lacalledelavida

Cine y escritura

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En aquella ciudad remota todos se mueven con dificultad. Los pies parecen pegarse al suelo en cada paso. Cada pisada conlleva un arduo esfuerzo.

Ella, una mujer, la extraña, camina lentamente por un estrecho callejón de la desvencijada ciudad. Un gris amarillento parece entonar los muros de piedra de cada casa, de cada tienda, de cada esquina. En aquel laberinto gris, como una luz cegadora, destaca un pequeño escaparate. El cristal, reluciente, refleja los destellos rojos de unos zapatos que parecen llamar a la extraña desde el interior de la tienda. De charol y piel, tacón discreto y suela almohadillada capaz de sostener el mundo sobre sus punteras, así son aquellos zapatos, subir a ellos le permitirá caminar en los horizontes grises de aquella ciudad de empinadas cuestas y suelos imposibles.

La extraña sale de la tienda con los pies teñidos del rojo de los nuevos zapatos y con la sonrisa amplia de quien es capaz de escalar, sea como sea, las montañas de lejanía y grisura que le rodean.
Con los nuevos zapatos rojos la extraña es capaz de alcanzar en breve lapso de tiempo el punto más lejano de la ciudad. Con los nuevos zapatos se siente volar frente al paso atormentado y cansino de los habitantes del lugar, de alma gris y pesada calma.

El caminar ligero de aquellos maravillosos zapatos rojos le permite que el tiempo, antes lento, transcurra más rápido, como si se contagiase de la velocidad de sus nuevos pies. Como si el aire que dejan atrás los zapatos al caminar hiciese volar cada minuto. Y el tiempo, cada segundo, es importante, cada instante es una cuenta atrás para volver a casa, para volver a él.

La extraña, agotada, llega a su alojamiento al final del día. Gris, como la ciudad. Estrecho, como las calles. Lúgubre, como la luz pesada que acompaña sus días en aquel lugar. Y la extraña, se quita con extremo cuidado los espectaculares zapatos rojos, que con su destello iluminan la habitación mucho más que la lúgubre bombilla colgada del techo. Esa luz rojiza mantiene su esperanza, en el regreso, en la posibilidad remota de volver a su ciudad, a su barrio. De regresar a él.

Y la extraña siente que el tiempo se ha detenido, que la vida, en un giro inesperado, le ha llevado a aquel lugar y le ha empujado dentro de una espiral de la que no sabe salir. Incansable, camina y camina con sus zapatos rojos buscando como abandonar aquella ciudad, pero resulta imposible. Recorre sin descanso y sin rumbo las calles y todos los caminos siempre, al final del día, le devuelven a su pequeño hotel.
La vida detenida. En aquel pequeño espacio gris. Detenida.

Cuando la noche cae sobre la ciudad, el gris de los muros oscurece y todo resulta casi negro. En ese instante, para no ver el vacío alrededor, la extraña se despide de sus zapatos, que son luz, que son pasión y cierra los ojos recibiendo como despedida del día los destellos rojizos de su brillo.

Y sueña, la extraña, sueña. Se ve a sí misma volviéndose a poner con mimo los zapatos, alzando los brazos e impulsando su cuerpo hacia la ventana. Porque los zapatos son mágicos. Mágicos. Con ellos vuela, atraviesa cordilleras, salta de nube en nube, camina sobre los océanos hasta que llega a su ciudad, a su barrio, a él. Y la extraña, subida a sus zapatos que son como pequeñas alas, vuela a lo largo de su calle y llega a su balcón, y entra en la habitación donde él duerme, y se acurruca a su lado y, poco a poco, se va abrazando, más y más, a él que, con los ojos cerrados, entre sueños, le devuelve un cálido abrazo que llena la habitación de luz. La extraña, que ya no es más extraña, se deja llevar por los sueños de él, que surca mares de aguas azules y calmadas en barcos que dibujan estelas rojas en su navegar.
Y aquella mujer, que ya no es extraña más, que ha volado desde una ciudad recóndita y triste, ahora surca brillantes aguas en barcos rojos desde los que se atisban pueblos blancos y alegres.

En medio del mar, con él, cerca de él, viendo la sonrisa de él iluminando el mar sobre el viento, se escucha un ruido extraño. Un zumbido. Otro barco. Pero no. Un pez. Pero no. La brisa es suave y se está bien en cubierta. El susurro de las olas se rompe. Ese pitido, ¿de dónde sale?

La mujer entreabre los ojos. Una luz suave entra en la habitación. El día amanece al otro lado del cristal. Sobresaltada, busca los zapatos rojos bajo la cama. No están. ¿Dónde están los zapatos rojos? Se han perdido, los zapatos, se han perdido. No puede ser. Sin los zapatos ella no puede caminar. Será incapaz de encontrar el camino de vuelta. La vida detenida aún lo será más sin los zapatos. Nunca podrá regresar a casa sin los zapatos rojos.

La mano de la mujer, moviéndose inquieta bajo la cama, toca algo blando. Se incorpora, alza el brazo y extrae una zapatilla de lana de debajo de la cama. Roja, muy roja.

Mira alrededor. Todo es familiar. La mesilla, la ventana, el espejo, la cómoda, el armario. Todo está en su sitio. La mujer se calza las zapatillas rojas y se levanta. Sus manos recorren uno a uno muebles y objetos: la mesilla, la ventana, el espejo, la cómoda, el armario. Sus dedos se detienen en cada objeto para comprobar que son reales, que esa habitación es la habitación de siempre, su habitación. Da dos vueltas por la estancia palpando la madera, la pared, las lámparas, los cuadros, hasta que vuelve la mirada hacia la cama.

Allí, en medio del océano de sábanas, navegando sin brújula, yace él que parece albergar un sueño profundo. La mujer le mira y mira. No hay zapatos rojos, ni muros grises. Esa es su habitación. No hay ciudades lejanas de las que regresar. No necesita salir de muros grises y volar sobre océanos. Está en su habitación. Está con él.

Lentamente, la mujer se sienta en la cama, suavemente se quita las zapatillas rojas y se tiende en la cama junto a él, se acurruca a su lado y se va abrazando, poco a poco, más y más, a él que, con los ojos cerrados, entre sueños, le devuelve un cálido abrazo lleno de luz.
Y la vida se detiene.

desierto

Todo es desierto.
Brilla la arena.
Grano a grano brilla.
La luz aplasta el horizonte.
El sol cae a plomo sobre las dunas.
Los pies se hunden en las dunas.
No hay sendero en la arena.
No hay pasos en el sendero.
Los pies tropiezan con los pies.
Se dejan engullir por la arena.
Grano a grano, desaparecen.
El viento azota el paisaje.
Las dunas crecen, serpentean, bailan.
El viento golpea la arena
Nubla la vista el viento.
Todo amarillo.
Todo negro.
Pequeñas piedras golpean el rostro.
Punzadas en la piel.
En el terraplén de la dunas
Los pies resbalan.
Grano a grano.
Caen en un pozo de arena los pies.
El sonido del viento.
Azota un eco de viento.
Silencio atronador más allá del viento.
La nada.
Bajo el sol.
La nada.
Todo amarillo
Todo negro.
Silencio.
Viento salvaje.
Zumbido de arena.
Grano a grano.
Silencio.
Viento.
Silencio.

El teléfono suena.
En la otra habitación el teléfono suena.
Pero los pies anclados en la arena.
Una voz.
En la habitación contigua.
Al otro lado del cable una voz.
Quizás él.
Ella restriega la arena de los ojos.
Brilla el horizonte.
Agua.
Quizás espejismo.
Quizás oasis.
Avanza el agua.
Atraviesa las dunas.
Olas azuladas cubren la arena.
Grano a grano, la cubren.
El mar cubre el desierto
El mar.
Grano a grano.
Olas.
Ella se deja mecer por las olas.
El agua cubre su cuerpo.
Gota a gota.
Los pies abandonan la arena.
Flotan.
Los pies flotan.
Flota el cuerpo.
Ella nada.
Hacia otros horizontes
Quién sabe hacia dónde.
Nada.
Y descuelga el teléfono.

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La ciudad se perfila serena en la madrugada.

La casa duerme el silencio de la noche. La ciudad, al otro lado del cristal, también duerme en silencio.
En el edificio de enfrente, las ventanas, oscuras, ocultan los sueños de los vecinos. Solo una luz. En una casa del sexto piso, una cálida luz de mesa remarca el perfil de una mujer que con los ojos abiertos, muy abiertos, observa el horizonte singular, bello, de tejados casi adivinados, que parecen querer protagonizar historias emocionantes en esta noche cerrada.

El reloj del edificio de Telefónica, a lo lejos, alzándose en la casi total oscuridad del cielo, parece marcar las tres.

Las historias laten bajo esos tejados, sobre el gris casi negro del cielo de esta noche de invierno.
La mujer busca, sueña, ama, añora, persigue historias. Aunque sabe bien que las historias que pueda llegar a imaginar nunca tendrán la fuerza, la singularidad, la relevancia de los relatos reales que se ocultan detrás de las ventanas que mira con intensidad, como si observando la ciudad vacía pudiese captar la verdad, esa verdad a veces cercana al delirio, de lo real, de los relatos de vida de los que duermen al otro lado del cristal.

El ordenador resulta ser el único testigo del vértigo de esa búsqueda . Sus teclas van traduciendo a la pantalla historias intuidas a través de la mirada, al otro lado del cristal, mientras la noche cada vez es más noche y más oscura.

Lo imaginado nunca podrá alcanzar la fuerza, la intensidad de lo vivido, pero los que intentan crear tienen el deber de bordear fronteras y trazar rutas para acercarse a esa fuerza. Un gran reto de la creación: acercarse a la realidad o rodearla y subvertirla .

Esos miles de personas que duermen al otro lado del cristal, mañana cuando despierten serán mejores, más felices, encontrando y encontrándose en las historias narradas por escritores, cineastas, dramaturgos, músicos… toda la gente que crea, busca y se busca recreando historias. Como esta mujer que persigue y encuentra sus historias en el perfil de la ciudad. En la inmensa soledad de la noche.

La luz se apaga. La ventana de la mujer que escribe en la madrugada queda oscura. Fuera quedan aventuras, amores, dolores, historias de sosiego y de horror, de placer y de confusión. Mañana también ella buscará que otros narradores le regalen historias. Sus personajes, persiguiéndose por los tejados, la esperan hasta mañana. Las historias laten mientras la ciudad duerme.

otoño 2012 609

Hay sillas vacías que no pueden volverse a ocupar. Mantienen alrededor un espacio que preserva el pasado, el lugar, a veces inmenso, que brillaba con la presencia de quien ya no está.

Hay estancias, muebles, objetos, en los que permanece la esencia de quien se fue. A ratos, esa permanencia a través de los objetos es un bálsamo para el recuerdo. Sin embargo, en otros momentos resulta nocivo, un obstáculo para seguir adelante.

En estas fiestas, en las que incluso los lemas publicitarios nos reclaman la “vuelta a casa por Navidad”, parece que esas sillas vacías aumentan su tamaño y llegan a ocupar habitaciones enteras, también de nuestro ánimo.

Lo que fue, fue. No hay regreso al tiempo pasado en el que compartimos la vida con personas que ya no están, no son. Lo sabemos, pero a veces la emoción gana la partida a la razón y el sentimiento de vacío y pérdida parece instalarse en esas sillas vacías y en nuestro aliento.

Somos presente. El día de hoy no regresará jamás. Mañana mismo nosotros podemos ser pasado.
Las sillas vacías deberían convertirse en un testimonio entrañable y querido de existencias que fueron y que nos ayudaron a disfrutar, a vivir, a ser. Habrá que hacer esfuerzos y aprender a ver esas sillas vacías con agradecimiento y una sonrisa, como un día querríamos que se contemplase nuestra propia silla cuando esté vacía, cuando no seamos.

Que las fiestas y cada momento de la vida guarden para todos el máximo disfrute. Porque hoy, en este instante, SOMOS.

Yace en la cama.

El aliento se agota.

Alrededor todos saben y esperan. El silencio de la habitación es un mal presagio.

La mujer de pelo blanco, tendida entre edredones, apenas es capaz de abrir los ojos. Los párpados pesan. Quieren abrirse. Luchan por mirar, por volver a ver. La tensión al observar el enorme esfuerzo que realiza la enferma se extiende entre los familiares que rodean la cama. Finalmente los párpados consiguen despegarse levemente y observa.

La habitación ha cambiado. Parece otra. Su decoración, en tonos pastel, no existe más. Una tonalidad rojiza envuelve mobiliario, personas, el conjunto entero. El espacio parece diferente, es amplio, enorme. Desde el fondo de la ahora inmensa estancia, un hombre apuesto camina hacia ella. Vestido con frac (¡cómo en las películas de Fred Astaire!) y unos zapatos de charol que marcan sus pasos sobre la madera, su rostro va cobrando un aire más familiar a medida que se acerca.

Pero, ¡no puede ser! ¡Si es Eduardo! Su novio de juventud.  ¡Increíble!  Desapareció en la guerra, durante los últimos meses de contienda, casi cuando todo aquel desastre estaba a punto de terminar. Pero ¡es él! y está aquí, a unos pasos, acercándose a ella. ¡Tan apuesto! ¡Y qué  bien vestido! Parece un artista de aquellas películas maravillosas que iban a ver al cine, eso si, siempre acompañados, que en aquella época, no se podía salir sin carabina. ¿Dónde se habrá metido Eduardo todos estos años? Lustros de espera y, mira, ahora aparece hecho un dandy.

Un esbozo de sonrisa parece dibujarse en el rostro de la mujer de pelo blanco. Un gesto que provoca suspiros y preguntas entre los familiares que le acompañan alrededor de la cama.

Nada se supo de Eduardo tras la guerra. Su rastro se perdió cerca de Valencia. Parecía que se lo hubiese tragado la tierra. Pasado un tiempo le dieron por muerto. ¡Se querían tanto ellos dos! Habían hecho infinidad de planes para su futuro, pero el futuro reservaba otros senderos para ellos, les separó de un tajo. La tristeza se apoderó de su juventud. Luego, pasados unos años, apareció Luis, un buen hombre, y enseguida empezaron a nacer los chicos y ahora, en los últimos tiempos, han llegado los hijos de los hijos.

Pero, ¿qué habrá sido de Eduardo durante todos estos años? ¡Ha pasado tanto tiempo! ¿Por qué no volvió jamás? Y ahora, aquí está,  ¡y qué guapo!  Siempre lo fue, pero vestido de esta manera tan elegante, parece más atractivo que nunca.

El fondo de la habitación se tiñe completamente de un rojo anaranjado muy luminoso, como un atardecer en verano cuando apunta ya la noche. Y focos de una luz hermosa y cálida alumbran los últimos metros del camino de Eduardo que va peinado con gomina y, más de cerca, se da un aire a Gene Kelly.

La mujer de pelo blanco observa con una mezcla de alegría y asombro como Eduardo, que curiosamente permanece tan joven como era cuando desapareció, llega hasta ella con paso alegre.

Comienza a sonar la música de un vals, al principio de forma muy suave, aunque poco a poco va aumentando su  intensidad.

Con una sonrisa amplia y mirándola fijamente a los ojos, Eduardo tiende la mano hacia la mujer de pelo blanco y la invita a bailar.

Pero ella, ¡no puede bailar! Tendrá que explicarle que no puede moverse, que está enferma. ¡Qué lástima!

Sin embargo, ella nota enseguida como los dedos de sus pies empiezan a moverse. Poco a poco sus piernas, sus brazos, su torso, todo su cuerpo, cobra ritmo y movimiento, parece rejuvenecer. Es sorprendente, en tan sólo unos instantes es capaz de levantarse vertiginosamente apoyándose en el brazo de Eduardo. El camisón de diminutas flores rosas que llevaba puesto hace un momento no existe más. Se ha convertido en  un vestido rojo largo, de un rojo intenso, que transmite luz, alegría, movimiento.

Un sentimiento embriagador, que va mucho más allá de la dicha, le acompaña en el momento en que Eduardo la toma por el torso y dan  los primeros pasos de baile juntos. Más que bailar, vuelan. Los pies aletean sobre la alfombra y trazan figuras en el aire.

En el entorno rojo de la habitación sus siluetas se reflejan en el espejo, que ahora parece  inmenso. Ella se ve joven, muy joven, tan joven como él. No queda rastro de ninguna arruga y los ojos han recobrado la vivacidad de la juventud. Ríe, exultante y feliz, mirándose flotar en las pupilas de él. Giran y giran sonrientes. Y se dejan guiar por la música que les lleva entre focos luminosos más allá de esa habitación ahora teñida de rojo.

Un sonido suave parece sentirse cerca del espejo. Los familiares de la mujer, situados alrededor de la cama, se han girado para ver qué es. Pero todo permanece igual. Aunque, ¡qué extraño!, el espejo parece reflejar repentinamente una estela de una tonalidad rojiza.

Cuando vuelven a mirar hacia la cama,  una sonrisa amplia se ha dibujado en el rostro de la mujer del pelo blanco.

Alguien da un grito.  No respira. Todo parece haber acabado.

Sin embargo, en el rojo intenso del universo, ella sigue girando feliz al ritmo de un vals interminable junto a Eduardo, que le ha reservado un baile, el más importante de su vida y que le sonríe como antaño, como siempre.

La mujer ya no tiene el pelo blanco. De nuevo brilla su larga melena oscura y se mece al ritmo de cada uno de sus giros. La juventud ha regresado. Otra vez es joven y feliz. Eternamente feliz. Y continúa bailando, dando vueltas al ritmo de la música abrazada al amor más importante de su vida.

 

No sé si hay algo más allá de la vida pero, puestos a imaginar, y ya que no se puede evitar lo inevitable, sería estupendo que alguien muy querido nos llevase de la mano, bailando, hacia otras orillas, ¿no?

 

otoño 2012 262

– No hay nada en el mundo que desee más que estar contigo.

La mirada de ella, directa, es confirmación rotunda de esas palabras que parecen haber dejado flotando en el aire un eco leve que se expande. Su sonido, firme aunque suave, atraviesa el estrecho espacio que los separa y llena de luz los ojos de él. Una frase, tan solo un puñado de palabras, trae consigo un golpe de felicidad que desborda su retina. La vida se ensancha,  el universo cobra sentido y él querría abrazar el mundo que, entero, en ese instante, podría caber en este hall de un hotel vulgar cercano al aeropuerto de una ciudad cualquiera donde se encuentran.

Él ha viajado desde lejos para comprobar una intuición, una emoción especial, distinta a cualquiera sentida antes, que surgió de repente cuando, pocas semanas atrás, el azar provocó, que ella y él se conocieran.

Con las palabras de ella el mundo ha perdido su patina gris y parece reflejar luminosidad y belleza en cada esquina. Como ella, como su sonrisa, como el sonido dulce de sus palabras, que aún brilla en su retina.

Él recuerda. Apenas pudieron hablar en el momento en que se conocieron, días atrás. Poco saben uno del otro. Un puñado de frases intercambiadas en el marco de un encuentro breve y casual, en un país extraño a donde les habían encaminado viajes de trabajo.

Él desconoce el pasado de ella.

Ella no sabe apenas nada de la historia de él.

Pero hace unos instantes,  las palabras rotundas de ella, han detenido  la rotación del universo para ambos.

La piel urge el encuentro.

Los cuerpos, sabios, se atrajeron desde el primer instante de su encuentro inicial y han vibrado en el momento en que se han vuelto a tener frente a frente.

Una habitación en la penumbra del atardecer y el tiempo por delante.

Las ropas dejan paso a la desnudez de los cuerpos. La luz cálida que irrumpe a través del balcón dibuja los movimientos acompasados de las siluetas de él y de ella.

Los cuerpos, enlazados, rompen barreras, se buscan y trazan su propio camino, más allá de las palabras.

Él pronto reconoce en la piel de ella el sabor de la melancolía y una percepción del tiempo como tesoro frágil que se agota, de imposible regreso.

Ella paladea en la boca de él una historia larga de desarraigo e infancia perdida.

Sin palabras, las miradas se convierten en brújula iluminando los senderos de los cuerpos, mientras besos y caricias semejan faros que descubren al otro.

Nada es casual. La mirada profunda de él, siguiendo expectante cada temblor, suspiro o mirada de ella. Los movimientos lentos, pero precisos de ella, perseverante en su timidez.

El deseo traza una red que, invisible,  les rodea. Allí, bajo su tutela, avanzan en el descubrimiento del otro.

Ella, desde la suavidad de su caricia, atisba en el torso de él su voluntad férrea, para los demás, para él. Besa su nuca y recorre su espalda con la boca. La tensión en las vértebras narra una desgarradora historia de exilio, de juventud y porvenir quebrado.

Los cuerpos juegan, disfrutan y se aman como si hubiese sido anunciada la desaparición del mundo y esta tarde fuese la última de su vida, como tripulantes de un barco que se acerca a la deriva cuyo último deseo fuera tenerse, sin tregua, apurando los segundos.

Sin palabras, en el silencio de la tarde y de los cuerpos, se descubren. Mucho más allá de cualquier relato, piel contra piel, amándose, se transmiten sus historias de vida.

Él indaga en el cuello de ella las huellas de besos no recibidos y, acariciando su pecho, descubre la entrega en plenitud. La boca de él avanza en un sendero descendente por la suavidad del cuerpo de ella. En su vientre encuentra la quiebra de su entereza y, más abajo, en el punto álgido de su deseo, le sorprenden la contradicción, la negación, el bloqueo. Ella primero resiste, luego le guía, para ayudarle a evadir la senda de sus desgarros.

La tarde es larga pero el tiempo, lleno de urgencia y lentitud, acaba.

Ella necesita saber más de él. Averiguar  la historia de los años de dictadura que tiemblan en su espalda, de un tiempo que no le perteneció y, sin embargo, dirigió el rumbo de su vida.

Él siente urgencia por desgranar los porqués de ella. Conocer su infancia, el límite y la situación por el que su cuerpo se bloquea, inventar nuevos horizontes de placer para ella que atenúen el abuso sufrido.

La tarde va apagándose. El día deja paso a una noche que abrirá camino a un nuevo día en el que ellos continuarán trazando rutas y descubriendo historias de vida en el mapa de sus cuerpos.

Vendrán más días para ellos. Días de miel, otros de temor a la distancia, de rutina y añoranza, de espera, temor y pasión.

Vendrá el tiempo de reconocerse en el cuerpo del otro, después de aprenderlo y descubrir senderos inesperados.

Los días se sucederán, cada uno distinto al anterior, e inundarán de ilusión las aceras de sus vidas.

Amanece. Un sol tibio aclara el color de las teclas de la máquina de escribir que, sobre una mesa al lado de la cristalera, contempla el peso del tiempo en las nubes que van y vienen.

Han pasado algunos años desde que sus teclas, afanosas, construían los diálogos de personajes teatrales, buscaban el adjetivo preciso de un poema, elaboraban escritos y ensayos sobre los tiempos vividos, o sobre los que podrían ser y, finalmente, nunca llegaron.

La luz del sol refleja el brillo de sueños relatados a golpe de teclado mientras evoca sonidos de infancia. Las voces de un patio de vecinos de Malasaña y el runrún del carro de la máquina ofreciendo un contrapunto al entorno.

La pared, vacía, parece reflejar en el tono ocre del amanecer de hoy la figura de un hombre grande, en muchos sentidos, grande, armando una coreografía de sonidos al golpear el teclado con sus manos grandes. Ese mismo hombre que, unas horas antes, ha empleado sus manos a fondo en el trabajo de la madera. El mismo hombre que, minutos antes, ha subido los cuatro pisos de la escalera de una casa de la calle de Valverde y se ha sentado delante de la máquina de escribir. El mismo hombre que, desde el balcón, tan cerca del cielo, enseña a la niña que yo era a imaginar figuras en las nubes en aquellos largos atardeceres de los veranos de la infancia.

Somos  presente que refleja luces y sombras de pasado. Somos presente y la imaginación de futuro también se recrea en el tiempo que ya no es.

En la pared, en este amanecer extraño, resuenan ecos de infancia y, con su melodía dulce, regresan a infundirnos valor y llevarnos de la mano en momentos  en que el desasosiego no deja que veamos el camino. A dejar con nosotros una brizna de esos sonidos, olores y colores que son eco de la seguridad de la infancia. A susurrarnos al oído que, detrás de la maleza, un camino amplio y soleado nos espera.

El sol se hace dueño de la habitación. El amanecer nos ha dejado, pero aún queda, suspendida en el tiempo, la música lejana y próxima del teclado de una máquina de escribir.

Para mi padre. Gracias, para siempre.

 

Hay momentos que cambian la vida. Algunos de esos momentos no son propios, son instantes de vidas ajenas que pasan a instalarse en la nuestra a través de la literatura, el cine y todas las artes que hacen un poco más liviano el peso de la existencia.

Cuando el autor consigue que sufras, ames, rías y llores con el personaje, estás en sus manos. El mundo que ha construido pasa a formar parte de tu propio mundo en una extensión feliz y necesaria. En algunos momentos, mediante procesos de identificación,  el personaje eres de alguna forma tú mismo. Consciente o inconscientemente sopesas y valoras lo que harías en su lugar en un momento determinado, anticipando posibilidades de futuro si sucede tal o cual cosa o actúa de una manera u otra. A veces, un personaje se mete tanto en tu piel que cuando acabas la novela,  película u obra que protagoniza,  el mundo parece un poco más pequeño. Sientes que ese mundo enriquecedor que has tenido oportunidad de visitar, de vivir durante  unas horas, forma parte de ti. Sientes y sabes que has tenido vivencias que la rutina te niega.

El cine atrapa. La literatura atrapa. El arte atrapa si la obra adecuada llega en el momento preciso y abre las compuertas del enorme almacén del descubrimiento personal. A partir de ahí nos empuja a llenar ese almacén personal de frases, imágenes, colores, texturas, voces, de ventanas a la imaginación que conforman nuestra visión del mundo, nuestra vida.

Hoy, ordenando una estantería de casa, he topado con dos de esos libros que fueron compuerta al afán de lectura, al impulso irrefrenable de conocer épocas, autores, países… Aunque los ejemplares están físicamente en mi casa,  podrían desaparecer porque están en mí, en lo que supuso en su momento su lectura y en las lecturas que provocaron a continuación.

Nadie lo sabe pero a los 13 años acompañé a Tom Sawyer en una  vertiginosa aventura que recuerdo como el inicio de una gran voracidad lectora. Conocí el Mississippi gracias a Tom, pero también me empujó a trazar numerosos viajes al mundo en ochenta días a través de la literatura de aventuras.

Hacia los veinte años emprendí un viaje a lo largo de Estados Unidos, de punta a punta, con Sal y Dean, protagonistas de “En el camino”. No encontré por allí a Tom, pero él me había puesto “en el camino”. Así es que leyendo la obra de Kerouac, Tom parecía estar sentado a mi lado recordándome sus andanzas.

El camino es largo y corto a la vez. Necesitamos que Tom, Sal, Dean y tantos otros nos acompañen durante un trecho, nos guíen por las sendas más ocultas y nos lleven hacia otros personajes, emociones y paisajes que serán complemento y alimento de la vida y que nos guiarán hacia futuros cómplices. Sus vidas ficticias o tal vez más reales que algunas de las que tenemos alrededor, tejidas de palabras, imágenes y arte son faros, gigantescos faros en la gran oscuridad que, a veces, parece inundar el horizonte.

 

El mar desde el mar es la inmensidad, un milagro.

Devora la vista.

Rasga la retina.

Dibuja luz, movimiento, color.

En el camino entre dos continentes el agua azulea soles y cielos.

Mediterráneo y Atlántico juegan a ser puente.

Entre dos orillas.

Estrecho, camino, frontera, sendero, barrera.

Estrecho, sombra azul, límite y cadena de pueblos y gentes.

Tarifa y Tánger, observándose de cerca desde la distancia.

Entre dos orillas, un barco navega.

A un paso, África.

Del otro lado, Europa.

Flotando sobre corrientes que suspiran y desean.

Navegantes de olas y horizontes.

Origen, el universo.

Destino, el mecer del viento.

El mar desde el mar: LA VIDA.

Un  barco navega.

Entre dos orillas.

 

Imágenes grabadas en agosto de 2012. Ferry llegando a Tarifa procedente de Tánger.

 

De madrugada, pensando en Ítaca, en las Ítacas personales, también en las colectivas.

Un poema, un puñado de palabras, puede encerrar el mundo, una lección de filosofía, de ética en el peregrinar personal, de inteligencia emocional, ahora que se utiliza tanto el término, de tantas cuestiones. Unos versos que se desarrollan en unas líneas trazan hojas de ruta que no deberíamos perder de vista. Quizás haya que cambiar un poco el rumbo del pensamiento y, en tiempos de vértigo económico y social, volver la mirada hacia la literatura, hacia la filosofía, hacia las disciplinas humanísticas que se han dedicado desde siempre a incentivar la reflexión a través de la palabra o de las muy diversas herramientas utilizadas por las artes.

Ítaca es un referente. El viaje de la vida cabe en una hoja. Recurro a él cuando la marea sube y el oleaje de la vida se hace intenso. También es una inspiración. Lo fue en nuestro cortometraje “Confluencias”.  El protagonista, un artista que después de una vida fuera llega a la ciudad donde nació, La Habana, y la recorre con los ojos del ayer y la mirada del presente, tiene como referencia lejana Ítaca.

Entre esos poemas-bálsamo que calman e instruyen, ahí está  “ Ítaca”

Pero dejemos que las palabras de Cavafis nos alienten a continuar y mejorar el trayecto de un viaje que concluirá donde empezó.

 

ÍTACA – CONSTANTINO CAVAFIS
Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero
Poseidón;
no los encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a
Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando, con placer, llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, habrás comprendido lo que las ítacas significan.