LA PETICIÓN O EL CAFÉ – PIEZA TEATRAL

otoño 2012 068

Habitación con una cama, una mesilla, una silla, un sillón y un armario. Sobre la mesilla, un vaso de agua, una lamparita y un reloj despertador.

La habitación tiene una puerta que da a un baño y otra puerta que comunica con un pasillo. También tiene una ventana por la que entra un reflejo de luz de luna que se mezcla, cada cierto tiempo, con el resplandor de faros de vehículos que centellean unos instantes y desaparecen. Cuando ocurre esto, en paralelo, se oye el motor de un coche. De fondo escuchamos el sonido de un reloj despertador, amplificado.

En la penumbra de la habitación se distingue la silueta de una persona tumbada en la cama y la silueta de otra persona sentada en la silla.

La calma de la habitación se rompe de repente. En la calle se oye el sonido de las ruedas de un coche que derrapa y, en paralelo:
 

D. LUIS MARIANO (grita, parece tener una pesadilla): ¡No! ¡No puede ser! ¡El coche, tiene que parar! ¡No, no! Pare, pare…

EVELIO, sentado en la silla, se incorpora, enciende la luz de la mesilla, se quita los auriculares de un walkman y lo deja encima de la mesa, se levanta e intenta despertar con cuidado a D. LUIS MARIANO.

EVELIO: Don Luis Mariano, tranquilo. Solo es un mal sueño. Despierte, es mejor que despierte (mientras habla, le pasa la mano por el rostro e intenta que se despierte, todo con suavidad.) Tranquilícese.

D. LUIS MARIANO (gritando): ¡Carlos! Carlos, ¡cuidado!, ¡el coche! ¡Detrás de ti! ¡Mira detrás!

EVELIO (continúa intentando que don Luis Mariano se incorpore): Despierte, don Luis Mariano. Tiene una pesadilla. Es mejor que despierte…

D. LUIS MARIANO (gritando): ¡No!, ¡Noooo! (Evelio le da palmadas en la cara y abre los ojos.) Pero, ¿qué pasa? (Mira alrededor despistado hasta que fija la mirada en Evelio.) ¿Qué ha ocurrido? (Baja la voz.) Estoy sudando, ¡qué calor! Estoy empapado. Empapado. (Dirigiéndose a Evelio, vuelve a subir la voz.) Y usted, ¿quién es usted?, ¿qué hace usted en mi casa?

EVELIO: Don Luis Mariano, no se altere, por favor. Su hija… me ha contratado su hija.

EVELIO ayuda a D. LUIS MARIANO para que se incorpore, colocándole almohadones en la espalda.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): ¡Ah, ya! Ahora caigo, es usted ese enfermero nuevo… Matías se llama usted, ¿no?

EVELIO: No, yo…

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Mi hija y sus manías de contratar gente, (sacude la cabeza), ¡va a volverme loco!

EVELIO: D. Luis Mariano, hay una confusión. Yo me llamo Evelio. Matías es el compañero de la tarde, yo le sustituyo cuando se va, a las once de la noche.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo.) Una lianta. Mi hija es una lianta…

EVELIO: No me conoce aún porque hoy es mi primera jornada de trabajo. Cuando he llegado usted ya dormía y no hemos querido despertarle.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Mi hija no se da cuenta de que ya no estoy en el hospital, estoy en mi casa. Ella está en su mundo, pero es que resulta que ya me han dado el alta y no necesito a nadie aquí (con sorna) contemplando como duermo. Y usted, ¿cómo ha dicho que se llama?

EVELIO: Evelio, don Luis Mariano. Me llamo Evelio.

D. LUIS MARIANO (con retintín): Don Luis Mariano. Dicho así con ese acento que tiene usted parezco el protagonista del culebrón de la sobremesa. Llámeme don Luis a secas y déjese de historias. Como me llama todo el mundo.

EVELIO: Lo siento, don Luis Mari… digo, don Luis.

D. LUIS MARIANO: Eso, don Luis y punto. Así es que usted es Evelio. (Con ironía.) Pues nada, por la mañana, Enrique. Por la tarde, Matías. Por la noche, Evelio y, por supuesto, a todas horas, mi hija, yendo y viniendo, disponiendo de todo como si yo necesitase esta legión de gente. Cree que me he convertido en un inválido.

EVELIO: Don Luis Mar… (Don Luis Mariano le clava la mirada) don Luis, si me permite, yo creo que lo que quiere su hija es que usted esté bien, que tenga compañía y no tenga que hacer nada.

D. LUIS MARIANO (irascible): Pero bueno, ¿y usted qué sabe lo que quiere mi hija? Lo que me faltaba, una legión de defensores de mi hija y sus ideas alrededor. ¡Cómo si no tuviese ya bastante con ella!

EVELIO: Disculpe, don Luis, no era mi intención molestarle.

D. LUIS MARIANO (interrumpiendo): Pues me ha molestado y mucho. Estoy harto de que mi hija me trate como a un inútil, caramba. Será con la mejor intención, pero no me deja vivir. Todavía puedo dar un poco de guerra. Lo que tiene que hacer es dejarme en paz y dedicarse a sus alumnos y a educar a los salvajes de sus hijos.

EVELIO: Si, don Luis, la señora tiene mucha tarea.

EVELIO da unos pasos hacia un interruptor de luz situado al lado de una de la puerta que da al baño. Enciende la luz general de la habitación.

D. LUIS MARIANO: Pues eso, que se dedique a su tarea y que me deje respirar, caramba. Y además, (se echa hacia delante en la cama) ¿por qué estoy hablando con usted de esto? No es de su incumbencia.

EVELIO: No, señor. Disculpe, yo no quería que se molestase. ¿Se encuentra usted bien?

D. LUIS (con retintín): Perfectamente, Evelio. Perfectamente. Pero con tanta manta, tengo mucho calor.

EVELIO (coge el vaso de agua de la mesilla): Lo mejor es que tome un poco de agua don Luis.

D. LUIS se adelanta a EVELIO y trata de retirar el vaso de la mesilla antes que él. La mano le tiembla y tira el vaso.

D. LUIS (gritando): ¡Evelio! Así no se puede, me pone usted nervioso y mire lo que pasa…

EVELIO: No se preocupe por nada, don Luis. Ya me ocupo de traer agua y de recoger esto.

EVELIO sale corriendo de la habitación.
 
D. LUIS (en voz bastante alta, para que Evelio le oiga desde otra habitación): Pero, a ver si se da prisa, Evelio, que tengo sed y mire la que ha liado en un momento.

(En voz más baja, como para sí.) ¡Qué lamentable! Un hombre no debería tener nunca a otro a su servicio. Cada uno tiene que ser capaz de cuidar de sí mismo. Cuando llega la hora de no poder hacerlo, pues lo único que queda es morirse y punto. Aún puedo valerme por mí mismo un tiempo (con pesadumbre), un tiempo.

EVELIO (entrando, en una mano lleva un vaso de agua y en otra una fregona): Don Luis, ya estoy aquí con su vaso de agua.

D. LUIS: Menos mal, (con sorna) creí que se había perdido en el largo camino hacia la cocina.

EVELIO apoya la fregona al lado de la mesilla y le acerca el vaso a los labios a DON LUIS, que ahora no protesta.

EVELIO (mientras don Luis bebe): Es bueno que beba bastante agua. Va bien para su tratamiento, don Luis.

DON LUIS: Menos mal, ¡qué sed tenía! (Mira hacia la ventana.) Es de noche aún, ¿qué hora es, Evelio?

EVELIO: Son las cuatro treinta, don Luis. En media hora tiene que tomar usted su medicación.

DON LUIS (con ironía): Estupendo, me tomaré esa colección de pastillas de diferentes colores que me ha recetado el doctor Giménez. Menuda pareja hacen ese doctor y mi hija. El doctor dale que dale a las recetas y mi hija repitiendo la letanía de “Papá, tienes que tomarte las pastillas”. Vaya un tostón.

EVELIO: Es solo un tratamiento por unos días, don Luis. Lo hacen por su salud.

DON LUIS (interrumpiendo): Mi salud, ¡ja! ¡Menuda tontería acaba de decir, Evelio! El uno lo hace porque es de estos médicos que no puede vivir sin su recetario y sin fastidiar al prójimo, vamos, a sus pacientes. Y respecto a mi hija, su problema es que ha dejado de preocuparse por ella misma hace mucho. Vive pendiente de los demás para no darse de bruces con sus verdaderos males. Sus letanías son su refugio. No ha hecho lo que debería haber hecho y ahora nos lo está haciendo pagar a los demás.

EVELIO: Don Luis, no se altere. Ellos piensan en su salud…

DON LUIS (rezongando): …si, si, en mi salud…

EVELIO: ¿Quiere recostarse un rato y le aviso a las cinco para que se tome las pastillas?

DON LUIS: Pero, ¡qué tonterías dice, Evelio! ¿Para qué me voy a recostar? Si queda menos de media hora para las cinco y no tengo ganas de dormir. Me apetecería trabajar un rato en una traducción que dejé a medias antes de la hospitalización. Tengo que avanzar rápido con este trabajo. Si puede alcanzarme…

EVELIO (interrumpiendo): Es muy pronto, don Luis. No ha dormido usted lo suficiente y debe descansar.

DON LUIS: Tonterías, Evelio. (Pausa. Pensativo.) Desde hace un rato estoy intentando descubrir de donde es su acento. ¿De Perú?

EVELIO: No, don Luis, nací en Bolivia.

DON LUIS: De Bolivia… Sabe, siempre me ha gustado mucho viajar. Hace muchos años estuve en Perú. Pero no conozco Bolivia (con un tono entre apesadumbrado y de enfado) y, claro está, ya no voy a conocer Bolivia, ni ninguna parte.

EVELIO (dubitativo): Eso no se sabe, don Luis.

DON LUIS: Eso lo sé yo perfectamente, Evelio. De esta casa y de este barrio ya no voy a salir. ¡Me ha gustado tanto viajar!, pero eso ya pasó. Por muy bien que esté, eso pasó.

EVELIO: Bueno, don Luis, ¿seguro que no quiere descansar?

DON LUIS: Evelio, pero ¿cómo se lo tengo que decir? ¡No quiero descansar! Se parece usted a mi hija. ¡Qué horror! (Pausa. Baja el tono.) Y, ¿hace mucho que vive en España?

EVELIO: Va para seis años, don Luis.

DON LUIS: Ya es un tiempo. ¿Y su familia, está aquí también?

EVELIO: Pues no, don Luis. Únicamente mi mujer, mis niños están criándose con la abuela, allá en un pueblito cerca de La Paz.

DON LUIS (pensativo): Es duro tener lejos a un hijo. (Pausa. Dolor contenido.) Eso lo sé bien.

EVELIO: No es fácil, pero les estamos garantizando unos estudios, un porvenir…

DON LUIS (moviéndose en la cama): Si, claro, pero esa distancia seguro que es dura.

EVELIO: Si que lo es, don Luis.

(Pausa, los dos quedan pensativos)

DON LUIS: Sabe, Evelio, como no me voy a dormir, estoy pensando que me apetece tomar un café, ¿me lo puede ir preparando? Así me lo tomo con las pastillas y después me pongo con la traducción.

EVELIO: Disculpe, don Luis, pero no tengo instrucciones al respecto.

DON LUIS (serio y firme): Las instrucciones se las estoy dando yo ahora mismo, Evelio. Quiero tomarme un café ahora y quiero que lo prepare.

EVELIO: Disculpe, don Luis, pero no tengo instrucciones de darle café. Lo lamento.

DON LUIS (incorporándose en la cama y gritando): Pero, ¿de qué instrucciones habla? A ver si nos entendemos, Evelio, aquí el que da las órdenes soy yo, que soy quien le paga. Si quiero café, usted me hace café y punto (al terminar la frase empieza a toser y la tos va en aumento).

EVELIO: Don Luis, por favor, no se altere. (Dándole en la espalda.) Le voy a dar un poquito de agua para que pase. (De nuevo le acerca el vaso, pero esta vez don Luis mueve la cabeza, se le atraganta y la escupe).

DON LUIS (con tono bajo, recuperándose): ¿Ve lo que ha conseguido? Con su estupidez ha conseguido sacarme de mis casillas y además hemos manchado la colcha.

EVELIO: No se altere, don Luis. Ahorita mismo cambio la colcha.

DON LUIS (recuperando tono de enfado): No me hable, Evelio, no me hable.

EVELIO abre el armario y toma una colcha. Retira la colcha de la cama de DON LUIS, que le observa aún con enfado, y pone la colcha limpia. Lo hace de un modo rápido y con eficacia. Cuando va a remeter una de las esquinas se le cae una cartera de uno de los bolsillos del pantalón, la cartera se abre y deja ver una fotografía.

DON LUIS (observando la foto): ¡Su cartera!… Y esa foto, ¿es de su familia?

EVELIO (toma la cartera y le acerca la fotografía a Don Luis): Si, don Luis, es mi familia. Por suerte hace dos años pudimos viajar a Bolivia… Mire, estos son mis hijos. La niña se llama Luz María y va para los doce años. El niño se llama José Eduardo y pronto hará los quince. Están mayores ya.

DON LUIS: Si, en la foto se les ve ya mayores. Los abuelos deben tener una dura tarea con ellos. (Pausa.) El niño, ¿cómo dice que se llama?

EVELIO: José Eduardo es su nombre, don Luis.

DON LUIS (con cierto tono de nostalgia): Es usted un hombre con suerte, Evelio. Tiene a sus hijos sanos, aunque estén lejos.

EVELIO: Son jóvenes, don Luis. La salud va con ellos.

DON LUIS (ocultando su emoción): No siempre es así, Evelio. Téngalo usted muy presente, no siempre es así.

EVELIO: Es verdad, tiene usted razón, la salud es lo más importante siempre, a cualquier edad.

DON LUIS (pensativo): Así es, Evelio. Así es.

DON LUIS devuelve la cartera a EVELIO, que la deja encima de la mesilla.

EVELIO: Con la conversación ha pasado el tiempo, don Luis.

DON LUIS (reponiéndose): Si claro, con la conversación… Con la discusión, querrá decir. Que no me he olvidado del tema. Se lo vuelvo a decir, Evelio, quiero un café.

EVELIO: Ya sabe que no tengo instrucciones, don Luis. Pero, espere (antes de que don Luis tenga tiempo de reaccionar sale corriendo de la habitación).

DON LUIS (gritando): ¡Quiero un café, Evelio!

(Hablando para sí.) Y ahora se va corriendo, pues espero que traiga el café. Qué desesperación depender de lo que opina un médico absurdo, una hija pesada y una legión de acólitos. (Pensativo) ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Qué barbaridad! Sin darte cuenta llegas a los sesenta y empiezan los achaques que, claro, siempre van a peor. Y el tiempo es como una locomotora, cada vez va más deprisa. Te descuidas y, sin enterarte, has cumplido ochenta años. Te miras en el espejo y ¿qué ves?… Un viejo. No te reconoces en ese viejo, pero resulta que eres tú. (Pausa.) Y ahora, ¿qué me queda ahora, a mis ochenta y uno? (Sacudiendo la cabeza.) Es un desastre envejecer. (Retomando un tono de enfado.) Pero ¡qué digo! Es una mierda envejecer.

DON LUIS mira hacia la mesilla y ve el walkman de EVELIO.

DON LUIS: ¿Y esto? (Alarga la mano y lo toma.) ¡Este Evelio! Ha estado oyendo música mientras yo dormía. Pues menos mal que estoy bien.

DON LUIS se coloca los auriculares por los que se oye una voz con un acento inglés dudoso exclamando “The mouse is white, the tree is green”.

EVELIO entra con una bandeja con un vaso de leche, galletas y tubos de pastillas y encuentra a DON LUIS con los auriculares puestos.

EVELIO: Pero, ¡don Luis!

EVELIO hace hueco en la mesilla para la bandeja.

DON LUIS (intentando disimular): He visto aquí este aparato y (subiendo el tono) me apetecía escuchar un poco de música, ¡caramba!

EVELIO (también apurado): Perdone, no es un casete de música. Es un curso de inglés. Lo pongo para evitar dormirme. Así, de paso, aprendo un poco de inglés.

DON LUIS (con sarcasmo): Ya veo que aprovecha muy bien el tiempo de la jornada laboral.

EVELIO: Señor, es para no dormirme…

DON LUIS: ¿Para no dormirse? ¿Qué pasa que viene aquí con sueño?

EVELIO: No, señor, pero la noche es larga, nadie puede evitar sentir sueño.

DON LUIS: Y ¿no será que viene cansado?

EVELIO: Señor, vengo bien, estoy perfectamente. No le oculto que tengo otro trabajo. Todo está muy difícil, mi mujer se acaba de quedar sin empleo y tenemos que ahorrar para los hijos. No hay más opción que trabajar cuando se puede.

DON LUIS: Y, ¿cuántas horas trabaja en el otro empleo?

EVELIO: Ocho horas.

DON LUIS: Me está diciendo que trabaja (con énfasis) 16 horas diarias, Evelio. No me extraña nada que se ponga el walkman (con sarcasmo) para evitar sentir sueño. Y esto, ¿se lo ha contado usted a mi hija?

EVELIO: Señor, entienda, son trabajos temporales, esta semana tengo dos pero dentro de unos días…

DON LUIS (inquieto): ¿Qué pasará dentro de unos días? Soy todo oídos.

EVELIO: Nada, nada, don Luis. (Disimulando mal su embarazo.) Que usted o el otro señor al que cuido (duda) se pondrán bien y no me necesitarán. Me ocurre constantemente, tengo que cambiar con frecuencia de trabajo.

DON LUIS: Ya. Menudo trajín que se trae usted, Evelio. (Pausa.) Sabe… (cambia el tono serio a jocoso), el curso que está escuchando es una verdadera porquería. Si quiere, yo le hablo en inglés. I have been living in England for three years and I work as traslator. ¿Me entiende?

EVELIO: Me parece que está diciendo usted que es traductor. Ya me contó su hija.

DON LUIS: Hay que ver la de cosas que cuenta mi hija. Hay que fastidiarse.

EVELIO: Su hija habla de usted con admiración. Se nota que le quiere bien.

DON LUIS: Si, a su manera, me aprecia. Es una pesada y lo de estos días ha sido la gota que ha colmado el vaso. No puedo soportar que esté todo el rato encima.

EVELIO: A veces querer a alguien es hacer cosas por él incluso en su contra.

DON LUIS: ¡Evelio! ¡Qué frase! A ver si es que mi hija ha contratado a un filósofo como cuidador.

EVELIO: Solo quería decir que su hija le quiere.

DON LUIS: ¡Pues ya lo ha dicho! Bueno, vamos a dejarnos de tonterías, ¿trae el café?

EVELIO (eludiendo la respuesta, ayuda a don Tomás a sentarse en la cama): A ver, si le parece, nos sentamos…

DON LUIS: (interrumpiendo): ¡Nos sentamos! No me diga que se va a sentar aquí en la cama y se va a tomar las mismas pastillas que yo.

EVELIO selecciona pastillas de la bandeja.

EVELIO: Y aquí tiene las pastillas. Vamos a ir tomándolas por orden.

DON LUIS: Si, vamos a hacer los honores al médico entre los médicos y a mi querida e insoportable hija.

EVELIO: Primero el antibiótico, luego la de la tensión, a continuación el anticoagulante, luego la de la úlcera…

DON LUIS: Vamos, un carnaval de pastillas. Este memo me ha recetado toda la farmacia.

EVELIO: Y ahora un poco de leche y unas galletas, ¿no?

DON LUIS: No quiero leche, quiero café, Evelio. Pero, ¡cómo tengo que decírselo!

EVELIO: Disculpe, don Luis, como ya le he explicado antes, no tengo instrucciones al respecto.

DON LUIS: Evelio, está acabando usted con mi paciencia, (gritándole), ¡quiero que me haga un café! Yo soy quien da las instrucciones aquí, no mi hija.

Suena el timbre de un mensaje de móvil, suena alto.

DON LUIS: Y ahora, ¿qué es lo que pasa, Evelio?

EVELIO: Don Luis, mil disculpas, es mi móvil, me ha entrado un mensaje. (Nervioso.) Disculpe, voy a mirar, no vaya a ser una emergencia.

DON LUIS (con tono sarcástico, se cruza de brazos): Pues nada, Evelio, usted no se preocupe. Sin problemas. La urgencia de su móvil es lo primero. Usted a lo suyo.

EVELIO (lee el mensaje y respira aliviado): Perdone, don Luis. Es que verá, estamos viviendo una situación muy especial.

DON LUIS (interrumpiendo): ¿Estamos?, pero a ver Evelio, ¿con quién está viviendo una situación especial?

EVELIO: Pues verá…

DON LUIS (interrumpiendo) Tiene usted un doble turno de trabajo, es el rey de la tecnología, rodeado de aparatos por todas partes y, ¿tiene usted tiempo para más cosas? No deja usted de sorprenderme Evelio.

EVELIO: Verá es muy simple: mi mujer y yo estamos… esperando un hijo. Genoveva, que es como se llama mi mujer, está ya fuera de cuentas y claro, estamos nerviosos.

DON LUIS (interrumpiendo) ¿Nerviosos? (Se incorpora hacia adelante en la cama.) Pero, ¿por qué van a estar nerviosos? Su mujer está en el paro, usted acumula trabajos temporales y se va durmiendo por las esquinas, eso sí, aprendiendo inglés mientras tanto…pero Evelio, por favor, lo único que les falta es un recién nacido. ¡Qué forma más absurda de complicarse la vida, Evelio!

EVELIO (serio): Perdone Don Luis, pero tener un hijo es una decisión personal. Y es una decisión importante. No creo que tenga usted que indicarme lo que debo o no debo hacer con mi vida. Soy un hombre de bien, haré todo lo que tenga que hacer para que ese hijo crezca feliz, como el resto de mis hijos ¡Todo lo que tenga que hacer, señor! (Baja el tono y casi se ahoga por la emoción al decir la frase siguiente.) No tenga la menor duda.
 
DON LUIS: Pero, hombre, tranquilícese. (Pausa. Intenta contener su dolor al hablar.) Evelio, ojala existiese una fórmula mágica para hacer feliz a un hijo, para protegerle de todo… Pero no la hay, Evelio. No la hay.

EVELIO (sigue con tono serio): Mi mujer y yo haremos todo lo que sea necesario.

DON LUIS (interrumpiendo, con dolor): Seguro, Evelio, usted hará todo lo que pueda y su mujer también. Pero hay cosas contra las que no hay nada que hacer. Nada.

EVELIO: Don Luis, no entiendo de qué habla.

DON LUIS: Hablo de que uno puede ser un padre ejemplar, querer a sus hijos, dar su vida para que estén bien pero siempre puede ocurrir lo peor, un desastre.

EVELIO (confuso y nervioso): Don Luis, no sé dónde quiere llegar usted.

DON LUIS (pausa, habla desde un dolor profundo que intenta no demostrar): ¿Sabe?, yo tuve un hijo… Hace ya 45 años de esto (Pausa.) Carlos…

EVELIO (pensativo): ¿Carlos…?, usted ha mencionado el nombre de Carlos hoy en sus sueños.

DON LUIS: En mis pesadillas, Evelio, en mis pesadillas. Son recurrentes, llevan acompañándome treinta años.

EVELIO: Si, tiene razón, gritaba usted, parecía un sueño agitado.

DON LUIS: Muchas noches sueño con Carlos. Estoy con él en un parque, el día es luminoso. De repente todo se nubla y, a partir de aquí, el sueño cambia. A veces un coche aparece de la nada y viene hacia él a gran velocidad. Le aviso, le grito, pero no puedo hacer nada, alguien me inmoviliza. (Va subiendo el tono, nervioso.) El coche avanza y él no oye nada. Le atropella. (Parece vivir el atropello con el gesto, con la mirada.) El coche le atropella delante de mí.

EVELIO (ayuda a don Luis a recostarse): Hoy soñaba usted con un coche.

DON LUIS: ¿Ve, Evelio? (Pausa.) Pero hay otras pesadillas. (Con ironía.) Para que no me aburra, hay muchas variantes. (Pausa.) A veces Carlos recibe un disparo que sale de la nada y cae en un charco de sangre. Poco a poco va desapareciendo absorbido por su propia sangre.

EVELIO (camina unos pasos, nervioso, le interrumpe): Es terrible, don Luis. Por favor, no me cuente esto.

DON LUIS: No, Evelio. Terrible, (pausa, lleno de dolor, haciendo esfuerzo por hablar)… terrible es que tu hijo muera a los 15 años de cáncer. Eso es lo que le pasó a Carlos. Mi hijo (se ahoga)… mi hijo murió en 6 meses y (sube el tono) ¡no pudimos hacer nada! Tuvimos que ver cómo iba deteriorándose día a día, sin poder hacer nada, Evelio. Nada. (Baja el tono.) Visitamos médicos y médicos. Nadie pudo detener esa pesadilla.

EVELIO (se repone y se acerca a don Luis): Señor, cálmese, no creo que le haga bien hablar de esto.

Con cuidado EVELIO hace que DON LUIS se apoye de nuevo en las almohadas.

DON LUIS (recupera una cierta sorna): No se preocupe, Evelio, no hablo nunca de esto. Llevo treinta años sin apenas mencionarlo.

EVELIO: Eso tampoco es bueno.

DON LUIS: A partir del día que enterré a mi hijo, me dejó de importar lo que era bueno y lo que era malo. Me dejaron de importar muchas cosas,… en realidad, casi todo. (Pausa.) Y por eso, cada vez que oigo que una nueva criatura va a llegar al mundo me dan ganas de gritar a los padres los peligros que pueden llegar a correr. Es un riesgo traer un hijo al mundo.

EVELIO (vuelve a ponerse serio): Don Luis, no es justo lo que piensa. Hay riesgos, claro, pero tener un hijo, pase lo que pase, es lo mejor de la vida. Verle llegar al mundo, agarrarse al pecho de la madre, poder vivir su aprendizaje, sus cambios. (Emocionado.)… Sentir su abrazo.
 
DON LUIS (interrumpiendo): ¡Sentir! Sentir el vacío. Es lo que yo llevo sintiendo treinta años.

EVELIO (se sienta, procura medir su tono para tranquilizar a don Luis): Lo que ha contado es muy duro, quizás lo más duro que le puede llegar a pasar a uno, pero fíjese, durante quince años usted vivió con su hijo, tuvo la oportunidad de verle crecer, acariciarle, jugar con él… (Observa a don Luis.)

DON LUIS (evocador): Jugábamos, si. Pasábamos juntos mucho tiempo, Evelio, mucho. (Don Luis vuelve a sentarse en la cama.) Recuerdo que poco antes de que diagnosticasen la enfermedad de Carlos, compré una cometa. Nos íbamos con el coche a las afueras de Madrid a lanzarla. Corríamos y corríamos por el campo para impulsar la cometa (levanta la mirada como si viese la cometa, levanta un poco los brazos, haciendo un movimiento en el que sigue a la cometa.) ¡Volaba tan alto! Era una imagen espléndida de libertad, de vida.

(Pausa.) Carlos empezaba a entrar en la adolescencia y tenía ya un grupo de amigos, pero seguíamos pasando juntos mucho tiempo.

EVELIO: ¿Y su hija?

DON LUIS: ¡Mi hija! (Pausa.) Siempre ha sido un poco pesada, desde pequeña. Aunque tenía cinco años menos que su hermano, siempre quería jugar a lo mismo que él y, claro, no podía.

EVELIO (interrumpiendo): En realidad, los niños siempre quieren estar con la gente a la que admiran.

DON LUIS (interrumpiendo): Entre mi hijo y yo había un lazo especial.

EVELIO: Y con su hija también lo hay, seguro. Pero a veces es difícil ser el segundo hermano.

DON LUIS: María, mi hija, ha sido siempre difícil, no sé si por ser la segunda hija o por qué. No quería quedarse nunca con su madre, siempre quería estar con Carlos y conmigo.

EVELIO: Y, ¿dejaban que estuviese con ustedes?

DON LUIS: Muchas veces, no. Y entonces se ponía a llorar y no paraba. (Pausa. Confuso.)… María no paraba de llorar.

EVELIO: Claro. Es normal.

DON LUIS: ¿Normal? Evelio, se está pasando usted de la raya con sus comentarios.

EVELIO: Disculpe, don Luis. Pero seguramente la niña solamente quería verse integrada con ustedes.

DON LUIS: Ahora resulta que va usted también para psicólogo. (Pausa. Habla desde el dolor.) Cuando murió el hermano, yo sentía tal dolor que ver a la niña me rompía por dentro. No podía resistir ni mirarla. Ella estaba bien y mi hijo, (con dolor, casi gritando) ¡mi hijo estaba enterrado!

EVELIO (no puede disimular su enfado): Perdone don Luis, la historia de su hijo es muy trágica, pero un padre tiene que darse a sus hijos por igual. Su hija debía estar tan confundida ante la muerte del hermano… Debía necesitar tanto cariño en esos momentos…

DON LUIS: ¿Y yo qué Evelio? ¿Y la madre de la niña, qué? ¿Sabe? Mi mujer entró en una depresión de la que no salió hasta que murió seis años después. Otro maldito cáncer. María creció… (Cambia el tono, reflexiona en voz alta.) Si, realmente creció sola, muy sola.

EVELIO: Tiene mucho mérito su hija, don Luis.

DON LUIS (de nuevo es consciente de la presencia de Evelio): No he debido hablar de este tema con usted, Evelio. No es de su incumbencia. Nadie puede entender el dolor de otro. Además, no tengo derecho a aguarle a usted la fiesta. Espera usted un hijo al que quiere y punto. Que sea para bien para usted y su familia, pero de mi familia solo me he ocupado y me ocupo yo. No le permito comentarios como el que acaba de hacer. ¿Qué sabe usted de los sentimientos de mi hija? ¿Qué sabe usted del dolor de la muerte de un hijo?

EVELIO (con firmeza. Se levanta y habla dando pequeños pasos alrededor de la cama): Tiene usted razón, don Luis, no he vivido la muerte de un hijo y espero que Dios me lleve a mi antes que a cualquiera de mis hijos. Pero le puedo hablar de otros dolores, de los míos. ¿Sabe lo que es saber que sus hijos están a más de 6.000 kilómetros? En seis años que llevo aquí he podido disfrutar solamente un mes con mis hijos. Un mes. ¿Sabe usted lo que es eso? Si, es verdad, ahora las nuevas tecnologías ayudan un poco, les vemos de vez en cuando por el ordenador, a través de estos programas de videoconferencia, pero ¿cree que a mí eso me sirve? Cuando apago el ordenador el vacío que siento es tan grande que, cuando salgo del locutorio, me cuesta hasta caminar. Cada paso que doy hacia mi casa me cuesta tanto como subir y bajar del Everest, don Luis.

DON LUIS ha bajado la cabeza y escucha.

EVELIO: Y ahora, ¿qué vamos a hacer con este hijo que viene? (Estalla en llanto.) ¿Qué vamos a hacer? Tendremos también que enviarle con la abuela nada más cumpla unos meses y que crezca con sus hermanos, para que tenga la misma educación que ellos. En poco tiempo le tendremos lejos, tan lejos como a sus nuestros hijos mayores.

DON LUIS (con tono bajo): Evelio, todo esto tendrían que haberlo pensado su mujer y usted antes.

EVELIO: ¿Sabe? No lo buscamos, realmente no queríamos tener más hijos. Pero inesperadamente, ha venido. Tendremos que trabajar los dos, mi mujer y yo, no tenemos a nadie que nos ayude. Vamos a pasar un tiempo muy apurados, don Luis.

DON LUIS (sube el tono): Basta, Evelio. Esta conversación no conduce a nada. Basta. No voy a escuchar ni una queja más. Usted lo ha dicho antes, hará lo que tenga que hacer para sacar adelante a su familia. Usted y su mujer son jóvenes. Pronto recordarán este tiempo como algo pasado. Conseguirán llevar su familia a buen puerto, Evelio. Y no hay más que hablar.

EVELIO ha llegado a la ventana y, pensativo, mira el cielo. DON LUIS también mira el cielo desde la cama.

DON LUIS: No me había fijado. Mire qué luna. El cielo está muy despejado. Y usted quejándose y quejándose.

EVELIO se gira hacia DON LUIS, parece que va a decir algo, pero calla.

DON LUIS: Mire el cielo. Es hermoso. Hacía tanto tiempo que no me detenía a ver el cielo. (En tono algo paternal.) Vamos, Evelio, deje ya de preocuparse. Todo irá bien.

EVELIO se gira y se dirige hacia la cama.

EVELIO (con ironía, mientras recoge los medicamentos): Si, don Luis, a mi me espera una buena primavera.

DON LUIS: Ay, no sea quejica, hombre. Además no va a arreglar nada, dándole vueltas y vueltas a las cosas. La primavera traerá lo que tenga que traer y usted saldrá adelante. (Pausa.) Y ahora sí que es el momento, Evelio. Después de esta conversación que hemos tenido, me va a traer usted ese café que le he pedido, que con tanta agitación, lo necesito.

EVELIO: Don Luis, por favor, no me ponga en un compromiso. Ya sabe que no tengo instrucciones al respecto.

DON LUIS: ¡No puedo soportarlo! Ya le he dicho que las instrucciones en esta casa las doy yo, yo y solo yo y quiero ese café ya.

EVELIO: Señor, ya le he contado como necesito este trabajo, por favor no me ponga en un compromiso, don Luis.

DON LUIS: Pero, ¡qué compromiso ni que niño muerto! ¡Quiero un café y estoy harto de sus monsergas!

Sin que a EVELIO tenga tiempo de reaccionar, DON LUIS hace un gesto brusco para levantarse. Pone los pies en el suelo, tropieza y, antes de que se caiga, EVELIO, toma a DON LUIS en el aire, pero se hace daño en una pierna.

EVELIO: Señor, pero, ¡qué hace!

DON LUIS: ¡Mi pierna, Evelio! ¡Qué dolor, qué dolor!

EVELIO (empujándole suavemente hacia la cama): Échese en la cama y ahora vemos que ha pasado, señor. Voy al baño a traer algunas cosas del botiquín.

DON LUIS: ¡Ay, Evelio! ¡Dese prisa, por dios!

EVELIO (desde el fondo): Ya estoy llegando, don Luis. No se preocupe.

DON LUIS: ¡Qué dolor tan insoportable! ¡Lo que faltaba, ahora que empezaba a reponerme! (Pausa y mira hacia la ventana.) ¡Qué cielo! ¿Qué me ha pasado? ¡Hacía tanto que no me fijaba en el cielo! ¡He dejado de hacer tantas cosas durante tanto tiempo! (Pausa, con gesto de dolor.) ¡Evelio! Pero, ¿qué está haciendo?

EVELIO (desde fuera del escenario): Voy ahoritica mismo, don Luis.

DON LUIS: ¡Vamos, Evelio, que es para hoy! (Pausa.) Ahora, tengo tanto por hacer y el tiempo se agota… Mis nietos, apenas los conozco y ya son casi adolescentes. ¿En qué he malgastado el tiempo? ¡Treinta años tirados a la basura! (Pausa.) ¡Evelio, venga de una vez, hombre!

EVELIO entra con pomada y vendas.

EVELIO (interrumpiendo): Ya estoy aquí, don Luis.

DON LUIS: ¡Ay! Pues ya iba siendo hora, Evelio.

EVELIO: Es que es mi primer día en la casa, apenas sé dónde están las cosas.

DON LUIS (interrumpiendo): Esto no hace falta que lo jure, lo llevo viviendo en mis carnes toda esta noche, que, ¡menuda noche me está dando usted, Evelio! ¡Qué horror!

EVELIO: A ver, don Luis, tranquilícese. Vamos a ver primero qué es lo que le duele. Estire la pierna… Muy bien… Flexione… Esto no es nada, si puede usted hacer el juego de la rodilla, estamos salvados.

DON LUIS (con perplejidad): ¿Estamos salvados?

EVELIO: Si, don Luis, si no pudiese doblar usted la rodilla tendríamos que irnos a urgencias para detectar cualquier tipo de rotura. Pero la dobla usted perfectamente.

DON LUIS: ¿Perfectamente? No sé…, ¿y entonces de dónde sale el dolor que siento?

EVELIO: No se impaciente, don Luis. A ver, ahora tiene que colaborar conmigo. Le voy a ayudar a levantarse para comprobar si puede caminar sin problemas.

DON LUIS: ¡No me haga esto, Evelio, que mire lo que acaba de pasar!

EVELIO (mientras va ayudando a don Luis a sentarse en la cama): No tardamos nada. A ver, una pierna (le ayuda a poner la pierna en el suelo)… Y ahora la otra pierna. Ve, ya casi estamos sentados.

DON LUIS: ¡No hable en plural, caramba! Que aquí el que se mueve soy yo y no sabe lo que me cuesta.

EVELIO (se sienta a su lado): Ahora, me va a permitir que le pase el brazo por detrás y usted va a hacer lo mismo.

DON LUIS: Evelio, no quiero levantarme. (Temeroso.) No camino desde antes de la hospitalización. Mire lo que ha pasado antes. Esto no es buena idea, Evelio.

EVELIO: Don Luis, estoy muy acostumbrado a hacer esto. Es mi trabajo. Confíe en mí.

DON LUIS: Evelio, pues llevamos una noche que, ¡cómo para confiar en usted!

EVELIO: Don Luis, por favor. Es necesario comprobar si la pierna está bien. A ver, vamos a ponernos de acuerdo. Nos levantamos cuando yo diga tres.

DON LUIS (temeroso): Evelio, que esto parece un juego y yo ya estoy mayorcito para juegos, que tengo 81 años.

EVELIO (serio): Por favor, don Luis. Hágame caso y en dos minutos hemos acabado. Empiezo a contar, uno, dos y ¡tres!

(Se levantan al unísono. Queda patente la dificultad de DON LUIS al andar).

EVELIO: ¿Qué tal?

DON LUIS (con sarcasmo): Si quiere, bailamos. Vamos, Evelio, ¡pero vaya preguntas hace usted! Le recuerdo que llevo quince días sin andar. Me duele, no la pierna, todo el cuerpo.

EVELIO: Pero, ¿le duele especialmente la pierna?

DON LUIS: Pues no especialmente, la verdad. ¿Puede ayudarme a llegar al sillón? Ya que estoy de pie, prefiero sentarme al lado de la ventana. Además ya pronto amanecerá.

Siguen los dos de pie abrazados, EVELIO sujeta férreamente a DON LUIS.

EVELIO: Pero, señor, tengo que darle una crema para refrescar la zona.

DON LUIS (interrumpiendo, enfadado): Siempre poniendo problemas, Evelio. ¿Qué más le da? (con un tono tirando a infantil) ¡Me hace tanta ilusión esperar el amanecer sentado ahí en ese sillón!

EVELIO: Como quiera, don Luis. Pero vamos para allá, que no puedo sujetarle a usted mucho más tiempo de pie.

DON LUIS tiene dificultades graves para caminar. Se percibe como depende de EVELIO.

DON LUIS: ¡Estupendo, Evelio! Mire que cielo, es maravilloso…

EVELIO se concentra en sujetar a DON LUIS.

EVELIO (cuando ya están llegando al sillón): A ver, tenemos que ponernos de acuerdo, primero un paso hacia delante.

DON LUIS: ¿Así?

EVELIO: Muy bien. Y ahora puede ir usted sentándose lentamente.

DON LUIS (mientras se sienta) ¡Ay! ¡Me duelen todos los huesos del cuerpo, Evelio! ¡Lo de menos es la pierna!

EVELIO: Bueno, ya estamos sentados.

DON LUIS (irónico): Pues yo a usted le veo de pie.

EVELIO (sonríe) Voy a darle una pomada para refrescarle la zona.

EVELIO se dirige hacia la mesilla a por la pomada.

DON LUIS: ¡Qué mal rato, Evelio! Y, ¡qué bien se está aquí al lado de la ventana! Casi nunca me siento aquí y ¡mire, qué vistas del barrio!… ¡Qué cielo! Parece que se puedan tocar las estrellas. Mi hija compró este sillón y lo puso aquí con buen tino, (con tristeza) eligió bien.

EVELIO (mientras le pone la crema): Si, señor. Tiene una vista estupenda. Es un buen sitio para leer, escribir sus traducciones…

DON LUIS (interrumpiendo): O simplemente mirar esta maravilla del cielo y sus cambios, Evelio.

EVELIO: Parece que le está sentando bien el aire de la noche, señor. Le noto más relajado.

DON LUIS: ¿Relajado? (Pensativo.) A veces uno cae en la cuenta de que lo más importante de la vida son las pequeñas cosas. La mayor parte del tiempo lo pasamos enfangados en una red de problemas que nosotros mismos tejemos en nuestra cabeza. Construimos telas de araña de las que luego no sabemos cómo salir y quedamos atrapados en nuestra propia trampa. Eso lo sé bien.

EVELIO: La pierna parece estar bien. ¿Le está refrescando la crema?

DON LUIS: Si, es un efecto muy agradable. Además se está muy bien aquí al lado de la ventana, Evelio. Este aire fresco le hace a uno revivir.

EVELIO: Pues ya está señor. (Se levanta.) Creo que con esto es suficiente. Y si siente usted alguna molestia, como en un par de días vuelve al hospital, le pueden mirar allí.

DON LUIS (muy sorprendido): ¿De qué habla, Evelio? ¿Cómo que vuelvo al hospital?

EVELIO (se da cuenta de que don Luis no sabe nada y pretende disimular): Don Luis, igual yo estoy confundido.

DON LUIS (muy enfadado): ¡No me venga ahora con estupideces, Evelio!

EVELIO: No, señor, si yo apenas he tenido ocasión de hablar con la señora…

DON LUIS (contundente, hace ademán de incorporarse para levantarse e ir hacia Evelio): Evelio, dígame la verdad. ¡Se lo exijo!

EVELIO (va hacia él para evitar que se levante): No se levante, don Luis, por favor. No vaya a hacerse daño de nuevo.

DON LUIS (haciendo fuerza para levantarse): Evelio, ¡dígame la verdad! ¡Por sus hijos! ¡Por lo que más quiera!

EVELIO (conteniéndole con esfuerzo): Cálmese, por favor. Siéntese y yo le cuento.

DON LUIS (se deja caer): Pues empiece a hablar, Evelio. ¡Ya!

EVELIO (dubitativo, temeroso): Su hija me dijo que iba a venir a hablar con usted esta mañana. En el hospital detectaron un (Pausa. Baja la cabeza y se detiene).

DON LUIS (impaciente): Un ¿qué, Evelio? ¡Acabe la frase de una vez!

EVELIO: Una especie… (No se atreve a continuar).

DON LUIS: ¿De qué, Evelio? ¡Hable, que está agotando mi paciencia! ¿Una especie de qué?

EVELIO: Una especie de… tumor. Parece que tienen que intervenirle.

DON LUIS (con ironía): Una especie de tumor. Ahora resulta que tengo (entre el dolor y la ironía) “una especie de tumor”.

EVELIO: Bueno, en la operación verán. (Muy incómodo.) Ya sabe que hay muchos tipos de tumores. Los médicos tienen que ver aún. Según me dijo su hija, le mandaron a casa unos días porque tenían falta de camas. Ya sabe lo que son los hospitales hoy en día. Su hija también lo prefirió, para que estuviese más cómodo. Está muy disgustada, señor, no sabe cómo hablarle a usted de la operación. (Conmocionado.) Y si se entera de que yo le he dicho algo, don Luis…

DON LUIS (mueve la cabeza con incredulidad. Contundente): No se enterará, Evelio, no se enterará…Tampoco se enterará de que ahora mismo va usted a ir a la cocina y me va a hacer ese café por el que llevamos discutiendo toda la noche. (Mira a Evelio con decisión.)

(Pausa)

EVELIO (en voz baja, arrepentido): Bueno, si usted lo quiere así, don Luis.

DON LUIS (en tono de súplica): Evelio, ahora necesito ese café.

EVELIO: De acuerdo, don Luis. Perdone si he dicho algo…

DON LUIS (interrumpiendo, con firmeza): El café, Evelio. El café.

EVELIO sale y DON LUIS se emociona paulatinamente hasta que empieza a llorar.

DON LUIS: Parece que no va a ocurrir nunca, pero un día sucede. No nos damos cuenta de nada hasta que llega una noticia que nos devasta… La vida es tan frágil… Somos, nada, una brizna de polvo… Nada. (Pausa.) Me he equivocado tanto… Tengo que darme prisa… El final está ahí… Empieza una cuenta atrás, la que me acerca al borde (pausa) del precipicio… Se me fue el tiempo. Me dejé morir el día de la muerte de mi hijo y no me importó que esa muerte mía en vida enterrase a otras personas alrededor… El tiempo… se me fue.

(Pausa)

¡Qué noche!…a veces unas horas de tu vida valen más que treinta años.

(Pausa)

¡Mi hija!… ¡pero cómo he podido estar tan ciego!… Ha cargado con una culpa que no tenía. Mi crueldad con ella ha sido infinita. Infinita. (Pausa.) Ha crecido sola… Tengo que ser capaz de decirle que sus gestos me recuerdan cada día más a su madre… ¡tan hermosa!… que siempre me gustaron los poemas que escribía cuando era joven. Los dejaba casualmente entre las páginas del periódico del día, para ver si yo le decía algo… Nunca le dije que eran buenos, que tenía que arriesgarse y escribir. No se atrevió. ¡Qué absurdo! Hizo una oposición y dejó a un lado su pasión. No tiene seguridad en sí misma porque nadie le ha dicho que destaca haciendo casi todo. No sé cómo puede dar clases, cuidar a sus hijos, tener tiempo para estar constantemente conmigo y no tener casi nunca un gesto desagradable…Y sus hijos… me han recordado siempre tanto a Carlos que apenas he querido tratarlos… Me he perdido la infancia de mis nietos, la de mi hija, mi madurez. ¡Cómo voy a morirme, si ya estoy muerto!

El tiempo, esa brizna de tiempo que me quede… tengo que intentar alargarlo, exprimirlo todo lo que se pueda… ¡Necesito solo un poco de tiempo… antes del final!

Entra EVELIO.

EVELIO: Aquí tiene el café, don Luis. (Con gesto preocupado.) ¿Se encuentra usted bien?

DON LUIS (irónico, recomponiéndose): Bueno, para acabar de anunciarme que estoy más allá que acá, no lo llevo mal.

EVELIO: Señor, me cuesta acostumbrarme a su sentido del humor. Yo me tomo sus frases al pie de la letra.

DON LUIS (irónico): No se preocupe, Evelio, que no va a tener tiempo usted de acostumbrarse, cuando quiera darse cuenta, esto se habrá acabado y estará con otro nuevo enfermo.

EVELIO: ¡Señor, no diga eso!

DON LUIS (degustando el café): ¿Sabe, Evelio? Hace usted un café riquísimo. Qué placer.

EVELIO: Pero usted no debería tomarlo.

DON LUIS: Al reo condenado a muerte siempre se le concede un último deseo, Evelio.

EVELIO: Don Luis, por favor, no diga eso. Los médicos tendrán que ver…

DON LUIS: Ya vale, Evelio. Soy muy mayor para tonterías. Al pan, pan.

EVELIO: Es que es verdad, hay muchas posibilidades, hay que tener confianza en los avances médicos.

Suena el pitido del móvil de EVELIO.

DON LUIS: ¡Evelio, por dios! ¡Qué trajín con el móvil!

EVELIO: Disculpe, don Luis. Ya sabe, voy a contestar, es por si Genoveva…

DON LUIS (interrumpiendo): Pero, ¿quiere contestar de una vez, Evelio?

EVELIO: Si, señor.

EVELIO camina hacia el otro lado de la habitación.

EVELIO: ¿Si? (Pausa.) ¿Estás segura? (Pausa.) Bueno, pues entonces hacemos como teníamos planeado, toma un taxi con la vecina y yo voy hacia allá en cuanto termine el turno. (Pausa.) Tranquila, todo va a ir bien. Ve tranquila. Nos vemos en un rato en el hospital. (Corta la conversación y se queda quieto con el teléfono en la mano).

DON LUIS: ¡Evelio! (Pausa.) Pero, Evelio, ¿qué pasa?

EVELIO (le sale un hilo de voz): Contracciones, Genoveva tiene ya contracciones cada pocos minutos.

DON LUIS: Y usted, ¿se va a quedar ahí pasmado hasta que el niño haga la primera comunión? ¡Vamos, hombre, salga pitando ahora mismo hacia el hospital!

EVELIO (está en estado de shock, se acerca hacia don Luis): Don Luis, no he acabado mi turno. No se preocupe, espero a que venga Enrique, el compañero de la mañana.

DON LUIS: A ver, Evelio, ¡otra vez me va a sacar usted de mis casillas! ¡Menuda nochecita me está dando! Va usted a recoger sus cosas y se va a ir corriendo al hospital. Falta menos de media hora para que venga Enrique y yo no me voy a mover de este sillón hasta entonces, se lo prometo. Evelio, ¡no se puede perder uno el nacimiento de un hijo! Ya está usted tardando.

EVELIO: No, señor, muchas gracias. Tengo que cumplir con mi turno.

DON LUIS: No me haga gritar, Evelio. Yo estoy perfectamente y (mirándole fijamente) ¡le ordeno que se marche!

EVELIO: ¿Seguro, señor?

DON LUIS: ¡Qué lucha! ¡Qué se marche, Evelio!

EVELIO: Bueno, señor. (Se queda parado).

DON LUIS: Vamos, muévase, Evelio. No se olvide la cartera, que la ha dejado antes en la mesilla.

Evelio recoge la cartera.

DON LUIS: Esa foto que me ha enseñado antes es magnífica. Tiene usted unos hijos estupendos, Evelio. (Pausa.</emcon ironía>) Se parecen a su padre.

EVELIO (emocionado, se acerca a don Luis): Muchas gracias, señor.

DON LUIS (emocionado, le tiende la mano): Ha sido un placer conocerle. No sé lo que duraré por aquí, pero siempre le estaré agradecido por esta noche tan (pausa) intensa, Evelio.

EVELIO: ¿Seguro que no necesita nada, don Luis?

DON LUIS: Mire, Evelio, ¡qué maravilla! Está amaneciendo. Ya se deja entrever la luz del sol. Su hijo va a nacer en un día espléndido de primavera y va a ser un buen hombre, como su padre. Márchese, Evelio, dese prisa. Y no se preocupe, yo estoy bien (), perfectamente.

EVELIO: Siento…

DON LUIS (interrumpiendo): No sienta nada, Evelio. Hablar con usted me ha servido para aclarar ideas. Tengo que apurar el tiempo. Hoy, dentro de un rato voy a tener una de las conversaciones más importantes de mi vida, con mi hija. Usted va a tener un hijo y yo tengo que recuperar una hija. Va a ser un día intenso para los dos. Venga, Evelio, que a este paso no llega usted, ¡márchese ya! Eso sí, espero que venga usted a verme al hospital y me cuente como ha ido todo.

EVELIO (mientras camina hacia la puerta, apenas le sale la voz de la emoción): Será un placer, don Luis. Claro que iré. Muchas gracias, señor. Que tenga buen día.

DON LUIS: Lo mismo para usted, Evelio.

Pasados unos instantes, sonido de puerta de entrada de la casa.

DON LUIS: Que tenga buena vida, Evelio. Se la merece.

Pausa. Don Luis mira a través de la ventana. Una luz cálida de amanecer entra por la ventana y le ilumina.

DON LUIS: Amanece. El parque luce precioso con esta luz. (Pausa.) No me había fijado en ese columpio que hay al lado de la fuente. Un columpio… ¡qué recuerdos! Ese balanceo en el que sientes el viento, la libertad… la vida.

Pausa.

Don Luis se recuesta la cabeza para disfrutar de la primera luz de la mañana. Su cara es de placidez.

DON LUIS: ¡Qué maravilla sentir en el rostro la luz del primer sol entrando por la ventana! ¡Qué maravilla la luz, el sol,… la vida! Tan corta, tan corta…

Sonidos de pájaros y de viento que empiezan suaves y van subiendo. Se mezclan con el sonido del tic-tac de un reloj.

DON LUIS va cerrando los ojos y el sol incide en su rostro.

La iluminación de la escena va bajando a medida que una proyección de hojas verdes inunda el escenario.

Oscuro.

Nota: otoño 2012 068“La petición o el café” es una obra independiente, pero también forma parte de “Antes del final”, una obra que reúne tres piezas sobre el paso del tiempo y la vejez.

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