lacalledelavida

Cine y escritura

 

La belleza. Término de difícil definición. Subjetiva y cambiante. Unos la encuentran en los rostros de las pinturas de Botticelli, otros en el rugido de un motor de un coche de Fórmula Uno, algunos en el sabor de un pato laqueado. Conceptos todos válidos, personales, diversos.

El mar, teñido de naranja por un atardecer espectacular en el que algunas nubes hacen parecer al cielo una pintura abstracta y dejan que los rayos, ya tenues del sol, perfilen su contorno. El mar, acariciando, con un color equivocado y perfecto, la arena de la Concha.

Hoy he visto la belleza, en esas aguas, en esa ciudad que cerca el mar y lo acoge casi dentro de sus calles, bajo ese cielo deslumbrante.

San Sebastián. Un lugar donde uno se puede encontrar a la vuelta de la esquina con la belleza, con momentos de luz y de paisaje sobrecogedores. Una ciudad hermosa que acoge todos los años la magia, la belleza, de la creación cinematográfica.

Las calles y salas de Donostia han contemplado muchos rollos de película y muchos rostros del cine a lo largo de la historia de su festival. 59 años son muchos años. Muchos. Un largo tiempo de ser escaparate del cine internacional, punto de reunión e inicio de la trayectoria de multitud de películas.

Berlín, Cannes, Shanghai, Moscú, Karlovy Vari, Locarno, Montreal, El Cairo, Venecia, Mar del Plata, Tokio y… San Sebastián. Son las ciudades que acogen a los festivales de categoría “A”, los más importantes del mundo, reconocidos por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Fílmicos (FIAPF). En España se calcula que puede haber más de 300 festivales de cine (solo en la Comunidad de Madrid se censaron 51en 2010). ¿Cuántos puede haber en el mundo? Es un cálculo imposible. Pero está claro que el Festival Internacional de San Sebastián forma parte de la lista de los 12 más importantes del mundo, de los eventos más destacados para la promoción del cine. Y esto debería difundirse aún más intensamente entre el público general y ser un motivo de orgullo. Si, esa es la palabra, no quiero escribir otra.

Orgullo y reconocimiento es también lo que deberíamos sentir al ver los nombres de Enrique Urbizu, de Benito Zambrano y de Isaki Lacuesta en la sección oficial de este festival. Hay mucho talento en el cine español, en los creadores y en los equipos técnicos. Y hay que repetirlo: mucho talento. Teñido de un enorme esfuerzo. Sus películas (“No habrá paz para los malvados”, “La voz dormida” y “Los pasos dobles” respectivamente) van a ser una muestra de esto, y también otras películas españolas que se mostrarán en las diversas secciones del festival.

Mañana arranca el festival con múltiples secciones que nos acercarán una porción interesante de cine reciente internacional, junto a otras secciones informativas retrospectivas y actividades muy diversas (exposiciones, presentaciones, etc). Hojeo el programa y, como espectadora, quisiera dar las gracias a Rebordinos, director del festival, y a su equipo, por su trabajo en esta edición. Porque el trabajo de promoción del cine que hace un evento como este es sensacional. Y es una labor divulgativa imprescindible que conlleva un trabajo considerable. Enhorabuena y mil gracias.

Hoy recién llegada a San Sebastián, con la retina llena de la belleza de un mar naranja en una ciudad maravillosa, siento el impulso de escribir sobre lo necesario que es hacer una labor constructiva respecto a nuestro cine, a nuestro modo de trabajar la promoción a través los festivales y respecto a la valoración de todo el sector.

El cine español está muy bien valorado fuera de nuestras fronteras, tiene que propiciarse un cambio de perspectiva en nuestro territorio y también en la evaluación de todas las actividades promocionales.

Veo el programa del festival. Serán jornadas intensas. Días de cine salpicados por algún paseo por la Concha en busca de esos momentos en que el paisaje estalla. Instantes de belleza en el cine y fuera del cine.

 

 

 

El tiempo. Parece eterno y se va en un suspiro.

Antes del final llega la vejez que puede convertirse en un territorio inhóspito dependiendo de lo vivido. Las cuestiones personales pendientes, la soledad, los problemas de salud, la dependencia…hay muchos aspectos que pueden resultar determinantes en ese tramo final de la vida.

Este verano cuatro personajes han vivido conmigo calores, mar y largas sesiones de ordenador. Una frase oída en una comida disparó la idea en mayo. Supe desde el principio que no iba a ser el germen de un guión de cine, que era teatro. Por primera vez, teatro. En junio escribí la primera parte de la obra y los meses de julio y agosto han visto su desarrollo y final.

Luis, Carmen, Manuel y Aurora, compañeros de viaje de este verano,  son los protagonistas de «Antes del final». Sus historias de vida son muy distintas. A través de caminos muy diferentes, nos intentan trasladar una reflexión sobre el paso del tiempo desde la última etapa de la vida y su visión acerca de cómo afrontar la caída de los últimos granos de arena de ese reloj invisible que nos acompaña, que parece acelerar su marcha a medida que vamos sumando años.

La obra se divide en tres partes: «La petición», «El columpio» y «La flor». Podrían también representarse de forma independiente. Pero como obra completa pretende ir trazando un caleidoscopio de personajes y miradas para, de este modo, abrir camino a una reflexión honda del espectador.

Las tres partes cuentan con elementos formales que se repiten y que pretenden ayudar a lograr la unidad. Valga como ejemplo un columpio que aparece con desigual protagonismo en las tres partes de la obra, o determinados elementos escénicos.

Entre líneas,  leo un retorno al territorio del documental «Confluencias», donde la memoria y el tiempo teñían los planos. Quizás tengan razón los que piensan que, en el fondo, los autores siempre cuentan la misma historia.

«El tiempo es la única riqueza que tenemos». Esas palabras que en un momento dicen los personajes de la tercera parte de la obra, parecen resumir la idea principal que se desprende del texto completo.

Esta obra es una iniciación. ¿Dónde nace este impulso hacia el teatro? No lo sé. Miro hacia un rincón de la habitación en la que escribo. Veo una máquina Olivetti muy antigua. Quizás ahí esté la respuesta. En las páginas que emborronó alguien en esa máquina, un recuerdo muy especial.

No sé si habrá más teatro. Sé que he disfrutado y sufrido con los  personajes de esta obra como he sufrido y disfrutado armando cortometrajes y documentales.  Una de las ideas que barajo ahora podría desarrollarse mejor en teatro que en cine. Pero, ¿quién sabe? Hay tantas ideas y el tiempo, ese desconsiderado, es tan escaso…

Vivimos inmersos en un carrusel y, mientras damos vueltas,  la vida pasa y vamos dejando las historias por vivir y, en este caso, por contar, en esos giros y vueltas.

El azul se confunde. A veces parece verde azulado. En ocasiones es un azul marino que verdea. Brillante. Inquieto.

En la línea del horizonte parece perderse el presente y juega a ocultarse el futuro.

Allá, en el otro lado, donde habitan misterio y zozobra.

Allá, donde juegan seres mitológicos con ballenas y peces de escamas coloreadas.

Allá, donde parecen desdibujados y extraños, quizás hasta de sí mismos, los que un día partieron a buscarse  un futuro en lugares insólitos.

Allá, donde los capitanes que no se llaman Acab  pelean con tripulaciones vencidas por distancias imposibles, piratas contemporáneos y aventuras dispares en puertos de los cinco continentes.

Es fácil imaginar cuando uno tiene tiempo para poder imaginar. Cuando el verano aprieta, pero desparrama con lentitud horas y minutos y la línea del horizonte se ve desde una playa tranquila. Y el azul  se te mete dentro y, después de encarnizadas batallas, vence a la pereza y la zanganería.

¿Quién puede no imaginar con las pupilas y las entrañas llenas de este azul intenso?

Con los pies en el agua y la mirada muy lejos, tan lejos… Perdida en un lugar indeterminado en el que el azul tiende al verde o, mas allá, en el lugar en que el horizonte se convierte en azul intenso.

 Azul.

Mar.

El aire fresco de la mañana acompaña mis pasos, ligeros, atravesando el centro de Madrid.

Casi todos los días, en invierno y en verano, cruzo el barrio madrileño de Malasaña de camino a mi trabajo. Me gusta caminar y pensar mientras camino. Parece que, andando, soy capaz de ordenar mejor ideas, planificar y tomar decisiones. Y es lo que intento hacer en este trayecto. Despejarme. Organizarme. A veces lo consigo, otras veces mi pensamiento se marcha detrás de  posibles historias de personas encontradas en ese camino o de situaciones vividas en ese barrio, que es el mío, el de la infancia, el de siempre.

Nací y crecí en Malasaña y me parece pertenecer a muchos rincones de ese barrio, incluso a aquellos que se han reinventado con el paso del tiempo. Había un pequeño hospital en la calle de la Estrella, desaparecido ya hace años, allí, un día caluroso de agosto, empecé a conocer este barrio. Durante años mi familia vivió en la calle de Valverde, casi esquina con Colón. Desde el balcón de la casa de mis padres se veía el edificio de la Telefónica a un lado y, a otro, los tejados del barrio y parte de la iglesia de San Ildefonso. El cielo parecía estar muy cerca de aquella casa, que dejamos cuando yo estaba en el último año del instituto, para trasladarnos muy cerca de la glorieta de Bilbao.

Siempre el barrio.

Quizás vivimos toda una vida para, al final, retornar a los territorios de la infancia. Yo siento que nunca me he ido. Recorro nuevas tierras con la ilusión y la curiosidad del viajero, pero he sentido siempre la pertenencia a esta pequeña zona de Madrid, a la que mis pasos no tardan en regresar inmediatamente después de conocer otros lugares.

Me gusta cambiar esa ruta de las mañanas y realizar el trayecto por calles y rincones distintos cada día. Sin embargo, hay un itinerario que es el más habitual: atraviesa la plaza del Dos de Mayo, la calle del Espíritu Santo y la plaza de San Ildefonso. Son tres lugares que asocio a distintas etapas. La primera a las salidas de la primera juventud. Bares y noche. La calle del Espíritu Santo es el lugar que inspiró el relato “La calle de la vida”, que da nombre a este blog. La familia y los amores han caminado por esta calle. Recuerdo la compra de los sábados por la mañana, un bar, miradas y nervios. La plaza de San Ildefonso es la infancia. Allí jugábamos los niños y niñas del barrio. Subíamos y bajábamos por la merienda, por las cuerdas para jugar a la comba, por cualquier cosa. Éramos pura acción. También en una casa de esa plaza va a vivir lo mejor y lo peor de su vida la protagonista de una novela que escribo, “Detente, olvido”.

Malasaña es un barrio que encierra muchos barrios, vidas muy diversas. El ritmo de sus aceras cambia a lo largo del día. Por la mañana es un pequeño pueblo instalado en el centro de Madrid que parece habitado por gente mayor. Por la noche es juventud, encuentro y algarabía. Y cabe todo: lo antiguo convive con la vanguardia; los comercios chinos, con los tradicionales; los sonidos de la ciudad, con las campanas de la iglesia; todo se funde y enriquece en un ambiente variopinto.

Mañana, una vez más, recorreré Malasaña, mi barrio, antes de las nueve de la mañana. Intentaré planificar el día mientras voy andando pero, como ocurre casi siempre, mi imaginación se dejará llevar por las historias que se crucen en el camino.

 

Rebecca Pidgeon: Muévete en la sombra.
Gene Hackman: En la sombra te busca todo el mundo.
Rebecca Pidgeon: ¿Y qué hay que hacer entonces?
Gene Hackman: Hay que ir por el sol.»

«El último golpe» (D. Mamet, 2001).

El apasionante duelo dialéctico de un profesor universitario y de una alumna conduce a una espiral en la que las posiciones de ambos sitúan al espectador en un gran debate sobre la educación contemporánea. Los actores, José Coronado e Irene Escolar, bordan los matices de sus diálogos en “Oleanna”, una obra de David Mamet estrenada por primera vez en 1992, en la que la escena final, lleva a un punto de no retorno, esperado.

Mamet es así, un mago de la escritura con capacidad moverse con absoluta maestría en los campos del teatro y del cine y de convertir sus películas y sus obras teatrales en espejo de algunos de los debates contemporáneos más apasionantes. En sus obras practica una visión crítica con aspectos de la sociedad que le rodea, a la vez que es un maestro en el desarrollo de todos los aspectos del drama, manejando fabulosamente la estructura, desarrollando diálogos memorables y, en definitiva, consiguiendo mantener la tensión y al espectador pegado en la butaca.

Hace unos días tuve la posibilidad de ver «Oleanna» en el teatro Español y de recordar como leí casi sin pestañear, hace ya mucho tiempo, “Una profesión de putas”, un libro de cabecera para cualquiera que quiera dedicarse al mundo del cine, en el que entre anécdotas de su vida y de la industria cinematográfica en Estados Unidos traza un recorrido que sirve para ilustrar como el guionista tiene que adaptarse a circunstancias a veces descabelladas. Y entre historia e historia, se van desgranando algunas claves de la escritura de guiones. Un libro que, en las ocasiones en que he dado clase, siempre he recomendado a los alumnos, como toda la bibliografía de Mamet, de imprescindible lectura para los que quieran hacer algo en disciplinas vinculadas al cine o la teatro: “Los tres usos de un cuchillo”, “Bambi contra Gozilla”, “Conversaciones con David Mamet”, o más vinculados estrictamente al mundo teatral, “Manifiesto” y “Verdadero y falso. (Artes Escénicas)”.

Sin hacer una relación completa, Mamet es un autor teatral de larga trayectoria: “Noviembre, “Oleanna” o “Razas” son las últimas obras escritas por él que hemos podido ver en España. Guionista de películas como “El cartero nunca llama dos veces“ o “Los intocables de Elliot Ness“. Director y guionista de películas como “State and Main“ (una comedia sobre el mundo del cine sencillamente magnífica), “El caso Wislow“ (nada es lo que parece, tampoco en el mundo judicial) o “Casa de juegos” (su primera película en la dirección).

En la cabecera de este post encontraréis una secuencia de Glenngarry Glenn Rose, una  película dirigia en 1992 por James Foley basada en una obra de teatro que Mamet escribió en 1984. Alec Baldwin se dirige a los empleados de una inmobiliaria. La crisis aprieta y les da una serie de instrucciones que son ejemplo de un sistema de trabajo despiadado: el mejor vendedor será recompensado con un Cadillac, el segundo más eficiente con un práctico juego de cuchillos y el que menos venda será despedido.

Ha pasado el tiempo y, como las buenas obras, sus ideas siguen teniendo vigencia en un mundo laboral desbocado.

Mamet, el mago, consigue llevarnos siempre a los terrenos de su pensamiento y hacernos reflexionar. Pero la magia no existe. Quizás solo sea una mezcla de algo de talento y trabajo, trabajo y trabajo, que es lo que propone Mamet a los guionistas en sus libros: corregir, corregir y corregir.

Os dejo con una frase de su libro “Bambi y Godzilla”.

“¿De dónde vienen nuestras ideas?
Quizá las mejores, las verdaderas, sean la recompensa, no al talento ni a la suerte, sino a la humildad.”

La luz parpadea. Uno de los fluorescentes del techo parece tener una conexión desajustada y su zumbido, constante, se amplifica en la cabeza de Elena. Su mirada, cansada, permanece detenida en una cortina verde, algo arrugada, con la que se pretende aislar el espacio. Ondea y el impacto de la luz vibrante va creando gamas de color. El verde se diluye mientras las pupilas de Elena, dilatadas, viajan a un pasado muy reciente.

Chispeaba. Elena recuerda que aquella mañana, al levantarse, miró por la ventana y observó el murmullo de la llovizna al chocar contra el cristal. Pronto sintió el abrazo cálido de Manuel, agarrándola por la espalda.

– Otra vez llueve.

Manuel pronunció estas palabras mientras sus brazos la envolvían. Así, fundidos, en silencio, permanecieron contemplando la lluvia unos instantes. Luego, como cada día, las prisas, la ducha, el café, las idas y venidas a la habitación. Lo de siempre.

– Parece que ha parado de llover. Te veo esta tarde. Volveré sobre las siete.

Esas fueron las palabras de Manuel desde la puerta, una semana atrás.

Elena en aquel momento se encontraba en la habitación, vistiéndose. El armario parecía ocultar la camisa que buscaba y no salió a despedirle.

– Luego nos vemos. Buen día – gritó desde el fondo de la casa.

Parece que ha parado de llover, eso dijiste, pero el suelo estaba mojado. Y pronto volvió a llover… No salí a despedirte, como otros días…no salí, no llegue a salir, ¡maldita sea!…Sobre las siete… dijiste que volverías sobre las siete. Si hubiese salido…El metro… ¿Por qué la moto? No te gusta conducir la moto cuando llueve. Nunca lo haces.

No te vi. No me despedí…

Elena agarra fuerte la mano de Manuel, inerte. Sus pensamientos trazan un bucle, mientras continúa absorta en los pequeños vaivenes de la cortina verde.

La enfermera rompe el hilo de sus pensamientos cuando descorre la cortina y avisa a Elena que ha concluido la hora de visitas en urgencias.

Elena se recuesta en la cama, sobre el cuerpo paralizado de Manuel, y se abraza a su cuello, lleno de vendajes. Besa sus párpados y le susurra, como cada día :

– Manuel, vuelve. Necesito verte, vuelve.

De espaldas, despacio, sin dejar de mirar todas las vendas que cubren a Manuel, Elena va dando pequeños pasos hacia la salida.

El verde lo inunda todo. Todo. Hasta que una mancha oscura entra en el campo visual. No tiene forma. Poco a poco, va cobrando nitidez, hasta que el verde se queda formando una especie de marco de la mancha. Se va dibujando el contorno de un cuerpo de mujer. Poco a poco la imagen se va aclarando. No cabe duda. Es Elena.

Atónita, en su rostro de marfil los ojos, siempre serenos, no lo son más. Agrandados, miran extasiados los párpados de Manuel.

Elena, inmóvil, vigila la mirada brillante de Manuel. Recibe, traduce, escucha, vibra. Una conversación se traza en el silencio. Manuel, con los ojos habla, abraza, susurra, anima.

Pasados unos instantes, Elena avanza lentamente hacia los ojos sonrientes de Manuel.

De golpe, los párpados de Manuel caen.

Elena grita y en ese grito está contenido todo el dolor del mundo.

Momentos después un tumulto de médicos y enfermeras atienden a Manuel.

Elena no ve nada, solo el verde de la cortina que a ratos se torna azulado, a veces, amarillento.

Mientras las lágrimas corren por sus mejillas, Elena también sonríe. Y permanece ausente, con el pensamiento encerrado en esa mirada pletórica de energía de Manuel, que le ha entregado un caudal de mensajes, caricias, abrazos y, quizás, despedidas. Mientras llora y ríe, Elena observa ese verde, que ya no es tan verde, de la cortina.

De golpe, en el techo, el fluorescente cruje y se funde.

 

El proyecto era fantástico: hacer un largometraje documental dividido en cuatro partes, analizando cada uno de los momentos de la inmigración.

El proyecto se llevó a cabo y Manuel Martín Cuenca dirigió la parte correspondiente a la salida del país, dedicándolo a los inmigrantes subsaharianos; José Manuel Campos, la llegada, el impacto de los primeros tiempos, retratando la realidad latinoamericana; Natalia Díaz, el regreso, si llega a producirse, también mirando hacia América Latina; y, por mi parte, dirigí el capítulo dedicado a la integración -polémico término, que utilizamos aquí para sintetizar-, siendo protagonistas los inmigrantes del Este de Europa.

Cuatro puntos cardinales.

 Un buen título, una buena idea que impulsó Natalia Díaz y produjo Morena Films. Fue emitido en televisión pero únicamente participó en un festival: en Docúpolis, que se celebraba en Barcelona, donde obtuvo el Premio del Público, así es que no es un largometraje demasiado conocido.

Cada una de las partes del documental tenía dificultades diferentes. La de nuestro fragmento, que titulamos «Este», era conseguir que resultara interesante el momento en que los inmigrantes habían conseguido estabilidad. Una etapa en que ya hay una rutina: hay una cierta estabilidad laboral, de vivienda, la dificultad del idioma está prácticamente vencida y la vida se ha ido recomponiendo.

Después de leer toda la documentación que pudimos sobre el tema en general y sobre los colectivos del Este en particular, hicimos trabajo de campo, relacionándonos con asociaciones, colectivos y personas de diversas poblaciones de alrededor de Madrid que, en esa época (hacia el año 2002), eran municipios receptores de inmigrantes de diversos países del Este de Europa. Al final centramos la búsqueda de nuestros protagonistas en los municipios de Alcalá de Henares, donde acabamos grabando a un equipo de fútbol formado por polacos que jugaba en la liga local; en Fuenlabrada, donde encontramos a una familia también polaca que retrataba bastante bien el proceso general de la inmigración procedente de ese país; y, por último, en Coslada, donde grabamos a un coro rumano.

Recuerdo muchos momentos de esta grabación, a veces, sorprendentes. Pero sobre todo, recuerdo, la entrega de los protagonistas, una vez que se comprometieron.

Cambiar de país es cambiar de vida. No es fácil. Ellos lo lograron, pero siempre descubríamos, un dolor de fondo por lo dejado atrás. La nostalgia de su país, de su gente. En el otro lado de la balanza, la alegría de haber dado el paso y de haber mejorado su calidad de vida.

Una vez más y, pasado el tiempo, me gustaría agradecer a todos los protagonistas su colaboración y a todo el equipo su entrega.  

Nota: El trailer que adjunto es el único testimonio del documental existente en la red. Me disculpo porque las imágenes no son de buena calidad.

Te encontraré.

Buscándome

te encontraré.

 

La televisión está encendida. Un hombre de mediana edad se recuesta en un sillón frente a ella. Junto a él, un portátil abierto en una página de búsqueda de empleo y un móvil. Su mirada apunta hacia el aparato pero parece recorrer otros universos. Apenas balbucea un “hasta luego” cuando Enok, su hijo, atraviesa el salón.

 

La primavera asalta por fin la ciudad. En la calle, el verdor de los árboles hace que Enok olvide el rostro ausente de su padre, esa distancia que dura ya más de un año, desde el día en que llegó a su trabajo y encontró una carta de despido encima de su mesa.

 

Un sol intenso ilumina el barrio de Carabanchel y él camina por la acera, disfrutándolo, mientras revisa en el móvil los mensajes que ha estado recibiendo desde ayer de algunos colegas de la facultad. La cita es en pleno centro de Madrid.

 

Ana abre la caja registradora y calcula el cambio de las consumiciones que tiene que cobrar. Los clientes abarrotan la barra y el alboroto de las voces hace difícil oír lo que piden. Pronto, en la pared del fondo un reloj antiguo señala la hora de salida de Ana que enseguida se dirige hacia la cocina, recoge sus cosas y se despide con una amplia sonrisa de sus compañeros.

 

Un sol radiante recibe a Ana cuando sale a la calle estrecha del centro de Madrid donde está situado el bar en el que trabaja. Se encamina hacia la Puerta del Sol a tomar el metro hacia la facultad, donde cursa su doctorado. Será el broche de oro para un brillante currículum de licenciada en periodismo que no le ha servido, de momento, para encontrar trabajo en la que aspira que sea su profesión.

 

Cuando llega a la calle de Carretas ve toda una muchedumbre en la plaza. Duda. En realidad desde ayer, desde el momento en que recibió el primero de una serie de mensajes, duda. Camina lentamente la calle mirando al fondo, debatiéndose consigo misma.

 

Enok sale del metro y se queda perplejo, sin saber hacia donde mirar, asombrado. La plaza se ha convertido en un campamento organizado por zonas. Pasados unos minutos se encuentra a gente de la facultad y colabora en las actividades que puede. En el momento en que concluye sus tareas en la zona de avituallamiento, se encamina hacia el espacio donde se elaboran carteles y cumple su ilusión: escribe dos lemas.

 

Después, con gesto de satisfacción, se dirige hacia la verja de entrada del metro para colocarlos allí. Al llegar se fija en una chica rubia, con una coleta que recoge un pelo abundante. Está parada, leyendo, y parece diseccionar cada palabra de cada cartel. Enok observa que se acerca mucho a las letras y deduce una cierta miopía en esa mirada profunda.

 

Ana, absorta en su lectura, no se da cuenta de que Enok no deja de mirarla.

 

Enok se coloca muy cerca de Ana y busca un hueco para su cartel, justo al lado del que ella observa en ese instante.

 

“Aquí y ahora es el momento”, lee Ana en la cartulina pintada con rotulador rojo que está colgando Enok.

 

La mirada de Ana se desplaza desde el cartel hacia el rostro de Enok, sonriente. Se detiene en sus ojos oscuros que emanan a la vez calma y fuerza.

 

– ¿Te gusta?, dice Enok

 

Ana tarda un poco en responder, sigue observando el rostro de Enok bajo un mechón de pelo rizado bastante oscuro.

 

– Si, es un buen lema. El presente es el momento.

 

– Si, sin duda. ¿Me ayudas a colgar este otro?

 

– Si, claro.

 

Ana deja su mochila en el suelo y ayuda a Enok. Al terminar, los dos observan su obra, se miran y la sonrisa de satisfacción se convierte en una risa espontánea, libre, común.

 

– Hay mucho trabajo por aquí. ¿Te quedas?

 

Ana parece dudar.

 

– Bueno, si, me quedo un rato.

 

– Estupendo. Vamos a preguntar en qué podemos ayudar. Bienvenida. Yo soy Enok, y tú, ¿cómo te llamas?

 

Ana le contesta sonriendo y los dos, charlando y caminando, se pierden en el tumulto de gente. Dejan atrás el cartel que han colgado juntos: “El futuro es ahora”.

 

En unos minutos, el cartel se despega de uno de los lados. Pero una mujer que pasa cerca vuelve a colocarlo y queda allí, bien sujeto, entre una multitud de carteles.

Sentir, que es un soplo la vida …

“Volver” . Letra: Alfredo Lepera

 

 

Un tango, la vida. Un bar donde el tango es la vida. Un documental de un bar pequeño y bullicioso en el que la vida avanza, melancólica, a ritmo de tango.

 

 

Todo empezó en 1999. En aquella época Germán Kral, argentino, estudiaba en la Escuela de Cine de Munich. Animado por su profesora, Doris Dörrie, regresó a Buenos Aires para desarrollar un proyecto acerca de un local emblemático: el Bar «El Chino».

 

 

Desde entonces, con paciencia, a lo largo de muchos años, Germán ha seguido la historia de este lugar y de los avatares de los cantantes que, casi entremezclados con la concurrencia, desplegaban su voz para emocionar con sus tangos.

 

 

La película te atrapa enseguida y te va llevando por los entresijos de la emoción, mientras traza un relato que avanza cronológicamente sobre la vida de estas personas que despliegan lo mejor de sí mismas cuando cantan en este lugar especial. Pronto hay un punto de inflexión. En 2001 muere «El Chino», el dueño del local, y todo parece irse a pique. A partir de este momento asistimos a los peregrinajes internos y externos de cada uno de los personajes que son ellos, pero también somos cada uno de los que estamos sentados en la butaca como espectadores porque el director traza, con su buen hacer, líneas emocionales que nos hacen identificarnos con estas historias tremendas, muy diversas, y probablemente alejadas de las realidades que vivimos. Gran mérito porque a lo largo del documental cada vez nos importa más el destino de estos seres estremadamente frágiles que protagonizan la cinta.

 

 

Como si estuvieramos asomados al resquicio de una puerta somos testigos de la lucha de cada uno de ellos por seguir adelante con su vocación: las actuaciones en la calle de.Julio, que a los 58 años comparte una vivienda con su madre; las peripecias de Walter, de 70, emigrante que abandonó su natal Italia después de la Segunda Guerra Mundial para asentarse en Buenos Aires; la nostalgia de Inés, de 81 años, que cantó los últimos 26 años de historia del Bar El Chino; la soledad de Cristina, que dejó atrás dos amores y vive sola, intentando ganarse la vida con el tango; o la tragedia de Horacio que llega a perder todo y tiene que desalojar su casa.

 

 

Los tangos, la vida y el documental van avanzando y algunos de los cantantes que frecuentaban la Peña del Chino mueren, otros desaparecen. Pero algunos siguen adelante impulsados por la pasión por el tango. Ya olvidados, el tiempo les va a conceder una oportunidad. Vuelven a unirse y a cantar junto a la Orquesta Típica Imperial, una de las orquestas jóvenes más destacadas de Buenos Aires, y llegan a ver realizado el sueño de dar un gran concierto.

 

 

Los espectadores, después de conocer la trastienda de los personajes, emocionados, disfrutamos con ellos del concierto. Sabemos que merecen ese momento y queremos que se produzca y que lo disfruten porque durante estos años para ellos la vida y el tango han llegado muy lejos. Queremos participar de ese último aplauso, cálido, prolongado, necesario.

 

En uno de los momentos finales Cristina de los Ángeles, una de las cantantes, interpreta con pasión el archiconocido tango “Volver”. Su vida ha sido una tremenda lucha por llevar adelante su pasión, cantar. No ha sido un camino fácil, porque los que lo son, no duelen. Su voz lleva consigo la historia de esos últimos años. Estremece.

 

Hay que agradecer al director Germán Kral esa labor pausada que ha dado como resultado esta hermosa película que nos ha permitido ver en Argencine 2011.

 

 

Tangos, bares y documentales. Un trío interesante. Intenso. Si tienen oportunidad, no dejen de ver «El último aplauso».

 

 

 

Crisis y cultura

En ese orden, difícil conjunción

 

La crisis que atormenta, pesa, despoja, arrasa, agarrota, entorpece, descorazona, envilece

 

La cultura que alienta, cobija, renueva, orienta, repara, sustenta, embellece

 

Crisis, desaliento, ruina, descontento,

Sombra y lamento, agotamiento

 

Cultura, luz, crisol, color, sendero,

monte y mar, asidero

 

Cultura en la crisis.

Cultura contra la crisis.

Cultura ante la crisis.

En primer lugar, cultura.

Así, quizá …

 

Ojalá…