LA MANCHA – AMORES MÍNIMOS – RELATO 16

– Te quise con locura,… pero eso fue hace mucho tiempo.

Al acabar esta frase, ella no pudo aguantar la mirada de él. No era así como quería decir lo que quería decir. No. Sus palabras habían sonado a culebrón trasnochado. No era así.

Bajó la cabeza y miró hacia el mantel, blanco y se fijó en una pequeña mancha cercana a su vaso. Daba la impresión de tener vida propia e irse agrandando poco a poco. Aquella mancha crecería, iba a llenar aquella mesa, se derramaría por el suelo hasta llegar a la mesa de al lado, donde un grupo, ajeno a las imaginaciones de Elena, reía. Inundaría el restaurante, saldría a la calle, se extendería por las calles adyacentes…

La voz de él cortó el aire. Ella levantó la mirada.

– Sigo pensando en ti.

La mancha se detuvo.

Él había pronunciado cuatro palabras. Solo cuatro palabras.

– Sigo — pensando —- en — ti.

Aquellas cuatro palabras taladraron los oídos de Elena. La frase retumbaba en su cabeza. La voz de Fernando, jugaba con otras voces a repetir y repetir cada una de las sílabas. Tonos diferentes. Ritmos diferentes. Melodías extrañas.

– Sigo pensando en ti. En ti. Sigo pensando en ti. Pensando. Sigo. En ti. En ti. Pensando. Pensando.

Mientras aquellas voces taladraban sus certezas, Elena, fijando de nuevo la mirada en el mantel veía ahora cómo la mancha, esa mancha absurda del mantel, visible y engorrosa, disminuía y disminuía, quedando reducida a una mota apenas perceptible. Con ella se acortaban y llegaban a desaparecer los años, los miles de días, horas, minutos y segundos en los que no le había visto. La vida malvivida en su ausencia.

El volvía a ser ÉL.

Ella era ELLA, aquella chica joven, tan joven, que era ella hace veinticinco años.

Elena dejó de mirar la mancha y levantó la mirada.

Y en aquel momento ella y él se miraron como siempre, como entonces, en lejanos años alocados de facultad, sueños, vinos, risas, cuando la vida se presentía larga, muy larga, y repleta de buenos presagios.

-¿Van los señores a tomar postre? Dijo entonces un camarero con voz engolada, inesperado, inoportuno.

Ella empezó a sonreír, hasta que la risa, abierta y contagiosa de ella, de él, de los dos, la risa de aquellos años inolvidables, la de siempre, inundó aquel espacio. Era tal la risa que los comensales de la mesa de al lado abandonaron su ánimada conversación para mirarles. E inmediatamente se sumaron los de la mesa de más allá y el restaurante entero.

Aquella risa contagiosa se extendió en el restaurante mesa por mesa, salió a la calle, se propagó por cada esquina, cada balcón, cada recoveco y conquistó la ciudad, el mundo, su mundo, el de él, el de ella. El mundo que, juntos, creaban.

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