AMANECER

•agosto 13, 2016 • Dejar un comentario

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El día se abre. El lago brilla con la primera luz del sol. Abro la ventana para contemplar el espectáculo de la naturaleza. Aunque lejanos, voy sintiendo los rayos crecientes que iluminan la costa alrededor del lago.

Después de días de recorridos y trajín, hacemos un descanso en el viaje en este paraje maravilloso. Un lago al lado del mar. Un lago de aguas calmas que invitan a la serenidad, a la reflexión. Es necesario alejarse de tanto en tanto para ganar perspectiva. Viajar es buscarse en otros paisajes, en la mirada de otros. Viajar es acudir a una escuela sin pupitres ni pizarra de tolerancia, respeto y admiración hacia el otro, hacia el extraño.

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Distraigo unos minutos la mirada del paisaje leyendo la prensa en internet, pero encuentro mucho más interés en la contemplación de las aguas del lago que se asoman a la ventana de este amanecer.

Mirando las nubes pienso en la luna y en la lluvia de estrellas de la noche de ayer; en las personas que se fueron y en las que han llegado este año a mi vida; en el vuelo tranquilo de las aves, ajeno a vaivenes que no sean los de mantener el vuelo, la vida; en los meses pasados, agitados; en los que vienen, cargados en el trabajo, con novedades interesantes; en las montañas lejanas que apenas se adivinan entre la niebla, pero que prometen tierras que podrían ser protagonistas de leyendas; en la necesidad imperiosa de escribir la novela que tramo desde hace algunos meses, inspirada en un pasado lejano y en un hecho reciente; en las aguas sosegadas que transmiten calma, la necesidad de respirar profundamente; en los tres documentales que tengo en marcha en distintas fases de elaboración que también seguirán avanzando este otoño a un ritmo lento, el que permita mi trabajo; en la difícil pero posible -hay que optar por el optimismo- ecuación a resolver para encauzar y coordinar todas las tareas llevándolas poco a poco a su fin.

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Muchas cosas por hacer y mucha ilusión por crear con la escritura y con la imagen. Todo irá avanzando, buscando su camino a ratos y a golpes de fuerza de voluntad. Lentamente, todo fluirá, ahora solo importan las aguas de este lago en el que esta mañana vuela mi mirada.

Día a día.

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EL ASOMBRO

•agosto 4, 2016 • Dejar un comentario

 

Las alas del avión rompen las nubes en esta mañana de agosto.


La tierra se aleja y de nuevo siento el asombro de volar, de estar en el interior de un aparato enorme que transporta a 300 personas, quizás más, que observamos cómo el mundo se aleja, pequeño.

Cumplo años mañana. Y qué? Los años quizás sean una convención necesaria. Pero la edad cronológica, es la real? Cómo medir las experiencias, la vida de cada cuál, la percepción del tiempo de cada persona?

Atravesamos nubes algodonosas y las respuestas parecen desvanecerse ante esa sensación extraña que produce la visión desde el aire de campos y ciudades.

Cómo medir la vida? Hay que medirla? No hay fronteras ni años, solamente el devenir del deterioro físico -tan desigual según las personas- si continúa el asombro, si se renueva cada día. Asombro ante la primera luz de la mañana; por el tacto de las sábanas; por la respiración y su calma; por la sensación cálida de la madera que roza nuestros pies cuando se levantan de la cama; por el placer del café recién hecho y del agua deslizándose gota a gota por el cuerpo en la ducha; por vernos en el espejo con salud, con ganas, con energía; por la alegría que ilumina la mirada; por cada movimiento de nuestros cuerpos en los días, largos, intensos, irremplazables.

Hoy es hoy. El tiempo, medido, pasa. Pero estamos, y somos asombro, energía, apoyo. Somos y cada día nos asombramos de ser.

Y buscamos alrededor gente que practique el asombro, que mire las nubes e imagine mundos, que se asombre por su existencia, por la de los demás y practique el cuidado del otro, que en realidad no es otro, es uno mismo porque somos uno en este milagro medido en años, con fecha de caducidad, que es la vida.

Duerme parte del pasaje entre nubes. En breve se asombrarán de nuevos paisajes humanos, de nuevas ciudades, mares y campos. En otros casos por el regreso y sus encuentros.

Desde el asombro del vuelo, de las vidas que sueñan alrededor, de la mía que ahora se mece entre nubes, siento que mañana será un día más, lleno de inolvidables momentos de asombro y de vida. Un día cualquiera.

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PD.: Escribo desde el móvil, entre nubes, pero sin signos de interrogación.

ÉRASE UNA VEZ … UN TILO

•julio 23, 2016 • Dejar un comentario

imageÉrase una vez un tilo enorme, frondoso. El árbol más hermoso de su ciudad.

En Brihuega hay un tilo que alza su gran copa y da sombra a toda una plaza. Cerca, andando el pueblo en dirección al prado de Santa María, en una casa del llamado Coso, nació mi madre.

Cada vez que voy a Brihuega procuro atravesar la plaza del tilo. A veces me detengo a disfrutar de la belleza de las hojas que persiguen ramas que se alzan por encima de algunos de los tejados de las casas que rodean la plaza.

Tiempo atrás, en Madrid, un tilo apenas crecido llamó mi atención en un parque al que acudía para volver a aprender a caminar después de sufrir una lesión. Entre la diversidad de árboles, yo siempre elegía hacer descansos frente a ese tilo, enclenque, apenas árbol aún.

Una niña corre alrededor del tilo de Brihuega. Es mi madre. Se esconde tras el árbol y, de cuando en cuando, se asoma con cara pícara. Probablemente, mis tíos y mi madre jugaron a la sombra de ese árbol. Igual aún juegan. Quizás, no podemos verlos jugar al escondite en esta plaza en la que, ahora mismo, disfruto de la sombra del tilo y escribo estas líneas.

Un tilo lleva a otro tilo. Qué sabemos de memorias que se llevan en la sangre, qué sabemos del enigma del tiempo, de la muerte.

En el cementerio de Brihuega juegan unos niños al sol y, a veces, suben al pueblo y corretean alrededor del árbol más hermoso del lugar.

 

A los que no están, a los que juegan sin que podamos verlos. A mi madre que retomó sus juegos infantiles un día de intenso calor de julio de hace poco. A la imaginación , que nos salva y nos atrapa.

 

 

CAMINOS

•julio 4, 2016 • Dejar un comentario

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Caminar. Buscar caminos, caminando. Andar con destino, sin rumbo. Sortear calles, barrios, la ciudad. Respirar el aire de cada paso.

Caminar.

Busco caminos en la mañana, en los senderos hacia el trabajo y lo cotidiano.

Al salir, camino la noche de la Gran Vía, vuelvo al anochecer de la infancia en Malasaña. En el camino, los pies bucean en el presente y en el pasado, atisban lo que vendrá.

Camino “La calle de la vida” que da nombre a este blog, un lugar que pertenece a mi infancia, que marcó la juventud, que se mantiene en la madurez. Un lugar en el que reconocerse, al que regresar siempre, entre Corredera y Malasaña.

Caminar. Observar. Reflexionar. Contarse el día, la vida. Armar relatos inventados, al ritmo de cada paso.

Caminar calles multitudinarias y solitarias, parques, plazas, avenidas, circunvalaciones, rotondas. Caminar y encontrarse en el camino.  El encuentro. El desencuentro. La vida.

En los caminos del hoy, ya echo en falta a un amigo que se va pronto por los senderos del trabajo hacia Francia. Quedarán grabaciones y lavandas y la vereda abierta hacia Nantes.

También a otro amigo, uno de mis grandes amores, que se va buscando nubes, se traslada a otras galaxias sin moverse de ciudad, ni de barrio. Tuve suerte en un cruce de caminos y le encontré. Ahora le veo andar de espaldas, alejándose. A pesar de todo, ojalá hubiera varitas mágicas para allanar caminos a la felicidad de otros, de él, de muchos.

Los caminos van y vienen. Con las personas. Si caminas, las posibilidades de caer, aumentan. Si caes, te levantas y vuelves a sortear los caminos, hermosos y a veces, duros, de la vida.

Caminar, bello caminar para todos.

 

 

 

 

CIUDAD DE COLUMNAS

•junio 22, 2016 • Dejar un comentario

 

Las ciudades con columnas, atrapan.

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Soportales abiertos y cerrados al mundo. Amplios y escuetos de luz, de cobijo. Territorios de andares y de andanzas.

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Poemas arquitectónicos que dejan sentir el paso del tiempo mientras alejan ruidos y mundos.

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Es fácil escribir poemas bajo sus arcos, templar las palabras, tentar el verso. Dibujar frases que acallan el eco de las bóvedas. De la mano de su sombra hilvanar historias, personajes, fábulas y sorprenderte como habitante de universos que rozan el sueño.

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Oníricas formas.

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Terroríficas sombras.

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Inquietos pasillos que extienden calles, atraviesan vientos y plazas.

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La Habana, nombrada “ciudad de columnas” por Carpentier, en el recuerdo, marcando mis pasos cautos indagando Bolonia, trazando un viaje en el tiempo.

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Hace años, un primer viaje, un primer amor, caminando los trenes y las ciudades de Italia.

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Hace años, Florencia, una beca, un verano de clases, de noches y estrellas en rincones de Italia. El recuerdo, cerca. El recuerdo, bálsamo, mientras los pies acarician los suelos de esta recién conocida ciudad de columnas.

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Querré volver a Bolonia, a esta Italia que regresa de otros tiempos, caminar sus columnas imaginando mundos, recordando versos, iluminando historias.

Y en el descanso, desde una ventana, mirar las columnas y el tiempo.

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Bella Bolonia, nueva ciudad de columnas.

 

 

 

 

AL OTRO LADO

•junio 11, 2016 • Dejar un comentario

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Un día, te descubres en los ojos de otro. El que está en el lado contrario de la mesa y te habla, eres tú. La historia se repite, da vueltas, gira y tú estás al otro lado, escuchándote.

Ayer fue un día de charlas de cine. Por la mañana, para cerrar programas de verano, por la tarde como invitada de una actividad del Jamesonnotodofilmfest. En realidad, una calculada cita a ciegas.

Entras en la sala y encuentras una serie de mesas grandes rodeadas de sillas. En una de ellas,  tu nombre. Te extraña tu nombre -hay tanto pendiente, tanto por aprender-. Cuando llegas hay dos chicos ya sentados, al poco llegan más. También se sientan y esperan… que les cuentes, les des consejos, les orientes. Te preguntas, pasadas muchas batallas, desde la dirección, la producción, el guion, la gestión cultural, que es lo que sabes de un sector tan complejo, diverso, en el que cada especialidad es todo un mundo, en el que el cambio es permanente y los caminos se difuminan en el horizonte. Siempre habría que reaprender, volver a las escuelas, a las clases, con la mirada y el conocimiento del que ya ha recorrido un trecho.

Pido a los participantes que se presenten, que hablen de los proyectos que tienen entre manos. Las miradas son dubitativas, inseguras, pero en todas brillan las ganas de quien quiere abrir un camino, aprender. Hablan sobre su formación, sobre sus proyectos y lo que cuentan, interesante, quizás es lo de menos. En el fondo, todos quieren algo similar, aunque los proyectos sean muy dispares. Quieren saber por dónde empezar -eso tan difícil de romper el cascarón y lanzarse, cuándo, cómo, con quién hay que hacerlo-, quieren trabajar un lugar para sus proyectos, quieren el cine y  el mundo.

Allí, respondiendo, aconsejando, sembrando dudas y certezas, sientes que el tiempo es una espiral tramposa que siempre te devuelve al inicio, porque tú estás en las preguntas de cada uno de los participantes, en cada mirada de duda, en la narración de cada proyecto. Eres esa chica que cuenta que desarrolla el proceso de investigación de su primer documental y no sabe muy bien por dónde seguir, esa otra que va a grabar en breve su primer cortometraje,o  el chico que ha montado una empresa y quiere presentar un proyecto a subvención… En su momento tus dudas eran las mismas y las esenciales -muchas de cariz “filosófico”- permanecen a través de los años al iniciarse cada proyecto.

Acaba la jornada y el cielo de Madrid regala un atardecer maravilloso de camino a casa, paseas un rato haciendo fotos a los colores brillantes, rosáceos, del cielo, con las preguntas de todos -tus preguntas- latiendo en el aire.

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“Hay que ser muy valiente para ser feliz”, dice un personaje de “Vida en Marte” de José Manuel Carrasco, que hoy se ha presentado, junto al resto de cortometrajes de “Madrid en Corto 2016” también en el JamesonNotodoFilmfest. Toda una frase que hubiese cerrado muy bien las mesas de ayer. Si quieres dedicarte al cine, al audiovisual, si vives  con pasión cada paso profesional, tienes que tener muy claro hay que ser muy valiente en cada proyecto, en el día a día de construcción de cada plano futuro. Y ese arrojo, que te situará a veces en el borde de abismos de incertidumbre, te dará la felicidad de otros muchos aspectos. Con el paso del tiempo, lo peor es arrepentirse por lo no hecho.

Hoy me gustaría volver a ver a todos los participantes de ayer y decirles lo que estaba ya enunciado silenciosamente, entre líneas a lo largo de la conversación, más allá de lo estrictamente cinematográfico: “Hay que ser muy valiente para ser feliz”, hay que ser muy valiente para hacer cine o audiovisual. Si ese es el sueño, hay que ir hacia él.

Valentía, por nuestro bien, por nuestra felicidad, en la vida profesional y, mucho más, en la personal.

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MIGAS CON UVAS

•junio 7, 2016 • Dejar un comentario

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Recorro calles, rincones, sin prisa. Grabo a ratos. Brihuega se va descubriendo ante mí, que la miro con los ojos de quien recuerda que esas calles han sido vividas por tanta gente de la familia. Recreo -quizás, invento- escenas de la vida cotidiana de mis abuelos, de mi madre. La imagino jugando con niños en la plaza, convertidos ahora en abuelos que toman el sol apaciblemente y miran con curiosidad mis cachivaches de grabación. Alguno entabla conversación y enseguida llegan las charlas sobre la familia, que si conocí a tu tío, que si recuerdo a tu madre, que si…

Voy diseccionando las esquinas como un entomólogo, recordando anécdotas que me contaron, inventando secuencias de un pasado que no conocí, analizando sin saber muy bien por qué, hacia dónde…El documental que grabo se detiene a cada rato.  No hay prisa me digo. Y sigo divagando.

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Me gusta sentarme en los bancos de Santa María, una iglesia que se asoma a la vega y ver allí el paisaje y el paisanaje que pasea y va y viene a ratos. Pensar. Saborear la soledad de las horas de la comida desde ese punto, divisando el paisaje y el verdor de la primavera. Callejear sin rumbo. Buscar, demorar la búsqueda, simplemente pasear.

El domingo pasado he estado de nuevo en Brihuega. Apenas he grabado, ha sido un día de encuentro  con amigos. A la hora de la comida hemos acudido a uno de los restaurantes más populares. Sentados ya en la mesa, mientras esperábamos la comida, mis amigos me hablaban de gente muy interesante del pueblo a la que quizás debería entrevistar para el documental y referían algunas anécdotas sobre ellos.

De repente, la camarera ha traído un plato que no habíamos pedido, un aperitivo. Si ese momento fuese la secuencia de una película, el director congelaría a todo el mundo, salvo a mí, y remarcaría mi gesto de asombro, de recuerdo, de alegría mezclada con melancolía.

He mirado el plato y, ¡zas!, lo he entendido todo. Los rincones que busco, los recuerdos que se escapan, lo que es, lo que fue, todo está en ese pequeño plato. Todo nace en el frágil territorio de la infancia. “Anda, come un poco más. ¿Te echo más uvas? Hoy no me han salido bien, se me ha ido la mano con el aceite. No están muy sueltas. Están demasiado hechas. Hoy están buenísimas. Pero échate más, que tenemos que acabar la fuente. Vamos, hay que comérselo todo. No se puede tirar comida… que ya sabéis que no me gusta tirar comida”

Nada más ver el plato, como un resorte, se me han llenado los ojos de lágrimas. De golpe, con sencillez y contundencia, las respuestas, muchas respuestas están en un plato, en un aperitivo. Un plato contundente, recio, alejado del glamour de la nueva cocina. Un plato singular que se prepara en otras zonas pero con ingredientes únicamente salados.

Unas migas con uvas que son como las que hacía mi madre. Unas migas con uvas que saboreas como si fuesen el mayor tesoro del mundo. Y lo son. De tu mundo. Porque aunque hayas viajado, conocido, vivido… todos tenemos unas migas con uvas (o lo que sea) que definen de donde venimos, como somos, nuestro territorio, nuestros límites y fronteras. Unas migas con uvas a las que volver.

Vengo de un pueblo de La Alcarria (y de otro de Toledo) y soy como las migas con uvas (recias, contundentes, alejadas del glamour, una mezcla de sabores -dulce y a la vez, salado-…)  Volveré a grabar donde sea, fuera de España, si una historia me llama, pero hoy quiero seguir paladeando las raíces y descubrir esta Ítaca que está en mi, en un plato de la tierra.

Vamos a por la grabación de “Cruces” en Brihuega. Vamos a conocer,  a volver, a creer, a volar, a crecer. Y a comer migas con uvas con deleite.

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