lacalledelavida

Cine y escritura

 

 

Una línea fina, casi imperceptible, separa la vida de la muerte. La fragilidad nos acompaña desde que nacemos. Vivimos casi siempre ajenos a esta condición, hasta que alguna circunstancia nos hace bailar en el filo de esa línea.

 

 

¿Cómo afronta la vida una persona joven cuando la muerte le pasa rozando y experimenta situaciones que parecieran estar reservadas a etapas muy posteriores?

 

 

“Positivo” es un documental que nos traslada la historia de Tomás, seropositivo. Una entrevista del protagonista en plano corto vertebra el documental, interrumpiéndose con recreaciones de su vida cotidiana. Tomás nos va relatando cómo cambia su vida a partir de su diagnóstico y su vivencia de etapas muy duras, cercanas al final. Afortunadamente es una de las primeras personas que tiene posibilidad de probar los nuevos tratamientos de medicamentos antirretrovirales que rompieron con la etapa negra del VIH, con aquellos años iniciales en los que Sida era prácticamente sinónimo de muerte. A partir de ahí, el giro es radical y, en poco tiempo, Tomás pudo volver a llevar a cabo una vida normal.

 

 

La preparación de “Positivo” comienza en 1999. Nuestro anterior documental, “Confluencias” se encontraba en una fase de difusión en festivales y queríamos preparar un trabajo radicalmente distinto en contenidos y forma. Pasamos de un documental con una mezcla de ficción y realidad, a un documental testimonial de carácter social. De una fotografía de color muy matizada, a un blanco y negro con un grano buscado, en ambos casos bajo la dirección Rafa García.

 

 

El tema surge a raíz de una propuesta de Juan Manuel Martínez, que llevaría después la dirección de producción de la película con gran acierto y una implicación total. Leyendo documentos sobre VIH/SIDA Fernando Costilla, coguionista, y yo misma, encontramos que había bastantes trabajos sobre la dureza de las primeras fases del SIDA, pero escaseaba la visión del cambio que habían supuesto los combinados de medicamentos. Decidimos poner en marcha el proyecto.

 

 

Encontrar el protagonista fue un reto de este documental. No era fácil. Implicaba, para la persona que decidiese dar este paso, descubrir una condición no aceptada por una parte de la sociedad. Tras distintos avatares, conocimos a Tomás. Poco tiempo antes había narrado su historia en una publicación especializada, pero ahora le íbamos a pedir dar un paso más, dar entrada a una cámara y a un equipo de cine en su vida, poner su imagen en el punto de mira.

 

 

Tomás vive en Barcelona. Recuerdo nuestro primer encuentro en un local cerca del Macba y largas conversaciones y paseos por la ciudad durante un fin de semana. Después, seguimos intercambiando puntos de vista por correo electrónico hasta que, finalmente, decidió dar el paso: iba a protagonizar el documental. A partir de ahí, Tomás y todo su entorno se implicaron completamente en la preparación, que duró varios meses, y posteriormente en el rodaje.

 

 

Fue muy importante la labor de documentación previa, ya que a través de Tomás teníamos que dar voz a mucha gente que había vivido el mismo proceso. También fueron esenciales las entrevistas previas de sonido que hicimos a Tomás, que grabó Xavi Sala, y que nos permitieron centrar los temas más importantes del documental, además de proporcionarnos posibilidades para el montaje.

 

 

El rodaje, que duró una semana y se realizó en super 16 mm, fue el más relajado que hemos vivido hasta la fecha. Se incorporó Pedro Domínguez como ayudante de dirección y la organización del rodaje fue excelente. Todo iba fluyendo en las localizaciones, que eran los lugares de la vida cotidiana de Tomás, en una Barcelona bajo el calor del mes de julio.

 

 

Decidimos realizar la entrevista en profundidad, el momento clave del documental, a mitad del rodaje, con el fin de que Tomás hubiese ganado confianza con todo el equipo. Recuerdo que fue el momento de más tensión. Sabíamos que de esa entrevista dependía que el documental funcionase adecuadamente. Con el acuerdo de Tomás decidimos avanzar cronológicamente en su historia. Recuerdo la tranquilidad que tuvo el protagonista a lo largo de toda la entrevista. Recuerdo que algunos miembros del equipo oyeron por primera vez en aquel momento datos concretos de su historia y que la voz de Tomás sonaba en un silencio lleno de respeto y de gran atención.

 

 

Uno de los últimos días del rodaje salimos de Barcelona hacia el Cabo de Creus, donde se localizan las secuencias finales de “Positivo”. El documental terminaba en el mar, en la vida. Porque la historia de Tomás, como la de mucha gente que ha vivido el VIH/SIDA ha sido dura, muy dura, pero esa línea delgada que es la vida no se ha roto. Nos quedamos con el mar, con la vida, sin dejar de narrar su fragilidad.

 

 

“POSITIVO” fue nominado a los Premios Goya en la categoría de Cortometraje Documental en el año 2000. Ganó numerosos premios en festivales nacionales e internacionales. Se emítió a través de Canal Plus. Se difundió mucho en centros culturales y eventos vinculados al VIH/SIDA en España e internacionalmente. Pero, aparte de permitir que nos adentrásemos en este tema, más allá del VIH/SIDA, nos mostró la vida como esa línea delgada que hay que apurar mientras exista.

 

 

Fue un placer conocer a Tomás y a toda su gente. Hoy, con la distancia del tiempo, me gustaría volver a darles las gracias a todos por abrirnos las puertas de su vida, de su amistad, y brindarnos este trabajo.

En el momento en que desciendes del avión te invade la sensación de humedad, te sacude y hace que notes de golpe que estás en otras latitudes. En aquel viaje, recuerdo, tras una pequeña demora en el aeropuerto, un trayecto fascinante por vegetaciones y, sobre todo, paisajes humanos muy distintos de los habituales. Los ojos, esos ojos grandes que sonríen, que hablan. La vida en la calle, humilde, sin  asfalto, sin apenas recursos. Pero VIDA, con mayúsculas, con todo lo que conlleva.

Al llegar, unos cuantos edificios parecen sorprender a un horizonte adusto y escasamente poblado. Cuando bajamos del coche y pisé tierra firme en la entrada de la Escuela de San Antonio de los Baños, ya tenía el propósito de rodar en Cuba. Todo se había fraguado en el corto lapso de tiempo transcurrido entre el encontronazo con la humedad de la isla y la llegada a ese centro, increíble (no por recursos, sino por imaginación y por posibilidad de conocer a soñadores del cine), donde pasé aquel verano estudiando la estética de la realización de documentales.

A veces todo sucede de repente, sobre todo en el campo de las ideas. Después, trasladar esas ideas a la  práctica,  es mucho más difícil.

Pasado aquel verano tardamos tres años en levantar un proyecto, pero lo conseguimos. Se trataba de una producción propia, con una pequeña colaboración del ICAIC cubano.

El guión fue complicado. Ana Rubio, experta en arte, tuvo la idea y fuimos avanzando en la estructura a golpe de AVE (Ana vivía por aquel entonces en Jerez) y de inacabables conversaciones telefónicas. Transcurrida una primera fase, se incorporó Fernando Costilla, que aportó una visión más cinematográfica. En definitiva, un guión “a tres bandas“, difícil, por estar entre el ensayo, el documental, la ficción y la nada.

El rodaje fue lo mejor y lo peor que nos ha pasado nunca, todo a la vez. Pesadilla y sueño fascinante. Dolor y placer. Risa y casi llanto. Teníamos todo cronometrado. No se podía desaprovechar ni un minuto porque solo contábamos con 17 días de estancia en La Habana, que eran las vacaciones que habíamos podido solicitar en nuestro trabajo.

Dedicamos los primeros días a la preparación, que fue complicada. El documental iba a retratar de una manera peculiar la obra de 15 artistas latinoamericanos que en aquel momento exponían en la Bienal de Arte de La Habana. Hubo que solicitar mil y un permisos a los artistas, a los lugares de rodaje, al ICAIC -que participaba en la producción-. Producir allí significaba acudir directamente a los lugares a realizar las gestiones por la escasez de teléfonos y su mal funcionamiento. Además, chocábamos con una concepción del tiempo muy distinta que frenaba nuestro ímpetu para ir más deprisa.

Ocurrió de todo. La primera cámara, de super-16, rayó el negativo de los 4 primeros días de rodaje (más de la mitad, ya que habíamos estimado rodar en una semana). El material era inservible. En aquel momento no había cámara alternativa de super-16 en la isla. La opción del ICAIC era pasar a 35 mm. Lo ocurrido y el cambio suponía un incremento importante del coste. Pasé una noche sin dormir, tomando decisiones. Decidí que seguíamos adelante. El objetivo era rodar el material y luego volver a España y conseguir más financiación para la postproducción.

No fue la única noche sin dormir.

Hubo que volver a pedir todos los permisos y realizar todas las gestiones de artistas y localizaciones una segunda vez. El cuarto día del segundo rodaje, recibimos otro mazazo: la cámara de 35 mm tenía un problema de fijación, el material volvía a resultar inservible. Conseguimos otra cámara de 35 mm y la decisión fue empezar de nuevo.

Cuando empezamos el tercer rodaje, la Bienal estaba cerrando sus puertas y en algunos casos conseguimos rodar las obras en la casa de los propios artistas. La producción se complicó de un modo tremendo. Además tuvimos problemas de negativo y en los últimos planos resultó que solo podíamos ir a una toma.

Durante aquella guerra de nervios, gestiones y decisiones, hay que destacar la labor de Juan Manuel Martínez, jefe de producción, que realizó la producción de casi 3 documentales con una cantidad ingente de localizaciones en 17 días; la paciencia y el trabajo impecable de fotografía que hizo Rafa García que, además, ayudó como todos en la producción y en lo que hizo falta para conseguir que “Confluencias” fuese adelante; la disposición que sólo se tiene con la amistad que demostró Ovidio González, responsable por aquel entonces del laboratorio de la Escuela de San Antonio que, después de largas conversaciones, accedió a ser el personaje de ficción protagonista de «Confluencias»; y la profesionalidad a prueba de rodajes accidentados que tuvieron los técnicos del ICAIC y de la Escuela de Cine que participaron en la película.

Recuerdo tantas cosas … La estancia de los que viajábamos desde Madrid en una casa particular, la de Carmen Serrano, que nos acogió como a unos familiares a los que mimó, alimentó (¡qué cenas estupendas preparaba para todo el equipo!) y hasta aconsejó en los momentos difíciles. El coche de producción, mínimo, de un vecino de nuestra Carmen que se incorporó al rodaje como un elemento indispensable e insustituible. El travelling que daba saltitos que los ayudantes de cámara dominaban, no sé cómo, controlando la posición de las vías. La familiaridad de la gente de La Habana Vieja, que incorporó a nuestro equipo como parte de su paisaje cotidiano. Estar cambiando el rol continuamente, de productora a directora y, por las circunstancias, más productora que directora. La calidez de los artistas. La belleza que nos rodeaba que no teníamos tiempo de disfrutar.

Terminamos de rodar nuestro “tercer documental” poco antes de la hora del vuelo de regreso a Madrid. Recuerdo llegar a casa de Carmen muy pillados de tiempo y tener que empaquetar todo rápidamente para no perder el avión. La despedida emocionada. Habían pasado 17 días y parecía que llevábamos 3 años viviendo en La Habana.

Recuerdo que poco después de sentarnos en el avión a Rafa, Juanma y a mí nos entró un ataque de risa, incontenible risa nerviosa. Nos montamos en ese avión sin saber cómo estaba una gran parte del material del tercer rodaje.

Llevó bastante tiempo conseguir financiar la postproducción. Mientras, dos latas de nuestra película estuvieron unos días perdidas en Barajas. Aparecieron y, después de varios meses y de avatares diversos, sobre todo en la edición de sonido, conseguimos finalizar “Confluencias”.

La película tardó tiempo en encontrar su camino, pero cuando lo hizo, empezó una senda que no dejó de sorprendernos. Televisión Española compró los derechos de emisión, formó parte de la sección oficial de festivales internacionales destacados y, con el tiempo, ganó el Premio Goya al Mejor Cortometraje Documental.

Ahora recuerdo con nostalgia aquellos días en La Habana, entre el calor húmedo y los mil problemas técnicos. Esa ciudad siempre irá conmigo por ser como es pero, también, porque allí descubrí que, si era capaz de tirar adelante un proyecto con casi todo en contra, debía ser porque llevaba el cine dentro.

Volver a La Habana es una asignatura pendiente.  Volver a empezar.

 

A veces es difícil trazar un relato coherente de fragmentos de nuestra vida personal o profesional.

Yo sé, de una manera difusa y desordenada, que intentaba dirigir cine cuando el azar, unido a distintos avatares, me encaminó hacia la gestión vinculada a la promoción del cine en general y, en concreto, hacia la organización de eventos como tarea importante dentro de la multiplicidad de aspectos de esa gestión.

Hace 8 años y parece ayer. Me recuerdo sin dormir durante la semana previa, también a lo largo de todos los días en que se desarrollaba el evento. Aterrorizada por mi inexperiencia en la coordinación de festivales, trabajaba y trabajaba para intentar cubrir cada posibilidad, cada resquicio de fallo. En aquel entonces el equipo estaba formado por dos personas (una de ellas yo misma) y un presentador. Aquella edición fue una guerra de nervios que resultó a la vez mágica y estresante.

Al final las piezas encajaron. Las buenas películas, el entusiasmo de directores, productores y equipos llevó a la gente a la sala. Recuerdo el cine lleno en las primeras proyecciones, el aforo casi siempre completo. Revivo el problema con las entradas (¡maravilloso problema!). Y desde el primer instante sentir muy dentro la emoción del público llenando las butacas, atendiendo las palabras espontáneas, a veces embarulladas por el miedo escénico, de los directores presentando sus películas. Desde aquellos primeros días percibí que aquel silencio de la sala, aquellos aplausos espontáneos ante las obras, aquel disfrute de la gente, me atravesaba y me hacía vivir algo que tenía semejanza con esas emociones de angustia y de plenitud, contradictorias, pero casi simultáneas, que te embargan en momentos del proceso de realización de una película.

Han pasado 8 años y mil anécdotas. Muy divertidas la mayoría, aunque tampoco olvidamos circunstancias de gran dramatismo, especialmente las ocurridas al coincidir las fechas con los atentados del 11 M y, claro, tener que aplazar el evento. Pero hoy me gustaría destacar tantos momentos de risa incontenible, en ocasiones por situaciones curiosas que se presentan de forma inesperada. Todos esos momentos estupendos con la “familia” de todos los implicados en la organización.

En este tiempo esta muestra parece haber cobrado vida propia. Ha ido creciendo, cada vez parece estar más cercana al concepto de festival. Se ha diversificado, creo que consolidado y parece trazar un camino interesante de futuro. Nos emociona saber que es un evento esperado, que ha estado en el camino de mucha gente que ha visto crecer sus trabajos a lo largo de sus ediciones. Cineastas que a veces siguen otro rumbo, pero que en muchas ocasiones regresan y nos sorprenden.

El equipo, maravilloso, también ha ido creciendo profesional y personalmente edición a edición. Ha ido aumentado en número, aunque no demasiado. Y ha generado, cariño, dedicación y entrega a la promoción de un número de películas que ha ido ascendiendo año a año.

¿Quién sabe del futuro? Sabemos que hoy por hoy guardamos en nuestra agenda profesional y personal nuestra esperada cita anual con la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid. Sin duda, uno de nuestros acontecimientos más queridos del año, uno de los que más trabajo generan. También sabemos que a medida que el tiempo avance, más adelante, si el camino alguna vez apunta hacia otros horizontes, siempre llevaremos esta Semana con nosotros, será siempre el evento profesional que más nos ha hecho crecer, en el cine y personalmente. Siempre será para nosotros “LA” SEMANA.

Nota: La Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid celebra en 2011 su 13ª edición. Escribo estas notas de forma fugaz durante el desarrollo de la propia Semana.

 
 

 

A veces es preciso hacer un paréntesis, parar y tomar un respiro para después volver al punto de partida con más fuerza.

 

Un proyecto de novela, “Detente, olvido”, fue el origen. Cinco capítulos escritos de una narración dramática con un duro tema de fondo: la enfermedad de Alzheimer. No es fácil hablar de viejos temas conocidos. Puedes cambiar el ángulo, inventar un personaje que nada tenga que ver con quien escribe, situaciones nunca vividas, pero los restos del dolor buscan siempre un hueco por el que salir a la luz.

 

La novela pedía un tiempo muerto, que la vida, otras lecturas y escrituras, hagan crecer la historia para continuar su elaboración más adelante, en un momento no preciso, pero que llegará.

 

Y mientras “Detente, olvido” descansa y madura dentro de la cabeza de su autora, como la historia que siempre tendrá la necesidad de contar, en un punto intermedio entre el azar y la voluntad, surge un pequeño cuento titulado “El cruce” que, de forma inesperada, fragua la idea de una serie de relatos. Pequeñas historias de amor que terminen de un modo positivo, entendiendo esto último de una manera muy abierta. Esa es la línea fundamental que marqué cuando sentí la necesidad de escribir un segundo relato y un tercero, y seguir escribiendo. El drama de la novela interrumpida me lleva a ir en busca de zonas de luz en los relatos, que a veces quieren ser luminosos, otras veces finalmente derivan en melancolía, pero en los que siempre quiere prevalecer, como tema común, la voluntad del amor y la posibilidad de derribar barreras.

 

A día de hoy van ocho relatos escritos y publicados en el blog y hay otros cinco a medio camino. Algunos parecen haber tomado vida propia y sus personajes conviven conmigo buscando el mejor de sus destinos, el desarrollo correcto, el final más limpio para trama y personajes.

 

Estas pequeñas historias cuentan cada una con su título propio, pero también guardan un título común que nació, he de reconocerlo, por eliminación. Mi trabajo en facetas de promoción del cine, generaba el automatismo de un título que tantas veces hemos utilizado en la difusión del cortometraje: Amores “en corto“. No podía ser. Descartada esta opción, como un proceso natural, surgió el título “Amores mínimos”.

 

No sé si estos “Amores mínimos” nos llevarán algún día a realizar algún compendio en un pequeño libro, quizás digital, no sé hasta dónde crecerán, cuando pedirán también un descanso. De momento seguirán acompañándome y dando imaginación y trabajo a mis horas de escritura frente al ordenador.

 

Estoy disfrutando mucho con estos amores escritos y espero que, alguno de vosotros, también encontréis en ellos pequeños respiros, paréntesis en los que una amiga os cuenta, casi al oído, historias de personajes distintos en su edad, su tipo de vida, sus objetivos vitales, pero unidos por compartir un sentimiento amoroso que da luz al camino de su rutina diaria.

Muchas gracias por vuestra lectura. Por estar ahí. Hasta muy pronto.

 

 

  

Amor

Brillante felicidad

Intensa melancolía

 
 
 
Ajusta su cinturón de seguridad, apaga su móvil y, abstraída, contempla como la azafata, situada en la parte delantera del avión, se coloca un chaleco salvavidas y hace una demostración sin que ninguno de los pasajeros del vuelo preste demasiada atención.
 
 
Elena contempla a través de la ventanilla del avión como la tierra se va distanciando. Desde el aire, la visión de la nieve cubriendo Estocolmo es un espectáculo. El congreso médico al que ha acudido apenas le ha dado ocasión de visitar la ciudad en sus tres días de estancia. Piensa en cómo son las poblaciones desde el aire, parecen irreales. La tierra parece una postal ilusoria desde un avión.
 
 
Pronto sobrevuelan las nubes y el paisaje se torna algodonoso. Después de contemplar un buen rato aquel horizonte de cuento, abre el periódico por una de sus últimas páginas. En la esquina superior derecha, donde por azar dirige su mirada, tropieza súbitamente con la noticia. Al leer siente un terremoto interior. Incrédula, relee. No hay equivocación. Se trata de él. Ninguna duda.
 
 
La cabina del avión gira alrededor de Elena. Su cuerpo parece sacudido por una convulsión vertiginosa y repentina. Una sensación de nausea oprime bruscamente la boca de su estómago. Enseguida se produce una arcada. Se tapa la boca con una mano, mientras con la otra desabrocha con premura el cinturón. No tiene que explicar nada a la señora del asiento contiguo que, observando su malestar, se levanta rápidamente para facilitar su paso hacia el baño.
 
 
Avanza con torpeza por el pasillo tapándose la boca, intentando aguantar el vómito que brota instantáneamente en el momento en que entra en el pequeño aseo del avión, sin que ni siquiera aún haya cerrado la puerta.
 
Vomita y vomita. Le pesa el cuerpo. Le pesa mucho. Tiene dificultades para mantenerse en pie y se agarra con todas sus fuerzas al pequeño lavabo. Durante un rato permanece con la cabeza agachada dando arcadas. Cuando acaba, alza el rostro y tropieza con su mirada en el espejo. El vacío. De golpe descubre la nada en sus ojos y explota en un llanto intenso que parece vaciar el aire de sus pulmones. Tras unos minutos de sollozos, agotada, empieza a recordar una historia antigua, como si viese una película proyectada en el espejo del diminuto servicio del avión.

 

Le conoció en casa de sus padres, treinta años atrás. Elena acababa de cumplir catorce años y estaba estudiando en su habitación. Sonó el timbre de la puerta. Al abrir se encontró a su hermano mayor, Paco, que acababa de terminar la carrera, conversando animadamente con un chico de complexión fuerte, rubio, de facciones angulosas. Sus ojos parecían gotas de agua de mar. En su mirada, de un azul transparente, había olas que cambiaban levemente de color cuando sonreía.

Julio, el amigo de su hermano, fue haciéndose familiar en su casa con su carácter extrovertido y alegre.

Elena arranca trozos de papel higiénico y, mirándose solo de refilón en el espejo, empieza a quitar las manchas de rimel que se extienden por sus mejillas mientras recuerda como se arreglaba cuidadosamente cada vez que sabía que Julio iba a ir a su casa. Estudiaba a conciencia su vestuario para aparentar más edad y practicaba a escondidas posibles diálogos y actitudes frente al espejo grande de la habitación de sus padres. Pero al final siempre ocurría lo mismo, Julio hablaba con ella en el mismo tono de su hermano, como si fuese una cría.

Mientras limpia como puede el aseo, Elena recuerda como cambió todo cuando su hermano se trasladó a trabajar a Sevilla. Durante varios años pudo ver a Antonio en contadas ocasiones. Lo único que le servía de consuelo es que en aquel lapso de tiempo, eterno, nunca hubo noticia de que Julio saliese con ninguna chica.

Elena limpia ahora con agua algunas manchas de vómito de su ropa. Llegó el tiempo de la universidad. Tenía éxito con los chicos y salió con algunos durante aquellos años, pero realmente solo existía Julio, al que veía en contadas ocasiones.

Después de limpiar todo, Elena se mira por última vez en el espejo. Una sombra atraviesa su rostro, ahora sin maquillaje. Al salir del servicio elude las preguntas de la azafata y se dirige de nuevo hacia su asiento. Se acomoda lo mejor que puede en la estrechez del asiento y se da cuenta de que está agotada. Cierra los ojos y vuelve a sus recuerdos.

Elena se ve a si misma en sus años de facultad, avanzando en su carrera de medicina soñando con las escasas visitas de Julio. Ya en quinto curso, haciendo prácticas, tiene la suerte de conocer a Álvaro un chico, alto, introvertido y un tanto desgarbado con el que preparaba algunas asignaturas. Enseguida fraguó una amistad honda entre los dos.

Cuando Elena estaba a punto de terminar la carrera, su hermano Paco consiguió un trabajo en Madrid. Aquella fue una etapa feliz, en la que pudo ver bastante a Julio, que seguía solo. El mar de su mirada había cambiado, era más profundo que años atrás.

El sobrecargo del avión anuncia por el altavoz que se va a iniciar la aproximación a Madrid. Elena vuelve a abrir el periódico y a leer. Las letras impresas se alargan, cambian de formas y bailan en su cabeza.

– Elena, tengo que contarte algo. Es muy personal.

Sucedió durante una fiesta que organizó Paco para celebrar que había conseguido un ascenso en su empresa de ingeniería en Madrid. Los colores de las paredes se volvieron más intensos, el mundo tenía más brillo tras las palabras de Julio, que invitó a Elena a bajar a un café cercano para hablar tranquilos. Todo era vibrante, pura alegría.

En los últimos meses Elena había observado que Julio no hablaba demasiado. Sin embargo, parecía prestarle más atención y haber abandonado actitudes paternalistas. Al bajar las escaleras con él, Elena se sentía más atractiva que nunca con su vestido rojo, recién comprado. Las palabras de Julio habían disparado su imaginación y soñaba y soñaba. Por fin, pasados los años, Julio y ella eran un hombre y una mujer que iban a tener una conversación. Por fin.

– Elena, tienes que saberlo. Tu hermano no lo sabe, ni ninguno de nuestros amigos. Pero, tengo que decírtelo. Me gustan los hombres.

Julio pronunció estas frases después de una introducción que Elena no recuerda, pero que tenía relación con el cariño que Julio tenía a toda su familia y a la propia Elena. Tras esta declaración, el mundo parecía no tener color. Cuando Elena volvió a mirar alrededor, el brillo se había apagado, observó que el café estaba muy mal decorado, que el camarero tenía un aspecto apático y que la mirada de Julio era un mar huracanado que parecía desbordarse y que en ese momento la atravesaba.

La conversación no duró mucho más. Elena no quería llorar delante de Julio. Se disculpó como pudo, anduvo sin rumbo por el centro de la ciudad y, pasadas unas horas, desde una cabina del barrio de Moratalaz, acabó llamando a Álvaro, su amigo de la facultad, para contarle lo ocurrido. Para hablar con él, tan cercano, tan amigo.

El avión ha aterrizado. Los últimos pasajeros están abandonando la nave. Elena mira por última vez la esquela de Julio en el periódico y lo guarda en su maletín. Es la última persona que atraviesa el pasillo del avión, despacio, porque su cuerpo sigue pesando y pesando.

Las instalaciones de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas parecen hoy gigantescas. Los tubos de colores son descomunales y las cintas móviles atraviesan un espacio infinito. Elena siente verdadera debilidad y sigue pensando en Julio, en sus encuentros esporádicos de los años siguientes, obviando siempre lo ocurrido aquella tarde en el café de la esquina de la calle donde vivían sus padres.

Elena tarda mucho tiempo en llegar a la cinta de recogida de maletas que da vueltas y vueltas, ya con escasos bultos. Elena se abstrae observando este giro mientras piensa en cómo hace unos años, calmado el dolor, se alegró al saber que Julio vivía con otro hombre y que era feliz. Llegó a conocer a Carlos, un tipo estupendo. Han estado juntos durante más de diez años, haciendo por fin saber al mundo que eran pareja y que se querían. El mar de la mirada de Julio ha tenido una década de calma.

Cuando va a recoger la maleta, se le resbala y cae. Otra vez saltan las lágrimas al rostro cansado de Elena.

Poco después atraviesa la puerta de salida con la mirada perdida en el suelo, arrastrando despacio la maleta.

– ¡Elena!

Elena se gira y ve enseguida a Álvaro. Por su gesto, taciturno, deduce que ha venido al aeropuerto para contarle la noticia. Con el dolor reflejado en el rostro, se acerca hacia él despacio.

– Álvaro, lo sé. Ya lo sé. Lo he leído en la prensa, en el avión.

Álvaro, con los ojos húmedos, la abraza con fuerza y con ese abrazo quisiera borrar todo rastro de dolor de Elena. Si pudiese devolvería la vida a Julio para evitar su sufrimiento. El amor a veces no es una calle de sentido único y él lo sabe. También sabe que es un hombre con suerte. Encontró a Elena y esa fue su fortuna. Ha compartido buena parte de su vida con la mujer que quiere. Y comprende. Quiere y comprende.

El mundo alrededor no existe. Elena y Álvaro están solos, en medio de la multitud de Barajas.

Los aviones van y vienen. Los pasajeros parten y regresan mientras ellos siguen fundidos en la soledad de su abrazo.

Sin ti

el mundo flota en el vacío

La vida es el recuerdo del mar de tu mirada

Para ti, Antonio, que cuando te fuiste te llevaste contigo un trozo de mar.
 

 

 
De golpe, la vida se va

Permanece el amor

que calma, angustia, persigue.

El cantautor aparece en el escenario vestido de negro. Velas rojas esparcidas por el suelo y una luz tenue son el único decorado.

El cantautor comienza a tocar la guitarra y a entonar su primer poema amoroso. Su mirada atraviesa la oscuridad de la sala buscando el rostro de una mujer. Recorre filas y asientos. Al final, la encuentra. Allí está, en la casi completa oscuridad de la cuarta fila del auditorio se sienta una mujer morena de pelo rizado y facciones delicadas, Teresa.

El cantautor canta con pasión. Sus ojos se dirigen en muchas ocasiones a la mujer sentada en la cuarta fila y le dedican silenciosamente estrofas, versos.

La interpretación emocionante de las canciones conmueve a los espectadores que, turbados, vinculan sus propios amores a las letras y al sentimiento dulce con que el cantante desarrolla su repertorio. Desvelos, caricias, abandonos, ternura, complicidad, palabras agradables, esperas difíciles, el amor y sus vaivenes se dejan entonar a través de la voz del cantante.

En escena las velas se consumen poco a poco, hasta casi agotarse.

El cantautor, al ejecutar su última canción, de un hondo sentir amoroso, no deja de posar su mirada en la cuarta fila, buscando la respuesta cómplice de Teresa. Enseguida se despide con el auditorio puesto en pie, que le dedica una emocionada ovación.

Tras la función el cantautor atiende en su camerino, como cada día, varias visitas. Cuando termina de charlar con varios seguidores, recibe a un familiar de paso en la ciudad.

Su familiar acude a darle el pésame por la muerte reciente de su mujer, Teresa.

El cantautor escucha con el gesto relajado y calla.

No puede hablar.

 

No puede explicar que Teresa ha estado oyéndole esta noche, sentada en la cuarta fila del teatro, que está con él en cada concierto, en cada canción, en cada estrofa. Como siempre.

Te irás

Y dejarás un rastro de niebla

Solo una pequeña luz señalará el camino

 

 

 

 

Hablemos

El tiempo es corto

La vida es un reloj de arena y los granos caen y caen.

  

 

Ella es tímida, muy tímida.

Él es introvertido, muy introvertido.

Él la quiere a ella y no se atreve a decírselo.

Ella le quiere a él y no sabe cómo explicárselo.

Los dos pasan 1.582 días pensando y pensando. Mirándose de refilón. Sin hablar del tema. Pensando que el otro no va a corresponder.

Un día él se atreve a decirle a ella en un tono muy bajo, casi inaudible:

   – Creo que te quiero.

Mientras él mira al vacío, temiendo la respuesta, ella, nerviosa,  no calibra el tono y casi grita.

   – Yo sé que te quiero.

Y en los rostros de ambos se dibuja una enorme sonrisa.

Este es el relato de cómo los falsos temores de él y de ella restaron 1.582 días a su historia de amor.

Mueve el viento

las hojas que en primavera florecían

Enseguida llegará el invierno

 

 

 

 

San Sebastián, septiembre 2010. Pascual Maragall baja con energía las escaleras del Kursaal. Parece un político en activo a punto de intervenir en un mitin. Sin embargo, asiste a la rueda de prensa de presentación del documental “Bicicleta, cuchara, manzana”.

Dos horas después, de camino a un acto en el hotel Reina Cristina, vemos a Maragall sentado en un banco rodeado de algunos familiares. Su gesto ha cambiado. La mirada, abstraída, parece fijarse en un punto indeterminado del horizonte. La ausencia. El Alzheimer, cambiante, sorprendente.

San Sebastián, 1995, Palacio de Miramar, se celebra INPUT, un evento anual dedicado a los programas televisivos internacionales más innovadores que cada año tiene lugar en un país diferente. La programación se estructura diariamente en sesiones compuestas de visionado seguido de charla con los productores y directores de los programas, con varias salas funcionando en paralelo. Un grupo de alumnos del Master de Producción Audiovisual de la Universidad Complutense viajamos a INPUT para intentar ver novedades del mundo televisivo.

Un día, en una de las múltiples sesiones matinales se programó un documental alemán sobre el Alzheimer. Mis compañeros eligieron otras opciones. Mi ignorancia total sobre esta enfermedad, hizo que optase por esta propuesta. El equipo de grabación realizaba un seguimiento de tres o cuatro enfermos de Alzheimer y de sus familias a lo largo de varios años. Muy cuidado, de factura impecable, aquel trabajo te hacía viajar a lo largo de su minutaje por las distintas fases del Alzheimer vividas por familias con distintas estructuras y formas diversas de enfrentarse a la enfermedad.

Aquel documental (del que lamentablemente no recuerdo el nombre, ni he sido capaz de encontrarlo a través de internet) era una herramienta formidable de acercamiento a la enfermedad. Los espectadores de aquella sesión sufrimos con los protagonistas y con sus familias, descubriendo desde los aspectos relativos a la propia evolución de la patología, hasta las cuestiones más ligadas al mundo emocional.

Salí sobrecogida de aquella sesión, de hecho recuerdo que no me quedé al coloquio. Necesitaba ver el mar.

¿Existe la identidad sin memoria? La vida transcurre y su riqueza es la acumulación de experiencias, conocimientos, sensaciones, emociones, pensamientos… Si todo eso desaparece, ¿se puede considerar que existimos, aunque nuestro cuerpo siga vivo?

Cuatro años después de aquel viaje a San Sebastián, empecé a observar síntomas de Alzheimer en mi madre. Cuando finalmente llegó el diagnóstico, lo esperaba. Lo temía, pero lo esperaba. Aquel documental visto años atrás me había proporcionado las principales pistas sobre el tema, me ayudó a saber de antemano los elementos esenciales de las distintas fases de la enfermedad y su impacto emocional sobre los cuidadores.

Esta historia personal  me hace valorar especialmente los trabajos audiovisuales que nos acercan a esta enfermedad, tan desconocida en general que casi se asocia únicamente de forma mayoritaria a una pérdida de memoria, que se convierte en fuente de anécdotas y chistes -inoportunos y dolorosos para la gente que está cerca de la enfermedad-, cuando en realidad es un caleidoscopio de aspectos y matices.

De acuerdo con datos recientes de la Fundación Alzheimer España, “5,4 millones de ciudadanos de la Unión Europea (UE) presentan algún tipo de demencia, siendo el principal problema de salud publica del siglo XXI. La Enfermedad de Alzheimer es la más común de las demencias, abarcando cerca del 60% de todos los casos de demencias, y afectando a una de cada 20 personas mayores de 65 años, y una de cada 5 personas mayores de 85. En el año 2040 esto porcentajes posiblemente se dupliquen en los países del oeste de Europa y se triplique en los países del este“.

Pascual Maragall ha tenido verdadera valentía dejando que las cámaras le sigan a partir del diagnóstico de su enfermedad para grabar “Bicicleta, cuchara, manzana“. También su familia ha mostrado arrojo y generosidad. Saben muy bien que estos testimonios pueden ayudar a la divulgación de este tema y se han lanzado a la piscina, permitiendo que un equipo, dirigido por Carles Bosch, se adentre en su intimidad.

Maragall y su familia también han manifestado coraje poniendo en marcha una Fundación para promover la investigación sobre esta enfermedad, tan necesaria. Como dice el protagonista en el documental: “a por ella”. Hay que investigar. Las estadísticas ascienden. Según datos del año 2008 del Ministerio de Sanidad parece que España es el segundo país europeo, detrás de Suecia, con el mayor número de afectados, que ronda los 800.000. La media española de personas que sufren esta patología supone el 1,5% y supera claramente la media europea, que está en el 1,28%.

Los datos hablan. La función social de un documental como “Bicicleta, cuchara, manzana” está clara. Es un trabajo bien hecho pero, además, es una película que puede ayudar a gente que está viviendo o ¡quién sabe! quizás va a vivir la enfermedad en su entorno en un futuro. La visibilidad social de estas enfermedades es esencial para su conocimiento y su normalización.

 Gracias a un documental descubrí la enfermedad. Entonces no sabía que iba a formar parte de mi vida durante años. Me ayudó.

“Bicicleta, cuchara, manzana” acaba de ganar el Premio José María Forqué a Mejor Película Documental. Enhorabuena a todo el equipo y que siga la promoción de un trabajo que seguro que puede ser una vía de conocimiento de esta enfermedad para mucha gente.

A la familia Maragall, todo el agradecimiento, todo el respeto, toda la energía.

Everybody’s talking at me
I don’t hear a word they’re saying
Only the echoes of my mind
People stopping staring
I can’t see their faces
Only the shadows of their eyes

Todo el mundo me habla, pero no puedo escuchar ni una palabra de lo que dicen, solo el eco en mi cabeza…

 

La pantalla en blanco. Sobre ella oímos disparos, caballos y persecuciones. Sonidos tópicos de películas del oeste. La ilusión sonora de películas que no vemos.

 

A medida que el zoom va abriéndose, descubrimos una pantalla completa montada al aire libre, en un páramo y, delante, unos caballitos mecánicos. Uno de ellos se mueve sin cesar. Empezamos a escuchar el chirrido de este balancín, con un eco que se amplifica a medida que la imagen va descubriéndose.

 

El caballo no para de moverse. El sonido es protagonista, el crujir persistente de ese mecanismo que se mueve en el medio de la nada, de un desierto con una gran pantalla que espera que los espectadores aparezcan en sus coches por la noche.

 

Caballos, películas, vaqueros…la infancia del protagonista.

 

Ese columpio y su sonido es un elemento fundamental de un plano inicial que describe perfectamente la psicología del protagonista. Habita aún en un lugar de su infancia, en un mundo irreal de vaqueros de película que cree que pueden, incluso, conquistar Nueva York.

 

A medida que avanza el zoom, el columpio sigue moviéndose, pero su sonido empieza a dejar paso a la voz de un hombre cantando. Se trata del protagonista, al que pronto descubriremos en la ducha, acicalándose para la conquista de la Gran Manzana.

 

Un plano puede condensar la esencia de toda una película: “Cowboy de medianoche”.

 

I’m going where the sun keeps shining
Thru’ the pouring rain
Going where the weather
Suits my clothes
Backing off of the North East wind
Sailing on summer breeze
And skipping over the ocean
Like a stone
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh, oh, oh, oooh, oh

Canción “Everybody´s talking” de Fred Neil, interpretada por Nilsson

  

“Cowboy de medianoche”. Dir.: John Schlesinger. 1969


Siempre el mar

Siempre tú

Estás, aunque tu ausencia sea constante

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El pez rojo se sitúa en el centro de la pecera, a continuación gira a la derecha, avanza hacia el cristal y, cuando casi choca con él, da media vuelta y regresa al corazón del reducido cubículo de metacrilato.

Amelia lleva unas horas sentada en la sala de su casa frente a la pecera, absorta, observando el trayecto insistente del pez rojo. Aquel ser minúsculo repite y repite sus movimientos ejecutando una coreografía fascinante. Una y otra vez. Ella deja rotar sus recuerdos al compás de estos giros y hace un viaje en el tiempo.

Se tumbaban en la playa, miraban al cielo y jugaban a adivinar formas en las nubes.

Contemplaban dragones, hadas, grandes veleros, pájaros, árboles blancos como la nieve.

Todo sucedió un mes de junio, veinticinco años atrás.

Aquel día había amanecido con sol, pero el cielo se había cubierto poco a poco y la posibilidad de imaginar formas en ese mar de nubes era infinita.

Carlos y ella, adolescentes, se escabulleron del grupo de amigos del colegio, que jugaban a la pelota en la playa. Recorrieron un buen tramo de arena persiguiéndose y cuando llegaron a una parte bastante solitaria, se tumbaron en la arena para descifrar formas en las nubes. Amelia imaginaba la forma de un elefante en una nube enorme y algodonosa, cuando sintió el tacto suave de la boca de Carlos rozando la suya. Después el chico, azorado, salió corriendo y ella, sin saber que hacer, se quedó embobada observando a la vez esa carrera vertiginosa y las nubes. El elefante había sufrido una transformación, ahora tenía la cara de su amigo y la miraba.

El pez rojo continúa atrapado en su pequeña ruta dentro de la pecera. Gira y gira.

Carlos empezó aquel día una carrera que le llevó muy lejos de aquel pequeño pueblo costero donde ambos habían crecido, donde jugaban con las nubes. Amelia, sin embargo, permaneció allí, haciendo una vida marcada por el entorno. Se había casado, joven. Había tenido hijos, joven. Había empezado a trabajar, joven. Solo guardaba un secreto ante todos. De vez en cuando, visitaba sola aquel rincón de la playa solitario y volvía a imaginar formas en las nubes. Siempre aparecía Carlos.

Las pupilas de Amelia siguen el trayecto del pez rojo, una y otra vez desde esta mañana.

A primera hora la cadena de televisión regional ha emitido un reportaje sobre un nuevo edificio que va a construirse en el paseo marítimo de Málaga, a treinta kilómetros de la casa de Amelia. La información se ha completado con una entrevista al arquitecto que ha ganado el concurso, un profesional de renombre que ha declarado su ilusión por volver un año a España para ejecutar la obra.

El pez rojo se detiene en el centro de la pecera y para su ruta. Aletea unos instantes en ese lugar y luego gira hacia arriba, como si quisiera salir de la pecera.

Amelia se levanta del sillón y deja de observar al pez rojo. Poco después suena un portazo.

Dos horas más tarde Amelia está sentada en un sofá situado frente al mostrador de recepción de un lujoso hotel. En un lateral hay una cristalera que da al mar, luminoso en esta tarde de otoño. Algunas nubes interrumpen el horizonte.

Amelia se levanta y mira al cielo a través de la cristalera. Las nubes parecen emular un enorme carruaje que atraviese el cielo y viaje a otras latitudes.

Pasado un tiempo un hombre de mediana edad entra en el amplio vestíbulo de recepción del hotel. Porta en su mano una cartera grande, sin cerrar, de la que asoman algunos planos de edificios. Enseguida el recepcionista le indica que la mujer que está al lado del ventanal ha preguntado por él.

Carlos mira hacia la cristalera y observa una catarata de nubes en el horizonte.

Avanza lentamente a través de la sala y, desconcertado, siente como las nubes invaden lentamente el espacio.

Ya no hay muebles, ni suelo, ni techo.

Descubre a Amelia, hermosa y sencilla como muchos años atrás, subida en un carruaje de nubes.

Amelia se gira, le sonríe y con la mirada le invita a atravesar el horizonte.

  
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 El mar nos habla,

susurra las historias del pasado.

Relatan sus olas el tiempo que nos queda por vivir.