BUDAS Y PELÍCULAS

 

 

Misiles antiaéreos, tanques y dinamita fueron los instrumentos de destrucción utilizados por los talibanes para acabar con la mayor estatua de Buda del mundo, tallada en la roca de una montaña en la provincia de Bamiyán (Afganistán). Esta obra colosal voló por los aires en marzo de 2001 para indignación del mundo entero. Seguramente fue la noticia más divulgada respecto a la destrucción del patrimonio cultural por parte del régimen extremista. Pero tuvieron lugar otros sucesos apenas reflejados por la prensa internacional.

 

Corría septiembre de 1996 cuando los talibanes entraron en Kabul y colgaron en una esquina céntrica al último presidente comunista, Mohammed Najibulá. Cerca de allí se encontraba Afghan Films, la filmoteca afgana, que también funcionaba como productora. Cuando llegaron al poder los talibanes mandaron destruir todo el archivo existente en aquel centro. 9 trabajadores de los 140 que tenía la antigua plantilla permanecieron en la Filmoteca y acataron aparentemente las órdenes. Ante los ojos de los islamistas radicales prendieron fuego a películas de ficción y no ficción checas, soviéticas, indias… Amontonaban las latas en hogueras y quemaban rollos y rollos de celuloide. Pero, al mismo tiempo, estos nueve hombres, jugándose literalmente el pellejo, idearon dobles fondos en las paredes de la propia Filmoteca y llenaron huecos tabicándolos, repintándolos y empapelándolos para salvar buena parte del patrimonio fílmico afgano: películas rodadas a lo largo de los años que testimoniaban la vida y costumbres del país asiático.

 

Hoy podemos contemplar imágenes del cine afgano gracias a la inteligencia y la valentía de estos hombres que durante cinco años mantuvieron oculto el archivo. Héroes de una historia no muy divulgada.

 

Ricardo Macián, realizador valenciano, ha plasmado este relato en su documental Los ojos de Ariana que ayer se presentó en la Semana de Cine Experimental de Madrid, contando con la presencia en la sala de una delegación de cineastas afganos invitados estos días por el festival. Es una historia maravillosa de personas normales que asumen riesgos extraordinarios en situaciones extremas. Gente que, valorando su trabajo al cuidado del patrimonio cinematográfico, es capaz de poner en riesgo su vida para que las imágenes de su cultura pervivan a la barbarie.

 

Después de la proyección una entrañable fiesta promovida por la Asociación de Afganos en España y por la Embajada de Afganistán sirvió para descubrir, entre la música y comida del país, la satisfacción de los espectadores por haber sido testigos de una historia que tuvo la fortuna de encontrar un final feliz en el marco de la tragedia atroz vivida por el pueblo afgano.

 

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