lacalledelavida

Cine y escritura

 

El desierto.

Luz cegadora.

Horizonte blanco de arena.

ÉL camina exhausto. Apenas es capaz de abrir los ojos. Sus pupilas sueñan con mares de agua dulce. Arrastra con dificultad los pies en aquella llanura infinita.

Luz fluorescente.

La mesa número 217 de la oficina de Hacienda reluce limpia y vacía.

El funcionario que ocupa el puesto de trabajo 29.513, ÉL, sentado en la mesa 217, empapado en sudor, recorre un desierto en el que corre un viento suave y sofocante.

En las mesas 218 y 216, contiguas, comienza a percibirse una leve brisa de arena.

 
 
No existe nada más
 
Todo el mundo está en tu boca
 
que me abraza cuando sonríe.

 

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Sucedió en el cruce de una amplia avenida a una hora en que la tarde se convertía en un gran trasiego de gente.

Un hombre joven esperaba el cambio de semáforo en la acera izquierda y una mujer, también joven, en la contraria.

Cuando la luz roja dio paso a la verde, ambos comenzaron a caminar en direcciones opuestas en medio de un gentío que parecía moverse por la prisa. Poco antes de cruzarse en el centro de la calzada sus miradas, enfrentadas, se encontraron y se detuvieron una en la otra. Ella le sonrió a él, que también esbozó una sonrisa. Siguieron caminando cada uno en su sentido pero no dejaron de mirarse. Avanzaban mientras iban girándose, buscando al otro entre la multitud. La distancia entre ambos aumentaba pero las sonrisas eran cada vez más amplias.

La gente parecía multiplicarse y el contacto visual se volvía cada vez más dificultoso.

Cuando estaba a punto de perderle de vista, ella giró rápida y repentinamente sobre sus pasos y con andar ágil sorteó el gentío deshaciendo el camino para llegar a la altura de él que estalló en una carcajada cuando la tuvo cerca. Sin dejar de mirarse, anduvieron juntos hasta alcanzar la acera, riéndose.

Han pasado tres años desde aquella tarde en que se conocieron. Ahora él y ella comparten piso cerca de aquella avenida. A veces vuelven a recorrer juntos el cruce donde se encontraron. Rodeados de gente de andares apresurados, vuelven a mirarse y, como aquel primer día, surge una risa alegre y espontánea que limpia el aire de la avenida, de la ciudad entera.

 

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Mírame

Acaríciame con la mirada

Rompe la distancia que baila entre tu cuerpo y el mío

 

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Eran las nueve de la noche. Se habían citado en aquel café a las ocho y media y Alicia no podía dejar de mirar el reloj con cierto nerviosismo. Su amigo de la página de contactos de internet no había llegado.

Arreglada y discreta sentaba sus casi cincuenta años en una silla algo incómoda. Había elegido una mesa cercana a la entrada para poder ver de frente a las personas que accedían al local. Junto a una taza de café, había colocado la última novela publicada por Antonio Muñoz Molina, la señal pactada para reconocerse, un libro sobre el que ella y su amigo de internet habían cambiado impresiones en los mensajes frecuentes remitidos los últimos días.

Cada vez que la puerta del café se abría, Alicia daba un pequeño respingo, apenas perceptible, y su cuerpo parecía adoptar una posición de alerta.

Pero ninguno de los hombres mayores, jóvenes y de mediana edad que entraban por la puerta de aquel local, antiguo y concurrido, parecía ir en busca de señal alguna.

El sujeto al que esperaba Alicia no apareció. Transcurrida otra media hora, miró por última vez el reloj con gesto serio, pagó el café, recogió el libro de encima de la mesa y salió del local. En la calle el frío era negro y chispeaba.

Alicia se colocó la capucha del anorak y caminó con paso ligero hacia una librería cercana. Entró y se dirigió a los estantes dedicados a literatura hispanoamericana. Ojeaba un libro de Bioy Casares cuando escuchó una voz familiar.

– ¡Alicia!

Al girarse encontró a un hombre maduro, de mediana estatura, fornido. Unas gafas redondas, restaban dureza a un rostro con una barba salpicada de canas en el que parecía dibujarse una sonrisa.

– ¡No has cambiado nada!. Sigues igual que en los tiempos de la universidad, pero seguro que tú no me reconoces. ¿Te acuerdas de mi?

Alicia tardó en contestar. Tras una pausa, después de mirarle con detenimiento, respondió con un hilo de voz.

– Claro, Santiago. Claro que me acuerdo de ti.

Aquella noche, ese hombre y esa mujer, que vivían en distintas ciudades y no se veían desde su primera juventud, volvieron a descubrir un deseo sentido treinta años atrás. En la casa de Alicia habitó un amor postergado a través de los calendarios y los almanaques de todo aquel largo tiempo.

 

 

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Ven a recorrer los caminos del aire

las veredas de los cuerpos

las sendas de fuego.

Compañero, ven.

 

 

Un espejo de mano roto parte en dos la ilusión de un hombre.
 
El hombre se ha comprado un sombrero para invitar a la chica que le gusta a tomar algo.
 

Es Navidad y el hombre y su sombrero sólo van a ser capaces de paliar el vacío dándose al alcohol en un garito de Nueva York.

 

Porque el espejo está roto y ella no es ella más.

 

El espejo rompe el encantamiento. La chica no va a salir con él, ni siquiera con su sombrero nuevo.

 

El amor y sus reflejos.

 

El amor y su dolor.

 

El corte del espejo hiere y atraviesa el sentimiento de ese hombre que minutos antes, enamorado, creía en la posibilidad de una vida mejor junto a esa chica.

 

Jack Lemmon (encarnando a CC Buxter) sufre. Ama profundamente a una mujer, pero el espejo le ha descubierto que ella no le quiere, ama a otro, y que, además, está involucrada en una relación difícil. Es Shirley MacLaine (Srta. Kubelik).

 

Shirley MacLaine también sufre. Quiere a un hombre y no quiere pensar lo que en el fondo sabe bien: él no la quiere. No se trata de Jack Lemmon.

 

Coincidir en el amor es arduo, un fenómeno prodigioso que sucede o no sucede. Shirley y Jack no coinciden, ¿o si? Habrá que dejar que la trama avance.

 

Un guión que daría juego para realizar las clases de esta materia de todas las escuelas de cine del mundo, en el que cada detalle tiene un por qué y cumple a la perfección su función. Un director que realiza una puesta en escena impecable. Unos actores absolutamente brillantes. Una película de culto.“El apartamento”: un tratado sobre el amor, sus miserias y sus grandezas.

Una película que se redescubre en cada visionado.

 

Cada uno tiene sus tradiciones en Navidad. A mi me gusta volver a ver algunas películas. Son algunos títulos concretos, casi siempre los mismos. Uno de ellos es “El apartamento”. Me gusta deleitarme en cada plano, degustar cada línea de diálogo. Pero también pensar en los temas que subyacen tras la trama. En la complejidad del amor, que tan bien transmite esta película.

 

Todos vamos encontrando/dejando atrás “espejos rotos”, historias que no llegan a ser pero que, durante un tiempo, nos ciegan, son como una luz de atardecer intensa mientras conduces. Te impide ver. Ocupa todo el espacio visual. No hay posibilidad de divisar nada más.

 

El toque amargo que recorre casi toda la película se rompe cuando ya llegando al final Shirley MacLaine deja plantado a Fred Mac Murray (Sr. Sheldrick) en una fiesta de fin de año. Y corre, corre velozmente porque algunas veces el prodigio ocurre, incluso a destiempo. Y los espectadores hacemos una carrera veloz e inquieta junto a la protagonista en esos planos. Sentimos fatiga con ella, angustia por la inquietud de que no encuentre finalmente a Jack Lemmon.

 

Y se produce un disparo que acongoja. Y Shirley MacLaine entra en la casa de Jack Lemmon preocupada por llegar demasiado tarde. Y hay una partida de cartas final que rompe de forma genial con los finales tópicos dejando claro que ÉL Y ELLA POR FIN VAN A ESTAR JUNTOS, que él sigue queriéndola, que ella le empieza a querer.

 

Y vivimos con emoción el saber que los dos protagonistas coinciden por fin en su sentimiento. Porque en secuencias preliminares hemos podido vislumbrar la vida que le espera a cada uno por separado y no parece lo mejor que pueda pasarles.

 

Y uno acaba satisfecho de que la historia tenga un final positivo. Porque la carrera de Shirley ha dado frutos cuando ya esperábamos lo peor.

 

Después de ver la película, magistral, pensamos: démonos también una oportunidad, dejemos atrás los «espejos rotos» y corramos hacia nuevas vías. En el amor y en la vida.

 

Siempre nos quedará un buen recurso, imitando a Shirley MacLaine podemos enviar un pastel por Navidad a los que quedaron atrás…

 

El apartamento. Billy Wilder. 1960

Dos ancianas asesinan a hombres solitarios con arsénico. Además tienen un sobrino asesino y otro perturbado.

Esa línea argumental parece anunciar una película dramática cercana al thriller. Sin embargo «Arsenic and Old Lace»  es una estupenda comedia, una obra destacada de la historia del cine mundial. El guión lo escribieron los hermanos Epstein, responsables de «Casablanca» y es una adaptación teatral de la obra homónima de Joseph Kesselring que triunfó en Broadway.

Frank Capra se deja llevar por la comedia negra y desatada y dirige a un Cary Grant en estado de gracia (¡ y cuándo no!) que nos lleva a la carcajada ante las reacciones de perplejidad de su personaje al descubrir que sus tías, unas ancianas respetables, han cometido múltiples asesinatos.

Aunque la película conserva un tono teatral, el espectador no acaba de percibirlo gracias a interpretaciones geniales y a un ritmo endiablado.

Ideal para revisar en momentos de ánimo bajo.

 

Arsénico por compasión. Dir.: Frank Capra. 1941.

 

 

 

…Todos esos momentos se perderán en el tiempo…

Es hora de morir…

Honda reflexión sobre la muerte en el monólogo final que realiza el replicante Rutger Hauer. Las cosas que he visto se perderán…»como lágrimas en la lluvia». La cámara detenida en un plano corto y la mirada de dolor profundo del actor subraya el texto y hace que el espectador traslade esas frases a su pensamiento sobre la muerte propia, la muerte de cada ser.

 

Blade Runner. Dir: Ridley Scott. 1982

 

 
 

 

Las manos recorren el teclado y acarician notas de música de cine. El piano es el centro de un escenario iluminado con sobriedad, el eje del universo de 250 personas que escuchan con intensa atención  una versión de la música de “El Padrino”.
 

No sé tocar el piano.
 

El pianista, con gesto concentrado, consigue con el baile de sus dedos expandir luz sonora. Una ola de relajación inunda la sala.
 

La música ilumina.
 

“As time goes by” puede volver a emocionarte, incluso habiendo  oído antes esta canción en cinco mil ocasiones y en cien versiones diferentes.
 

No sé tocar el piano y probablemente no aprenda nunca a hacerlo. Quizás madurar es, en parte, ser consciente de lo que ya no harás.

 

No sé cocinar e igual aprendo.

 

No sé nada sobre fútbol y a lo mejor un día puedo llegar a entender este juego.

 

No sé tocar el piano y, sin embargo,  la posibilidad de aprender a ejecutar  unas notas es remota.

 

Pero hay que dejarse llevar por la experiencia increíble de sentir el tacto de otros en el teclado interpretando  la música, evocando melodías que  nos trasladan a pensamientos y mundos interiores fantásticos. Es maravilloso ser oyente/espectador de una gran diversidad de músicas. Y por supuesto, de la música de cine.

 

Esta tarde, emocionante concierto final del 5º Encuentro de Cine y Música de la Comunidad de Madrid. Deleitándonos con versiones de música para el cine excepcionales. Disfrutando de nuestra condición de espectadores.

 

No sé tocar el piano pero después de  irse el público, en la oscuridad de la sala, el piano era una tentación.

 

 
 
 
 
La sopa, servida en los platos, se enfría encima de la mesa.
 
 
Los cubiertos se alinean perfectamente sobre el mantel, limpio y blanco con diminutos cuadros verdes.

 

La mesa, pequeña y redonda, se sitúa al lado de una terraza que se asoma a una calle estrecha de edificios parejos.

 

Un rayo de sol atraviesa el cristal y enfoca el fondo de la sala, iluminando una silla situada en un extremo. Sentada en ella, una mujer llora y llora inclinada sobre su cuerpo hasta que, de repente, levanta la cabeza, se estira, retira un mechón de pelo que cae sobre su frente  y roza levemente con su mano el moratón que recorre su mejilla derecha. Al hacerlo, su rostro se pinta de sangre.

 

La mujer vuelve a mirar al suelo. El granito está teñido de color rojo, vivo y brillante por el sol. La mancha se extiende a lo largo de varias baldosas y llega hasta el torso de un hombre que, tumbado, con el cuerpo retorcido, los ojos en blanco y la boca extrañamente abierta, llena una buena parte del espacio de la sala.

 

La mujer se levanta con cierta dificultad, camina hacia la mesa, levanta en el aire la sopera y sujetándola con las dos manos, camina en dirección a la puerta de la cocina. A paso lento, parece dirigirse hacia la nevera.

 

Al atravesar la habitación tropieza con el mango de un cuchillo de cocina de tamaño mediano.

 

El sol y la sangre quedan solos, acompañándose, en el salón familiar.

 

 

 

 

Misiles antiaéreos, tanques y dinamita fueron los instrumentos de destrucción utilizados por los talibanes para acabar con la mayor estatua de Buda del mundo, tallada en la roca de una montaña en la provincia de Bamiyán (Afganistán). Esta obra colosal voló por los aires en marzo de 2001 para indignación del mundo entero. Seguramente fue la noticia más divulgada respecto a la destrucción del patrimonio cultural por parte del régimen extremista. Pero tuvieron lugar otros sucesos apenas reflejados por la prensa internacional.

 

Corría septiembre de 1996 cuando los talibanes entraron en Kabul y colgaron en una esquina céntrica al último presidente comunista, Mohammed Najibulá. Cerca de allí se encontraba Afghan Films, la filmoteca afgana, que también funcionaba como productora. Cuando llegaron al poder los talibanes mandaron destruir todo el archivo existente en aquel centro. 9 trabajadores de los 140 que tenía la antigua plantilla permanecieron en la Filmoteca y acataron aparentemente las órdenes. Ante los ojos de los islamistas radicales prendieron fuego a películas de ficción y no ficción checas, soviéticas, indias… Amontonaban las latas en hogueras y quemaban rollos y rollos de celuloide. Pero, al mismo tiempo, estos nueve hombres, jugándose literalmente el pellejo, idearon dobles fondos en las paredes de la propia Filmoteca y llenaron huecos tabicándolos, repintándolos y empapelándolos para salvar buena parte del patrimonio fílmico afgano: películas rodadas a lo largo de los años que testimoniaban la vida y costumbres del país asiático.

 

Hoy podemos contemplar imágenes del cine afgano gracias a la inteligencia y la valentía de estos hombres que durante cinco años mantuvieron oculto el archivo. Héroes de una historia no muy divulgada.

 

Ricardo Macián, realizador valenciano, ha plasmado este relato en su documental Los ojos de Ariana que ayer se presentó en la Semana de Cine Experimental de Madrid, contando con la presencia en la sala de una delegación de cineastas afganos invitados estos días por el festival. Es una historia maravillosa de personas normales que asumen riesgos extraordinarios en situaciones extremas. Gente que, valorando su trabajo al cuidado del patrimonio cinematográfico, es capaz de poner en riesgo su vida para que las imágenes de su cultura pervivan a la barbarie.

 

Después de la proyección una entrañable fiesta promovida por la Asociación de Afganos en España y por la Embajada de Afganistán sirvió para descubrir, entre la música y comida del país, la satisfacción de los espectadores por haber sido testigos de una historia que tuvo la fortuna de encontrar un final feliz en el marco de la tragedia atroz vivida por el pueblo afgano.

 

 

Hace unos cuantos años el Círculo de Bellas Artes organizaba talleres de cine que concluían con el rodaje de un cortometraje en 35 mm. Pilar Miró, Manuel Gutiérrez Aragón o Miguel Picazo fueron algunos de los directores de aquellos cursos. También Berlanga.

Para los que por entonces estabamos formándonos y tratando de desentrañar el mundo del cine,  aquellos talleres nos ofrecían la estupenda posibilidad de conocer la forma de trabajar de diversos directores y también de enfrentarnos a la aventura de realizar un cortometraje bajo su guía.

Recuerdo que el taller que impartió Berlanga comenzó con un seminario en la Sala Fernando de Rojas que duró un fin de semana.  Éramos muy jóvenes y admirábamos a aquel señor de mirada sonriente que nos contaba anécdotas de sus películas como si no fuesen suyas, sin darles mayor importancia. A veces no se acordaba de alguna fecha y acudía, divertido, a la increible memoria de Kepa Sojo, también alumno del taller, que preparaba la tesis sobre Berlanga y conocía todos los datos al dedillo.

Pasado aquel fin de semana delicioso de charla con Berlanga, nos enfrentamos al verdadero taller: el rodaje del cortometraje.

Durante una semana recorrimos con un equipo de 35 mm. diversas dependencias del Círculo y una localización en Rivas-Vaciamadrid intentando rodar un cortometraje llamado «Cándida». Berlanga no se limitaba a darnos algunos consejos, se quedaba con nosotros durante todo el rodaje. Acabábamos muchos días de madrugada y él estaba allí, disfrutando. Porque lo asombroso era que este SEÑOR -con mayúsculas-, que había rodado películas como «Plácido» o «El verdugo» estaba encantado en el rodaje de un cortometraje. Le gustaba oirnos y charlar con gente joven pero, sobre todo,  transmitía vivir con una pasión intensa el ambiente de un rodaje.

Para emular a un verdadero equipo de cine quiso que cada uno de nosotros asumiese una función en aquel rodaje. A Chema de la Peña y a mi nos tocó ser ayudantes de dirección. Recuerdo su buen humor y entusiasmo. Recuerdo noches de bocatas y risas en una terraza del Círculo de Bellas Artes en un mes de junio, ya caluroso, de Madrid. Recuerdo la paciencia cuando los técnicos necesitaban más tiempo. Recuerdo las bromas cariñosas cuando yo intentaba ordenar el rodaje, según me indicaba, con un tono de voz demasiado suave. Recuerdo especialmente como era capaz de trasladar a los actores al punto que quería, empleando con cada uno estrategias diferentes aunque, según él, no tenía ni idea de dirigir actores, esto se lo oímos decir de forma constante. Aquellos días se tiñeron de generosidad por parte de Berlanga. De caos y humor.

Aquella semana fue significativa para todos. En mi se fue fraguando la certeza de que, de una u otra manera, el cine iba a estar en el primer plano de mi vida y esto tenía mucho que ver con el hecho de haber podido vivir de cerca la felicidad de Berlanga en aquel rodaje. Salvando todo tipo de distancias, queríamos «hacernos mayores» como Berlanga, disfrutando totalmente de nuestra profesión.

Acabó el taller y creo que a todos nos quedó  un regusto agridulce. Para los que participamos supuso un acicate tremendo: habíamos sido unos privilegiados rodando aquella semana con Berlanga y lo sabíamos. Pero también éramos conscientes de que, en adelante, volveríamos a ver al maestro sólo en momentos puntuales.

Pasados algunos años envié a su oficina una copia en vídeo de uno de mis cortometrajes, con timidez y acompañado de una pequeña nota en la que venía a decirle que quizás ya no se acordase de mí, pero que me hacía ilusión remitirle uno de mis cortos.  Alrededor de un mes después recibí una respuesta cariñosa firmada por él con algunos comentarios, que conservo.

Transcurridos algunos años más, trabajando en el departamento de cine de la Comunidad de Madrid, tuve el placer de estar en contacto con Berlanga cuando le dieron la Medalla de Oro de la Comunidad y en alguna otra ocasión. Una de las veces me armé de valor para intentar decirle que aquella semana rodando con él había supuesto para mi el impulso final para dedicarme al cine y al audiovisual. Casi no me dejó acabar. Sonriendo susurró algo así como «anda, anda, qué tontería…si, si, me acuerdo de ese curso, que rodamos en el Círculo y en un pueblo…¿cómo se llamaba?…»  

Ayer me enteré tarde de su fallecimiento, hacia las seis. Desde entonces  no dejo de recordar al Berlanga sonriente de aquel curso, a los compañeros y los proyectos e ilusiones de entonces y de ahora. El cine.

¡Muchas gracias, maestro! Siempre el cine.

 

El atardecer se está apagando y el mar luce el reflejo de una luna luminosa en su horizonte. La playa se extiende unos trescientos metros hasta llegar al pueblo, que se alza, blanco y orgulloso, en un montículo circundado por pequeñas olas.

 

 

El verano aprieta y parejas, grupos de jóvenes del pueblo y algunos veraneantes se esparcen por la orilla.

 

Cerca de la playa se ha instalado un circo ambulante. De cuando en cuando las lonas se mueven ligeramente impulsadas por el viento del sur. Desde el exterior se oyen los redobles de despedida de uno de los números de la jornada. La voz impostada y grave del presentador da entrada a una nueva atracción.

 

El portón de la carpa se abre y aparece un payaso de mediana estatura, con un aire desgarbado que parece desprenderse de sus pantalones bombachos, anchos y un poco caídos. Avanza unos pasos y, de camino a un aparcamiento de caravanas situado a escasa distancia de la carpa, se quita la nariz postiza y también el sombrero, puntiagudo y plagado de estrellas doradas. Después, mientras se acerca a uno de los remolques, va desabotonándose el traje. Cada vez camina más deprisa.

 

La puerta  de la caravana se abre. El payaso entra y enciende una luz que deja ver un desorden de tiempo. Ropa mezclada con juegos de manos, cacharros sin fregar y objetos esparcidos por muebles y rincones. Con rapidez, se sienta en un pequeño taburete frente a un antiguo tocador con espejo. Varias barras de maquillaje de colores, narices postizas, pelucas, brochas e instrumentos de maquillaje se revuelven en la mesa, estrecha y plagada de pringue de colores.

 

 El espejo es ovalado y se oscurece en la parte inferior con algunas manchas. En el marco, dorado con molduras, se encajan fotos antiguas. La imagen de un hombre de gesto severo, vestido de negro, se repite. Otras instantáneas reflejan épocas pasadas del circo.

 

El payaso se sienta frente al espejo, extrae un algodón grande de una bolsa y lo empapa con crema limpiadora. El maquillaje blanco, con trazos negros y rojos, se ha resquebrajado en algunos puntos del rostro. El calor es intenso, unas gotas de sudor resbalan por su rostro.

 

Los redobles de tambores del espectáculo, se dejan oir tímidamente desde la caravana.

 

El payaso se quita la peluca y deja al aire su calvicie. Luego, comienza a limpiar su rostro con el algodón.

 

Lejanos, suenan tímidos aplausos del público de la función y la voz cantarina del presentador del circo parece poner punto final al espectáculo.

 

El payaso levanta la mirada y observa sus ojos. Uno pintado, otro desmaquillado. Uno blanco y terso. Otro con restos de pintura y una telaraña de arrugas diminutas. Enseguida desvía la atención al reloj de su muñeca. Es la hora.

 

Los aplausos del público crecen y el payaso se mira al espejo ya vestido con un pantalón ligero, algo pasado de moda, y una camisa de manga corta y rayas. Su rostro refleja más años de los que en realidad tiene y su gesto, distante, parece guardar semejanza con el del hombre recio y enlutado que aparecía en las fotos enmarcadas en el espejo. Antes de salir busca en un estante, entre mil objetos, un frasco de colonia y se perfuma el cuello y el torso por debajo de la camisa. Cuando ya está en el marco de la puerta, vuelve sobre sus pasos, busca una baraja de cartas y la guarda en el bolsillo de su pantalón.

 

Sale de la caravana con prisa. Los espectadores del circo, ya fuera de la carpa, se van esparciendo por el estrecho paseo que corre paralelo a la playa hasta el pueblo.

 

El payaso, vestido de hombre y acicalado con colonia, se mezcla con la gente. Mira la luna, casi llena, que inunda el horizonte. Parece recrearse en ella y su caminar disminuye y disminuye de velocidad.

 

En el último grupo de espectadores, dos adolescentes, vestidas con camiseta y pantalón corto, cuchichean y ríen mientras miran a un grupo de chicos sentados en la orilla. Pasan al lado del payaso. Pronto se separan del grupo y pasean en dirección contraria al pueblo.

 

El payaso, parado, juega con la baraja de cartas que guarda en su bolsillo.

 

Los espectadores van diseminándose en la noche, clara y estrellada.

 

Al día siguiente, cuando termina la función el payaso se dirige a la caravana. Entra despacio. A pesar del maquillaje, su gesto denota cansancio. Enciende la radio y sintoniza una emisora con música suave. Vestido con un aparatoso traje dorado se tumba en un sofá pequeño, con la tapicería algo raída. Cierra los ojos y parece dejarse llevar por la música.

 

Desde la carpa llega el eco de la sintonía de finalización del espectáculo.

 

Transcurren unos minutos y el payaso parece dormir. A las 10.30 de la noche la música se interrumpe para ofrecer un breve espacio informativo. Con un tono neutro una locutora da noticia de guerras, crisis y un accidente de avión en un país lejano. Al final del noticiario se informa de un crimen acaecido en un pueblo del sur. En una finca de olivos han descubierto los cadáveres de dos niñas de 15 y 16 años. Un agricultor encontró los restos al hacer una inspección de la finca.

 

El payaso se levanta pausadamente del sillón.

 

Según informa la policía, los cuerpos sin vida de estas jóvenes yacían mal escondidos entre unos hierbajos. Se ha encontrado una carta de una baraja de póker al lado del lugar de los hechos y se buscan más pistas para localizar al asesino.

 

El payaso se sienta frente al espejo y comienza a desmaquillarse lentamente. Muy lentamente.

 

La radio vuelve a emitir música suave.

 

Fuera, en la playa, el reflejo de la luna rebosa el horizonte del mar.