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Cine y escritura

TANGER Y MIJAS 213

Brindemos
por la luz del anochecer en aquel verano de los sueños
por el oleaje de tu mirada cuando levantas la vista
y te sorprende el color de la luna,
el paisaje del desierto más allá de las laderas,
o mi sonrisa
que desplaza el viento de tu nuca
mientras luce el sol
y tras la ventana se derrite la nieve

Brindemos
por este momento
que el ayer no existe
y el mañana solo es enigma
sombra alargada

Brindemos
por los que, pacientes, nos llevaron de la mano un tramo del camino
por las puertas derribadas
esas que en nuestra memoria
lucen aún su madera reluciente y recién talada
Por aquellos, pocos, que contemplan a nuestro lado el presente
danzan en sueños de azules intensos
tejen mantas de lana roja cuando el frío arrecia
y aunque la pesadilla esté más cerca que el suave descanso
navegan con nosotros mares en la densa niebla

Brindemos
Porque hoy es hoy, simplemente
Y hoy estás
Y hoy estoy
Somos
Porque entre tu mirada y la mía
saltan a la pata coja estrellas de algodón, azúcar y chocolate
y como esos niños que siempre regresan,
bailamos

Brindemos, amor, brindemos

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Quizás era demasiado pronto
O el tiempo había consumido cualquier posibilidad, quizás

No sabía
medir los gestos
Aguantar
la palabra
Ahuyentar
la tentación del abrazo

No sabía

Quizás
era su palabra

No sabía leer tiempos ni relojes
aunque dibujaba minutos
flotando entre estrellas
esas que, por cientos,
lucían airosas
en un pedazo de cielo
justo a la derecha
de la esquina añil de su tejado

Quizás, él
Quizás, atraviese el camino
Quizás, tras esa nube
Quizás, la tormenta
O un sol
amarillo
grande
iluminando el sendero

Quizás, él
bailando entre las gaviotas
Quizás, él con ella
bailando
entre la luna y el tiempo

Quizás

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Estos días se celebra en toda España la Fiesta del Cine. Durante tres días los precios de las entradas bajan y las colas vuelven a las salas que participan en este evento.

¡Tantas veces oímos aquello de que el cine en la salas está muriendo! Es innegable que las formas de ver cine han cambiado. Afortunadamente la calidad y tamaño de los monitores domésticos, el sonido, el avance increíble de la tecnología, ha ayudado a que el cine en casa sea un compañero de sesiones de cine con amigos, familia o en soledad. Afortunadamente, internet ayuda a una difusión que debe encontrar los cauces para tener una rentabilidad que contribuya a que productores, autores y todos los que trabajan en las películas, desde los directores de equipo hasta el último auxiliar puedan seguir haciendo su trabajo más y mejor en nuevas películas con las que sigamos disfrutando como espectadores. Películas nuestras, que reflejen nuestra cultura, nuestra sociedad, cómo somos, fuimos o soñamos ser.

Pero también es innegable que, aunque las condiciones de ver el cine en casa sean óptimas, la sala grande, oscura, con una proyección ajustada, compartiendo la proyección con personas que no conocemos de nada, en un recogimiento que nos aísla de cualquier entretenimiento, tienen aún atractivo para un amplio espectro de públicos.

Quedan fórmulas por descubrir para devolver la rentabilidad a las salas aún en pie, dársela a internet y a esas nuevas formas de ver cine y abrir nuevos caminos, tentativos, imaginativos, que hagan que el espectador deseoso de ver cine encuentre fórmulas baratas, sencillas y eficaces para soñar y descubrir el cine en su casa, en el cine o donde quiera.

Queda mucha senda por andar en la formación de los más jóvenes en el audiovisual, para que conozcan su lenguaje, autores y películas emblemáticas, para que sean capaces de realizar una decodificación que es necesaria para vivir en una sociedad dominada por la imagen.

Un camino lleva al otro. Uno sin otro no conduce a ninguna parte.

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Tras esos cristales rotos, esa madera desvencijada, esa reja herrumbrosa, mi abuela, sentada en una mecedora, mira a un punto indeterminado.

La ventana está abierta, en la calle se oyen las risas de niños jugando y mi abuela mira a lo lejos, como mira quien ha regresado de mil batallas y quiere ahora detenerse a saborear el color del viento. Es una mirada que no he encontrado en otras miradas. Está a la vez presente y ausente de la realidad y tiene un brillo compasivo. Lo que pasó, pasó, y ahora solo importa el olor del tomillo del patio, el andar de esa niña que, desde la calle, con los rizos y la curiosidad de los cinco años, la mira.

Por unos instantes, miro esa ventana y vuelvo a ser esa niña que observa algo especial en la mirada de su abuela, pero aún es incapaz de expresar todo eso que siente. Mientras, ella le sonríe, se levanta de la mecedora y le pide que entre a la casa que ya es la hora de la merienda. Y de la mano de esa mujer alta, de moño blanco y andar ágil se dirige a una cocina enorme donde no se separa de ella porque, aunque no dice nada, le da miedo un hueco muy grande que hay en el techo, una chimenea enorme por donde piensa pueden entrar esos duendes que aparecen en los cuentos. Su abuela la mira de reojo, conoce sus miedos. Porque hay algo en esa casa irreal, extraño, como si uno viajase a un mundo distinto donde el campo y ese paisaje alcarreño, diese a la vida otra esencia. Algo de esta extrañeza pasa por la cabeza de la niña mientras toma pan con chocolate con su abuela en la terraza del patio desde donde se ve un valle ocre, amarillo, gris, azul, tranquilo, casi excesivamente tranquilo.

Hoy, mirando esa ventana, recuerdo a esa mujer de la que guardo un recuerdo vago, pero que marcó mi primera infancia con su mirada, sus paseos y esa mano delgada que parecía poder protegerte de todo y de todos cuando te llevaba a cualquier parte. Esa mujer que se quedó viuda con cinco hijos en la época de preguerra y, entre mil dificultades, sacó siempre todo adelante y fue capaz de preservar la tranquilidad en su mirada.

Vuelvo a ese pueblo y a esa casa, porque la casa, que ahora es propiedad de más de veinte personas, se hunde. Hay que demoler.

Y esa demolición, que duele, parece una metáfora de un tiempo que se va, al que quizás hemos dejado irse. De una época y unas relaciones familiares que no son las actuales. De un modo de vida que ha quedado atrás.

Espero no olvidar nunca la mano acogedora de mi abuela, agarrándome entre las sombras de la chimenea de aquella casa. También, ojalá, tener una pizca del coraje de esa mujer para sortear marejadas y tempestades. Y recordar siempre esa mirada suya, ajena a cualquier mirada.

La hermosa mirada de mi abuela María meciéndose detrás de aquella ventana.

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La maleta abierta. Curiosidad.

La maleta preparada. Inquietud.

La maleta avanzando el camino de nuestra mano. Descubrimiento. Alegría. A veces, decepción, dolor. El viaje, metáfora del recorrido vital, intenso, con valles y colinas. A veces, montañas escarpadas. A veces, EL MAR.

En la ida, la maleta acumula deseos mientras sus compartimentos se llenan de un puñado de ropas y objetos que nos representan y anticipan aquello que esperamos encontrar: frío, calor, casas amigas, alojamientos variopintos, paisajes diversos, amistad, extraños, calor, cierto vértigo ante lo desconocido.

La maleta cerrada es la duda. Qué llevamos. Qué dejamos. Los objetos correctamente seleccionados. Los olvidos imperdonables. El recelo de lo que pueda acontecer acompañando el deseo acuciante de la partida. Haz y envés, caras de la misma moneda.

Por fin llega el momento de ponerse en camino. A veces los trayectos de la maleta y los nuestros se separan, generando siempre la inquietud de su llegada a destino. Con ella se traslada un pedazo de nuestra vida, de nuestra casa, de nosotros mismos.

Durante el viaje la maleta es reflejo del impacto que nos produce el recorrido. Los objetos se desordenan, se ensucian, se mezclan. Mientras nosotros conocemos, saboreamos, contrastamos lo esperado con lo real, intercambiamos experiencias, vida, la maleta va transfigurándose, haciéndose eco del trasiego físico y emocional del viaje.

Buena compañera, se acomoda a los avatares del camino, aguanta sobrecargas, el apresuramiento de días y venidas, nervios, buena fortuna o incertidumbres.

Y un día, siempre antes de lo que quisiéramos, llega el momento del regreso. Todo empieza y todo acaba. Intentamos entonces con la desilusión de ese final sobrevenido, ordenar la maraña de objetos de la maleta. A lo que transportábamos desde nuestro punto de partida, se añaden recuerdos, vivencias. Demasiadas cosas. Las piezas no encajan. Como no encajan aún los acontecimientos vividos en este tiempo con la perspectiva de retomar la rutina, de la vuelta a lo conocido y a los conocidos, a lo de siempre. Querríamos quedarnos, pero también queremos volver. La posibilidad de dos o muchas vidas en paralelo. Buscamos eludir la realidad. Pero no es posible. La maleta solo puede albergar lo justo, aunque parezca hacerse más amplia para adaptarse a lo que necesitamos.

Regresamos, aunque volvamos al recuerdo de lo vivido frecuentemente en los primeros momentos. Y regresamos acarreando nuestra maleta, en la que sabemos que, junto a ese contenido físico que ha ido creciendo a lo largo del camino, también viajan esos sueños personales de los que raramente hablamos y que, sin embargo, son nuestra sombra, nos acompañan siempre. Nos definen más que nuestras realidades, son un cuaderno de bitácora de lo que queremos, profundamente, y aún no ha llegado. Que llegará -ojalá- o quizás no. Motor y deseo. Sin esos sueños, se abriría ante nosotros el abismo. Lo sabemos.

Llegamos a casa y la maleta se vacía. De todo. Lo objetos que guardaban vuelven a los estantes y cajones y se mezclan con el resto de objetos de nuestra casa. Lo vivido ya forma parte de nosotros, nos acompaña, se añade a nuestro bagaje, nos cambia.

Y al final la maleta queda, vacía, aparcada en algún rincón de la casa, esperando la curiosidad, la inquietud y el descubrimiento que traigan nuevos viajes.

Esperando sueños.

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Coincidencias. El año en que mis vacaciones transcurren «en la orilla», caminando de acuerdo a las instrucciones del médico, entre paseo y paseo leo -más bien devoro- un libro de Rafael Chirbes que tiene por título «En la orilla». Un golpe en el estómago del lector, desde la primera página consigue atraparte y que dejes aparcadas otras cuestiones para completar su lectura.

La novela de Chirbes poco tiene que ver con el mar. El protagonista y su voz interior, eje de la narración -que cuenta con variedad de recursos estilísticos, otras voces interiores, diálogos que se insertan en los monólogos, etc.-, logra que el lector vaya reconstruyendo su trayectoria vital, su derrota. La narración nos describe la crisis y sus consecuencias mejor que la portada de cualquier periódico durante estos años, ya muchos, demasiados, que viene durando este terremoto económico (cuántos más?, el hoyo no parece tener fondo)

El relato transcurre en la actualidad, en un pueblo del litoral valenciano. Esteban, el carpintero protagonista, su padre, ausente en su demencia, y los empleados de la carpintería ven como los cimientos en que asentaban su vida que consideraban inamovibles, se van al garete cuando a Esteban, que confió sus ahorros a una operación relacionada con la construcción que resulta un fiasco, el banco le embarga la carpintería, las cuentas, la vida.

Más alla de la historia, de esta trama principal, Chirbes, con un lenguaje áspero, contundente, introduce el bisturí en las emociones del lector, con la construcción milimétrica de esos monólogos interiores que dominan el texto. Dando rodeos, va conduciendo a la dureza descarnada, la angustia y la sinrazón que gobiernan el destino de Esteban y del resto de protagonistas. Como la vida misma de muchos españoles, de muchos ciudadanos de este mundo desigual que de golpe se han visto expulsados del porvenir que creían vislumbrar e, incrédulos, se ven «en la orilla» de la sociedad, aunque hace poco menos que un suspiro poco pudiesen sospechar ese giro de 180 grados que les ha mandado de viaje al otro lado, el de las carencias materiales y la casi ausencia de horizontes. Las manos vacías. Los caminos anegados. El mañana contemplado con la amenaza del miedo. La oscuridad. El vértigo.

Chirbes conmociona con este relato que coloca en el espejo verdades que conocemos pero quizás nos esforzamos en no tener continuamente presentes para continuar con el día a día. Aunque ¿puede continuar uno con el mismo ímpetu si alrededor la vida de muchos se desmorona?

Enorme novela que merece la lectura de muchos y un lugar destacado en la literatura contemporánea de nuestro país. Obra que es capaz de hacer un relato universal con la historia de un microcosmos de personas, que logra que el lector respire la desesperanza, el ahogo, la ocultación a veces, la miseria moral y material, y tantas otras cuestiones que la crisis ha hecho familiares, lamentablemente, para muchos.

Cierro las páginas de «En la orilla» con la intención de leer otras obras de Chirbes a quien, hasta ahora, desconocía.

En la orilla, al lado del mar, uno ve con cierta lejanía otras orillas. Pero están muy próximas, nos rodean, aunque hace muy poco no supiésemos nada de ellas.

Sigo caminando mis orillas marinas, sin dejar de pensar en la historia de Esteban, una historia de todos.

Mar y camino. Palabras que encajan y abren puertas y ventanas de la imaginación. La magia es una ola que choca con nuestros pies y salpica todo el cuerpo.

Andar a la orilla del mar. Esos son los «deberes» que me ha impuesto el médico durante las vacaciones con el objetivo de fortalecer el tobillo tras la fractura severa sufrida hace unos meses.

Caminar al lado del mar. Un lujo. Pasar de acudir todos los días a un centro de rehabilitación a una recuperación a la orilla del mar es todo un cambio. Observar que tu pierna recupera movilidad a lo largo de interminables paseos es emocionante. Sentir que el pie va adaptándose a movimientos de arena y agua, que mejora, que molesta aunque progresivamente menos, es tranquilizados. Que el mar, ese mar que llevas siempre contigo cuando estás lejos, es aliado, medicina, bálsamo. Y ser consciente de que ese tópico de que la salud, la vida, es un tremendo privilegio, realmente es cierto.

Y caminar, paso a paso, con la mirada activa, capturando historias que suceden alrededor con la retina, pensando mientras andas en otras que bullen en tí, aún inconclusas. Recordar episodios vitales que podrían ser la mejor de las historias, tuyos, de gente cercana.

Recordar.

Reflexionar mientras haces camino en la arena y el sol de agosto luce sin piedad. Y observar la maravilla de esas aguas que son parte de lo mejor de tu infancia, de tu vida.

Y a veces, dejar que una ola te bañe y, con su impacto, refresque esas historias y recuerdos que bullen alrededor, en tu cabeza, probable material de relatos futuros escritos o filmados.

Cuando regrese tendré que dar las gracias al médico por este paréntesis de mar y camino con el que me ha devuelto a la normalidad, a la vida.

Amigos, ¿hace un paseo por la orilla?

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El paisaje desde el tren es menos paisaje desde que la alta velocidad nos traslada de un lado a otro. Detrás de la ventanilla todo pasa como una exhalación. Resulta imposible captar el detalle, la esencia, pero eso si, alcanzas tu destino en un abrir y cerrar de ojos. El beneficio de la rapidez del viaje, lleva consigo la pérdida del propio concepto de viaje: observar, degustar el trayecto, compartirlo con quien te rodea, que el camino aporte algo nuevo. La prisa como engranaje de la sociedad actual parece engullirnos, ganamos tiempo, pero sacrificamos mucho, en este caso, la clave del propio viaje. Recordemos aquellos largos trayectos en vagones donde se compartían tortilla y conversación. Ahora nos encontramos en el polo opuesto.

Llegamos a Málaga y casi todos los pasajeros parecen poseídos por una especie de frenesí por agarrar la maleta, atravesar la puerta y salir deprisa y corriendo, aunque el objetivo de la mayoría sea disfrutar de unas vacaciones.

MÁLAGA

Uno es de donde se siente. El «lugar en el mundo» de cada cual no tiene por qué coincidir con su localidad de nacimiento. Yo no he nacido en Málaga, pero aquí han transcurrido esos veranos de infancia y juventud que muchas veces marcan tu vida. Así es que, tengo el «corazón partió» entre esas calles del centro de Madrid y de Malasaña, que son «las calles de mi vida»; la belleza de La Habana Vieja, donde tuve el privilegio  de vivir el rodaje más doloroso y más satisfactorio de mi vida; y la luz y el mar de Málaga que necesito respirar cada cierto tiempo.

LAS CASAS FAMILIARES

Los espacios parecen apropiarse del espíritu de quien los han habitado. Entro en la casa familiar y las paredes parecen narrar historias, susurrarte al oído esas frases de consejo que un día ignorabas y hasta odiabas y hoy atesoras y a veces te sorprendes repitiendo, haciéndolas tuyas. Y sientes que tu infancia, la niña que eras corretea por el pasillo, te recibe y te mira como diciendo, «has vuelto, siempre vas a volver», mientras voces que ya no están te dicen, » mira que tienes que descansar, que no puede ser ese ajetreo que llevas». 
En casa, otra vez, en casa.

EL PUEBLO. MIJAS

Y al día siguiente sales a la calle. Y encuentras el blanco de las casas aún más blanco. Esa blancura que quema la vista permanece a pesar de avatares y crisis y te sugiere la confianza de que pasado y futuro se abrazan en elementos como este y, también, un ápice de esperanza. Paseando descubres los rostros conocidos, en los que el tiempo va escribiendo su historia, y recorres calles que ayer marcaron tu infancia, rincones que atesoran anécdotas y momentos que no vas a olvidar nunca. Calles que fueron, son y serán también las calles de tu vida. 

Y el sol de agosto cae a plomo sobre el pueblo, encalado, hermoso.

Has vuelto y, es verdad, siempre vas a volver. A casa.

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¿Es posible medir el eco de silencio que deja tu sonrisa flotando en el aire
la temperatura de la rosa cuando el sol sueña los rayos de la primavera
el vértigo del alba cuando baña de luz olas, marejadas y mares en calma
el avance leve de dos manos que, centímetro a centímetro, se buscan
el peso del tiempo que atraviesa el hoy, el ayer, el mañana
la fugacidad de la mariposa volando en espiral sobre el campo recién arado
el cambio de color del iris cuando presiente otros universos en un cielo salpicado de estrellas
la brisa que azota tu pelo en la mañana gris de cualquier otoño
el beso de luz que conservan los momentos añorados de la infancia
la caricia leve de unas pestañas que conduce inesperadamente al vértigo
la contundencia del anochecer cuando la ilusión pasea por otros tejados, lejanos
la ausencia que tus pisadas dejan atrás al alejarse calle arriba
el temblor de una mirada cuando enfrenta el temblor de otra mirada?

¿Es posible saber, comprender, analizar, intuir, reflejar, estudiar, sopesar, elucubrar, investigar, es posible?

¿Es posible saber por qué mis brazos añoran el olor a sal y orilla de tu cuello?
¿Es posible intuir cuándo el amanecer retornará a un azul sereno?
¿Es posible comprender por qué mi puerta te espera?
¿Es posible medir ese sentimiento que crece y crece y determina cada mañana la línea de mi horizonte?

¿Es posible?

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El pie deja de apoyarse en el suelo, atraviesa el aire, se asoma al vacío y empieza a inclinar su parte delantera. La pierna desciende y al realizar el movimiento la extensión del gemelo parece no ser capaz de llegar a completarlo. Finalmente, con esfuerzo, la puntera de la sandalia pisa con cuidado el siguiente escalón.

Poco a poco.

Escalón a escalón.

Un escalón. Dos escalones. Los músculos parecen alargarse más que días anteriores.

El fisioterapeuta (continúo en un proceso de rehabilitación de una fractura grave de tobillo) lleva dos semanas obligándome a practicar la bajada de escaleras.

Observo mi pie, débil, pero con la voluntad de realizar el movimiento. El primer día que comenzamos a practicar en las escaleras de la clínica, mi pierna estaba bloqueada, parecía que el cerebro no conservaba memoria alguna de ese movimiento.

Cada escalón, un paso. Como la vida. Escalón a escalón. Día a día. Minuto a minuto.
Hay que forzar y repetir y repetir el movimiento. Hay que insistir e insistir. Igual que la vida que a veces nos obliga a una persistencia tenaz en casi todos los terrenos.

Los dedos parecen encogerse en algunos momentos ante los treinta centímetros de altura del escalón. El abismo a veces puede medir tan solo unos pocos centímetros.

Los escalones de la vida. Tantos. De edad, de historias íntimas y personales, cada una distinta y en algunos momentos, tan parecida a la de todos.

En mitad de uno de los escalones, con el pie en el aire, recuerdo la película que he visto en el cine esta tarde. “Tú y yo” de Bertolucci. Una supuesta obra menor, a los ojos de algunos críticos, que ha cautivado mi interés. La adolescencia, ese escalón crucial de la vida. Siempre difícil. En algunos casos aún más difícil. Narra la historia de un chico con un comportamiento asocial que se esconde en un sótano durante días mientras sus padres creen que está divirtiéndose con sus compañeros en la nieve con motivo de la “Semana blanca”. Aunque en el paso de la niñez a la juventud no nos hayamos ocultado durante una semana, en esa edad crítica, todos nos hemos “escondido” y hemos escondido también mundos personales, amigos, quizás ocultando lo que para cada uno tenía mayor significado.

Alcanzo el final de la escalera. Subo de nuevo y vuelvo a iniciar el descenso. El tobillo, hinchado, en esta hora de anochecer, va quejándose del ritmo intenso de ejercicios del día.

Sigo forzando la bajada y pienso que no solo ocurre en la adolescencia, a veces en otros escalones de la vida también nos ocultamos. Vivimos de espaldas al dolor y a la muerte. No hablamos de ello, escondemos las huellas, los sentimientos, lo que realmente nos marca, lo que sin duda nos hace ser como somos. En la madurez uno percibe con cierto desasosiego que hay un puñado de escalones que ya han quedado atrás. Unos cuantos. Y que hay compañeros de camino que ya han abandonado la escalera. Pero no hablamos demasiado de ello.

Tras ver la película de Bertolucci esta tarde he salido a la calle Martín de los Heros de Madrid. Es la tercera vez que paseo por esta calle y por delante de la librería Ocho y Medio desde el fallecimiento de Jesús Robles, dueño de la librería, cineasta, amigo de casi todo el mundo vinculado a nuestro cine. Me parece volverle a ver haciendo bromas, siempre con esa inteligencia intuitiva de los poseedores de inteligencia deslumbrante, en Buenos Aires, compartiendo con otros profesionales un festival: Madridcine 2005. Aquellos fueron días excepcionales con gente excepcional. Fue una suerte compartir con Jesús esos días.

El adolescente de la película de Bertolucci se niega a abrir las puertas de la vida. Otros, en la madurez, dejan la vida de un mazazo en el mejor de los momentos, cuando hay aún mucho camino por andar y quieren andarlo.

Apoyo mal el pie y mi cuerpo hace un quiebro. Me agarro con fuerza a la barandilla, evito el resbalón y sigo bajando.

Los escalones de la vida.

A veces irregulares y extraños.

A veces traicioneros.

Vuelvo atrás en el tiempo y me veo hace un rato andando por Martín de los Heros y observando la terraza de la librería Ocho y Medio, llena. Gente que conversa, ríe, probablemente muchos hablan de películas que acaban de ver en los cines de enfrente.

El cine, un referente de vida, un espejo.

Sigo probando a bajar escalones cumpliendo los “deberes” del fisioterapeuta. Si las circunstancias permiten seguir subiendo escalones de vida, cuánto me hubiese gustado, dentro de años, pasar por la librería, entrar, encontrar a Jesús y pasar un rato charlando de cine, de esto y de aquello.

No va a poder ser. Pero espero hacerlo con María (Silveyro) que sigue al mando de esa nave de libros y sueños que crearon Jesús y ella hace unos años.

La vida, otras vidas, siguen sentándose en las sillas del bar de la librería y tomándose café y cañas. Siguen descubriendo los mundos del cine en esta librería maravillosa.

Desaparecemos pero algo de nosotros queda en lo que conseguimos crear. Una esencia. Una ráfaga de lo que fuimos. Algo de nuestro amigo Jesús late en ese tramo de calle, en esa librería, en el reflejo de la gente pasando al lado del escaparate.

Mi pie, cansado, ya casi no aguanta. Fuerzo para seguir bajando el siguiente escalón.

En la cuesta arriba de la escalera de la vida desaparecerá o desapareceremos gente, el tiempo apremia, no queda otra que avanzar y pisar cada escalón con la conciencia de haber apurado cada instante, de haber sentido, amado, pensado, actuado, impulsado… con intensidad, con pasión.

En “Tú y yo” hay un momento en que la hermana del protagonista le dice “No te escondas, sal, vive, y si te caes ya te levantarás”.

Me veo a mi misma un rato atrás alejándome Martín de los Heros arriba, observando los escaparates de Ocho y Medio y el reflejo de la gente que sale y entra del cine, que disfruta la tarde, que comparte experiencias, que vive.

Llego de nuevo al final de la escalera. Y veo desde abajo la escalera completa.

Cada escalón forma parte de un todo. Esta escalera tiene un principio y un final. Pero en la otra escalera, la más difícil, el final se difumina, como en un espectáculo en el que el humo en un momento dado apenas deja entrever el escenario. Desconocemos nuestros escenarios futuros y los escalones que aún quedan por recorrer permanecen en penumbra. Solo somos capaces de ver con claridad los escalones que quedan atrás. En cada uno de ellos, huellas de recuerdos, deseos cumplidos e incumplidos, sentimientos, pedazos de lo que somos, de lo que podríamos ser, de lo que fuimos. Y también el aliento de aquellos que han hecho con nosotros un tramo del camino.

Subo la escalera camino de casa. Mañana volveré a ejercitar mi pie y volveré a este tramo de escaleras donde la vida de mis vecinos y la mía se cruzan.

Y me voy con el recuerdo de Jesús riendo en Buenos Aires y su reflejo en el cristal de Ocho y Medio, que deja paso a la imagen de los protagonistas de “Tú y yo” bailando “Ragazzo solo, ragazza sola” (“Dime ragazzo solo dove vai, perché tanto dolore…”), encontrándose en un baile de amor y salvación. Y camino despacio pensando en vida, escalones, recuerdos y personas de ayer, de hoy.

Mañana con paciencia, con persistencia, continuaremos probando suerte con los escalones, sobre todo con los de la vida.