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Cine y escritura

Azul. Todo es azul.

El móvil baila en el bolsillo del abrigo de Paloma al ritmo lento de sus pasos mientras traspasa la entrada de la terminal de aeropuerto. Pesa. El móvil pesa cada vez más. Cada gramo multiplica exponencialmente su peso e incluso la silueta de ella parece escorarse levemente hacia el lado del abrigo en el que guarda el teléfono, minúsculo.

Azul. Alrededor, todo azul.

Nunca sintió atracción por los hombres de ojos azules. En los rostros de sus parejas recuerda siempre  ojos oscuros. Y sin embargo…

La fila para la facturación de maletas es larga. La vestimenta de todo el gentío situado ante Paloma parece teñirse de azul. El panel de salidas, al fondo, dibuja las letras de los numerosos destinos de un azul amoratado. Los carros portadores de maletas que van de acá para allá lucen un luminoso azul metalizado.

La mirada de Paloma explora los alrededores de la terminal, azul, mientras su mano derecha, en el interior del bolsillo del abrigo, no ceja en juguetear con el móvil y la izquierda empuja la maleta en los momentos en los que la cola avanza. A lo largo de los minutos de espera extrae varias veces el móvil de su abrigo. En alguna de las ocasiones llega a juguetear con los contactos de su agenda y a buscar un nombre: Román. Observa fijamente el móvil, de un azul mar cristalino, pero finalmente no efectúa ninguna llamada y el aparato siempre termina regresando al bolsillo de su abrigo. Allí sigue sumando gramos a su peso, ya enorme.

Azul. Los suelos de la terminal, los objetos de los escaparates, los luminosos que anuncian mil productos se tiñen de azul.

Tras facturar la maleta, Paloma camina sin rumbo por la terminal. Queda tiempo para el embarque en un vuelo que va a transportarla a miles de kilómetros. A su ciudad, que no es azul. A su trabajo y a su la realidad, más allá del azul.

Vuelve a sacar el móvil del bolsillo y, nerviosa, busca de nuevo el nombre de Román entre los contactos. La yema de su dedo pulgar está a punto de pulsar. No puede. No debe. La realidad no guarda relación con este azul, aunque ella mire alrededor y vea como  en  las paredes del edificio funcional que acoge la terminal parecen dibujarse olas que vuelan hacia ella y casi la empapan. Está al borde del azul. La rodea. Sin embargo no puede pulsar. No puede.

Avanza por las escaleras metálicas, de un azul grisáceo, hacia la puerta de embarque. Un niño de mirada azul claro, casi transparente, le saluda, mientras su madre le regaña y le pide que mire hacia delante porque está llegando el final de las escaleras.

Un segundo y todo cambia.

Hay instantes en que todo lo anterior se trastoca y ya no vale nada.

¿Por qué hoy todo es azul?

Dos personas. Una mesa. El azar y la búsqueda se confunden. Mucha gente en un restaurante que, sin embargo, parece estar vacío. Ellos dos, solos,  componen un universo que gira y gira.

Román sentado frente a ella. Una comida de trabajo, nada importante. Y sin embargo…

Enseña su pasaporte y su tarjeta de embarque a una empleada de sonrisa azul. Y camina hacia el control de pasajeros, recorriendo pasillos en los que las cintas extensibles son de un azul intenso, casi marino.

Los ojos del empleado de control son de un azul verdoso. No se parecen a los de Román, inmensos, de un azul de mar en calma, con el agua rompiendo suavemente en la orilla.

Solo un par de días atrás y todo cambia. Una comida de trabajo. El azul y el negro de dos miradas que se exploran.  Frente a frente. Los ojos, amigos y extraños, narran y preguntan más allá de las palabras.

Román apenas parpadea. Ella es incapaz de despegar su mirada de ese mar inmenso que le envuelve, le hace viajar sin moverse y, desde el azul, parece invitación y enigma.

Y ahora, muy poco tiempo después, Paloma se encuentra a dos pasos de acceder al  control y entrar en la zona de embarque, de regresar de un viaje de trabajo que le ha llevado a miles de kilómetros, de dejar atrás el mundo azul de Román.

A Paloma le gustaría no saber que una llamada marca la diferencia. Que una llamada es el azul o el gris. Y sin embargo…

Vuelve a extraer, con esfuerzo, el móvil del bolsillo pero inmediatamente, con gesto serio, lo guarda una vez más para preparar el pasaporte y la tarjeta de embarque que han cobrado de golpe un color azul celeste.

Cada paso hacia el control cuesta más. Las piernas no quiere avanzar y el móvil es como una gran piedra colgada del bolsillo de su abrigo.

Román no está. Pero la mirada incondicionalmente azul de él,  en la que no había reparado hasta el momento en que se sentaron dos días atrás frente a frente en el restaurante, está detenida en ella mientras atraviesa el control. Paloma apenas puede dar un paso aplastada por esa luz azul.

¿Casualidad? ¿Búsqueda?

El azar o la voluntad, quien sabe, les sentó enfrente a uno del otro. El azul de los ojos de Román, a la vez tranquilidad y zozobra, ahora se extiende por los asientos de espera, las cristaleras a través de las cuales se ve la pista despegue, los rostros de los que esperan salir hacia sus destinos.

Paloma atraviesa lentamente dos o tres hileras de asientos.  Con la mirada baja, intentando no ver ese azul alrededor que le llama, no queriendo sentir el peso del móvil, se sienta próxima a una cristalera. El mundo azul queda atrás. Ha pasado el control. Es hora de apagar el aparato, de pasar página, de regresar.

Se levanta con esfuerzo y camina como una autómata hacia la cristalera con el móvil en la mano. Va a apagarlo, pero se distrae unos momentos viendo como un avión inmenso, azul suave como un cielo despejado de otoño, se eleva hacia un horizonte en el que cae la tarde y el azul se convierte en violeta.

El enorme avión azul se pierde en la lejanía.

La mano de Paloma vibra. El móvil vibra. Mira con temor hacia la pequeña pantalla que oscila y que, al cabo de unos instantes, refleja el nombre de Román y el azul de su mirada intensa, observándola sin siquiera parpadear.

Minutos después, de regreso a la terminal, todo parece ligero, el mundo se reviste de un alegre azul mar. La brisa mueve sus cabellos y un agua de suaves olas azules salpica a Paloma, que sonríe.

La vida, azul, espera afuera.

A los amores que quizás pudieron ser, a los que quisiéramos que hubiesen sido, a los que creímos que podrían ser y no fueron, a los que simplemente imaginamos.  A todas esas historias de amor que incluso aunque no lleguen a suceder, nos hacen ser mejores y sentir más profundamente la vida.

Noche en Buenos Aires.

Desde el hotel, un mar de luces, avenidas desiertas que se iluminan cuando un vehículo parece romper la barrera del tiempo. Luminosos que alumbran  soledad. Luces aquí y allí, salpicando el horizonte.

Y lo que no alcanzamos a ver a través de la cristalera. Cerca un barrio, Recoleta, de señorío, lujo y tumbas gloriosas con lápidas que nos recuerdan a algunos que ya no son y un día fueron aparentemente tanto.

Y más lejos, al otro lado, San Telmo, que nos trae el recuerdo de calles de una Malasaña muy lejana.  Sus puestos de artesanía y antiguedades, y esos tangos para turistas que nos emocionan porque, en definitiva, es lo que somos, turistas, aunque nos gustaría sentirnos un poco de esta tierra. Allí hemos apenas conocido a gente maravillosa, como un profesor de más de 80 años que dirige una escuela de cine desde este barrio hermoso, Manuel Antín. Emocionante.

El cine nos ha traído a esta ciudad que ya amamos, aunque la conozcamos tan fragmentariamente, aunque sea en la noche cuando encontremos tiempo para observar desde la ventana de un hotel, testigo de escasas horas de sueño, que la ciudad se extiende inmensa y que es una desconocida, querida y extrañada en el momento en que la distancia nos separa.

Viajar promocionando cine es un privilegio. No importan esfuerzos y vigilias cuando uno siente la conexión  de la gente en una sala con la historia que transmite la pantalla, con el esfuerzo de tanta gente. Todo merece la pena.

Y cuando el día, largo, acaba, esos minutos frente al ventanal contemplando el rastro de una ciudad que duerme son un bálsamo.

Relindo Buenos Aires.

(Escrito una madrugada durante el desarrollo de Madridcine 2012 en Buenos Aires)

 

A principios de 2014, según parece, la industria americana dejará de distribuir copias de películas en 35 mm. Únicamente se distribuirán en formato digital. Será el punto y final de una época del cine.

Hace unos días hablando de este tema con profesionales de la proyección, no podía evitar pensar en los cines de verano y en ese ruidillo del proyector situado al fondo de las plazas y espacios públicos de los pueblos. Se acaba. Los proyectores digitales no producirán ese sonido, ni esa oscilación de la imagen que se produce a veces al comienzo de la sesión, ni la incertidumbre que se provoca cuando en un plano aparece alguna raya y algún fotograma en negro que anuncia el cambio de bobina. Habrá otros problemas, vinculados a la tecnología, no a la mecánica.

De momento, este verano, preparamos sesiones en municipios de menos de 15.000 habitantes (*) y los espectadores aún vivirán la experiencia del fotograma en pantalla. Como viene siendo habitual, seguirán acercándose con curiosidad antes de la sesión a observar un proyector de cine, grande (aún en sus tamaños más ajustados) con una torta grande que en su rotación,  fotograma a fotograma,  va construyendo la magia del visionado a 24 fotogramas por segundo.

Estamos en el final de una época. Lo que venga será con toda seguridad y a medida que avance, mejor. Los equipos serán mucho más ligeros y fáciles de manejar y la calidad técnica irá progresando a pasos que probablemente nos cueste seguir a los directa o indirectamente relacionados con la proyección.

Todo cambia y avanza. Aferrarse al pasado y negarse a eso, es negar el progreso. Dicho esto y desde el interés por el avance tecnológico del cine digital, tengo que confesar que echaré de menos el ruido inconfundible de fondo  del proyector y esa rotación casi mágica de la película fotográfica, especialmente en las sesiones de cine de verano.

Este año veremos a los espectadores de los pueblos madrileños y de otras muchas zonas de la geografía española sacar sus sillas a la plaza y disfrutar con sus vecinos de gran diversidad de historias cinematográficas, aún proyectadas en 35 mm.  La luna y el fresco de la noche veraniega acompasarán ese rotar y rotar de fotogramas que acaba.

Que lo disfrutemos y que, en adelante, sigamos disfrutando muchos veranos con el cine digital.

 

(*) Este post se ha escrito durante la preparación del 13ª Circuito de Cine de Verano de la Comunidad de Madrid. Información: http://www.madrid.org/cinedeverano

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El balcón sale a buscar el mar. Casi acaricia las olas, en un jugueteo constante con la arena.

La cortina se deja mecer por la brisa y por mi mirada que persigue sus devaneos con el horizonte, desdibujado,  gris, y también azul y dorado.

Cae la tarde sobre la ciudad que es mar, que eres tú.

Me levanto del escritorio. Avanzo lentamente hacia las ondas suaves que dibuja la cortina, atravieso el umbral del balcón y el mar  inunda la habitación, vienes a mí.

Tu melena casi azabache sigue el ritmo de las olas, leves, como su espuma, que tiene la fortuna de chocar con la rotundidad de tu figura y empapar cada poro de tu cuerpo mientras te afanas en nadar a ritmo acompasado hacia la orilla.

Aparece y desaparece tu rostro, hecho de sal y sonrisa.

Llegas a la orilla y, como una niña, dejas que tu cuerpo juguetee con el agua y con mi mirada que sientes clavada en este suave atardecer que contornea tu figura,  hecha de luz, hecha de mar.

Tú, mar.

Tú, luz.

El mar deja paso al mar cuando entras en la habitación. La luz de atardecer se atenúa y deja que ilumines mi incertidumbre.

La estancia parece agrandarse mientras juntos, tú y yo, mar y luz, somos ajenos al viento que sigue jugando con la cortina.

 

No quiero escribir “prisión” y tampoco utilizar la expresión “centro penitenciario”. Hace unos días estuve en la cárcel.

Leyendo los periódicos de los últimos tiempos parecemos estar encerrados en una burbuja socioeconómica que únicamente conduce al desaliento. No parece haber salida, aunque sepamos que los ciclos económicos históricamente van y vienen y unas veces los vaivenes nos llevan al punto más bajo y otras parecen situarnos  en la cresta de una ola que no es tal, que se desvanece un día como por encanto y nos descubre de nuevo en las profundidades. La sociedad parece teñirse de un gris que hay que evitar y en la rutina ganan la partida las historias más dolorosas de paro, pérdidas y desencanto. Tenemos la posibilidad de respirar la calle y la libertad, pero ¿basta? Poco tiempo atrás hemos generado expectativas que hoy parecen de difícil cumplimiento.

En la cárcel hace unos días una mujer de mediana edad después de ver un cortometraje (“El orden de las cosas “ de los hermanos Alenda que finaliza con un plano de mar y arena) en una sala llena de rostros traspasados por la emoción, después de ver las películas, dio las gracias por la proyección y dijo: “me habéis traído el mar”, y recordó su tierra malagueña con la voz teñida de sal.

En la cárcel una chica joven, demasiado joven para vivir en el encierro, con la chispa de la mirada afortunadamente aún viva nos invitó a ver su celda. Por pudor, no llegamos a traspasar  el umbral de aquel cuarto pequeño en el que el color de la ropa que, según nos contó, le traía su abuela, parecía agrandar un poco aquellos escasos metros y el alma.

En la cárcel hacer un coloquio sobre cortometrajes, sobre cine, es arriesgarse a la verdad. Las preguntas sobre las películas nacen de las tripas y no pasan por el tamiz de lo políticamente correcto. La curiosidad sobre el mundo del cine, sobre el proceso de elaboración de una película estalla, sin más.

En la cárcel. Allí estuvimos hace unos días, en el módulo de mujeres de Alcalá-Meco con un programa de encuentros con directores de cortometrajes (*). Esa breve estancia nos ha recordado que “olemos a calle y a libertad” (maravillosa frase de una interna del centro de Estremera que Pepe Jordana, Eduardo Cardoso y algunos más, aunque no la vivimos directamente, no vamos a olvidar). Y en la calle, en la libertad, habrá que seguir creando, trabajando e inventando, aunque los titulares de los periódicos sean los que sean.

Visto lo visto en tantas ocasiones y días atrás “en la cárcel”, el cine es una herramienta brutal para muchos programas, para actividades muy diversas, además de una obra artística. ¡Hay tanto por hacer! Y el cine puede ser un vehículo para hacerlo.

Y en el recuerdo de esa breve estancia en la cárcel, los ojos de esa chica, Isabel, que nos abrió las puertas de su “casa”, de su celda y que sin saberlo me enfrentó cara a cara con la necesidad de volver a contar historias, también desde el audiovisual.

Calle, libertad, verano. Compromiso, trabajo, creación.

En esas estamos.

(*) Este programa se desarrolló durante la 14ª Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid -21 a 27 mayo 2012-

Pasan rápido los años. Apenas nos damos cuenta y todo ha cambiado.

Este año la Semana del Cortometraje cumple su 14º año. Ya se encuentra en la adolescencia. En poco tiempo, la mayoría de edad.

Recuerdo mi primer año en la «Semana». No fue fácil. En Atocha se produjo el desastre, la tragedia. Las actividades se detuvieron y se retomaron un poco más adelante. Fue un duro inicio, aunque nada grave ante lo sucedido. Luego la «Semana» parece haber tomado vida propia y ha ido creciendo y creciendo.

La “cosecha de cortometrajes” de cada temporada ha tenido siempre sorpresas. Por el escenario del Cine Bellas Artes han desfilado buena parte de los cortometrajistas más destacados del momento. Allí les hemos visto presentando sus cortos con emoción, con alegría.  Más de 500 cortometrajes han pasado por ahí desde aquella época. Un lujo.

Porque hacer una película tiene algo de mágico y llegar a exhibirla y poder hacerla llegar a espectadores tiene algo de milagro.

Pero, claro, las proyecciones de nuevos cortometrajes madrileños fueron el inicio. Poco a poco, abrieron el camino para nuevas actividades. Era necesario crear puntos de encuentro profesionales, actividades formativas, llevar el cortometraje a los niños (en bibliotecas, en centros culturales…), proyectar cortos donde habitualmente no se han exhibido nunca (este año las cárceles).

Poco a poco, los festivales inventan un mundo, generan expectativas, provocan al público. Eso tratamos todos los años, en nuestra pequeña escala, desde la Semana del Cortometraje.

El equipo es pequeño, pero todo un lujo. Producir un evento en 46 espacios con un equipo reducido solo se puede hacer desde la profesionalidad y el entusiasmo.

Y aquí estamos. Ante la 14ª Semana del Cortometraje a punto de comenzar. Nos esperan días complicados, divertidos, apasionantes. Nuevos cortometrajes; homenajes a Pepe Jordana y Siminiani; Oberhausen y Sitges como festivales invitados; encuentros de directores y de productores y guionistas; talleres, sesiones especiales en más de 40 espacios… Intensa semana.

Y antes de empezar los pensamientos se agolpan: ¡Qué campo tan amplio hay para promocionar el cine, el cortometraje! ¡Qué suerte trabajar en la promoción de cine! Un privilegio. Un placer.

En el cortometraje está la cantera, vamos a descubrir la “generación 2012 madrileña”.

Grandes películas de formato corto.

¿Conocéis el mundo del cortometraje? Pues no lo dudéis, acercaros y no lo dejaréis nunca.

Berlín es la nieve. Berlín es un muro ausente, una puerta que ya no divide, una escultura que es un cementerio, un festival de cine que aterriza cada año en la nieve.  Modernidad. Austeridad. Recuerdo de lo que nunca debería haber sucedido. Tantas cosas. Berlín.

Agua. Formas geométricas cercanas a la experimentación. Unos raíles avanzan vertiginosamente ante los ojos de un espectador. Aspas de señalización de vías. El tren avanza hacia una ciudad, Berlín, protagonista de una película muda realizada en 1927 por Walther Ruttman, a partir de un guión suyo y de Karl Freund: “Berlín, sinfonía de una ciudad”.

Ruttman era pintor y parece haber planeado minuciosamente cada encuadre de esta película, que incluye proliferación de encadenados y efectos de truca. Traza un recorrido de un día en la vida de la ciudad y de sus distintas clases sociales. Nos sumerge en aquel tiempo y nos traslada de escenario en escenario dejándonos apreciar los aciertos estéticos del director que incide en elementos que nos fascinan: los anuncios luminosos, los planos de pies o las ventanas realizando un juego de combinaciones geométricas.

Si no habéis tenido oportunidad de ver esta película no dejéis de hacerlo. En ella encontraréis elementos visuales de una modernidad apabullante, os toparéis con la belleza, el arte, el CINE con mayúsculas.

Hace dos días los espectadores de la gala de inauguración de Documenta Madrid 2012 volvimos a disfrutarla acompañada por la música de Clint y la Funeral Band -extraordinaria banda-. Fue el comienzo de la edición de un festival que nació en Madrid hace ocho años, con una especialización clara, el cine de no ficción, y que ha logrado, a partir de un trabajo cuidado de programación, un merecido lugar en el panorama de festivales nacionales e internacionales.

Documenta Madrid es un certamen necesario, imprescindible, que nos invita hasta el 13 de mayo, a conocer una selección importante del cine documental actual.

No podemos dejar de asistir a Documenta Madrid. Allí nos vemos estos días.

www.documentamadrid.com

 

Observar por el agujero de la cerradura otras vidas, de ficción, reales;  descubrir el conocimiento que otros han ido acumulando; contemplar lugares que no llegaremos nunca a visitar;  realizar un viaje en el tiempo a épocas lejanas.

Los libros.

Leer. Respirar entre línea y línea y encontrar aquello que el escritor deja en suspenso. Vivir vidas paralelas en silencio. Un remedio para conjugar la soledad, los miedos, la zafiedad de un presente que, en ocasiones, parece vaciado  de futuro.

Las bibliotecas, contenedores de ilusión,  guardianas de vidas, de esperanza y proyectos.

Paseando por ellas puede ocurrir que oigas la llamada de un libro,  el susurro de un personaje, de un autor que reclama tu compañía desde una estantería. Hojeando un libro puedes descubrir que el mundo, a veces, transita con más veracidad por sus páginas que en la rutina de la vida real. Leyendo puedes ponerte el mundo por montera.

Dar un paseo por una biblioteca es una osadía, es atreverse a recorrer el mundo visitando tan solo un edificio. Es buscarse a si mismo. Es jugar a imaginar qué leerán los que, sentados en silencio, parecen beber con los ojos el papel que exploran.

Me gustan las bibliotecas. Durante años he trabajado en centros de documentación y, en paralelo, he rodado cortometrajes y documentales. Me gusta visitarlas en las ciudades a las que viajo, conocer como la arquitectura, muchas veces, facilita ese viaje interior, necesario, al conocimiento del mundo y de uno mismo.

Viajar en los libros y fuera de los libros provoca tolerancia y empatía, además de conocimiento. Refugio y asidero, como también lo son el cine, el teatro, la música, las artes plásticas… Sin embargo, los libros juegan con ventaja, lo atesoran todo.

Hace poco visité la biblioteca del TEA (Tenerife Centro de las Artes). La modernidad, la funcionalidad y la atracción del lector van de la mano en centros como este. Las bibliotecas avanzan. El libro, en papel, en formato digital, continuará siendo acicate de un viaje personal en el que cada uno es su propio capitán.

 

 

 

 

 

Sobre un fondo neutro posan una muñeca y una niña.

La postura ha sido preparada por el fotógrafo. La muñeca, la preferida de la niña, está perfectamente colocada. La niña, con las manos sobre las piernas cruzadas atiende puntualmente las instrucciones de la voz al otro lado de la cámara. Sin embargo, en el momento del disparo, la foto cambia con la mirada de la niña, curiosa, que traslada su atención a algo situado fuera de campo.

La niña que mira hacia otro lado soy yo. El fotógrafo era mi tío. No tengo recuerdo de qué pasó en aquel otro lado, dónde se desplazó la mirada. Pero precisamente es esa mirada la que hace que me reconozca en esta foto de una niña de rizos y muy pocos años.

 

 

 

Sol suave. Nubes blancas e intensas más allá de la llanura, cerca de montes que cierran el horizonte. Postes. Caminos. Bandadas de pájaros. Y más postes seguidos de un paso a nivel.  Más de 250 km/hora de velocidad. Volando sobre el suelo el tren avanza hacia Zaragoza.

Viajes de trabajo, que no son viajes y que no son trabajo cuando el cine se confunde con la vida y la atrapa.

Llegas a una estación creada años atrás en una época en que íbamos a comernos el mundo. Enorme, un tanto desierta. Después, recorres l a ciudad en un taxi mirando el reloj. La ciudad que se atisba, pero no se vive. Esa sensación que acompaña tantos viajes.

El acto ha comenzado. La sala oscura. En la pantalla,  jóvenes hablan a cámara explicando qué supone para ellos hacer cortos en el instituto. Se suceden experiencias de vida que pudieron no existir pero que han dado luz, trabajo en equipo, diversión e imaginación a la adolescencia de muchos. El cine como herramienta de aprendizaje de otras materias (*) y del propio cine. En el descanso nos mezclamos entre chicos y chicas que se encuentran, que están nerviosos, que tienen ganas de grabar nuevas historias. El cine y el audiovisual como impulso de la creación, del conocimiento del mundo y de uno mismo. Como vida.

Más cortometrajes. La emoción vence a la técnica. Hay algo bello e indefinible en los trabajos primerizos de equipos tan jóvenes. La ingenuidad, maravillosa, imposible de imitar, llena la pantalla a ratos. La capacidad de analizar, sintetizar y transmitir un mensaje te emociona en la butaca.

Y llegan los premios y sientes que los galardones “institucionales” rompen el juego de la emoción. Toca trabajar, con gusto, pero con nervios. Nunca llegará el escenario sin alteración, ya lo has desechado. Agradeces de corazón y piensas de verdad que estas actividades que vinculan cine y jóvenes son las más importantes: para formar espectadores pero, sobre todo, para formar personas que analizan, crean, saben decodificar una imagen,  crearla, componerla, mimarla, quererla. Aprenden a amar el cine y la vida.

A continuación sigue la fiesta, los verdaderos premios, los de los institutos. Desfilan clases de chicos y chicas alegres que reciben vítores,  aplausos, emoción y premios. Acompañados de profesores entusiastas que nunca recibirán suficientes vítores, aplausos, emoción y premios.

Sales de allí contagiada de entusiasmo y sobre la ciudad late un gris que no te afecta. Vienes de la emoción, de conocer que el trabajo de formación cinematográfica da frutos, que no hacen falta estadísticas, que para saberlo sólo hay que entrar en una sala con quinientos alumnos que han tenido la oportunidad de acercarse al cine, de vivir un trabajo de cine.

Y caminas con paso ligero, pero sin rumbo fijo por el centro de la ciudad. Frente a lo que acabas de vivir vienen a tu cabeza los titulares de los periódicos de los últimos días. “El cine se acaba”… una forma de hacer cine probablemente,  tendrá que hacerse con un esfuerzo que seguramente será bastante superior al de otras artes, al de otras industrias culturales, pero se seguirá haciendo cine. Caminas bajo unos arcos mientras empieza a caer una lluvia fina. Decides que no quieres pensar ahora en lo ocurrido en los últimos días y llevas la cabeza  a tus relatos, a jugar a imaginar.

Alguien camina tranquilamente bajo unos arcos como los que atraviesas. Una motocicleta sale de un lateral de repente. El conductor arranca el bolso de la mujer que camina. Cae al suelo. Manido, muy manido. Mejor ella camina despacio porque va al encuentro con alguien a quien teme. No quiere llegar. De repente, alguien, por detrás, pone la mano en su hombro. Sonríes. No parece buen día para la imaginación. Hoy toda parecía estar concentrada en un salón de actos unas manzanas más allá, hace un rato.

Ves que, como la protagonista de este relato que no llegas a imaginar, caminas sola bajo los arcos. Es la hora de comer. Las ciudades a mediodía descansan. Es una buena hora para caminar y conocer en solitario.

Miras el móvil. Lástima. Hora de regresar a la estación y volver a Madrid.

En el trayecto, lees, envías mensajes y evitas que esa preocupación por los titulares de los días anteriores ocupe tu cabeza. Está ahí,  pero no quieres dar vueltas sobre el tema.

El paisaje se sucede y no puedes evitar mirar de tanto en tanto la ventanilla y observar cómo la velocidad hace morir el paisaje que parece un decorado visionado a una velocidad inadecuada en un monitor de vídeo.

Antes de llegar a Madrid el tren aminora la velocidad. La ciudad se va acercando. Las vías parecen una senda que hace preguntas. No hay respuesta.

¿O si?

Levantas el móvil y grabas una imagen de vías, graffitis  e incertidumbre. Como la vida. Madrid se anuncia.

“Do not forget to take your personal belongings with you”

En Madrid.

 

 

(*) Los institutos aragoneses compiten en el certamen “Cine y Salud”, este post lo escribo, con agradecimiento, después de acudir a la entrega de premios  2012 y vivir con ellos esa entrega en la que, además, la Asesoría de Cine de la Comunidad de Madrid recibió el Premio Ámbito Latinoamericano.