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Cine y escritura

 

Y tú, ¿qué cultivas?…

Este verano, una mujer de una pequeña aldea de Anantapur (India), me hizo esta pregunta.

Mi respuesta fue dubitativa y probablemente poco aclaratoria para aquella señora que llevaba la sonrisa impresa en la mirada.

Probablemente para ella  únicamente se trataba de una curiosidad centrada en lo material. Pero a mí me pareció la pregunta más filosófica que me habían hecho nunca.

Y en mi día a día sigo recordando esta pregunta. Todavía no he conseguido darle una respuesta clara. Intento acercarme a ello cultivando la cordialidad, la empatía, la responsabilidad y un sentido de la justicia aplicado a lo cotidiano. Intentando… Seguiré buscando respuesta.

Pero, en la sociedad compleja y en ocasiones cruel que vivimos, no deberíamos preguntarnos: » Y NOSOTROS, ¿QUÉ CULTIVAMOS?

 

No me atrevo a mirarte. Sé que ya no recuerdas lo que acaba de ocurrir, pero yo sí. Te he chillado. No podía más y he gritado con todas mis fuerzas. Cuando has ido por enésima vez a abrir la puerta de la calle, has empezado a tirar del pestillo y a vociferar que estás encerrada, he intentado seguir las indicaciones, tantas veces puestas en práctica, de los cursos para familiares de enfermos de Alzheimer: respirar a fondo y mantener la distancia. Pero llevo siguiendo estos consejos cuatro años y hoy no quiero saber que tienes Alzheimer, que no eres tú la que tira de la puerta de modo salvaje, que necesitas que te cuide. En ese instante no he podido pensar en ti como enferma, hoy he necesitado chillar mi rabia por tí, por mí, por todos los que como tú y como yo están agotándose en el suplicio de este mal del olvido. Te quiero, madre, por eso perdóname que un día, hoy, sólo hoy, yo también haya chillado.

 

De la novela «Detente, olvido» de Pilar García Elegido.

 

 

 

 
 
 
1. EL PASILLO

 

El pasillo está vacío. La luz artificial se recorta con unos leves rayos de sol que entran por una ventana. Una sucesión de puertas naranjas interrumpen las paredes blancas, dando paso a las quince habitaciones que se distribuyen a lo largo de este corredor en forma de ele. De cada puerta cuelga una placa con un número entre el 200 y el 215.

 

Como cada tarde, las dos mujeres recorren el pasillo. Avanzan con pasos cortos hasta el final, dan la vuelta y regresan. Una y otra vez repiten el camino, lentamente, marcando con sus pisadas un ritmo monótono sobre las baldosas pulcras del suelo de la residencia. Durante el recorrido, cada vez que se acercan a la ventana Ana, la mujer más joven, mira hacia el patio a través de las verjas mientras sujeta con firmeza el brazo de su madre. Observa con atención como la luz del sol avanza sobre la ropa tendida en el edificio de enfrente.

 

A lo largo de la tarde y del camino repetido Ana habla con su voz más suave a Carmen, su madre. Le explica la hora, el día de la semana, el mes en que se encuentran, le anima a mirar por la ventana, le habla de las noticias de la jornada, le susurra canciones, hace todo lo posible para captar su atención. Las escasas ocasiones en que reacciona, moviendo la cabeza o contestando alguna palabra suelta, aunque incoherente, brilla la alegría en los ojos grandes y expresivos de Ana. Pero ocurre pocas veces y cada vez más espaciadas. Carmen mira a un punto fijo, indefinido, del fondo del pasillo y avanza con un ritmo regular bien agarrada a su hija. Por la tarde es difícil conseguir que se siente y descanse, parece estar más alterada.

 

Y Ana camina y camina junto a su madre y observa como el sol va desapareciendo en el patio. En uno de los recorridos, al pasar al lado de la ventana, ve una figura en una de las terrazas. Una niña de unos cinco años morena, de ojos grandes y pelo rizado observa como su madre retira la ropa seca de las cuerdas. Pero no hay nadie en el edificio de enfrente, Ana evoca una imagen de su niñez. Es ella quien mira a su madre, una mujer hermosa en su madurez que le habla con gesto sonriente mientras dobla la ropa

 

Es una tarde de viernes. Los residentes se concentran en el salón principal, alejado del pasillo. Allí pasan habitualmente las horas entre la merienda y la cena, acompañados de las auxiliares y de algunos familiares. Apenas se percibe un murmullo lejano de conversaciones.

 

El tiempo transcurre lentamente. Ana se detiene un momento y sujeta con fuerza la mano de Carmen mientras consulta su reloj. Son las cinco y media de la tarde. Estira de nuevo la manga de su chaqueta y vuelve a emprender el paso. La madre reanuda su andar pausado. La mirada de Ana se pierde en el fondo del pasillo. De repente siente una fuerte presión en el brazo y, como un golpe, viene a su mente una imagen. Una mano diminuta cuelga del brazo de Carmen. Caminan por el barrio de su infancia, en el centro de Madrid. Desde la plaza de San Ildefonso, atraviesan la Corredera Baja, doblan una esquina y surge una imagen nítida de la calle del Espíritu Santo. A Ana le resulta difícil seguir el paso rápido de su madre que se detiene en la puerta de un comercio y empuja la puerta. Y entran en el mundo fascinante de la librería-papelería del barrio.

 

Mientras su pensamiento retrocede cuarenta años atrás, Ana sigue sintiendo una fuerte presión. Al girarse descubre el rostro de su madre desencajado, con los ojos entrecerrados. Su mirada desciende y comprueba que las piernas de Carmen se están arqueando. Algo le está ocurriendo, se está desvaneciendo. Ana reacciona, introduce enérgicamente los brazos por debajo de las axilas de su madre y la sujeta como puede mientras grita con todas sus fuerzas pidiendo ayuda. Viene a su mente la mirada alegre de Carmen en aquella papelería y como, tras comprar cuadernos y lápices, por sorpresa,  deja que elija un cuento. Y los ojos de Ana brillan, siente una gran inquietud, todos los ejemplares de la librería están delante de ella, disponibles y tiene la responsabilidad de elegir uno, sólo uno. Mira alrededor con nerviosismo, leyendo títulos y mirando portadas y finalmente escoge “El príncipe valiente”.

 

Ana chilla con todas sus fuerzas, no puede resistir, le es imposible soportar por más tiempo el peso. Nadie la oye. Aprieta todo lo que puede su cuerpo al de Carmen, para no dejarla caer, y comienza a agacharse despacio hacia el suelo, intentando mantener la sujeción. La dependienta de la librería le entrega el cuento envuelto en un papel rojo muy llamativo. Carmen paga y, sonriente, termina la conversación dando recuerdos para la familia de la vendedora. Ana se arrodilla sujetando como puede el cuerpo de su madre contra el suyo. Con gran dificultad y sintiendo intensos tirones en la espalda, coloca en el suelo la cabeza y el torso de Carmen. Después, acomoda las piernas y los brazos, totalmente rígidos.

 

Carmen parece muerta, pero Ana comprueba que respira. La calle está muy concurrida. Madre e hija salen del establecimiento y Ana camina dando pequeños brincos de alegría. Salta, corre y vuela y aunque el pasillo es largo, no tarda nada en llegar al salón situado en el otro extremo de la planta para pedir ayuda. En unos momentos Carmen está rodeada de personal de la residencia. No parece responder a los estímulos. La doctora pide con urgencia una ambulancia.

 

Ana es un testigo ausente de toda la actividad que se despliega a su alrededor. Responde mecánicamente a las preguntas de la doctora. En su cabeza se suceden los sonidos y las imágenes de la calle de su infancia, Carmen haciendo la compra en las tiendas a pie de calle y Ana caminando alegre abrazada a su cuento.

 

En poco tiempo llega la ambulancia. Ana entra en la habitación de Carmen y recoge rápidamente ropa para llevar al hospital; también su abrigo y su cartera. Al salir su mirada se detiene un instante en un marco donde ha colocado fotografías recientes. Se fija en una tomada en el salón de la residencia meses atrás. Al fondo de la imagen se intuye un grupo musical y en primer plano su madre baila agarrada a una de sus cuidadoras. Tan solo meses atrás.

 

Ana sale rápidamente de la habitación. Fuera, en el pasillo, ya está preparada la camilla. La comitiva atraviesa rápidamente el camino hacia el ascensor. Ana va detrás con paso apresurado. Al pasar por la ventana no puede evitar mirar hacia el patio. Ya no hay sol. La niña morena de pelo rizado le dice adiós con la mano desde la terraza de enfrente. Una música de pasodoble suena en alguna parte y Ana contempla a Carmen bailando hace unos meses, hace unos años, joven, sonriente, bella. Delante de ella la camilla emprende su viaje a urgencias. Pero la mujer acostada allí, inerte, le recuerda sólo vagamente a su madre. 

 

 

 2. LA MÁQUINA DE BEBIDAS

 

 La sala es grande y blanca, sin ventanas. La luz fluorescente del techo acentúa los rasgos del puñado de personas que, dispersas en el amplio espacio, esperan. Un reloj grande situado en la pared del fondo marca las ocho de la tarde.

 

Ana entra despacio en la sala de espera y observa alrededor antes de decidir donde sentarse. La luz blanca subraya la tristeza de su mirada, ojerosa. Su paso oscila,  hasta que finalmente se dirige al grupo de sillas de la izquierda. Únicamente un hombre muy delgado de alrededor de ochenta años está sentado en ese lado. Al atravesar la sala, Ana cruza la mirada con él. Se quita el abrigo, se acomoda y extrae de su cartera una carpeta; quiere mantener la mente ocupada haciendo correcciones de la maqueta de un libro que va a publicar la editorial en la que trabaja. Empieza a leer, pero no se concentra. Pasado un rato abandona la tarea y empieza a hablar con Valerio, el hombre sentado en su hilera de sillas. Descubre en aquel compañero de situación a un ebanista jubilado, muy enamorado, que presiente el final de su mujer.

 

Las agujas del reloj avanzan. Marcan las 22.30. Cada vez que suena el altavoz, Ana y su reciente amigo interrumpen bruscamente la conversación y prestan una total atención a la voz monótona que llama a los familiares de los enfermos. Aún no hay noticias.

 

En una esquina de la sala hay una máquina de bebidas. Ana se dirige hacia ella, inserta las monedas y extrae una botella de agua mineral. Abre el envase y bebe unos sorbos. Un poco más allá, a unos tres metros hay otra máquina con sándwiches y algo para picar. A medida que Ana se aproxima ve su silueta reflejada en el cristal. Observa, cada vez más cerca, su rostro serio. Su media melena ondulada, su cara ovalada y su silueta actual se confunden con la figura de una chica de veinte años, pelo largo rizado y sonrisa amplia. Es ella misma con la apariencia de la primera juventud. Se detiene frente al cristal. Detrás de Ana aparece un chico alto, muy alto, sonriente. La pareja está ante el escaparate de una tetería. Bromean y entran en el establecimiento. Elijen una mesa retirada. Ana deja los libros de la facultad en una silla y se sienta frente a Juan. Los ojos de ambos quieren encontrarse, pero cuando lo hacen no se atreven a mantener la mirada. La conversación transcurre a saltos; a veces se detiene por la timidez de ambos. Dilatan el tiempo y, cuando hace ya un buen rato que han acabado sus consumiciones, salen de la tetería y se detienen en la acera, despidiéndose frente al cristal de la puerta. Y Ana ve como Juan, muy alto, la mira con admiración, se agacha suavemente y acerca sus labios para darle un beso. Será el comienzo de una relación intensa que se prolongará durante trece años. Pero los caminos de Ana y de Juan  evolucionarán en distintas direcciones. Hace bastante tiempo que no se ven.

 

Ana se ha quedado paralizada frente al cristal de la máquina. La calle que se dibuja detrás de la silueta de Juan es muy familiar. Ve claramente los edificios antiguos, las aceras estrechas. El paisaje se repite. Otra vez el mismo lugar, la calle del Espíritu Santo. La chica de la larga melena rizada de aquel beso delante de la tetería de su barrio, vuelve a transformarse en el cristal en la mujer de la media melena actual. Por fin introduce las monedas para comprar un sándwich de jamón y queso y unas galletas para compartir con su amigo Valerio.

 

El reloj sigue avanzando sin noticias de los pacientes.

 

 

3. EL ORDENADOR

 

La puerta es grande, de madera antigua. Ana hace girar la llave y entra en su casa pasada la medianoche del domingo. Su gata está esperando detrás de la puerta y maúlla recriminando la ausencia de estos días.

 

Ana ha pasado el fin de semana en el hospital. Han sometido a Carmen a diversas pruebas y el diagnóstico no es claro. Se está acercando a fases finales de la enfermedad de Alzheimer y el desvanecimiento ocurrido parece formar parte de un proceso que empezó nueve años atrás. Después de recibir el alta hospitalaria, Ana ha trasladado a su madre a la residencia en una ambulancia y la ha dejado en su habitación durmiendo apaciblemente.

 

Ya dentro de la casa suelta los bártulos en el mueble de la entrada y se dirige hacia la cocina, donde hay bastante desorden. Friega una taza y calienta en el microondas un vaso de leche. Coge un paquete de galletas y la taza y se dirige a su estudio, plagado de libros y papeles. En una de las paredes hay bastantes fotografías, algunas de ellas de su infancia. Y Ana ve su imagen en distintas instantáneas. Muy pequeña, en brazos de su madre. Entre sus padres, el día de su comunión. Con su padre, en un sillón, leyendo un libro en casa. Repara en el rostro feliz de sus padres mirándola. Muchas fotos están tomadas en el piso donde vivían. Recuerda un pasillo amplio y muchas habitaciones que tenían conexión unas con otras. Sus primos y ella jugaban al escondite en ese laberinto de puertas que comunicaban los espacios que componían la casa que era alegre, con mucha luz y unos balcones hermosos. A ella le gustaba asomarse, ver los tejados, la calle y a los vecinos y conocidos del barrio. Desde la altura de aquel cuarto piso también se divisaba, cercana, la calle del Espíritu Santo.

 

Y a medida que Ana deja fluir los recuerdos, sus ojos se llenan de emoción y de lágrimas. Y por primera vez en años siente la necesidad de escribir sobre ese barrio y esa calle, la calle de su vida. Enciende el ordenador, mientras da pequeños sorbos al vaso de leche. Abre un documento en blanco y el cursor se va desplazando a medida que en la pantalla empiezan a aparecer frases: “El pasillo está vacío. La luz artificial se recorta con unos livianos rayos de sol que entran por una ventana…”

 

 4. EL DESPERTADOR

 

Suena el despertador. Son las siete y media de la mañana. La gata salta encima de la cama de Ana que se despereza y estira mecánicamente el brazo para hacer callar el sonido. Ha estado escribiendo hasta casi las cuatro de la mañana. El texto brotaba con facilidad y no podía parar. Ahora percibe el cansancio del fin de semana en el hospital y de esta última noche retomando su afición por la escritura.

 

Aún en la cama, la gata y Ana juegan y se hacen carantoñas. Después de este ritual, se levanta y llama a la residencia, su madre sigue bien. Va directamente al baño y se da una ducha rápida. Después se dirige hacia la cocina e introduce una taza de leche en el microondas mientras pela el último kiwi que hay en la nevera, casi vacía. Se lleva el café a la mesa de la cocina y mira su agenda mientras desayuna. Hoy tiene una reunión a las diez de la mañana. Decide tomarse este tiempo con tranquilidad y no llegar a la editorial antes de esa hora.

 

La gata zascandilea por la cocina intentando llamar la atención. Ana prepara en su cuenco la comida del día. Después hojea un periódico de la semana anterior. En sus páginas aparece repentinamente el rostro descompuesto de su madre en la cama de urgencias, el goteo instalado al lado de algunos pacientes, las camillas yendo y viniendo por los pasillos, la despedida emocionada de Valerio al darle el alta a su madre. Pasa algunas páginas y sus pensamientos se trasladan a los recuerdos que se han ido sucediendo estos días, momentos clave de su vida que han tenido un escenario común. Una calle estrecha y entrañable de uno de los barrios más antiguos de Madrid. Siempre esa calle.

 

Mientras se peina y se maquilla ligeramente decide ir a la editorial andando. Quiere atravesar su antiguo barrio, llegar a la calle del Espíritu Santo y recorrerla de un extremo a otro.

 

Al salir se detiene frente al espejo de la entrada y se da cuenta de que va vestida totalmente de negro. Coge una bufanda roja del perchero. Es su color preferido, su talismán.

 

5. LA CALLE

 

La mañana es fría pero hace sol y Ana empieza a atravesar el barrio de Chamberí con el gesto placentero de quien ha estado encerrado tiempo y siente de nuevo la luz y el aire. Su caminar es ágil y juvenil. Tras atravesar varias manzanas de calles muy familiares de un Madrid que está despertando, atraviesa la calle de San Bernardo y llega a Espíritu Santo. Respira hondo y mira alrededor con los ojos del explorador que descubre por primera vez un territorio. Pero ella no es una extraña. Este es su barrio, aunque ahora no viva allí.

 

Ana observa todo con atención y es a la vez la niña risueña que se agarraba con fuerza a su madre, la joven tímida que no se atrevía a mirar a su amigo en la puerta de la tetería y la mujer de cuarenta y cinco años que atraviesa ahora la calle con paso suave y lento, pero decidido. Observa el cielo, los edificios, sus balcones y fachadas, el pavimento, contempla todo con los ojos de quien quiere desentrañar cada detalle y aislar lo antiguo de lo reciente en un viaje interior de retorno a otros tiempos.

 

Avanza por la calle lentamente. Nada más caminar unos metros le parece distinguir a lo lejos una figura familiar. Es un hombre vestido de negro con una cartera. A medida que se acerca comprueba que es Fernando Velasco, un escritor que ha publicado sus últimos relatos en la editorial en la que trabaja Ana. Durante los últimos meses ha coincidido con él en algunas reuniones de trabajo. Su trato es estrictamente profesional.

 

A Ana le sorprende ver a Fernando en esa calle, en “su” calle, justo ese día. Caminan en direcciones opuestas, así que van encontrarse de frente. Él tiene un aire despistado, con el pelo un tanto revuelto, parece recién caído de la cama. Cuando ya están muy cerca esquivan las miradas. Ana decide romper el hielo, le saluda en el momento en que casi van a cruzarse y, por hablar de algo, le pregunta detalles sobre el  lanzamiento de su última obra. Él contesta con amabilidad, aunque con una cierta distancia. Pero ninguno de los dos está inmerso verdaderamente en la conversación. Al principio sus miradas se evitan, hasta que finalmente se cruzan. Ana percibe por primera vez energía y calidez en los ojos de Fernando que a su vez descubre en las pupilas de Ana a esa niña de cinco años que se deleitaba con los cuentos infantiles. 

 

Cuando se despiden, ambos tienen el gesto relajado. Ana reanuda su paseo y Fernando, en dirección contraria, continúa su recorrido hacia el metro. Este encuentro casual marca un giro en la imagen que cada uno tiene del otro. Pero aún les costará un tiempo reencontrarse y reconocerse.

 

Ana se detiene al llegar a la tetería y sonríe recordando como se tenía que alzar de puntillas para besar a Juan por su diferencia de altura. Y sigue caminando hasta llegar a la librería, el lugar más maravilloso del mundo durante su infancia. Ya no existe, ahora hay una pequeña boutique de moda. En el escaparate los libros han sido sustituidos por distintas piezas de ropa y abalorios expuestos encima de un terciopelo rojo. En una esquina, casi escondidos, hay unos pendientes de plata en espiral.

 

6. EL BANCO

 

A la altura de la mitad de la calle de Ana hay una pequeña plaza, irregular y extraña. Han pasado un par de meses. Ana, sentada en un banco, espera a Fernando. Van a comer juntos. Un leve sol hace presentir la primavera y hace brillar la espiral plateada de sus pendientes. Vestida con una blusa roja ligera, cierra los ojos para disfrutar de este despertar a tiempos más cálidos.

 

Ana no sabe nada de su futuro. No sabe que Carmen morirá pronto, tranquila, sin sufrimiento. No sabe que al poco tiempo ella y Fernando decidirán vivir juntos y lo harán durante varios años. Y se amarán profundamente, con la alegría de haberse encontrado cuando ya parecía demasiado tarde. En ese tiempo habrá sol y nubes, pero ellos sabrán salvar obstáculos, crecerán juntos y disfrutarán de tenerse. Y él cuidará de ella y ella cuidará de él, como cuidan los que han conocido tremendas soledades.

 

Ana tampoco sabe que dentro de nueve años Fernando desaparecerá bruscamente de su vida en un accidente de automóvil y que ella estará a punto de acompañarle. Pero sobrevivirá y, tras un tiempo de desolación, se encontrará de nuevo con la vida y saldrá adelante aferrándose a la escritura. Y envejecerá escribiendo y enseñando a jóvenes escritores a desarrollar sus narraciones con pasión y profesión.

 

Y a lo largo de los años volverá a sentarse a veces en este banco de esta calle, de la calle de su vida, y como hoy, entrecerrará los ojos dejando que el sol acaricie sus pensamientos.

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A mi madre, su enfermedad ha inspirado este relato que, tristemente, ya nunca podrá leer ni entender. A mi padre, al que siempre recuerdo escribiendo y silbando canciones. Y a ese barrio de la infancia que siempre irá conmigo.

PILAR GARCÍA ELEGIDO

 

 Este relato fue publicado en el libro «Cambio de Agujas» editado por la Fundación Borau en 2009.

 

 

 

Artículo publicado en la web de We Love Cinema en primavera de 2010

 

Elegir una película representativa de una década es un reto difícil. Mucho más si tenemos en cuenta que en el concepto “película” caben todo tipo de formatos: largometrajes, mediometrajes y cortometrajes. Sin embargo, los trabajos de una duración diferente a la que actualmente es aceptada para su explotación en salas comerciales (largometrajes), parecen quedarse en los márgenes de encuestas y opiniones, fundamentalmente porque solo un público minoritario accede a estas películas “cortas” a través de su exhibición en festivales, muestras, páginas web y eventos cinematográficos diversos.

 

Sin embargo y, aunque este dato no sea especialmente conocido por el público general, entre el año 2000 y el 2009 ha habido en España una importante producción de cortometrajes. Manejando únicamente las cifras de las películas calificadas por el Ministerio de Cultura (inferior a la cantidad real porque no todos los cortometrajes realizados se presentan a la calificación oficial y, además, el desembarco del vídeo digital ha tenido como consecuencia que la producción aumente progresivamente), nos encontramos con los datos siguientes:

2000 – 109 cortometrajes

2001 – 168 cortometrajes

2002 – 171 cortometrajes

2003 – 137 cortometrajes

2004 – 184 cortometraje

2005 – 165 cortometrajes

2006 – 214 cortometrajes

2007 – 155 cortometrajes

2008 – 211 cortometrajes

2009 – 239 cortometrajes

 

En total, en el período 2000-2009 han sido calificados por el Ministerio de Cultura español 1.753 cortometrajes.

La cifra es impactante y, ya solo este dato meramente cuantitativo, pone de relieve la importancia que tiene el cortometraje en el panorama complejo del cine y del audiovisual español. Estos 1.753 cortometrajes han utilizado en mayor o menor medida, dependiendo de las características del proyecto, los servicios de empresas vinculadas a la producción o postproducción. Probablemente esto suponga un porcentaje pequeño de los ingresos de estas empresas, pero es una aportación y además, aunque un tanto por ciento bajo, está en crecimiento. Este dato no se comenta casi nunca y es interesante. Pero, más importante que este factor es el papel que juega el cortometraje en la industria facilitando y ampliando la experiencia y la formación de nuevos técnicos, actores y directores. Sólo por esta cuestión, por la posibilidad que ofrece el cortometraje para que puedan trabajar, experimentar y encontrarse personas que están iniciando o desarrollando su trayectoria profesional, merecería una consideración y un apoyo mayor por parte de todos los agentes implicados en el sector. Y no es el único factor a tener en cuenta, como intentaremos esbozar a continuación.

 

La difícil pregunta lanzada por Welovecinema acerca de la mejor película de la década, me ha llevado a reflexionar y recordar la evolución del cortometraje durante estos años. Repasando mentalmente muchas películas, de cualquier metraje, hay una clara y lógica correlación entre el cortometraje -que, por supuesto, es en si mismo un género, pero que también sin duda, como acabamos de apuntar, es una cantera de personal técnico y artístico para la industria- y ejemplos interesantes, muy diversos, de largometrajes. Algunos trabajos importantes del cine de corto formato han anunciado películas interesantes de larga duración de directores noveles. Es una correlación lógica que la industria y las entidades que apoyan al cine y al audiovisual deberían analizar y tener en cuenta a la hora de trabajar de una manera más profunda todas las líneas de apoyo a la cinematografía.
Estos días nos hemos visto gratamente sorprendidos por el éxito del largometraje Buried de Rodrigo Cortés en el Festival de Sundance. Según parece, los espectadores han soportado colas de horas bajo la nieve para ver esta película. Las críticas han sido excelentes, como en general también lo fueron las de Concursante (2007), su anterior largometraje. Recordemos que Cortés ganó muchísimos premios con sus cortometrajes 15 días (2000) y Yul (1998) que ya apuntaban elementos de estilo de sus posteriores largometrajes.

 

Retrocediendo en el tiempo, en 2009 encontramos espléndidos ejemplos de largometrajes dirigidos por autores que ya destacaron en el mundo del cortometraje. Sus formas de acercarse a la dirección son muy distintas, ven el cine desde distintos géneros y a partir de supuestos formales muy diversos. Han aportado mucho en el cine “en corto” y han empezado a mostrar que pueden hacerlo en el audiovisual de cualquier duración.

 

Quizás el nombre que se ha hecho más popular entre los directores que, teniendo una trayectoria en el mundo del cortometraje, han empezado a dirigir largometrajes en esta década, es el de Daniel Sánchez Arévalo (Profilaxis, 2003; Exprés, 2003; La culpa del alpinista, 2004; Física II, 2004). Su película Azuloscurocasinegro (2006), que tuvo la peculiaridad de utilizar como base de su guión el argumento de su cortometraje Física II, inició su explotación comercial tras ganar el premio del Festival de Málaga. Sánchez Arévalo siempre ha declarado que el no abandonará la dirección de cortometrajes y cumplió su palabra en 2007, rodando Traumalogía. A continuación ha vuelto al largometraje en 2009 con la película Gordos, que ha obtenido 8 nominaciones a los Goya 2010. Actualmente prepara Primos, una nueva comedia que empezará a rodar en mayo de 2010.

 

Javier Rebollo, sólido director de cortometrajes (En medio de ninguna parte, 1997; El equipaje abierto,1999; ¡Hola, desconocido!, 1998; En camas separadas, 2002), siempre  ha reivindicado el cortometraje como género mayor, «no lo considero trampolín ni salto a nada, sino un sitio del que ir y venir como otros directores europeos hacen de manera saludable como Agnes Vardá o Chantal Akerman». En 2009 obtuvo la Concha de Plata al Mejor Director del Festival de San Sebastián por La mujer sin piano, su segundo largometraje tras Lo que se de Lola (2006) que también consiguió el premio a la Mejor Película en el AFI Festival de Los Ángeles, uno de los certámenes de cine más importantes de Estados Unidos. Como no podía ser de otra manera, en los largometrajes de Rebollo seguimos apreciando el estilo que caracterizó sus cortometrajes (puesta en escena despojada y escasez de diálogos, prescindiendo de elementos explicativos superfluos).

 

En San Sebastián 2009 también tuvo buena acogida la película Yo también, una apuesta de los directores Alvaro Pastor y Antonio Naharro, premiando el trabajo de los actores protagonistas, Lola Dueñas y Pablo Pineda. La película se acerca desde nuevas perspectivas al mundo del síndrome de Down, rompiendo prejuicios. Los directores ya habían abordado este tema anteriormente en su cortometraje Uno más, uno menos (2002). Los dardos del amor (1998) e Invulnerable, ya habían mostrado el trabajo profundo de los directores, especialmente en la dirección de actores.
Un director/guionista que ha destacado en el mundo del cortometraje por un humor ácido y personal y por la brillantez de sus diálogos, es David Planell (Carisma, 2003; Ponys, 2005; Banal, 2006). También ha llevado en 2009 a las pantallas su primer largometraje, La vergüenza, una producción ajustada -nada difícil para él teniendo en cuenta los elementos con los que hizo sus cortometrajes- que nos transmite un drama de una familia en un contexto de crítica de la hipocresía social y que ganó el premio a la Mejor Película del Festival de Málaga.

 

Gary Piquer, recorrió en 2003 Trece kilómetros bajo la lluvia de la mano de Alvaro Brechner (también director de los cortometrajes Sofía -2005- y Segundo aniversario -2007-) y en 2009 nos ha sorprendido con una brillante interpretación en Mal día para pescar, primer largometraje de Brechner que, como muchas de las películas que vamos a citar, no ha tenido la promoción que merecían, ni ha llegado a un número de espectadores que tenga correlación con su calidad.
Guillermo Toledo, Blanca Romero y Tristán Ulloa también emprenden un viaje en After, en este caso al corazón de la noche, desde la soledad y la insatisfacción. Este es el tercer largometraje de Alberto Rodríguez tras el éxito de 7 vírgenes (2005) y El traje (2002). Recordemos que antes había dirigido El factor Pilgrim junto a Santi Amodeo, también compañero de fatigas de sus cortos (Bancos, 1999). Por su parte, Amodeo también ha realizado en solitario dos largometrajes interesantes, Cabeza de perro (2004) y Astronautas (2006).
 

 

La comedia ha tenido un buen exponente en 2009 con Pagafantas de Borja Cobeaga, una película que nos transmite el especial sentido del humor que el director ya nos había dado a conocer en su desternillante La primera vez (2001) y en Éramos pocos (2005), cortometraje que, recordemos, estuvo nominado a los Oscar en la categoría de Mejor Cortometraje de Ficción en su 79ª edición en 2007. Durante esta década también han destacado en este género Inés París y Daniela Fejerman que dirigieron en 2002 A mi madre le gustan las mujeres y en 2005 Semen (una historia de amor). Su humor ya se manifestaba en los cortometrajes que rodaron anteriormente: Vamos a dejarlo (1999) y A mi quien me manda meterme en esto (1997).
 

 

Tres días con la familia es el primer largometraje de Mar Coll, que tan solo con un cortometraje anterior en su currículo (La última polaroid, proyecto de fin de carrera en la ESCAC en 2004), ha encontrado con este drama familiar un lugar favorable en la crítica y en los festivales. Obtuvo en 2009 la Biznaga de Plata en el Festival de Málaga y es candidata al Goya a la Mejor Dirección Novel 2010. Esta película es una producción de Escándalo Films que ya apostó en 2007 por la directora Roser Aguilar, autora de Lo mejor de mi, que consiguió con esta película el Leopardo de Oro a la mejor directora en el Festival Internacional de Locarno. Roser había dirigido antes el cortometraje Cuando te encontré (1999), también como práctica de la ESCAC.
 

 

En 2009 Javier Fesser consiguió 6 Premios Goya, entre ellos el de Mejor Película y Mejor Dirección con su película Camino, un drama que muestra su versatilidad como director después de recorrer todo un “camino” desde sus cortometrajes (Aquel ritmillo, 1994; El secdleto de la tlompeta, 1995; Binta y la gran idea, que formó parte del proyecto En el mundo a cada rato capitaneado por el productor José Manuel Serrano, siempre promoviendo películas de corte social), hasta sus largometrajes El milagro de P.Tinto y La gran aventura de Mortadelo y Filemón, grandes éxitos de taquilla.
 

 

Casual day, un drama que ahonda en aspectos del mundo laboral utilizando como pretexto una práctica empresarial importada de Estados Unidos, ha sido la primera incursión de Max Lemcke en el mundo del largometraje. Con esta película ha obtenido los principales premios de 2009 del Círculo de Escritores Cinematográficos, después de su trayectoria en el mundo del cortometraje (Pequeñas historias entre ventanas y teléfonos -2000-; Paleópolis -1999-; La vida imposible -1996-; Todos os llamáis Mohamed -1997-; Mi última compañera -1991-).
 

 

En 2008 vivimos el gran éxito de José Antonio Bayona, ex alumno de la ESCAC que con El orfanato rompe las previsiones de taquilla (4.420.085 espectadores) y nos sorprende consiguiendo 7 estatuillas de los Goya, entre ellas las de Mejor Director Novel y Mejor Guión Original. Anteriormente había rodado dos cortometrajes Mis vacaciones (1999) y El hombre esponja (2002), en ambos explora en tono de comedia y de drama el mundo de la niñez. También un niño es el protagonista de su primer largometraje, en este caso, en un tono fantástico.
 

 

También 2008 fue un buen año para Félix Viscarret que consiguió ganar el Goya al Mejor Guión Adaptado por su largometraje Bajo las estrellas, por el que también Alberto San Juan obtuvo el Goya al Mejor Actor. La película tuvo otras cinco nominaciones, incluida la de Mejor Director Novel. En años anteriores Félix había destacado con sus cortometrajes Los que sueñan despiertos (2005), El álbum blanco (2004) y Canciones de invierno (2004), historias en las que también se puede comprobar la soltura y buen hacer de Viscarret como guionista.
 

 

Retomando nombres que han realizado largometrajes después de trabajar en el cortometraje también en 2008 encontramos, entre otros, a David Ulloa y Tristán Ulloa (realizaron Ciclo en 2002) que lanzan un difícil drama familiar, Pudor, que resuelven con buen pulso. También a Juan Vicente Córdoba que nos llevó con su documental Flores de Luna a conocer los orígenes de un barrio, Entrevías, que ya había sido escenario de su cortometraje más premiado (Entre vías, 1995) y que también había sido una localización destacada de su interesante largometraje Aunque tú no lo sepas (2000), que llevó a la pantalla el relato de Almudena Grandes El lenguaje de los balcones.
 

Una tendencia general de la década ha sido la apertura del cine español que amplía sus fronteras de géneros, influencias y temas. Una buena muestra de ello es la película Los cronocrímenes (2007). Nacho Vigalondo que consiguió la nominación al Oscar en 2005 con el cortometraje 7.35 de la mañana, intenta con esta historia de viajes en el tiempo, volcar el talento que ha demostrado en el mundo del cortometraje, género también de su película Choque (2005).

 

El terror también muestra esta apertura a la producción de películas de género del cine español de la década. Quizás REC de Jaume Balagueró y Paco Plaza haya sido la punta de lanza de esta tendencia, alcanzando 1.428.468 espectadores. Pero no olvidemos a destacados cortometrajistas, como Koldo Serra que logra dirigir el largometraje Bosque de sombras en 2006, después del éxito de El tren de la bruja (2003) y Amor de madre (2003) y de colaboraciones en los trabajos de amigos como Nacho Vigalondo.

 

En 2005 Chema de la Peña (El negocio es el negocio, 1994; Lourdes de segunda mano, 1995) y Gabriel Velázquez (Parabellum, 1998; London calling, año 2000; Soldaditos de latón, 2001) sorprenden con Sud Express, una película de ficción con un interesante tono documental y con actores no profesionales en su reparto. El título quizás más emblemático de los dirigidos hasta ahora por Chema y Gabriel.

 

Manuel Martín Cuenca (Hombres sin mujeres; 1999; Nadie, un cuento de invierno, 2001) es otro nombre interesante de director nacido al largometraje en esta década. Cambiando de registro sin problemas entre la ficción y el documental, Martín Cuenca nos muestra su buen hacer en La flaqueza del bolchevique (2003) y continúa su trayectoria con Malas temporadas (2003) y últimamente con un documental hecho, mano a mano, con José Luis López Linares (Últimos testigos, 2008).
También estos años hemos visto como nombres asentados de la industria, como la directora Icíar Bollaín, han realizado cortometrajes que luego han sido la base de alguno de sus largometrajes. Icíar realizó un cortometraje en el año 2000, Amores que matan, en el que trató el tema de las terapias para hombres maltratadores que también incluiría en la reconocida película Te doy mis ojos (2003). Otro caso es el de Mateo Gil, coguionista de las películas de Amenábar que ha vuelto al cortometraje en 2009 con Di me que yo, varios años después de su primer largometraje (Nadie conoce a nadie, 1999) y tras el destacado éxito que tuvo años atrás su corto Allanamiento de morada (1998).

 
Al comienzo de la década nos encontramos con nombres que nos han regalado buen cine estos años. 2001 fue el año de El Bola, película dirigida por Achero Mañas que ganó cuatro Premios Goya, entre ellos el de Mejor Dirección Novel y Mejor Película. Este éxito tenía buenos antecedentes, los cortometrajes Cazadores (1997, Premio Goya Mejor Cortometraje de Ficción en 1998) y Paraísos artificiales (1998). Achero dirigió en 2003 el largometraje Noviembre y en 2010 ha estrenado Todo lo que tú quieras. Juan Carlos Fresnadillo se hizo popular cuando su cortometraje Esposados fue nominado al Oscar al Mejor Cortometraje de Ficción en 1996. Después dirigió Intacto en 2001, largometraje con el que ganó el Premio Goya al Mejor Director Novel y en estos años ha estado trabajando en Estados Unidos donde rodó 28 semanas después, un largometraje de ciencia ficción que muestra el buen oficio del director. En 2010 se lanzará su largometraje Bioshock, basado en el argumento del videojuego.
 
 
Los nombres anteriores constituyen un listado incompleto de directores que en esta década han dado pasos entre el cortometraje y el largometraje (Roberto Santiago, Alex Pastor, Luis Berdejo, Chiqui Carabante, Ramón Salazar, Rafa Russo, Irene Cardona, Gabe Ibáñez son algunos otros directores).

 

A todos estos nombres (los especificados y los que podéis añadir los lectores) se sumarán pronto los de varios directores que también han tenido una interesante trayectoria en el mundo del cortometraje. Oskar Santos con su cortometraje Torre (2000) ya avanzaba su interés por el thriller psicológico. El Festival Internacional de Berlín  ha sido testigo en 2010 del estreno de El mal ajeno, su primer largometraje, producido por Alejandro Amenábar y con guión de Daniel Sánchez Arévalo.

 

Eduardo Chapero-Jackson, que siempre nos ha sorprendido con la esmerada puesta en escena de todos sus cortometrajes (Contracuerpo, 2006; Alumbramiento, 2007; The End, 2009), está preparando Verbo su primer largometraje.

 
Tres antiguos alumnos de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid (ECAM) van a llevar sus primeros largometrajes a las pantallas en 2010. Se trata de José Manuel Carrasco que destacó con Padam, su cortometraje de fin de carrera, con el que ganó múltiples premios, como también lo ha hecho con sus dos siguientes trabajos: Consulta 16 (2008) y Pulsiones (2009). En 2010 se ha estrenado su largometraje El diario de Carlota. Rodrigo Rodero (Kundas, 2003; Chatarra, 2004; Seis o siete veranos, 2006) estrenará El idioma imposible, una adaptación de la novela homónima de Francisco Casavella, un retrato de la Barcelona marginal de los años 80, firmando el guión junto a Michel Gaztambide. También fue alumno de la ECAM el montador David Pinillos, que dirigió en 2006 el cortometraje Dolly y que ha rodado recientemente el largometraje Bon Appetit, una coproducción española, italiana, suiza y alemana.
 
 
Juana Macías estrenará en el Festival de Málaga su primer largometraje de ficción, Planes para mañana. Una película que narra historias cotidianas de la vida de cuatro mujeres. Su trayectoria en el mundo del cortometraje comienza con el Premio Goya al Mejor Cortometraje de Ficción por Siete cafés por semana (1999). Después rueda La Yaya (2002), Otra vida (2003) y Frozen Souls (2006).

 

Enrique Gato y su productor Nicolás Matji (Tadeo Jones, 2004; Tadeo Jones y el sótano maldito, 2007, ambos ganadores del Goya al Mejor Cortometraje de Animación) están produciendo un largometraje con más aventuras de Tadeo Jones, el protagonista de sus cortometrajes. La animación y el documental merecerían un análisis independiente y detallado. Solo queremos aquí destacar el importante aumento de la producción de cortometraje documental y la diversidad de técnicas y estilos de la animación en esta década.

 
Otros directores y directoras que también han destacado en el mundo del cortometraje, están preparando proyectos de largometrajes o están en puertas de poder hacerlo. Se trata de nombres como:

– Fernando Franco (Mensajes de voz; Tu (a)mor, 2009)
 
– Arturo Ruiz (Expediente WC, 2002; Siete, 2004; Paseo, 2007)
 
– Toni Bestard (Die Grüne dattel -o como un dátil acabó con 25 años de feliz matrimonio, 2001; Solo por un tango, 2001; Gatos, 2002; El viaje; Equipajes, 2006; El anónimo caronte, 2007), que ha colaborado con Arturo Ruiz, guionista de El viaje y Equipajes y productor de El viaje.
 
– Isabel de Ocampo (Cría zapatillas y te sacarán los cordones, 2000; Tus labios, 2002; Espermazotoides, 2005; Miente, 2008, premio Goya mejor cortometraje de ficción; En la línea azul-in the blue line, 2008).
 
– Jorge Torregrosa (Mujeres en un tren, 2000; Desiré, 2001, Manchas, 2004; Verano o los defectos de Andrés, 2006)
 
– Esteban Crespo (Siempre quise trabajar en una fábrica, 2005; Amar, 2006; Fin, 2006; Lala, 2009).
 
– Elías León Siminiani (Dos más, 2001; Archipiélago, 2003; Ludoterapia, 2007; El tránsito).
 
– Vicente Villanueva (El futuro está en el porno, 2006; Mariquita con perro, 2007; Heterosexuales y casados, 2008; La rubia de Pinos Puente, 2009).
 
– Xavi Sala (60 años, 2003; Maleteros, 2003; Los padres, 2004; Hiyab, 2005; En el instituto, 2006; La parabólica, 2006).
 
– Ione Hernández (Aizea, la ciudad del viento, 2001; participación en Los diminutos del calvario II, 2003; Juego, 2006; El palacio de la luna, 2008)
 
– Lucas Figueroa (Boletos por favor, 2006; 24…eh (ouch!), 2006; Porque hay cosas que nunca se olvidan, 2007)
– Joan Carlos Martorell (Microfísica, 2008; Icondicional, 2009)
 

 – David Martín de los Santos (Llévame a otro sitio, 2001; En el hoyo, 2006)
 

 

Hay muchos más: Sergio Barrejón, Lucina Gil, José Carlos Ruiz, Carlota Coronado y Giovanni Macelli, Alauda Ruiz de Azua, Alberto Ruiz Rojo, Darío Stegmayer, Ana Martínez, por citar algunos.

 

En este breve recorrido faltan muchos nombres. Hemos citado solo algunos y, de antemano, pedimos disculpas a los no nombrados. Que cada lector añada los que considere oportunos. Habría, además, que sumar nombres procedentes de los cortometrajes que quedan fuera de los contabilizados por el Ministerio de Cultura. Pero estas notas no tienen una pretensión enciclopédica, únicamente quieren mostrar, a través de algunos ejemplos, las importantes aportaciones que ha hecho el mundo del cortometraje al largometraje en la última década en España.

 

Hemos hablado únicamente de directores, pero sería interesante, aunque muy complicado, que se pudiese realizar un análisis de otros miembros del equipo de una película: productores, directores de fotografía, sonidistas, etc. Sería importante poner en valor todo lo que el cortometraje, además de cómo género en si mismo, aporta al mundo del cine. Es mucho. Habría que apreciar adecuadamente la trayectoria que tiene un técnico, un director, un productor, cuando entra en el mundo del largometraje o de la televisión. El papel de la formación y de las escuelas es fundamental, pero también lo es la experiencia del cortometraje.

 

De todo lo anterior podemos sacar algunas conclusiones:

 

– El estilo y los intereses de género y temáticas de los directores de largometrajes que provienen del cortometraje están esbozados generalmente en sus trabajos en el formato corto.

 

– Estos directores trasladan su amplia paleta de formas de enfrentarse al cine del cortometraje al largometraje. El largometraje recibe nuevas propuestas, ensanchándose el abanico de géneros y de estilos de enfrentarse a la narración cinematográfica.

 

– Hay un interesante aspecto de descubrimiento de nuevos talentos de la interpretación. Director y actores que trabajan en cortometrajes en bastantes ocasiones repiten la experiencia cuando el director da el paso al largometraje, abriéndose ventanas a nuevos rostros en las pantallas del cine comercial.

 

– Las personas de los diferentes equipos técnicos ganan experiencia en el cortometraje.

 

– Los directores formados en los presupuestos ajustadísimos de los cortometrajes, están acostumbrados a la escasez de elementos y ese entrenamiento les puede servir para enfrentarse con éxito a películas de bajo presupuesto.
 

En general, la aportación de talento y nuevos nombres del cortometraje al largometraje es importante y hay que reseñar y divulgar este valor.

 

En un mundo audiovisual absolutamente cambiante, sacudido por cambios tecnológicos trascendentales (soportes digitales en la producción y exhibición, el impacto de internet, la estereoscopia, cambios esenciales en la difusión televisiva, por citar algunos) que nos llevan hacia otra forma de concebir el cine y el audiovisual, incluyendo el modelo de negocio que, además, también se ve afectado por modificaciones sustanciales de carácter sociológico en las formas de los espectadores de acercarse y ver el cine y el audiovisual, en las arenas movedizas del cine y del audiovisual actual, el papel que puede jugar el cortometraje es muy interesante.

Quizás, con el tiempo, los formatos aceptados como comerciales sufran un cambio radical. Quien sabe hasta donde puede llegar el cambio en los soportes utilizados para ver el audiovisual (ya estamos utilizando móviles, ordenadores de pequeño tamaño, etc). La falta de tiempo de los espectadores, por el ritmo de la sociedad, unido a esa diversidad de soportes parece favorecer el auge del cortometraje. Quizás la evolución de todo esto concluya con la determinación de espacios diversos de difusión para películas de muy diferentes duraciones. Habrá que estar muy atentos a este cambio, profundamente complejo, que tiene muchos elementos interrelacionados entre sí.

En cualquier caso, y sin querer entrar en arriesgadas predicciones de futuro, los cortometrajes serán siempre películas con un valor en sí mismas, se vean de la forma en que se vean. Pero este singular momento actual añade nuevos elementos a ese valor añadido que ya tienen como “cantera”. Hoy por hoy, el cortometraje puede aportar nuevos nombres con capacidad de adaptación a esta transición audiovisual y sorprendernos por su versatilidad.

Estemos atentos y, entre todos los implicados de una u otra manera en el mundo del cortometraje, ayudemos a difundir la importancia de tantas películas de corta duración que emocionan, entretienen, divierten y hacen reflexionar a la gente que tiene la opción de verlas. Ayudemos a abrir ventanas para estas historias. Desde su papel en el presente del cine y mirando al futuro, pongamos en valor el cortometraje.

 
 
 
Para que no se enteren de que me he marchado los árboles, el río y la ladera de la montaña, escribiré poemas recordando la belleza del lugar oculto y de naturaleza extraña donde he conseguido ordenar mi libertad. Ahora que el tiempo apremia y la vida parece extinguirse, hay que dirigir el paso hacia lo imprescindible. Me marcho a arreglar cuentas con los años que dejé atrás en otros horizontes. Llevo conmigo la esencia de este paisaje y un cuaderno en el que escribiré cada día. Para no perder el detalle de la hoja cayendo con el viento, del rumor del río o del olor de la lluvia filtrándose suavemente en la tierra.
 
Esta vez no erraré el tiro, no dudaré y bajaré el arma indecisa como hice ayer. Dejaré que salga de la casa e iré tras él. Atravesaré el patio, saldré por la puerta de atrás y andaré con tiento por el camino de la ermita hasta llegar a la finca. Esperaré en la distancia, cobijada tras un árbol y cuando le vea agachado trabajando la tierra avanzaré con cuidado y, sin dudarlo, levantaré el brazo para hacer justicia. La bala atravesará la distancia entre mi mundo y el suyo. Y caerá en un charco de sangre, doblándose sobre la tierra. Y no sentiré nada porque desde hace años estoy vacía. El mundo ya no se agita cuando entra en mi cama de noche, mientras la casa está en silencio. Todo acabará por fin ese día cuando yo apriete el gatillo y mi padre caiga muerto en medio de la tranquilidad del campo.
  

 

 

 

Ni subido a una escalera conseguiría besarte, niña de ojos de gata, lejana y tímida, que bajas la mirada cuando hago por cruzarme contigo en el pasillo del instituto e ignoras como, desde mi pupitre, persigo el perfil de tu sonrisa. Pero nada me impide soñarte en el césped del parque, tumbada al sol, acercando tus labios de mariposa y brindándome ese beso que añoro desde que un día, ya lejano, de inicio de curso descubrí tus andares de hada. Princesa de cuerpo de libélula, ojalá entiendas que subiría a la luna por conseguir la sorpresa de tu boca.

 

 
 
 

 

NO FUTURO

Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros, nadie. Miles de personas vagan a través de los residuos del naufragio de la humanidad. La explosión nuclear asoló ciudades, campos, edificios, plazas, bosques, tierra y proyectos. Ahora nada vale nada. Sombras de hombres pasean su desconcierto por este carnaval de despojos, buscando resquicios de sueños. Lloran lluvia y granizo los muros caídos. Los niños supervivientes inventan juegos con los cascotes del pasado, mientras los padres tratan de encontrar recursos, alimentos e impulso para volver a empezar. La palabra futuro está prohibida.

El barco avanza entre dos continentes y las orillas van deslizándose sobre la memoria de la historia. Somos lo que otros han sido. Repetimos caminos explorados por generaciones y generaciones. Desde la cubierta de la embarcación parecemos vivir tiempos pasados recreados en las fachadas de las casas, en el perfil de suaves colinas que parecen querer avanzar hacia el agua. Y el gris del cielo tiñe todo de un color indefinido. El agua, la historia, la vida. Bósforo.

La calle de la vida. Una vez escribí un cuento con ese nombre. Os invito a transitar por este pequeño callejón para charlar de cine, de literatura, del arte y la vida.

Lanzo en este blog un mensaje a todos los amigos y amigas que quieran compartir pensamientos, emociones y reflexiones que nos ayuden a caminar mejor esta calle, a veces tan intrincada, casi siempre tan apasionante, que es la vida. ¡Bienvenidos!