“YOU CAN DANCE…”

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A las cuatro de la tarde el centro de Madrid era hoy un desierto. He caminado por mi calle, adormecida (la calle y también yo) hasta que ha aparecido un taxi.

Desde enero, todas las tardes la misma rutina, taxi a la misma hora camino de rehabilitación. En este tiempo, eso sí, ha habido cambios importantes. Al principio hacía el trayecto en silla de ruedas, mejor dicho, me llevaban y además en un taxi especial –eurotaxis los llaman-; luego llegó la etapa de transitar con dos muletas, para pasar luego a una y terminar ahora sin ninguna, aunque con una mochila llena de miedos que vamos vaciando poco a poco.

Cada tarde, al sentarte en el taxi, una emisora de radio va desgranando las noticias del día que, jornada a jornada, uno siente empeorar peligrosamente. El barranco parece no tener fondo. Voces radiofónicas van llenando el tiempo con datos y opiniones. La conclusión es que los que no tienen dignidad ni vergüenza, copan con sus sucesos, opiniones y silencios las ondas de radio. Y subido en un taxi, camino de rehabilitación, tu cuerpo que se prepara para sufrir físicamente, rechaza esa información como si fuese un veneno, un castigo añadido para tu mente, y sin embargo, es lo habitual, llegar a tu destino con la sensación de que las sombras ganan partidas en casi todos los terrenos.

Hoy al subir al taxi, he pensado en qué detalle escabroso que aún no había leído en prensa iba a descubrir viajando hacia el centro de rehabilitación, y sin embargo, he observado el taxista se movía sutilmente al ritmo de una música muy pegadiza. Yo que me estaba sentando y tomando posición para escuchar sin rechistar las últimas veleidades de los poderosos cuando, ¡sorpresa!, una música que provenía del pasado inundaba el coche con un cierto toque entre friki y kitsch.

Al cabo de pocos instantes de trayecto he observado que no solo el taxista se movía sutilmente, mis pies también trazaban un pequeño movimiento a izquierda y derecha que casi me emociona (mi pie izquierdo ha estado muchos meses inmovilizado por una fractura grave de tibia y peroné y aún tiene problemas de movilidad). Mientras, mi cabeza viajaba a las costas griegas y recordaba a la gran Meryl Streep, bailando y cantando como solo una actriz de una pieza puede hacer a determinadas alturas de su vida sin hacer el ridículo. ¡Mamma mia! Una película musical que no es destacable pero que tiene la gracia de tener a algunos actores memorables en papeles que se salen de sus estándares de actuación.

Cuando el taxi ha enfilado el Parque del Oeste, hermoso en cualquier época del año, tan solitario a esa hora del día, he observado que el movimiento de mi pie de izquierda a derecha se había ido ampliado considerablemente y también que me estaba forzando a frenar un cierto contoneo de mi tronco en el mismo sentido.

Oh yeeeahhh YOU CAN DANCE, YOU CAN DANCE… ¿Recordáis un poco la canción?
DANCING QUEEN… Simplemente pegadiza.

Y como guionista, no he podido dejar de pensar que si mi trayecto tuviese lugar dentro de una película musical, en un momento dado yo vería a alguien conocido por la ventanilla, pediría al taxi que parase y me dirigiría a través de la hierba a su encuentro bailando. Simultáneamente desde detrás de los árboles aparecerían bailarines que compondrían una estudiada coreografía que completaría y daría más cuerpo al encuentro de los dos personajes centrales. Y todos se moverían acompasadamente al ritmo de la canción, cambiarían posiciones de forma estudiada y girarían unos por delante de otros, recolocándose, siempre con movimientos amplios, dando cuerpo al tema musical.

Al final, hasta el taxista abandonaría el taxi y se sumaría al baile colectivo dando un contrapunto de personaje cómico.

Pero, el taxista y yo no formábamos parte del elenco de ninguna película musical (¡lástima!), así que hemos resistido y hasta disimulado los pequeños movimientos que hacíamos movidos por el ritmo de la música y hemos cumplido cada uno con nuestros roles de chófer y usuaria hasta el final del trayecto.
YOU CAN DANCE, YOU CAN DANCE!!!!

Nunca me ha gustado especialmente ABBA, pero hoy me hubiese encantado oír el final de la canción y bailarla. Si, poder bailar y hacerlo sin medida.

He bajado del taxi con cierta pena y he entrado a la clínica de rehabilitación con el ritmo de la música en el cuerpo y allí me he encontrado con el fisioterapeuta, cuyo sentido del ritmo en relación con mi pie nada tiene que ver con ABBA. Ahí estaba él pasado un rato, doblándome literalmente el tobillo, cuando en el hilo musical ha comenzado a sonar “I will survive” de Gloria Gaynor. Mi fisioterapeuta ha empezado a silbar algunas notas y su compañero de la camilla de al lado ha comenzado a tararear suavemente el estribillo mientras masajeaba con ímpetu la espalda del señor al que atendía. Si eso sucediese en una película musical, en ese momento los pacientes se hubiesen puesto de pie en las camillas y hubiesen empezado a bailar y a saltar de camilla a camilla. Un momentazo. Pero la realidad impone sus reglas y allí nos estaban retorciendo a cada uno una parte diferente del cuerpo y no podíamos ni levantar un dedo del pie. Lástima.

Con la rehabilitación por delante, un libro por terminar, mil obligaciones, siendo estas unas fechas de julio para mí muy marcadas por temas personales, preocupaciones… todo se ha ido abajo. Porque amigos YOU CAN DANCE, puedes bailar, puedes bailar. Yo, hoy, tengo que confesarlo, visto lo visto, lo que quiero es mandar a freír espárragos algunas cuestiones, ponerme todo lo demás por montera y ¡SER UNA DANCING QUEEN! Suene como suene. You can dance. Bailar y sentir moverse mi pie sin problemas.

Porque YOU CAN DANCE, puedes bailar si quieres bailar.

Y hoy es hoy.

Y hoy existimos.

Dejémonos llevar como cuando éramos niños.

Bailemos mientras podamos y como podamos. Bailemos.

4 comentarios en ““YOU CAN DANCE…”

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