posts que escribas. La elección de temas. Pero, sobre todo, hay un elemento esencial en esa preocupación inicial: la comunicación con el otro. ¿Leerá alguien el blog? ¿Quién? ¿Por qué? ¿Habrá personas interesadas en tu asunto que asientan o disientan de lo que escribas o  -terror- no te leerá nadie?

Pones en marcha el blog y cuando llega el primer comentario al post inicial has un momento de emoción. Porque lo que facilitan los blogs, como las redes sociales, son posibilidades de comunicación antes impensables.  De repente, internet propicia que alguien de América Latina o afincado en  Suecia siga tu blog. Impresionante.

La posibilidad de contacto con otros blogs similares también está al alcance de la mano. Blogs de un tema enlazan con otros blogs del mismo tema y se producen cruces y relaciones interesantes. Ahondan en la comunicación.

Los canales se multiplican y, quizás, se difuminan a la vez precisamente por esa multiplicidad.

En este marco complejo de interrelaciones es interesante parar y pensar qué está pasando y hacia donde van estas nuevas vías de comunicación que son los blogs. Y así lo han hecho desde Medialab Prado con una interesante iniciativa, un primer Encuentro de Blogs Literarios que tuvo lugar el sábado 3 de marzo.

Una reunión de blogueros y profesionales especializados en una materia que debatieron sobre los dos tipos de blogs literarios, claramente diferenciados:   blogs de crítica y  de creación. Los primeros son una fuente alternativa a la prensa para buscar opiniones sobre obras literarias y conocer opiniones distintas, a veces disidentes.  Permiten la réplica y una eclosión de opiniones, de voces que de otra manera no oiríamos y esto implica renovación, frescura, un punto de vista espontáneo.

Los blogs de creación literaria parecen suscitar más controversia,  ¿son un nuevo género?, enseguida se descartó, los géneros ya están creados, los blogs permiten la difusión personal, en el momento que el autor quiera, de una pieza literaria, que debe fragmentarse (todo el mundo coincidió en que el post no debe ser largo, así como en la importancia de la periodicidad para fidelizar al lector). Alguno pareció inclinarse a considerar que el género autobiográfico era el predominante, pero no es así únicamente, se publican relatos, poesía, novelas por capítulos incluso. Pareció entenderse que han entrado en la escena literaria y que son importantes, como elemento de promoción de un autor,  en muchos casos no conocido, pero también como elemento de difusión de una obra ya publicada. Entonces  es la editorial quien promueve un blog, como un complemento de la obra literaria.

Se habló de muchos aspectos y fue interesante poder escuchar las opiniones de editores, libreros, blogueros y gestores culturales. En cualquier caso, lo que está claro es que los blogs y las redes sociales han cambiando la forma de comunicación de autores y lectores. El panorama es cambiante y alguien dijo que no se sabe cual es va a ser la tendencia dentro de seis meses, como tampoco parece saberse cómo sacar una rentabilidad económica a los blogs. En la última mesa, dedicada a este tema, el único elemento posible parecía ser la publicidad. Pero también el blog puede ser un elemento intermedio que puede propiciar la edición de una obra –basada en el blog o no, del autor- con una edición final que pueda llegar a ser rentable. Y en ese sentido,  también se puede llegar a la eliminación de intermediarios puesto que el propio autor puede realizar ya, con facilidad, su propia edición digital.

El blog parece estar en un punto medio del mundo cambiante de las formas de lectura y edición.

El análisis de los blogs literarios dio para toda la mañana. Y habría mucho que hablar de los dedicados a cada materia. Todo un mundo,  en permanente cambio.

Por nuestra parte, seguiremos aprovechando esta vía que nos permite una comunicación directa con  los lectores y que abre nuevos caminos.

– Te quise con locura,… pero eso fue hace mucho tiempo.

Al acabar esta frase, ella no pudo aguantar la mirada de él. No era así como quería decir lo que quería decir. No. Sus palabras habían sonado a culebrón trasnochado. No era así.

Bajó la cabeza y miró hacia el mantel, blanco y se fijó en una pequeña mancha cercana a su vaso. Daba la impresión de tener vida propia e irse agrandando poco a poco. Aquella mancha crecería, iba a llenar aquella mesa, se derramaría por el suelo hasta llegar a la mesa de al lado, donde un grupo, ajeno a las imaginaciones de Elena, reía. Inundaría el restaurante, saldría a la calle, se extendería por las calles adyacentes…

La voz de él cortó el aire. Ella levantó la mirada.

– Sigo pensando en ti.

La mancha se detuvo.

Él había pronunciado cuatro palabras. Solo cuatro palabras.

– Sigo — pensando —- en — ti.

Aquellas cuatro palabras taladraron los oídos de Elena. La frase retumbaba en su cabeza. La voz de Fernando, jugaba con otras voces a repetir y repetir cada una de las sílabas. Tonos diferentes. Ritmos diferentes. Melodías extrañas.

– Sigo pensando en ti. En ti. Sigo pensando en ti. Pensando. Sigo. En ti. En ti. Pensando. Pensando.

Mientras aquellas voces taladraban sus certezas, Elena, fijando de nuevo la mirada en el mantel veía ahora cómo la mancha, esa mancha absurda del mantel, visible y engorrosa, disminuía y disminuía, quedando reducida a una mota apenas perceptible. Con ella se acortaban y llegaban a desaparecer los años, los miles de días, horas, minutos y segundos en los que no le había visto. La vida malvivida en su ausencia.

El volvía a ser ÉL.

Ella era ELLA, aquella chica joven, tan joven, que era ella hace veinticinco años.

Elena dejó de mirar la mancha y levantó la mirada.

Y en aquel momento ella y él se miraron como siempre, como entonces, en lejanos años alocados de facultad, sueños, vinos, risas, cuando la vida se presentía larga, muy larga, y repleta de buenos presagios.

-¿Van los señores a tomar postre? Dijo entonces un camarero con voz engolada, inesperado, inoportuno.

Ella empezó a sonreír, hasta que la risa, abierta y contagiosa de ella, de él, de los dos, la risa de aquellos años inolvidables, la de siempre, inundó aquel espacio. Era tal la risa que los comensales de la mesa de al lado abandonaron su ánimada conversación para mirarles. E inmediatamente se sumaron los de la mesa de más allá y el restaurante entero.

Aquella risa contagiosa se extendió en el restaurante mesa por mesa, salió a la calle, se propagó por cada esquina, cada balcón, cada recoveco y conquistó la ciudad, el mundo, su mundo, el de él, el de ella. El mundo que, juntos, creaban.

Difícil describir la luminosidad del cielo de Málaga unos días atrás. Asuntos familiares me llevaron allí en un viaje corto pero intenso.

Uno de los días realicé un paréntesis en las tareas pendientes y me fui al mar. Aquella costa, repleta en verano, recibía con playas inmensas y casi desiertas a los escasos paseantes de este recién iniciado enero. La playa era nuestra, de un puñado de personas. La vista se perdía en la inmensidad del mar y en una orilla plena de arena y de espacio, como nunca es posible ver cuando el calor aprieta.

La vida está compuesta de momentos. Muchos vienen dados, son resultado de obligaciones y decisiones tomadas hace tiempo, aunque podemos variar nuestra actitud y la decisión vivirlos del mejor modo posible para nosotros y para el resto del mundo. Otros son elegidos, nuestras opciones de tiempo libre. Dentro de este grupo se encuadran actividades que ya sabemos por la experiencia que nos son muy placenteras.

La arena no quemaba como en el verano. Me senté en la arena sintiéndome parte de aquel paisaje en el que la persona más cercana estaba a cincuenta metros. Abrí mi bolso y extraje de él un paquete que abrí. Contenía un bocadillo.

No es una experiencia muy sibarita, pero para mi es un placer sentarme frente al mar y comer tranquilamente un bocadillo degustando a la vez el paisaje inigualable del mar y su sabor. No concibo  plato elaborado que pueda igualar esta experiencia.

Vivimos tiempos extraños en los que los valores, las formas de vida, la estabilidad, y tantas otras cosas parecen estar en el aire. En el futuro cercano, según parece, tendremos que ser funambulistas, caminar en la cuerda floja y sortear lo que venga.

En medio de la incertidumbre cada cual debe buscar momentos para estar consigo mismo, con los demás. Y “tomar un bocata frente al mar“ (cada cual que sustituya esta actividad por la que considere conveniente).

Ya lo decía Kavafis en su Ítaca y lo han cantado muchos más, lo importante es el viaje. El camino. Solo tenemos posibilidad de vivirlo una vez.

Al regresar de la Seminci, mientras leía las revistas del festival en cuyas páginas asomaban los rostros sonrientes de actores y directores, comencé una reflexión sobre el cortometraje que continuó durante los días, repletos de películas cortas de la celebración de ALCINE, Festival de Cortometrajes de Alcalá de Henares y que ahora, pasado un tiempo, decido trasladar al papel.

 En estos tiempos en los que la crisis aprieta, es importante no olvidar los valores del cortometraje y ahondar en los aspectos que determinan el interés de cualquier cinematografía por este formato. Venciendo el temor a la simplificación, nos atrevemos a lanzar un decálogo de puntos a resaltar:

 APRENDIZAJE

Investigando las biofilmografías de muchos de los grandes directores del panorama internacional actual queda claro (y es lógico que sea así) que en sus inicios realizaron cortometrajes y que fue en esas películas de formato corto donde empezaron a esbozar su estilo y su forma de reflejar sus historias y transmitirlas al público. Parece una obviedad, pero tiende a olvidarse.

Este aspecto es por supuesto también aplicable a guionistas, músicos que trabajan en el cine y a cualquiera de las profesiones técnicas.

CANTERA

Consecuencia del punto anterior. El cortometraje resulta ser una cantera de creadores y técnicos que, en muchas ocasiones, empiezan a dar los primeros pasos en sus profesiones participando en cortometrajes y luego avanzan en su vida profesional por caminos diversos dentro del audiovisual. Experimentan en el corto y su aprendizaje lo vuelcan en su carrera posterior. El cortometraje, escuela, espacio de ensayo, trampolín… (Véase el artículo «La cantera» que escribimos sobre los cineastas que habían llegado al largometraje desde el corto en la década 2000-2010 en https://lacalledelavida.wordpress.com/2010/11/09/54/ )

En muchas ocasiones en el cortometraje se generan grupos de trabajo formados por gente que encaja bien trabajando en equipo, se establecen relaciones que luego perduran y se trasladan al mundo del largometraje cuando se da el paso en esta dirección.

EXPERIMENTACIÓN

El cortometraje, al ser más accesible desde el punto de vista del presupuesto, es una herramienta idónea para probar nuevas formas de narración, de estilo y crear historias alejadas de las fórmulas clásicas.

El cortometraje parece ser mucho más libre por estar menos vinculado a las estrategias industriales. Hay más libertad para plantear historias que tendrían difícil encaje en el cine “comercial”.

 APORTACIÓN A LA INDUSTRIA

Aunque las circunstancias han colocado al cortometraje en territorios fronterizos de la industria, los productores de cortometraje recurren a los servicios de las empresas de producción y de postproducción. Y pagan. Aunque las facturas tengan la proporción que supone un minutaje inferior y un tiraje de copias mínimo, implica una aportación pequeña pero siempre interesante para la industria que sabe además que una parte de esos cineastas, estarán trabajando en el mundo del largo pasados unos años.

Es verdad que una parte de los cortometrajes producidos se realizan con medios rudimentarios, pero cuando hablamos de cortometraje, lo hacemos de una gran diversidad de esquemas de producción. Recordemos que en los últimos años se han realizado producciones complejas en formato cortometraje que nada tienen que envidiar a los largos y que esto siempre supone la utilización de medios de la industria y la aportación económica correspondiente a las empresas del sector.

INTERNACIONALIZACIÓN

El cortometraje español ha tenido una presencia excelente en festivales y eventos cinematográficos internacionales. Recordemos la nominación al Oscar al Mejor Cortometraje de Ficción de «7.35 de la mañana»de Nacho Vigalondo y de «Éramos pocos» de Borja Cobeaga; o de «La dama y la muerte de Javier Recio», en este caso en la especialidad de animación; o la obtención del Premio Mejor Cortometraje de la Academia Europea para «Alumbramiento» de Eduardo Chapero-Jackson, por citar algunos ejemplos relevantes. Pero, más allá de los grandes premios internacionales, los cortometrajes españoles han viajado y ganado premios en todos los rincones del globo obteniendo un reconocimiento internacional muy importante que ha pasado bastante desapercibido en nuestro propio país.

DISTRIBUCIÓN

El punto anterior se ha conseguido quizás, en buena parte, por la mejora de la distribución de los cortometrajes en los últimos años. Afortunadamente, han nacido y crecido distribuidoras de cortometrajes que han conseguido posicionarse en el territorio internacional y, a este importante aspecto, se ha sumado la intensa labor que han realizado los programas autonómicos de distribución que han apostado fuerte por posicionar en el territorio internacional y también en el nacional, los cortometrajes que cada año apoyan.

FUENTE DE CONTENIDOS PARA NUEVAS PLATAFORMAS

Por su duración los cortometrajes resultan ser piezas audiovisuales muy apropiadas para plataformas como los móviles que necesitan ampliar sus contenidos. Internet es un escaparate interesante y palabras como transmedia nos colocan en un mundo audiovisual que vive un cambio drástico y apasionante en el que la duración del cortometraje es un elemento a favor, en un mundo movido por la prisa y la escasa disponibilidad de tiempo, unida a la fragmentación del tiempo dedicado al ocio.

Hoy, una de las asignaturas pendientes en este terreno (para cualquier formato) es ver como se puede llegar a monetarizar la participación en estas nuevas vías de exhibición, con el fin de que el productor pueda rentabilizar su inversión.

La producción de cortometrajes y el trabajo de los cortometrajistas tiene un valor que, como el de cualquier otro producto audiovisual, debe tener una traducción económica.

Actualmente subvenciones y premios de festivales vienen a ser los ingresos principales de los productores. Estas nuevas plataformas que demandan productos de corta duración quizás puedan ser una opción de generación de ingresos en el futuro pero, hoy por hoy, es difícil conseguir ingresos a través de estos medios.

FESTIVALES

El tejido de festivales del territorio nacional debe mucho al cortometraje.

El número de certámenes españoles es muy elevado y, en buena parte, se debe al crecimiento del número de festivales dedicados al cortometraje que ha tenido lugar en los últimos 10-12 años.

Visitando estos certámenes uno puede comprobar que el cortometraje encaja con el gusto de espectadores muy diversos, pero aún no cuenta con ventanas adecuadas para que el gran público se familiarice con el formato. Los festivales se han convertido en una ventana esencial que va a tener una importante sacudida con la crisis.

NUEVOS PÚBLICOS

El público del cortometraje no tiene edad, ni rasgos específicos. Cualquiera puede encontrar cortometrajes que coincidan con su gusto cinematográfico. Lo complicado es poder acceder a los cortometrajes si uno no está familiarizado con el formato y sus formas de distribución, como vamos viendo, escasas, aunque en crecimiento.

Aunque cualquiera puede disfrutar viendo cortos, es verdad que el público más joven (o por lo menos una parte) está más habituado al formato y disfruta mucho de cualquier evento en el que se proyectan películas cortas. Quizás el cortometraje pueda ser un primer paso para fomentar el interés por el cine en el público joven.

NUEVAS APUESTAS FORMATIVAS

La duración del cortometraje es un elemento a favor para utilizarlo como herramienta de formación. Pongamos un ejemplo. Así se ha hecho en el programa Trascine (realizado en la Comunidad de Madrid) dirigido a estudiantes de secundaria, un programa de formación de espectadores en el que el cortometraje sirve como vehículo para enseñar las nociones básicas del lenguaje audiovisual. Para inicia en nuevos campos a los adolescentes y mostrar que el cine y el audiovisual son territorios amplios e interesantes que reúnen obras de formatos y géneros muy diversos. Para abrir la mirada al cine.

 

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Pedimos disculpas de antemano por reducir el mundo complejo del cortometraje a 10 ideas apenas esbozadas. Podrían ser más, podríamos teorizar largo y tendido sobre cada punto. Pero la esencia de lo que queremos transmitir es que hay una riqueza de propuestas y de posibilidades en el cortometraje, un formato que ha vivido unos años estupendos de crecimiento en España y ha conseguido unos logros que no se han divulgado suficientemente.

 El cine y el audiovisual tienen que cuidar el cortometraje, que es cine presente y futuro, apostar y dar valor a los nuevos creadores que nacen en el cortometraje.

El cielo parece inundado de confetis de colores. En las calles los paseantes no dejan de mirar hacia arriba intentando adivinar de donde procede ese mar de pequeños objetos que hace imposible disfrutar del azul de la tarde.

El rumor se extiende por toda la ciudad. Esos puntos suspendidos en el aire son letras. Grandes, diminutas, de tamaño mediano. Las letras desertan de libros, carteles, documentos o anuncios publicitarios, vuelan y se dispersan en el aire. Suben hasta que se condensan con sus compañeras en algún lugar de la atmósfera, conformando una nube espesa que oculta el sol.

En las bibliotecas se observa una marea de letras volando a través de ventanas y puertas. Los usuarios, aturdidos, se refugian en los rincones de las salas de lecturas, observando la huida veloz y desordenada de las letras hacia el horizonte.

Desde el exterior, en cualquier calle, se puede saber en qué edificios y en qué plantas hay archivados libros, revistas o información, observando las bandadas de letras que abandonan cada una de las ventanas. Vuelan sorteando obstáculos, chocándose unas con otras, construyendo en el aire palabras imposibles.

Él espera. Como cada tarde al terminar las clases, sigue a distancia los pasos de ella por las calles del barrio, mochila al hombro. Le gusta observar su caminar de niña convirtiéndose en mujer, ligero y alegre, haciendo el trayecto de regreso a casa, ver cómo ella extrae cuidadosamente las llaves de un bolsillo de la chaqueta de su uniforme, abre el portal y se pierde en la entrada de su edificio.

Después, aunque sabe que ella no va a volver a salir, sigue esperando. Imagina su entrada en casa, cómo deja los libros en su habitación. Quizás un día abra la ventana y se de cuenta de que él, tan callado, tan tímido, espera.

Hoy, sentado en el peldaño del portal de enfrente, mientras la imagina, de repente observa algo extraño. De cada una de las ventanas del edificio donde vive ella y de los colindantes sale una nube de pequeños puntos. Mira con detenimiento. Son letras. En bandada, las letras suben con ímpetu hacia el cielo.

Asombrado, él se levanta lentamente. En los meses que lleva siguiendo sigilosamente el camino de ella a casa, ha averiguado cuáles son las ventanas del piso en el que vive. Letras y más letras se agolpan en cada una de ellas y vuelan hacia un horizonte que se ha transformado en una enorme nube gris que crece y crece.

Desde un rincón de su habitación ella observa como revolotean las páginas de sus libros y sus cuadernos y como, desordenadamente, de sus hojas vuelan letras de distintos tamaños, colores y formas, que buscan la ventana. En su ordenador, recién encendido, empiezan a surgir sonidos extraños. Las letras digitales traspasan la pantalla y, en su huida, se mezclan con todas las demás.

Ella, muda de miedo, se acurruca en un rincón y observa el extraño viaje de las letras durante minutos que podrían ser horas. Hasta que parece finalizar. Entonces se acerca a la ventana. Sin embargo, la huida aún no ha acabado. Algunas letras rezagadas tropiezan con ella en su afán de búsqueda de salida.

Asomada a la ventana, ella observa como las letras ascienden hacia un cielo gris.

Él, nervioso, por primera vez en meses, la ve en la ventana. No puede dejar de mirarla, a pesar de todo lo que ocurre alrededor.

Un grupo de letras retrasado en su huida gira alrededor de ella y compone una frase: él espera.

Él espera, murmura ella, leyendo. Sin entender nada, mira alrededor.

El sigue observando la ventana cuando la mirada de ella se desplaza justo hacia el portal de enfrente, donde se encuenta él.

Ella sonríe.

Él tarda unos instantes en reaccionar. Sonríe.

Ambos miran al cielo y en medio de aquel marasmo que inunda el horizonte las letras parecen agruparse componiendo una palabra.

Vida.

UN AÑO

Hace ya un año. El 1 de noviembre de 2010 me quedé encerrada en casa peleando con el ordenador para poner en marcha un blog. El objetivo: escribir de una forma regular.

La batalla informática fue dura por mi desconocimiento. Pasado este tiempo, miro el blog y, aunque sencillo,  me parece un prodigio que funcione.

Un blog… Pero, ¿qué tipo de blog? ¿qué es lo que pretendía contar? A lo largo de los cuarenta y muchos posts escritos, se han desparramado el cine, la escritura y algún pedazo de vida, disfrazada de relato. He comprobado que, bajo cualquier pretexto, lo que me mueve es referir historias, a veces las de otros (hablando, por ejemplo, de películas ajenas), en bastantes ocasiones las creadas por mí.

¿Qué nombre dar al blog? Si la escritura era el motor, un buen nombre podría ser el del relato que rompió para mi un silencio creativo de años: “La calle de la vida”. Dedicado a mi madre y a su enfermedad, el Alzheimer, que durante años fue la mía, que me alejó de los rodajes, dejándome casi sin aire, pero que me llevó a descubrir profundidades inesperadas y a sentir y crear las historias que ahora bullen dentro de mí.

No todo ha sido escribir. También en el blog ha nacido una nueva pantalla para dos de mis documentales: “Positivo” y “Confluencias”. Ahí están, a disposición del mundo. Ha sido increíble poder redescubrirlos a través de los ojos de los que lo han visto ahora, a través de la red, pasados unos años de su rodaje. Están disfrutando una segunda vida que merecían por el esfuerzo de los equipos que estuvieron creándolos.

Cuando cargas un escrito en el blog parece que estés simplemente archivando algo en tu ordenador. No es fácil enfrentarte a los sentimientos contradictorios que te provoca el hecho de que en realidad estás poniendo tu escrito a disposición del mundo. E, ¡increíble!, te leen. Cuando abres el blog parece que estés al borde del abismo . Por un lado te acongoja el que pueda ser  el sitio más solitario de la red y por otra parte te aterroriza que no sea así. Luego llegan los primeros comentarios, empiezan a entrar tus amigos y se inicia toda una etapa de descubrimiento. Aparecen lectores asiduos que merecen toda tu gratitud (Alan Rudolf, Francisco Marín, muchas, muchísimas gracias) y te preguntas que caminos les habrán llevado a tu página, si llegarás a conocerlos en persona alguna vez. Redescubres amigos, conocidos y personas que, por una u otra causa, desaparecieron de tu vida. De repente, resulta que te leen. Y de esa lectura surge un nuevo contacto. La emoción del reencuentro.

Tengo que agradecer muchas cosas a este blog. La escritura lleva a la escritura. Y los escritos derivaron en otros algo más complejos. “Antes del final”, la obra de teatro que he finalizado recientemente, probablemente hubiese tardado más en fraguarse sin el entrenamiento que ha supuesto el blog.

“La calle de la vida“, el relato, supuso de alguna forma un regreso. “La calle de la vida“, el blog, es la confirmación de ese regreso.

El tiempo es el tesoro más importante que tenemos. Muchas gracias por dedicar un poco de vuestro tiempo a este blog.

Y nada, a escribir.

 

Los pasos resuenan en el mármol de la sala de exposiciones.

 

Lentamente la mirada se traslada de una obra a otra y, a veces, abandona lo inmediato y se alza hacia la bóveda, espléndida, del edificio. El espacio en que se desarrolla una exposición determina la propia exposición, igual que el lugar en que vivimos condiciona, de alguna manera, nuestra vida. En este caso, las obras parecen haber encontrado un alojamiento adecuado. Un lugar de interés arquitectónico que acoge obras que tienen como protagonista la arquitectura. Una suma.

 

El pavimento continúa marcando el sonido de las pisadas. El espacio reúne una selección de obras de los últimos cinco años de un artista. Fotografías próximas a la pintura abstracta nos acercan la mirada de José Manuel Ballester que hurga en rincones, composiciones de algunos edificios de Madrid, Beijing, Río de Janeiro, Brasilia o Shanghai. En diferentes tamaños y formatos el autor nos acerca su universo a través del retrato de obras arquitectónicas contemporáneas.

 

Cuando uno entra en una catedral y tiene la suerte de que no esté repleta de gente, le embarga una sensación de pequeñez y de soledad al mirar alrededor. La majestuosidad, empequeñece. El ser humano sintiéndose diminuto ante la idea de dios, ¿era esa la sensación que se producía en las gentes del Renacimiento o del Barroco al entrar en estos recintos? En otros edificios de carácter civil, como los palacios, la barrera de pertenencia o no pertenencia a una clase, al poder, era transmitida a través de la construcción.

 

Y ahora, ¿qué sentimos al atravesar espacios de los grandes edificios de la contemporaneidad?

Ballester nos traslada una reflexión sobre el espacio y el tiempo a través de unas obras que “abstraen” de la realidad de los edificios, sin presencia humana, una sensación de vacío contemporáneo. Las fotografías parecen, en ocasiones, un decorado que busca que el espectador imagine la acción o la inacción. La lectura de soledad o de posibilidad dependerá de cada uno.

 

Admirando estas fotografías, no puede uno dejar de observar el encuadre, el marco que determina la mirada del autor que elije un fragmento de la realidad del edificio y no otra, posiciona la cámara de una determinada manera y deja fuera de su campo cierta información que no desea transmitir.

 

Los cineastas han aprendido de pintores y de fotográfos este concepto: el encuadre. Han recibido lecciones de maestros destacados. Y sin embargo, a lo largo de este recorrido, pienso, contemplando estas fotografías maravillosas, lo difícil que resulta para un artista demarcar esa realidad. Ahí radica en gran parte su singularidad. Es una elección que determina la visión del artista.

 

Si en pintura o en fotografía es complicado determinar los límites del cuadro, parece aún más complejo en el cine, ya que en el interior del «marco» el estatismo se cambia por el movimiento: entradas y salidas de personajes, movimientos de cámara, etc. El autor señala el foco de atención, pero tiene que tener en cuenta lo que va a ocurrir dentro de ese encuadre, un espacio que marca un tiempo. Además, no puede olvidar nunca que hay realidad en cada uno de los cuatro lados del encuadre (el off del cine, maravilloso cuando se utiliza acertadamente), que también hay una realidad no revelada detrás del decorado y otra más, que no debe percibirse: la que ocurre en el lado del director.

 

Cada plano que vemos en el cine es resultado de miles de decisiones, pero una de las más determinantes para el director es el encuadre.

 

Mirando a través de la lente de Ballester los edificios del presente, la reflexión sobre cine y arquitectura nos acompaña a lo largo de este paseo por sus obras. El cine crea mundos con que soñar, la arquitectura mundos para vivir. Un lazo singular parece unir estas dos profesiones en realidad tan dispares. Reconozco que la arquitectura pudo ser una opción de formación y profesión alternativa al cine.

 

Pensando en el riesgo del encuadre, en las sensaciones de la arquitectura actual y sintiendo admiración por la singularidad de la obra fotográfica de Ballester y su transmisión del espacio contemporáneo, los pasos, mis pasos, se pierden camino de la salida.

Nota: Escrito tras la visita a la exposición «La abstracción de la realidad» de José Manuel Ballester en Madrid.