LA CONVERSACIÓN – AMORES MÍNIMOS – RELATO 6

  

Amor

Brillante felicidad

Intensa melancolía

 
 
 
Ajusta su cinturón de seguridad, apaga su móvil y, abstraída, contempla como la azafata, situada en la parte delantera del avión, se coloca un chaleco salvavidas y hace una demostración sin que ninguno de los pasajeros del vuelo preste demasiada atención.
 
 
Elena contempla a través de la ventanilla del avión como la tierra se va distanciando. Desde el aire, la visión de la nieve cubriendo Estocolmo es un espectáculo. El congreso médico al que ha acudido apenas le ha dado ocasión de visitar la ciudad en sus tres días de estancia. Piensa en cómo son las poblaciones desde el aire, parecen irreales. La tierra parece una postal ilusoria desde un avión.
 
 
Pronto sobrevuelan las nubes y el paisaje se torna algodonoso. Después de contemplar un buen rato aquel horizonte de cuento, abre el periódico por una de sus últimas páginas. En la esquina superior derecha, donde por azar dirige su mirada, tropieza súbitamente con la noticia. Al leer siente un terremoto interior. Incrédula, relee. No hay equivocación. Se trata de él. Ninguna duda.
 
 
La cabina del avión gira alrededor de Elena. Su cuerpo parece sacudido por una convulsión vertiginosa y repentina. Una sensación de nausea oprime bruscamente la boca de su estómago. Enseguida se produce una arcada. Se tapa la boca con una mano, mientras con la otra desabrocha con premura el cinturón. No tiene que explicar nada a la señora del asiento contiguo que, observando su malestar, se levanta rápidamente para facilitar su paso hacia el baño.
 
 
Avanza con torpeza por el pasillo tapándose la boca, intentando aguantar el vómito que brota instantáneamente en el momento en que entra en el pequeño aseo del avión, sin que ni siquiera aún haya cerrado la puerta.
 
Vomita y vomita. Le pesa el cuerpo. Le pesa mucho. Tiene dificultades para mantenerse en pie y se agarra con todas sus fuerzas al pequeño lavabo. Durante un rato permanece con la cabeza agachada dando arcadas. Cuando acaba, alza el rostro y tropieza con su mirada en el espejo. El vacío. De golpe descubre la nada en sus ojos y explota en un llanto intenso que parece vaciar el aire de sus pulmones. Tras unos minutos de sollozos, agotada, empieza a recordar una historia antigua, como si viese una película proyectada en el espejo del diminuto servicio del avión.

 

Le conoció en casa de sus padres, treinta años atrás. Elena acababa de cumplir catorce años y estaba estudiando en su habitación. Sonó el timbre de la puerta. Al abrir se encontró a su hermano mayor, Paco, que acababa de terminar la carrera, conversando animadamente con un chico de complexión fuerte, rubio, de facciones angulosas. Sus ojos parecían gotas de agua de mar. En su mirada, de un azul transparente, había olas que cambiaban levemente de color cuando sonreía.

Julio, el amigo de su hermano, fue haciéndose familiar en su casa con su carácter extrovertido y alegre.

Elena arranca trozos de papel higiénico y, mirándose solo de refilón en el espejo, empieza a quitar las manchas de rimel que se extienden por sus mejillas mientras recuerda como se arreglaba cuidadosamente cada vez que sabía que Julio iba a ir a su casa. Estudiaba a conciencia su vestuario para aparentar más edad y practicaba a escondidas posibles diálogos y actitudes frente al espejo grande de la habitación de sus padres. Pero al final siempre ocurría lo mismo, Julio hablaba con ella en el mismo tono de su hermano, como si fuese una cría.

Mientras limpia como puede el aseo, Elena recuerda como cambió todo cuando su hermano se trasladó a trabajar a Sevilla. Durante varios años pudo ver a Antonio en contadas ocasiones. Lo único que le servía de consuelo es que en aquel lapso de tiempo, eterno, nunca hubo noticia de que Julio saliese con ninguna chica.

Elena limpia ahora con agua algunas manchas de vómito de su ropa. Llegó el tiempo de la universidad. Tenía éxito con los chicos y salió con algunos durante aquellos años, pero realmente solo existía Julio, al que veía en contadas ocasiones.

Después de limpiar todo, Elena se mira por última vez en el espejo. Una sombra atraviesa su rostro, ahora sin maquillaje. Al salir del servicio elude las preguntas de la azafata y se dirige de nuevo hacia su asiento. Se acomoda lo mejor que puede en la estrechez del asiento y se da cuenta de que está agotada. Cierra los ojos y vuelve a sus recuerdos.

Elena se ve a si misma en sus años de facultad, avanzando en su carrera de medicina soñando con las escasas visitas de Julio. Ya en quinto curso, haciendo prácticas, tiene la suerte de conocer a Álvaro un chico, alto, introvertido y un tanto desgarbado con el que preparaba algunas asignaturas. Enseguida fraguó una amistad honda entre los dos.

Cuando Elena estaba a punto de terminar la carrera, su hermano Paco consiguió un trabajo en Madrid. Aquella fue una etapa feliz, en la que pudo ver bastante a Julio, que seguía solo. El mar de su mirada había cambiado, era más profundo que años atrás.

El sobrecargo del avión anuncia por el altavoz que se va a iniciar la aproximación a Madrid. Elena vuelve a abrir el periódico y a leer. Las letras impresas se alargan, cambian de formas y bailan en su cabeza.

– Elena, tengo que contarte algo. Es muy personal.

Sucedió durante una fiesta que organizó Paco para celebrar que había conseguido un ascenso en su empresa de ingeniería en Madrid. Los colores de las paredes se volvieron más intensos, el mundo tenía más brillo tras las palabras de Julio, que invitó a Elena a bajar a un café cercano para hablar tranquilos. Todo era vibrante, pura alegría.

En los últimos meses Elena había observado que Julio no hablaba demasiado. Sin embargo, parecía prestarle más atención y haber abandonado actitudes paternalistas. Al bajar las escaleras con él, Elena se sentía más atractiva que nunca con su vestido rojo, recién comprado. Las palabras de Julio habían disparado su imaginación y soñaba y soñaba. Por fin, pasados los años, Julio y ella eran un hombre y una mujer que iban a tener una conversación. Por fin.

– Elena, tienes que saberlo. Tu hermano no lo sabe, ni ninguno de nuestros amigos. Pero, tengo que decírtelo. Me gustan los hombres.

Julio pronunció estas frases después de una introducción que Elena no recuerda, pero que tenía relación con el cariño que Julio tenía a toda su familia y a la propia Elena. Tras esta declaración, el mundo parecía no tener color. Cuando Elena volvió a mirar alrededor, el brillo se había apagado, observó que el café estaba muy mal decorado, que el camarero tenía un aspecto apático y que la mirada de Julio era un mar huracanado que parecía desbordarse y que en ese momento la atravesaba.

La conversación no duró mucho más. Elena no quería llorar delante de Julio. Se disculpó como pudo, anduvo sin rumbo por el centro de la ciudad y, pasadas unas horas, desde una cabina del barrio de Moratalaz, acabó llamando a Álvaro, su amigo de la facultad, para contarle lo ocurrido. Para hablar con él, tan cercano, tan amigo.

El avión ha aterrizado. Los últimos pasajeros están abandonando la nave. Elena mira por última vez la esquela de Julio en el periódico y lo guarda en su maletín. Es la última persona que atraviesa el pasillo del avión, despacio, porque su cuerpo sigue pesando y pesando.

Las instalaciones de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas parecen hoy gigantescas. Los tubos de colores son descomunales y las cintas móviles atraviesan un espacio infinito. Elena siente verdadera debilidad y sigue pensando en Julio, en sus encuentros esporádicos de los años siguientes, obviando siempre lo ocurrido aquella tarde en el café de la esquina de la calle donde vivían sus padres.

Elena tarda mucho tiempo en llegar a la cinta de recogida de maletas que da vueltas y vueltas, ya con escasos bultos. Elena se abstrae observando este giro mientras piensa en cómo hace unos años, calmado el dolor, se alegró al saber que Julio vivía con otro hombre y que era feliz. Llegó a conocer a Carlos, un tipo estupendo. Han estado juntos durante más de diez años, haciendo por fin saber al mundo que eran pareja y que se querían. El mar de la mirada de Julio ha tenido una década de calma.

Cuando va a recoger la maleta, se le resbala y cae. Otra vez saltan las lágrimas al rostro cansado de Elena.

Poco después atraviesa la puerta de salida con la mirada perdida en el suelo, arrastrando despacio la maleta.

– ¡Elena!

Elena se gira y ve enseguida a Álvaro. Por su gesto, taciturno, deduce que ha venido al aeropuerto para contarle la noticia. Con el dolor reflejado en el rostro, se acerca hacia él despacio.

– Álvaro, lo sé. Ya lo sé. Lo he leído en la prensa, en el avión.

Álvaro, con los ojos húmedos, la abraza con fuerza y con ese abrazo quisiera borrar todo rastro de dolor de Elena. Si pudiese devolvería la vida a Julio para evitar su sufrimiento. El amor a veces no es una calle de sentido único y él lo sabe. También sabe que es un hombre con suerte. Encontró a Elena y esa fue su fortuna. Ha compartido buena parte de su vida con la mujer que quiere. Y comprende. Quiere y comprende.

El mundo alrededor no existe. Elena y Álvaro están solos, en medio de la multitud de Barajas.

Los aviones van y vienen. Los pasajeros parten y regresan mientras ellos siguen fundidos en la soledad de su abrazo.

Sin ti

el mundo flota en el vacío

La vida es el recuerdo del mar de tu mirada

Para ti, Antonio, que cuando te fuiste te llevaste contigo un trozo de mar.
 

 

2 comentarios en “LA CONVERSACIÓN – AMORES MÍNIMOS – RELATO 6

  1. Profa. Elizabeth Vargas

    “La vida es el recuerdo del mar de tu mirada”, me encantó esta frase al concluir tu relato. Felicidades por tu blog, saludos desde Puerto Rico.

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