AMORES MÍNIMOS (PRIMEROS RELATOS: “EL CRUCE”, “INTERNET”)

 
 
No existe nada más
 
Todo el mundo está en tu boca
 
que me abraza cuando sonríe.

 

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Sucedió en el cruce de una amplia avenida a una hora en que la tarde se convertía en un gran trasiego de gente.

Un hombre joven esperaba el cambio de semáforo en la acera izquierda y una mujer, también joven, en la contraria.

Cuando la luz roja dio paso a la verde, ambos comenzaron a caminar en direcciones opuestas en medio de un gentío que parecía moverse por la prisa. Poco antes de cruzarse en el centro de la calzada sus miradas, enfrentadas, se encontraron y se detuvieron una en la otra. Ella le sonrió a él, que también esbozó una sonrisa. Siguieron caminando cada uno en su sentido pero no dejaron de mirarse. Avanzaban mientras iban girándose, buscando al otro entre la multitud. La distancia entre ambos aumentaba pero las sonrisas eran cada vez más amplias.

La gente parecía multiplicarse y el contacto visual se volvía cada vez más dificultoso.

Cuando estaba a punto de perderle de vista, ella giró rápida y repentinamente sobre sus pasos y con andar ágil sorteó el gentío deshaciendo el camino para llegar a la altura de él que estalló en una carcajada cuando la tuvo cerca. Sin dejar de mirarse, anduvieron juntos hasta alcanzar la acera, riéndose.

Han pasado tres años desde aquella tarde en que se conocieron. Ahora él y ella comparten piso cerca de aquella avenida. A veces vuelven a recorrer juntos el cruce donde se encontraron. Rodeados de gente de andares apresurados, vuelven a mirarse y, como aquel primer día, surge una risa alegre y espontánea que limpia el aire de la avenida, de la ciudad entera.

 

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Mírame

Acaríciame con la mirada

Rompe la distancia que baila entre tu cuerpo y el mío

 

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Eran las nueve de la noche. Se habían citado en aquel café a las ocho y media y Alicia no podía dejar de mirar el reloj con cierto nerviosismo. Su amigo de la página de contactos de internet no había llegado.

Arreglada y discreta sentaba sus casi cincuenta años en una silla algo incómoda. Había elegido una mesa cercana a la entrada para poder ver de frente a las personas que accedían al local. Junto a una taza de café, había colocado la última novela publicada por Antonio Muñoz Molina, la señal pactada para reconocerse, un libro sobre el que ella y su amigo de internet habían cambiado impresiones en los mensajes frecuentes remitidos los últimos días.

Cada vez que la puerta del café se abría, Alicia daba un pequeño respingo, apenas perceptible, y su cuerpo parecía adoptar una posición de alerta.

Pero ninguno de los hombres mayores, jóvenes y de mediana edad que entraban por la puerta de aquel local, antiguo y concurrido, parecía ir en busca de señal alguna.

El sujeto al que esperaba Alicia no apareció. Transcurrida otra media hora, miró por última vez el reloj con gesto serio, pagó el café, recogió el libro de encima de la mesa y salió del local. En la calle el frío era negro y chispeaba.

Alicia se colocó la capucha del anorak y caminó con paso ligero hacia una librería cercana. Entró y se dirigió a los estantes dedicados a literatura hispanoamericana. Ojeaba un libro de Bioy Casares cuando escuchó una voz familiar.

– ¡Alicia!

Al girarse encontró a un hombre maduro, de mediana estatura, fornido. Unas gafas redondas, restaban dureza a un rostro con una barba salpicada de canas en el que parecía dibujarse una sonrisa.

– ¡No has cambiado nada!. Sigues igual que en los tiempos de la universidad, pero seguro que tú no me reconoces. ¿Te acuerdas de mi?

Alicia tardó en contestar. Tras una pausa, después de mirarle con detenimiento, respondió con un hilo de voz.

– Claro, Santiago. Claro que me acuerdo de ti.

Aquella noche, ese hombre y esa mujer, que vivían en distintas ciudades y no se veían desde su primera juventud, volvieron a descubrir un deseo sentido treinta años atrás. En la casa de Alicia habitó un amor postergado a través de los calendarios y los almanaques de todo aquel largo tiempo.

 

 

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Ven a recorrer los caminos del aire

las veredas de los cuerpos

las sendas de fuego.

Compañero, ven.

 

 

3 comentarios en “AMORES MÍNIMOS (PRIMEROS RELATOS: “EL CRUCE”, “INTERNET”)

  1. Muchas gracias, Concha. Encantada de conocerte. Se trata de una serie que irá apareciendo poco a poco en el blog.

    Quizás cada uno somos el hombre o la mujer de nuestros sueños. Ojalá cada cual tenga la fortuna de encontrar a otras personas, cada cual según su gusto, que sean compañeros en el camino de la vida o en una parte de él.

    Suerte con los encuentros y hasta pronto,

    Pilar

  2. Hola Pilar. Todo lo contrario, es un honor estar en esa lista. Gracias por acordarte de mi. Yo me acuerdo mucho de ti y de los que nos enseñaste cada vez que me pongo detrás de una cámara. Fue una suerte para todos. Un abrazo y feliz MNavidad

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