DETENTE OLVIDO – CAPÍTULO 2

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La estela de un avión rasga el cielo de Madrid.

Nos hemos despedido hace unos minutos. He observado como caminabas hacia el control de pasajeros. Has cambiado. Tu melena, de rizos tan característicos, luce ya abundantes canas y he advertido una leve curvatura en tu espalda. Sin embargo, mantienes en el andar una seguridad y una cadencia que transmite juventud, además de una voluntad férrea. Viéndote marchar, Carlos, hermano, me he preguntado si eres quién has querido ser; si conservas algo de aquel niño que en los años de infancia me hacía la vida mágica y, a la vez, imposible; si realmente tengo una idea, siquiera remota, de cómo eres, sientes, piensas; si algún día llegaremos a zanjar tanto tiempo de equívocos, tantos años de silencio.

Tu silueta se ha alejado seguida de la sombra de otros muchos pasajeros. Todos parecían tener prisa por entrar en el avión, sentarse en su asiento, despegar y correr hacia otra parte, desaparecer de sí mismos y reinventarse en otra ciudad, en la posibilidad de una vida distinta.

Otro avión cruza el horizonte de este caluroso día de julio. A lo largo de la tarde han ido apareciendo en el cielo nubes que presagian una tormenta de verano. El avión atraviesa la nube y se pierde en su interior. Desaparece. No existen las vidas, preocupaciones y secretos de más de doscientos pasajeros. Sin más.

Dos días. Tan sólo han pasado dos días desde el entierro de mamá. Dos días que podrían parecer dos años o haber transcurrido en dos segundos. ¡Quién sabe! El tiempo, traicionero, se deja envolver por las emociones.

Ahora, sentada en un rincón de una de las terminales del aeropuerto de Barajas, detrás de una enorme cristalera, juego a adivinar en cuál de los aviones que van despegando viajas; en qué parte de la nave vas sentado; qué sientes al alejarte otra vez de esta tierra, a la que tal vez ya no consideras tan tuya; qué ha pasado por tu cabeza durante estos dos días, tan largos y tan cortos; qué has pensado de mi durante los quince años que has estado fuera, dejándote llevar por la distancia, viviendo otras vidas, reinventándote y alejándote poco a poco.

Despega otro avión. Quizás sea esta la nave que te transporta a tu destino en Beijing.

Te imagino sentado al lado de una ventanilla, vigilando cómo se eleva el avión y deja atrás el suelo. Contemplando cómo traspasa las nubes y vuela sobre un océano blanco y algodonoso. Hermano, ¿recuerdas cómo veíamos las nubes desde el balcón de casa? Casi parecía que pudiéramos tocarlas. ¿Sigues observando las nubes como entonces?

¿Recuerdas cuánto nos gustaba observar los aviones? Incluso llegamos a inventarnos un juego. Cada vez que veíamos desde el balcón una aeronave cruzando el cielo, empezábamos a nombrar posibles ciudades de destino. Siempre ganabas. Siempre enumerabas más ciudades que yo y más lejanas. Desde pequeño sentías pasión por la geografía, descubrir la vida en otros países, imaginarte en esos destinos. Siempre quisiste marcharte, volar.

Mamá lo sabía. Pero ella nunca se imaginó que trazarías tu vida tan lejos durante tantos años. Simplemente creía que tenías vocación de viajero. Como buena maestra se ocupó de incentivar esa inclinación y enseñarte.

Enseñarnos.

El cielo se está cubriendo. Salgo de la terminal y empiezan a caer las primeras gotas. Atravieso a buen paso el parking y llego al estacionamiento del coche con el vestido humedecido por la lluvia. Su tono negro, no por luto, sino por falta de apetencia de color, ahora es pardo.

Arranco y salgo del aeropuerto en dirección a Madrid. Arrecia la tormenta. El ritmo del parabrisas limpiando el agua del cristal delantero acompasa mis recuerdos.
La lluvia me hace retroceder a la época de la muerte de papá. Entonces, Carlos, debías tener alrededor de doce años y yo diez. Llovía. Recuerdo días y días de diluvios. Todo se había teñido de gris. Nosotros y nuestra niñez estaba dentro de esa paleta de tonos grises.

No acabábamos de entender lo sucedido. Sólo sabíamos que un cáncer, miserable enfermedad, maldita palabra que costaba tanto pronunciar, nos había arrebatado a nuestro padre en tres meses. La vida parecía haberse detenido después de su entierro y llovía y llovía sin parar.

En el colegio las niñas cuchicheaban a mis espaldas. Recuerdo que las monjas les contaron la muerte de papá. Ellas tampoco entendían bien lo sucedido, pero sabían que a ellas la suerte no les había dado la espalda, que su familia estaba aún completa y la mía no. Me contabas que en tu clase ocurría más o menos lo mismo. Durante unos días, sin que hubiera mala intención en ello, sentimos que nuestros compañeros no sabían cómo tratarnos. Les costaba acercarse a nosotros con naturalidad en el momento en que más necesitábamos la rutina, también en el trato.

Mamá hacía grandes esfuerzos por aparentar serenidad y por aparentar la normalidad en el día a día, pero no nos engañaba. Por las noches, en el silencio, oíamos cómo lloraba. Era un llanto casi mudo, pero lo sentíamos.

Pasado cierto tiempo, un día, a la llegada del colegio, mamá nos sorprendió con unos regalos. Estábamos acostumbrados a la austeridad, pero ese día sin que fuese el cumpleaños de nadie, ni celebración alguna, dos paquetes muy bien embalados estaban esperándonos sobre la mesa del comedor. Una tarjeta sobresalía de cada uno de los envoltorios.

Te vuelvo a ver abriendo tu regalo, el bulto más grande, de forma veloz, con cierto ansia. En tu rostro se iba perfilando una sonrisa de satisfacción tras bastantes días de semblante serio. Aumentó cuando descubriste que el paquete contenía un gran globo terráqueo. El mundo estaba en tus manos, hermano. Tengo grabada en la memoria tu expresión de satisfacción en aquel momento y cómo abrazaste, eufórico, a mamá. Por primera vez tras la muerte de nuestro padre, sus ojos, enormes, siempre tan expresivos, sonrieron.

“Para que viajes”, era el texto de tu tarjeta.

Después de contemplar tu entusiasmo, me sentía cohibida al abrir mi regalo. No sabía qué podía encerrar aquella caja y si al descubrir su contenido me sentiría tan feliz cómo tú. Mamá y tú me observabais con atención. A medida que iba rasgando el papel, podía entrever la maqueta de un edificio. Era blanco, de una belleza conmovedora. Al abrirlo completamente descubrí una pequeña lámpara que reproducía la figura del Taj Mahjal.

Como recordarás, me fascina el arte. Cuando era pequeña hojeaba muchas veces los libros de historia con los que daba clase mamá. Buscaba las láminas para revisarlas una y otra vez. Pinturas, edificios, esculturas, tallas, todo atraía mi atención.

Aquel regalo me encantó. Sin embargo, por timidez, no fui capaz de mostrar tanta emoción como tú. Probablemente mamá entendió que no había acertado con su elección, aunque sus ojos seguían sonriendo. Tú no hiciste demasiado caso, enseguida estabas explorando tu globo terráqueo, fascinado, en otro mundo.

“Para que sueñes”. Esta era la frase escrita en mi tarjeta.

Para que sueñes.

Mi mente infantil entendió, de una forma intuitiva, que con aquellos regalos sin motivo aparente mamá quería transmitirnos un mensaje: la vida os espera, vuestro padre ha muerto pero tenéis mucho camino por delante. Hay que soñar, viajar, disfrutar, vivir.

Sin embargo, aquella lluvia cansina tardó en abandonar nuestra casa y las nubes oscuras formaron parte de nuestra infancia durante largo tiempo.

La tormenta se hace más persistente. Pulso el botón para aumentar la velocidad del limpiaparabrisas.

Fijo de nuevo la vista en la carretera y me doy cuenta de que, distraída, he debido tomar una desviación equivocada. En este momento no se dónde estoy, no sé qué radial es esta.

Me he perdido. Y de golpe, no hay ningún parabrisas de coche ante mis ojos. El cristal delantero del coche ha desaparecido. Suena la puerta de casa. Se abre. Es mamá. Nos mira. Primero a ti. Luego a mí. Nos mira lentamente. Es una mirada distinta a cualquier otra mirada. Y no hacen falta palabras. Comprendemos. La mirada nos ha dicho todo. Sabemos que papá ha muerto y corremos a abrazar a mamá. Nos agarra como si el mundo se hubiese acabado. Sus brazos son como tenazas. El mundo va a dejar de ser como era.

Giro el volante y, como puedo, detengo el coche en el andén. Y rompo a llorar, apoyada en el volante, lloro. Por primera vez desde la muerte de mamá, hermano, lloro, mientras ella nos sigue abrazando, con tanta fuerza que apenas podemos respirar.

Pasados unos minutos levanto la cabeza del volante. Miro alrededor. No tengo ni idea de donde estoy.

Estoy perdida. Totalmente perdida.

Tendré que avanzar hasta encontrar nuevas indicaciones.

Y enciendo el motor.

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