lacalledelavida

Cine y escritura

otoño 2012 011

Cuando marches
deja la puerta abierta
para atisbar desde la distancia
el reflejo de tus pisadas
mientras te alejas camino arriba,
el brillo de tu melena eludiendo horizontes de niebla,
tu cuerpo erguido ante los vaivenes de imparables vientos.
Déjame contemplar como caminas despacio
hacia las cumbres del tiempo

Cuando hayas marchado
cuando desaparezca tu figura por el sendero
dejaré que la puerta permanezca abierta
para que la casa se llene de sol
de lluvia y nubes
y las sombras de los tilos iluminen mi rostro.
Cuando mire el cielo
recordaré tu perfil avanzando senderos
perdiéndose en la niebla
de ayer
de hoy
de mañana

Cuando el invierno pase
y llegue la primavera con su aliento
la puerta seguirá abierta
por si se estrecha la línea del horizonte
el oleaje anega senderos
y mientras chapoteas en oscuros arroyos
te sorprende la idea del regreso

Quizás un día
quizás
oiga de nuevo tus pasos
tiernos
lentos
arribando de muy lejos
acercándose vereda abajo
tus pasos
seguros
rápidos
inciertos
Y llegarán a la puerta
Y cruzarán el umbral en silencio

Y entonces
sólo entonces
me levantaré despacio
y atravesaré la estancia
y cuando hayan entrado
nubes rojas de mar
cielos plagados de sal
la penumbra de árboles lejanos
y el viento eterno de valles recónditos
entonces
sólo entonces
cerraré con cuidado la puerta

Quizás un instante después
un golpe de huracán y marejada
resonará lejos
al otro lado del universo
en los ecos del silencio

otoño 2012 068

 

Dos personajes. Dos mundos distintos que enfrentan sus visiones de la vida en una noche que les marcará. Pero llegará la mañana…

 

El inicio puede servir de referencia de esta obra teatral:

Habitación con una cama, una mesilla, una silla, un sillón y un armario. Sobre la mesilla, un vaso de agua, una lamparita y un reloj despertador.

La habitación tiene una puerta que da a un baño y otra puerta que comunica con un pasillo. También tiene una ventana por la que entra un reflejo de luz de luna que se mezcla, cada cierto tiempo, con el resplandor de faros de vehículos que centellean unos instantes y desaparecen. Cuando ocurre esto, en paralelo, se oye el motor de un coche. De fondo escuchamos el sonido de un reloj despertador, amplificado.

En la penumbra de la habitación se distingue la silueta de una persona tumbada en la cama y la silueta de otra persona sentada en la silla.

La calma de la habitación se rompe de repente. En la calle se oye el sonido de las ruedas de un coche que derrapa y, en paralelo:

D. LUIS MARIANO (grita, parece tener una pesadilla): ¡No! ¡No puede ser! ¡El coche, tiene que parar! ¡No, no! Pare, pare…

EVELIO, sentado en la silla, se incorpora, enciende la luz de la mesilla, se quita los auriculares de un walkman y lo deja encima de la mesa, se levanta e intenta despertar con cuidado a D. LUIS MARIANO.

EVELIO: Don Luis Mariano, tranquilo. Solo es un mal sueño. Despierte, es mejor que despierte (mientras habla, le pasa la mano por el rostro e intenta que se despierte, todo con suavidad.) Tranquilícese.

D. LUIS MARIANO (gritando): ¡Carlos! Carlos, ¡cuidado!, ¡el coche! ¡Detrás de ti! ¡Mira detrás!

EVELIO (continúa intentando que don Luis Mariano se incorpore): Despierte, don Luis Mariano. Tiene una pesadilla. Es mejor que despierte…

D. LUIS MARIANO (gritando): ¡No!, ¡Noooo! (Evelio le da palmadas en la cara y abre los ojos.) Pero, ¿qué pasa? (Mira alrededor despistado hasta que fija la mirada en Evelio.) ¿Qué ha ocurrido? (Baja la voz.) Estoy sudando, ¡qué calor! Estoy empapado. Empapado. (Dirigiéndose a Evelio, vuelve a subir la voz.) Y usted, ¿quién es usted?, ¿qué hace usted en mi casa?

EVELIO: Don Luis Mariano, no se altere, por favor. Su hija… me ha contratado su hija.

EVELIO ayuda a D. LUIS MARIANO para que se incorpore, colocándole almohadones en la espalda.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): ¡Ah, ya! Ahora caigo, es usted ese enfermero nuevo… Matías se llama usted, ¿no?

EVELIO: No, yo…

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Mi hija y sus manías de contratar gente, (sacude la cabeza), ¡va a volverme loco!

EVELIO: D. Luis Mariano, hay una confusión. Yo me llamo Evelio. Matías es el compañero de la tarde, yo le sustituyo cuando se va, a las once de la noche.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo.) Una lianta. Mi hija es una lianta…

EVELIO: No me conoce aún porque hoy es mi primera jornada de trabajo. Cuando he llegado usted ya dormía y no hemos querido despertarle.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Mi hija no se da cuenta de que ya no estoy en el hospital, estoy en mi casa. Ella está en su mundo, pero es que resulta que ya me han dado el alta y no necesito a nadie aquí (con sorna) contemplando como duermo. Y usted, ¿cómo ha dicho que se llama?

EVELIO: Evelio, don Luis Mariano. Me llamo Evelio.

D. LUIS MARIANO (con retintín): Don Luis Mariano. Dicho así con ese acento que tiene usted parezco el protagonista del culebrón de la sobremesa. Llámeme don Luis a secas y déjese de historias. Como me llama todo el mundo.

EVELIO: Lo siento, don Luis Mari… digo, don Luis.

D. LUIS MARIANO: Eso, don Luis y punto. Así es que usted es Evelio. (Con ironía.) Pues nada, por la mañana, Enrique. Por la tarde, Matías. Por la noche, Evelio y, por supuesto, a todas horas, mi hija, yendo y viniendo, disponiendo de todo como si yo necesitase esta legión de gente. Cree que me he convertido en un inválido.

EVELIO: Don Luis Mar… (Don Luis Mariano le clava la mirada) don Luis, si me permite, yo creo que lo que quiere su hija es que usted esté bien, que tenga compañía y no tenga que hacer nada.

D. LUIS MARIANO (irascible): Pero bueno, ¿y usted qué sabe lo que quiere mi hija? Lo que me faltaba, una legión de defensores de mi hija y sus ideas alrededor. ¡Cómo si no tuviese ya bastante con ella!

EVELIO: Disculpe, don Luis, no era mi intención molestarle.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Pues me ha molestado y mucho. Estoy harto de que mi hija me trate como a un inútil, caramba. Será con la mejor intención, pero no me deja vivir. Todavía puedo dar un poco de guerra. Lo que tiene que hacer es dejarme en paz y dedicarse a sus alumnos y a educar a los salvajes de sus hijos.

EVELIO: Si, don Luis, la señora tiene mucha tarea.

EVELIO da unos pasos hacia un interruptor de luz situado al lado de una de la puerta que da al baño. Enciende la luz general de la habitación.

D. LUIS MARIANO: Pues eso, que se dedique a su tarea y que me deje respirar, caramba. Y además, (se echa hacia delante en la cama) ¿por qué estoy hablando con usted de esto? No es de su incumbencia.

EVELIO: No, señor. Disculpe, yo no quería que se molestase. ¿Se encuentra usted bien?

D. LUIS (con retintín): Perfectamente, Evelio. Perfectamente. Pero con tanta manta, tengo mucho calor.

EVELIO (coge el vaso de agua de la mesilla): Lo mejor es que tome un poco de agua don Luis.

D. LUIS se adelanta a EVELIO y trata de retirar el vaso de la mesilla antes que él. La mano le tiembla y tira el vaso.

D. LUIS (gritando): ¡Evelio! Así no se puede, me pone usted nervioso y mire lo que pasa…

EVELIO: No se preocupe por nada, don Luis. Ya me ocupo de traer agua y de recoger esto.

EVELIO sale corriendo de la habitación.

D. LUIS (en voz bastante alta, para que Evelio le oiga desde otra habitación): Pero, a ver si se da prisa, Evelio, que tengo sed y mire la que ha liado en un momento.

(En voz más baja, como para sí.) ¡Qué lamentable! Un hombre no debería tener nunca a otro a su servicio. Cada uno tiene que ser capaz de cuidar de sí mismo. Cuando llega la hora de no poder hacerlo, pues lo único que queda es morirse y punto. Aún puedo valerme por mí mismo un tiempo (con pesadumbre), un tiempo.

(continúa, obra disponible en Amazon)

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A las cuatro de la tarde el centro de Madrid era hoy un desierto. He caminado por mi calle, adormecida (la calle y también yo) hasta que ha aparecido un taxi.

Desde enero, todas las tardes la misma rutina, taxi a la misma hora camino de rehabilitación. En este tiempo, eso sí, ha habido cambios importantes. Al principio hacía el trayecto en silla de ruedas, mejor dicho, me llevaban y además en un taxi especial –eurotaxis los llaman-; luego llegó la etapa de transitar con dos muletas, para pasar luego a una y terminar ahora sin ninguna, aunque con una mochila llena de miedos que vamos vaciando poco a poco.

Cada tarde, al sentarte en el taxi, una emisora de radio va desgranando las noticias del día que, jornada a jornada, uno siente empeorar peligrosamente. El barranco parece no tener fondo. Voces radiofónicas van llenando el tiempo con datos y opiniones. La conclusión es que los que no tienen dignidad ni vergüenza, copan con sus sucesos, opiniones y silencios las ondas de radio. Y subido en un taxi, camino de rehabilitación, tu cuerpo que se prepara para sufrir físicamente, rechaza esa información como si fuese un veneno, un castigo añadido para tu mente, y sin embargo, es lo habitual, llegar a tu destino con la sensación de que las sombras ganan partidas en casi todos los terrenos.

Hoy al subir al taxi, he pensado en qué detalle escabroso que aún no había leído en prensa iba a descubrir viajando hacia el centro de rehabilitación, y sin embargo, he observado el taxista se movía sutilmente al ritmo de una música muy pegadiza. Yo que me estaba sentando y tomando posición para escuchar sin rechistar las últimas veleidades de los poderosos cuando, ¡sorpresa!, una música que provenía del pasado inundaba el coche con un cierto toque entre friki y kitsch.

Al cabo de pocos instantes de trayecto he observado que no solo el taxista se movía sutilmente, mis pies también trazaban un pequeño movimiento a izquierda y derecha que casi me emociona (mi pie izquierdo ha estado muchos meses inmovilizado por una fractura grave de tibia y peroné y aún tiene problemas de movilidad). Mientras, mi cabeza viajaba a las costas griegas y recordaba a la gran Meryl Streep, bailando y cantando como solo una actriz de una pieza puede hacer a determinadas alturas de su vida sin hacer el ridículo. ¡Mamma mia! Una película musical que no es destacable pero que tiene la gracia de tener a algunos actores memorables en papeles que se salen de sus estándares de actuación.

Cuando el taxi ha enfilado el Parque del Oeste, hermoso en cualquier época del año, tan solitario a esa hora del día, he observado que el movimiento de mi pie de izquierda a derecha se había ido ampliado considerablemente y también que me estaba forzando a frenar un cierto contoneo de mi tronco en el mismo sentido.

Oh yeeeahhh YOU CAN DANCE, YOU CAN DANCE… ¿Recordáis un poco la canción?
DANCING QUEEN… Simplemente pegadiza.

Y como guionista, no he podido dejar de pensar que si mi trayecto tuviese lugar dentro de una película musical, en un momento dado yo vería a alguien conocido por la ventanilla, pediría al taxi que parase y me dirigiría a través de la hierba a su encuentro bailando. Simultáneamente desde detrás de los árboles aparecerían bailarines que compondrían una estudiada coreografía que completaría y daría más cuerpo al encuentro de los dos personajes centrales. Y todos se moverían acompasadamente al ritmo de la canción, cambiarían posiciones de forma estudiada y girarían unos por delante de otros, recolocándose, siempre con movimientos amplios, dando cuerpo al tema musical.

Al final, hasta el taxista abandonaría el taxi y se sumaría al baile colectivo dando un contrapunto de personaje cómico.

Pero, el taxista y yo no formábamos parte del elenco de ninguna película musical (¡lástima!), así que hemos resistido y hasta disimulado los pequeños movimientos que hacíamos movidos por el ritmo de la música y hemos cumplido cada uno con nuestros roles de chófer y usuaria hasta el final del trayecto.
YOU CAN DANCE, YOU CAN DANCE!!!!

Nunca me ha gustado especialmente ABBA, pero hoy me hubiese encantado oír el final de la canción y bailarla. Si, poder bailar y hacerlo sin medida.

He bajado del taxi con cierta pena y he entrado a la clínica de rehabilitación con el ritmo de la música en el cuerpo y allí me he encontrado con el fisioterapeuta, cuyo sentido del ritmo en relación con mi pie nada tiene que ver con ABBA. Ahí estaba él pasado un rato, doblándome literalmente el tobillo, cuando en el hilo musical ha comenzado a sonar “I will survive” de Gloria Gaynor. Mi fisioterapeuta ha empezado a silbar algunas notas y su compañero de la camilla de al lado ha comenzado a tararear suavemente el estribillo mientras masajeaba con ímpetu la espalda del señor al que atendía. Si eso sucediese en una película musical, en ese momento los pacientes se hubiesen puesto de pie en las camillas y hubiesen empezado a bailar y a saltar de camilla a camilla. Un momentazo. Pero la realidad impone sus reglas y allí nos estaban retorciendo a cada uno una parte diferente del cuerpo y no podíamos ni levantar un dedo del pie. Lástima.

Con la rehabilitación por delante, un libro por terminar, mil obligaciones, siendo estas unas fechas de julio para mí muy marcadas por temas personales, preocupaciones… todo se ha ido abajo. Porque amigos YOU CAN DANCE, puedes bailar, puedes bailar. Yo, hoy, tengo que confesarlo, visto lo visto, lo que quiero es mandar a freír espárragos algunas cuestiones, ponerme todo lo demás por montera y ¡SER UNA DANCING QUEEN! Suene como suene. You can dance. Bailar y sentir moverse mi pie sin problemas.

Porque YOU CAN DANCE, puedes bailar si quieres bailar.

Y hoy es hoy.

Y hoy existimos.

Dejémonos llevar como cuando éramos niños.

Bailemos mientras podamos y como podamos. Bailemos.

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Jardín de lavanda en primer término. Un poco más allá, tilos. Una reja alta que da a un campo de golf y detrás campos de fútbol y una pista para correr.

Por un camino del parque camina un hombre de unos setenta años sujetando por detrás a una mujer muy anciana que, colocada de pie intenta con dificultad mantenerse erguida y, a la vez, hacer el gesto de empujar una silla de ruedas situada delante de ella. En realidad es el hombre quien con cuidado empuja a ambas, es él quien dirige el movimiento y los pasos de la mujer.

El camino se hace largo con esos pasitos de hormiga y tardan en alcanzar la altura del banco donde estoy sentada. El proceso de rehabilitación de una lesión severa de tobillo marca unas rutinas que me llevan a ese parque todos los días. Descanso unos minutos tras caminar un buen rato bajo el sol que, a primera hora de la mañana, ya anuncia las elevadas temperaturas del día.

Desde hace semanas, cuando coincidimos, observo el caminar lento de esta anciana dirigido con perseverancia por el que parece ser su hijo. Veo la enorme ternura con la que suavemente impone esta actividad el “hijo” a su “madre” y me trae muchos recuerdos.

Hoy el hombre detiene el paseo al llegar al banco. Con un cuidado prodigioso ayuda a sentarse a la madre en el otro extremo del banco y él se coloca él a mi lado, acalorado. Da los buenos días. Le respondo. Al cabo de un momento explica con cierta timidez que le gustaría ir un momento a beber agua a una fuente cercana, me pregunta si voy a estar un poco más en el banco y puedo cuidar un momento a su madre, tan delgada, tan frágil, tan callada.

En ese momento me pregunto si cuelgan de algún modo hilos invisibles que nos llevan al afín, al que ha pasado por situaciones similares, ese que conoce bien lo que nos pasa porque forma parte de su historia de vida. O quizás llevamos en nuestro rostro señales visibles para otras personas que nosotros no somos capaces de descubrir cuando nos miramos en el espejo. Quizás desconocemos las huellas del pasado en nuestro rostro o hacemos por no verlas.

Me he quedado unos minutos en el banco con esta señora impasible, ajena a casi todo, a la que por un momento he tenido ganas de abrazar como si la conociese de toda la vida, como si su historia y la mía fuesen la misma historia. Porque realmente podrían ser el haz y el envés de una misma historia. Y mientras la miraba, no me ha quedado más opción que recordar.

18 de julio de 2009. Una habitación de una residencia, un balcón cerrado, un armario sencillo, un sillón, una silla, una cama articulada y, al lado, un gotero.
Ocupa la cama una señora mayor con una mascarilla. Ojos semicerrados. Brazos caídos. Respiración lenta. El rostro de alguien que ha sido atractivo y aún en sus últimos años tiene algo indefinible que atrae. Pero esa mujer, que apenas respira, está terriblemente delgada y no es ni la sombra de lo que fue un día. Como le ocurre a la mujer sentada a mi lado en el banco.
Me acerco al balcón y miro hacia la calle. Media tarde, aún se adivina un intenso calor fuera. Desde allí miro hacia la cama. Y lo sé. Lo sé. Ha llegado el momento. Es ahora. Cierro la puerta, que siempre permanece abierta. Las auxiliares de la residencia saben y se mantienen a distancia para no interrumpir este momento. Acerco una silla al borde de la cama. Cojo de la mano a mi madre y empiezo a hablarle. De la niñez. Del barrio. De mi padre. De ella. De sentimientos y emociones. Voy dejando la silla y sentándome en la cama, abrazándola y sintiendo que su respiración entrecortada. La vida pende de un hilo.
Me recompongo, vuelvo a la silla, abro la mesilla y saco unas hojas sin grapar que llevan días allí guardadas, esperando. En la primera hoja, un título, “La calle de la vida”, que da nombre a este blog, que terminé de escribir pocas semanas antes y que publicaría la Fundación Borau en un libro colectivo de relatos un par de meses después.
Más allá de la valoración literaria que tendrá que hacer cada cual y que no viene ahora al caso, “La calle de la vida” era y es para mí mucho más que un relato. En el momento de su escritura era un regreso a la creación, de otra manera. Era una puerta abierta a nuevas vías de expresión después de dedicar los últimos años a trabajar en promoción cinematográfica y a cuidar de mi madre y no encontrar tiempo ni aliento para crear. Era, sobre todo, una historia que impulsaba la propia enfermedad de mi madre y que yo quise escribir para ella y dedicársela en su final.
Aquella tarde de hace ya casi cuatro años, línea a línea fui leyendo “La calle de la vida” como jamás volveré a leer este relato. Las palabras parecían brotar con una naturalidad y un tono emocional sereno y a la vez intenso, como nunca volverán a sonar en cualquier otra lectura.
Y mientras leía, apretaba la mano de mi madre. Mi madre, que se había consumido en diez años de Alzheimer, que ya no era más que una sombra de la mujer que fue, que no hablaba desde hacía tanto, que no reía desde hacía tanto, pero que a veces daba alguna señal de tener algún momento, un rayo veloz y pasajero de lucidez. Leía y la miraba constantemente de soslayo. Si existiese la justicia alguna de esas palabras tendría que haber podido llegar al cerebro de mi madre en aquel momento. Pero, ¡quién sabe! Ella se había despedido hace tiempo y ese era el momento de mi despedida. Mi modo de decir gracias, gracias y más gracias, ve tranquila, que aquí seguiremos bien, encontraremos caminos, sabremos seguir. Ve tranquila.
Cuando terminé de leer “La calle de la vida” mi madre seguía con la respiración entrecortada y los ojos prácticamente cerrados.
Me volví a recostar un rato junto a ella en silencio. Poco después me levanté y abrí la puerta a los médicos y sabía que también a la muerte, que llegó de madrugada.
Aquellos momentos, que pueden resultar muy dramáticos en el relato que acabo de hacer, no lo fueron. Había una gran sensación de placidez en aquella habitación. Mi madre se iba como había vivido, siempre positiva, alegre. Y esa placidez te envolvía.
“La calle de la vida” cuenta una historia, pero a mí me sirvió para realizar una de las dos despedidas más importantes que he vivido. Ese título era el preciso porque la vida se impone hasta el último suspiro, a veces de un modo cruel, por ejemplo para los enfermos de Alzheimer y sus familiares. Pero sobre todo ese título era el indicado para alguien de una vitalidad y una energía arrolladora que me había llevado tantas veces de la mano por “la calle de la vida”.
Recuerdo esa tarde marcada del verano de 2009 mientras observo a la señora sentada a mi lado, extremadamente delgada, con la cabeza ya fuera del mundo. El hijo vuelve enseguida, me despido sin poder dejar de mirar a esta señora y sin dejar de reconocerme en la labor cuidadosa de su hijo y sigo mi camino hacia mi siguiente tarea diaria de rehabilitación: andar en el agua.
En el camino hacia la piscina, sigo pensando y vuelvo a valorar que los años de cuidado de mi madre han sido quizás los años más importantes de mi vida. Años de dificultad y definición personal, de elección, de riesgo, de amor sin reciprocidad, de cuidar la calidad de vida de alguien a veces a pesar o contra el entorno, a veces contra uno mismo, de entrega desde el cariño. Y sigo recordando detalles de aquella lectura especial de “La calle de la vida”, que siempre releo cuando llega el aniversario del fallecimiento de mi madre. Sin tristeza, me hace recordar aquel momento tremendamente emotivo, pero de honda placidez.
En la piscina me abro camino con cierta dificultad para realizar mis ejercicios y andar en el agua entre multitud de niños que chillan, se tiran, juegan y ríen encantados con sus travesuras en el agua. Y en esa risa empiezan “las calles de la vida”. Y de golpe, entre esas risas, parece resonar la carcajada alegre de mi madre a decirme vamos niña, ríe tú también, vive, sueña. Vamos, que puedes, niña. Y vuelve a mí la placidez, la sonrisa y casi la risa mientras recorro andando metros y metros de piscina, algunas de mis actuales “calles de la vida”.
Pero llegarán otras. Llegará incluso el mar.

Con mi total reconocimiento y admiración a aquellos que cuidan de alguien con Alzheimer o con alguna demencia y lo hacen desde el respeto a la personalidad que tenía el enfermo y desde un cuidado afectuoso y tierno.

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Cuando la salud falla, el mundo detiene su curso.

“La vida detenida”. Parece un buen título para una novela. Quizás haya que escribirla. Los que no somos escritores profesionales utilizamos nuestras propias técnicas. Yo no puedo escribir sin crear previamente una imagen de lo que voy a narrar. Monto una película en mi cabeza que luego intento trasladar al papel. Los fogonazos de la imaginación son mi motor, supongo que es natural al ser el cine mi mundo profesional y la narrativa una afición, eso sí, que con el tiempo ha ido creciendo y se ha convertido en necesidad vital.
Unos pies deformados que caminan bajo el agua, esa es la primera imagen que viene a mí cuando pienso en una posible escritura de “La vida detenida”.

Hace unos meses una caída estúpida produjo una fractura grave que me detuvo en seco (“La vida detenida”). Mi tobillo ha pasado por operaciones, férulas, yesos, muletas, miedos en infinitas variantes, sillas de ruedas … episodios típicos en esta situación. Pero a la vez que todo el proceso de recuperación del tobillo seguía su curso, iban teniendo lugar cambios y aprendizajes interesantes.

¿Cómo se siente quien depende de otros de forma casi total en su vida cotidiana? Primer y duro aprendizaje. ¿Qué piensa uno cuando la luz de un quirófano lo inunda todo hasta que pierdes el conocimiento? O, ¿qué ocurre cuando de repente tu casa se llena de obstáculos y lo que ayer era útil hoy es un estorbo? O, ¿cómo reacciona la gente cuándo te ve en una silla de ruedas? O, más interesante, ¿cómo reaccionas tú cuando te tienen que ayudar a subir a una silla de ruedas y desplazarte sorteando los miles de obstáculos que aún tienen las ciudades?

Confieso que aún busco precisar y matizar las respuestas a estas preguntas. En medio de todos esos procesos reales y mentales estás tú, que por primera vez en tu vida te sientes dependiente, y también tu relación con los demás. En meses las agendas cambian, hay gente que entra en tu vida y no quieres que salga nunca por su modo de enfrentar la situación y ayudar y otros, pocos, que ganan todas las papeletas para descolgarse de tu agenda y de tu vida.

Y los procesos son largos. Muy largos. Y la vida de todo el mundo alrededor continúa sus rutinas, continúa y debe continuar, mientras tú te quedas parado y tienes que establecer otras muy distintas a las habituales para enfrentar el día a día. Y lo que ayer parecía fácil (vestirse, lavarse o ir a la esquina a comprar el pan, cobra el tono de una película de aventuras). Y te das cuenta de tu fragilidad, de tu vulnerabilidad y de la necesidad del otro.

Y los tiempos son tan largos que en medio de ellos se producen nacimientos, muertes y eventos de todo tipo que parecen cobrar otra intensidad desde esa condición, afortunadamente provisional, de dependencia. Y en ese intervalo de meses también hay gente querida que recibe diagnósticos que les acercan a ese territorio difuso entre la vida y la muerte y te das cuenta de que no puedes quejarte. Tus huesos soldarán y poco a poco tendrás movilidad, mientras que otros continuarán en esa frontera terrible luchando por vivir.

Y te planteas, ¿qué es vivir? Si, ya sé que esta pregunta, esencial, suena tremenda pero, repito, ¿qué es vivir? ¿La rutina? ¿El trabajo desbordado? ¿Postergar lo que quieres por lo que debes? Y te das cuenta de que durante años no has mirado alrededor con la profundidad, el interés o la fuerza suficiente. La prisa, el desbordamiento, la energía que se desparrama en miles de actividades sin sentido. Quizás la mirada instalaba su objetivo en un territorio lejano y se nublaba la visión de lo próximo. Y cuando las cosas se tuercen lo próximo y los próximos son los que te salvan.

Y vuelvo al principio. La imagen de unos dedos y un pie que se deforma al andar bajo el agua, una imagen a la que me estoy acostumbrando por un tratamiento reciente de rehabilitación. Es fascinante observar como la visión a través del agua modifica completamente el objeto observado. Y esa cierta deformidad resume a modo de metáfora lo que ocurre en un proceso en el que la salud falla, uno comienza a ver la realidad de otra manera como yo veo cada día avanzar mi pie en el agua.

Pero este post se titula “En el regreso» y aún no hemos abordado el término. La vida se detiene y la mirada gana en profundidad de percepción. Lees el periódico de otra manera. Valoras los correos de otra manera. Miras al cielo de otra manera. Sientes de otra manera. Y un día, tienes que regresar. Ese tiempo detenido llega a su fin y se anuncia el regreso a esa rutina de antes, a las costumbres de antes, al trabajo, a la vida que tenías. Pero resulta que tu vida ya no es esa. No. El mundo alrededor ha cambiado y tú también has cambiado. Y las piezas tienen que volver a encajar.

Supongo que mi “regreso” no tardará en suceder, que este fragmento de “vida detenida” dejará de ser. He aprendido intensamente, he vivido una experiencia que me ha hecho comprender muchos mundos que eran ajenos, sentir otros profundamente, vivir de otra manera. Valoro cada minuto, cada momento de miedo, cada aprendizaje, cada error.

Quizás algún día, llegue la escritura de “La vida detenida”. Mientras necesito respirar, sentir, vivir de otra manera porque ni yo, ni nadie sigue siendo el mismo después de sentir “La vida detenida”.

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Cae el día y sueño tu boca

Un claxon a lo lejos
Voces de niños persiguiéndose en un parque
El eco improbable de una verbena
Más allá del cristal
pájaros sombríos de incertidumbre
graznidos de oscuridad
apedrean los tejados de la ciudad

Pero tu boca

Cuando la tarde se convierte en noche
El horizonte solo es tu boca
En el cielo anaranjado, gris y azul
tu boca y mi boca dejan que el viento las sueñe
bailan danzas de plata
saltarinas
juegan al escondite entre nubes
distantes
cómplices
mi boca y tu boca
con vértigo de abismo
se acercan
se rozan
descubren universos en el filo del último rayo de sol
Las lenguas
danzan besos de plata
atrevidas y tímidas,
inventan rojos horizontes de humedad infinita

Cuando cierro los ojos
tu boca se aleja
se pierde
más allá de la ciudad
en mares lejanos
Desaparece

Mi boca corre, sin aliento, también corre,
se pierde en un bosque antes de llegar al mar
No se encuentran más tu boca y mi boca
Y diluvia
Y el silencio llueve sobre mi boca

Abro los ojos
Y vuelvo a ver tu boca en el centro del horizonte
Porque cuando cae el día, amigo, amor, sueño tu boca.

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La estela de un avión rasga el cielo de Madrid.

Nos hemos despedido hace unos minutos. He observado como caminabas hacia el control de pasajeros. Has cambiado. Tu melena, de rizos tan característicos, luce ya abundantes canas y he advertido una leve curvatura en tu espalda. Sin embargo, mantienes en el andar una seguridad y una cadencia que transmite juventud, además de una voluntad férrea. Viéndote marchar, Carlos, hermano, me he preguntado si eres quién has querido ser; si conservas algo de aquel niño que en los años de infancia me hacía la vida mágica y, a la vez, imposible; si realmente tengo una idea, siquiera remota, de cómo eres, sientes, piensas; si algún día llegaremos a zanjar tanto tiempo de equívocos, tantos años de silencio.

Tu silueta se ha alejado seguida de la sombra de otros muchos pasajeros. Todos parecían tener prisa por entrar en el avión, sentarse en su asiento, despegar y correr hacia otra parte, desaparecer de sí mismos y reinventarse en otra ciudad, en la posibilidad de una vida distinta.

Otro avión cruza el horizonte de este caluroso día de julio. A lo largo de la tarde han ido apareciendo en el cielo nubes que presagian una tormenta de verano. El avión atraviesa la nube y se pierde en su interior. Desaparece. No existen las vidas, preocupaciones y secretos de más de doscientos pasajeros. Sin más.

Dos días. Tan sólo han pasado dos días desde el entierro de mamá. Dos días que podrían parecer dos años o haber transcurrido en dos segundos. ¡Quién sabe! El tiempo, traicionero, se deja envolver por las emociones.

Ahora, sentada en un rincón de una de las terminales del aeropuerto de Barajas, detrás de una enorme cristalera, juego a adivinar en cuál de los aviones que van despegando viajas; en qué parte de la nave vas sentado; qué sientes al alejarte otra vez de esta tierra, a la que tal vez ya no consideras tan tuya; qué ha pasado por tu cabeza durante estos dos días, tan largos y tan cortos; qué has pensado de mi durante los quince años que has estado fuera, dejándote llevar por la distancia, viviendo otras vidas, reinventándote y alejándote poco a poco.

Despega otro avión. Quizás sea esta la nave que te transporta a tu destino en Beijing.

Te imagino sentado al lado de una ventanilla, vigilando cómo se eleva el avión y deja atrás el suelo. Contemplando cómo traspasa las nubes y vuela sobre un océano blanco y algodonoso. Hermano, ¿recuerdas cómo veíamos las nubes desde el balcón de casa? Casi parecía que pudiéramos tocarlas. ¿Sigues observando las nubes como entonces?

¿Recuerdas cuánto nos gustaba observar los aviones? Incluso llegamos a inventarnos un juego. Cada vez que veíamos desde el balcón una aeronave cruzando el cielo, empezábamos a nombrar posibles ciudades de destino. Siempre ganabas. Siempre enumerabas más ciudades que yo y más lejanas. Desde pequeño sentías pasión por la geografía, descubrir la vida en otros países, imaginarte en esos destinos. Siempre quisiste marcharte, volar.

Mamá lo sabía. Pero ella nunca se imaginó que trazarías tu vida tan lejos durante tantos años. Simplemente creía que tenías vocación de viajero. Como buena maestra se ocupó de incentivar esa inclinación y enseñarte.

Enseñarnos.

El cielo se está cubriendo. Salgo de la terminal y empiezan a caer las primeras gotas. Atravieso a buen paso el parking y llego al estacionamiento del coche con el vestido humedecido por la lluvia. Su tono negro, no por luto, sino por falta de apetencia de color, ahora es pardo.

Arranco y salgo del aeropuerto en dirección a Madrid. Arrecia la tormenta. El ritmo del parabrisas limpiando el agua del cristal delantero acompasa mis recuerdos.
La lluvia me hace retroceder a la época de la muerte de papá. Entonces, Carlos, debías tener alrededor de doce años y yo diez. Llovía. Recuerdo días y días de diluvios. Todo se había teñido de gris. Nosotros y nuestra niñez estaba dentro de esa paleta de tonos grises.

No acabábamos de entender lo sucedido. Sólo sabíamos que un cáncer, miserable enfermedad, maldita palabra que costaba tanto pronunciar, nos había arrebatado a nuestro padre en tres meses. La vida parecía haberse detenido después de su entierro y llovía y llovía sin parar.

En el colegio las niñas cuchicheaban a mis espaldas. Recuerdo que las monjas les contaron la muerte de papá. Ellas tampoco entendían bien lo sucedido, pero sabían que a ellas la suerte no les había dado la espalda, que su familia estaba aún completa y la mía no. Me contabas que en tu clase ocurría más o menos lo mismo. Durante unos días, sin que hubiera mala intención en ello, sentimos que nuestros compañeros no sabían cómo tratarnos. Les costaba acercarse a nosotros con naturalidad en el momento en que más necesitábamos la rutina, también en el trato.

Mamá hacía grandes esfuerzos por aparentar serenidad y por aparentar la normalidad en el día a día, pero no nos engañaba. Por las noches, en el silencio, oíamos cómo lloraba. Era un llanto casi mudo, pero lo sentíamos.

Pasado cierto tiempo, un día, a la llegada del colegio, mamá nos sorprendió con unos regalos. Estábamos acostumbrados a la austeridad, pero ese día sin que fuese el cumpleaños de nadie, ni celebración alguna, dos paquetes muy bien embalados estaban esperándonos sobre la mesa del comedor. Una tarjeta sobresalía de cada uno de los envoltorios.

Te vuelvo a ver abriendo tu regalo, el bulto más grande, de forma veloz, con cierto ansia. En tu rostro se iba perfilando una sonrisa de satisfacción tras bastantes días de semblante serio. Aumentó cuando descubriste que el paquete contenía un gran globo terráqueo. El mundo estaba en tus manos, hermano. Tengo grabada en la memoria tu expresión de satisfacción en aquel momento y cómo abrazaste, eufórico, a mamá. Por primera vez tras la muerte de nuestro padre, sus ojos, enormes, siempre tan expresivos, sonrieron.

“Para que viajes”, era el texto de tu tarjeta.

Después de contemplar tu entusiasmo, me sentía cohibida al abrir mi regalo. No sabía qué podía encerrar aquella caja y si al descubrir su contenido me sentiría tan feliz cómo tú. Mamá y tú me observabais con atención. A medida que iba rasgando el papel, podía entrever la maqueta de un edificio. Era blanco, de una belleza conmovedora. Al abrirlo completamente descubrí una pequeña lámpara que reproducía la figura del Taj Mahjal.

Como recordarás, me fascina el arte. Cuando era pequeña hojeaba muchas veces los libros de historia con los que daba clase mamá. Buscaba las láminas para revisarlas una y otra vez. Pinturas, edificios, esculturas, tallas, todo atraía mi atención.

Aquel regalo me encantó. Sin embargo, por timidez, no fui capaz de mostrar tanta emoción como tú. Probablemente mamá entendió que no había acertado con su elección, aunque sus ojos seguían sonriendo. Tú no hiciste demasiado caso, enseguida estabas explorando tu globo terráqueo, fascinado, en otro mundo.

“Para que sueñes”. Esta era la frase escrita en mi tarjeta.

Para que sueñes.

Mi mente infantil entendió, de una forma intuitiva, que con aquellos regalos sin motivo aparente mamá quería transmitirnos un mensaje: la vida os espera, vuestro padre ha muerto pero tenéis mucho camino por delante. Hay que soñar, viajar, disfrutar, vivir.

Sin embargo, aquella lluvia cansina tardó en abandonar nuestra casa y las nubes oscuras formaron parte de nuestra infancia durante largo tiempo.

La tormenta se hace más persistente. Pulso el botón para aumentar la velocidad del limpiaparabrisas.

Fijo de nuevo la vista en la carretera y me doy cuenta de que, distraída, he debido tomar una desviación equivocada. En este momento no se dónde estoy, no sé qué radial es esta.

Me he perdido. Y de golpe, no hay ningún parabrisas de coche ante mis ojos. El cristal delantero del coche ha desaparecido. Suena la puerta de casa. Se abre. Es mamá. Nos mira. Primero a ti. Luego a mí. Nos mira lentamente. Es una mirada distinta a cualquier otra mirada. Y no hacen falta palabras. Comprendemos. La mirada nos ha dicho todo. Sabemos que papá ha muerto y corremos a abrazar a mamá. Nos agarra como si el mundo se hubiese acabado. Sus brazos son como tenazas. El mundo va a dejar de ser como era.

Giro el volante y, como puedo, detengo el coche en el andén. Y rompo a llorar, apoyada en el volante, lloro. Por primera vez desde la muerte de mamá, hermano, lloro, mientras ella nos sigue abrazando, con tanta fuerza que apenas podemos respirar.

Pasados unos minutos levanto la cabeza del volante. Miro alrededor. No tengo ni idea de donde estoy.

Estoy perdida. Totalmente perdida.

Tendré que avanzar hasta encontrar nuevas indicaciones.

Y enciendo el motor.

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Teatro, a veces uno tiene la suerte de ver TEATRO, con mayúsculas.

Hoy en Madrid bullía el verano, el ambiente de tarde de viernes inundaba las calles del centro plagadas de gente. Un poco más allá de Sol, al lado de Tirso de Molina, hacia las ocho de la noche un puñado de personas esperaban en la acera a que abriesen, una escuela, el sueño del teatro, una aventura que abarca enseñanza, representaciones y acciones teatrales muy vinculadas al entorno del barrio donde se ubica la sala. Nuevo Teatro Fronterizo, todo un proyecto teatral. Con la dirección de un maestro: Sanchís Sinisterra, uno de los autores dramáticos contemporáneos más destacados, cuya obra se caracteriza por la experimentación y la investigación. Un maestro.

No hacen falta grandes escenarios, ni medios excepcionales para hacer TEATRO. La historia, los actores, un mínimo apoyo de luz y sonido y, lo más importante, un texto excelente y una dirección escénica que con esos escasos elementos sepa ahondar y extraer el sentido final del texto a través de la interpretación de los actores y la sintonía de todos los elementos con esa actuación.

Una sala multifuncional utilizada habitualmente para enseñar y ensayar, también ha servido de marco esta tarde para acoger a los espectadores y acercarles a las historias trágicas y crueles de tres personajes creados por escritores latinoamericanos: “El cobrador”, de Rubem Fonseca, “Las buenas intenciones”, de Juan Gómez Bárcena, y “El poeta local”, de Ricardo Piglia.

Si la esencia del hecho teatral es la representación ante una audiencia, esta tarde, esta esencia se ha hecho mucho más presente al actuar los actores muchas veces entre el propio público, utilizando la mirada directa al espectador como cómplice de la historia.

El teatro, como el cine, un buen libro, o cualquier manifestación artística, cumplen su objetivo cuando el espectador al dejar la sala sigue pensando en la historia, los personajes y los conflictos. Y hoy la tragedia de estos tres personajes ha traspasado las puertas del teatro. Ahora mismo me parece estar escribiendo estas líneas acompañada por el poeta asesino, la cuidadora sádica y el escritor frustrado protagonistas de los monólogos.

Teatro. Puro teatro.

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No veo a nadie aunque estoy rodeada de gente. Sólo siento que el sol, intenso y abrasador, me atraviesa. Parece concentrarse en mi cuerpo y negarle el pensamiento, la emoción.

No siento nada. Nada. Únicamente calor. Mi cuerpo arde y se mantiene en pie por un efecto inexplicable. Porque realmente mis manos, mis piernas, mi pecho, mi espalda, mi vientre, todo mi organismo se hunde en el suelo, calcinado, y nadie parece darse cuenta. No entiendo cómo el brazo de mi hermano Carlos, rodeándome, no arde. Probablemente también él se está abrasando y no puedo percibirlo. Pero su tacto no transmite calor, me traslada el hielo de la distancia y el silencio de años. En este instante somos hielo y fuego, aunque caminemos juntos, abrazados, bajo este sofoco del mes de julio.

La comitiva avanza con nosotros al frente. Carlos y yo ralentizamos el paso. Caminamos despacio, cada vez más despacio, quizá queriendo retrasar unos momentos lo inevitable. Nuestros cuerpos quisieran dejarse vencer, hielo y fuego, pero continúan acercándose lentamente hacia un agujero cavado en la tierra.

Nos detenemos. Observo la oscuridad de esta hendidura en el suelo que rompe la tórrida luz que nos envuelve y, durante unos instantes, siento vértigo. El calor aumenta más y más. Quizás el infierno simplemente sea esto.

Poleas. Operarios. En un lateral, preparada, una lápida con una inscripción breve: “Paz eterna”.

La madera se deja caer y anida en el suelo. Observo, aturdida, calcinada, la caja que encierra el cuerpo de mi madre hundida en la tierra.

No existe, mi madre no existe más, y ayer respiraba. Y yo no siento nada más que un inmenso y sofocante calor que se agudiza, que me quiere vencer.

No puedo mirar a Carlos, no veo a nadie, no siento nada.

¿Es esto la muerte? El calor, el hielo, el suelo, la oscuridad, la arena, la nada.

Mi madre vivía ayer. Hoy su cuerpo duerme en esta caja de madera sobre la que lentamente cae la arena. Grano a grano, cae, y yo no siento nada. Puede con el fuego y con el hielo, la arena lo cubre todo. El sonido que produce al chocar con la madera se amplifica y retumba dentro de mí. Cada uno de estos impactos, cada golpe de arena, entierra a todos los que estamos aquí, aunque parezca desplomarse únicamente sobre la caja en la que yace, sin vida, muerto, el cuerpo de Carmen, mi madre.

Y ya no siento nada, ni siquiera calor.

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Quería compartir con vosotros el inicio de esta novela que inicié hace tiempo. Se admiten comentarios.
Saludos a todos.

 
 

TANGER Y MIJAS 291

Ver desaparecer el mundo alrededor, tal y como pensábamos que era. Detenerse e intentar sujetar pedazos del tabique de los sueños imaginados, a veces incluso cumplidos. Y no poder alcanzarlos, como si alguien los pusiese más lejos una y otra vez, hasta que al final se perdiesen en un inmenso horizonte de muros caídos.

Volver a casa con la sensación de tener un sueño menos, una ilusión que pasa a habitar en desvanes de la memoria, entre las viejas cajas donde guardamos los recuerdos más bellos de la infancia, los que nos hacen ser como somos.

Enciendo el ordenador y elijo oír a Chet Baker (“Every time we say goodbye”) y, nota a nota, vuelvo a ser una niña y de nuevo entre los cascotes del mundo derrumbado habita la poesía, de la imagen, del sonido, de la palabra, incluso la no dicha, la que se queda en el iris de nuestra mirada y lo va quemando poco a poco, sin que nos demos cuenta.

Y volver a empezar. Mañana, volver a empezar. Porque la vida es eso, volver a empezar, hasta que llega el fin. Y hoy la vida para mí se acaba con la melodía de una trompeta que toca suavemente el alma y poco a poco quiere hacer renacer los sueños.

Hasta mañana, amigos.

Que los muros caídos no derriben esos sueños que aún habitan en el inmenso horizonte de nuestra imaginación.