LA PECERA – AMORES MÍNIMOS – RELATO 3

Siempre el mar

Siempre tú

Estás, aunque tu ausencia sea constante

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El pez rojo se sitúa en el centro de la pecera, a continuación gira a la derecha, avanza hacia el cristal y, cuando casi choca con él, da media vuelta y regresa al corazón del reducido cubículo de metacrilato.

Amelia lleva unas horas sentada en la sala de su casa frente a la pecera, absorta, observando el trayecto insistente del pez rojo. Aquel ser minúsculo repite y repite sus movimientos ejecutando una coreografía fascinante. Una y otra vez. Ella deja rotar sus recuerdos al compás de estos giros y hace un viaje en el tiempo.

Se tumbaban en la playa, miraban al cielo y jugaban a adivinar formas en las nubes.

Contemplaban dragones, hadas, grandes veleros, pájaros, árboles blancos como la nieve.

Todo sucedió un mes de junio, veinticinco años atrás.

Aquel día había amanecido con sol, pero el cielo se había cubierto poco a poco y la posibilidad de imaginar formas en ese mar de nubes era infinita.

Carlos y ella, adolescentes, se escabulleron del grupo de amigos del colegio, que jugaban a la pelota en la playa. Recorrieron un buen tramo de arena persiguiéndose y cuando llegaron a una parte bastante solitaria, se tumbaron en la arena para descifrar formas en las nubes. Amelia imaginaba la forma de un elefante en una nube enorme y algodonosa, cuando sintió el tacto suave de la boca de Carlos rozando la suya. Después el chico, azorado, salió corriendo y ella, sin saber que hacer, se quedó embobada observando a la vez esa carrera vertiginosa y las nubes. El elefante había sufrido una transformación, ahora tenía la cara de su amigo y la miraba.

El pez rojo continúa atrapado en su pequeña ruta dentro de la pecera. Gira y gira.

Carlos empezó aquel día una carrera que le llevó muy lejos de aquel pequeño pueblo costero donde ambos habían crecido, donde jugaban con las nubes. Amelia, sin embargo, permaneció allí, haciendo una vida marcada por el entorno. Se había casado, joven. Había tenido hijos, joven. Había empezado a trabajar, joven. Solo guardaba un secreto ante todos. De vez en cuando, visitaba sola aquel rincón de la playa solitario y volvía a imaginar formas en las nubes. Siempre aparecía Carlos.

Las pupilas de Amelia siguen el trayecto del pez rojo, una y otra vez desde esta mañana.

A primera hora la cadena de televisión regional ha emitido un reportaje sobre un nuevo edificio que va a construirse en el paseo marítimo de Málaga, a treinta kilómetros de la casa de Amelia. La información se ha completado con una entrevista al arquitecto que ha ganado el concurso, un profesional de renombre que ha declarado su ilusión por volver un año a España para ejecutar la obra.

El pez rojo se detiene en el centro de la pecera y para su ruta. Aletea unos instantes en ese lugar y luego gira hacia arriba, como si quisiera salir de la pecera.

Amelia se levanta del sillón y deja de observar al pez rojo. Poco después suena un portazo.

Dos horas más tarde Amelia está sentada en un sofá situado frente al mostrador de recepción de un lujoso hotel. En un lateral hay una cristalera que da al mar, luminoso en esta tarde de otoño. Algunas nubes interrumpen el horizonte.

Amelia se levanta y mira al cielo a través de la cristalera. Las nubes parecen emular un enorme carruaje que atraviese el cielo y viaje a otras latitudes.

Pasado un tiempo un hombre de mediana edad entra en el amplio vestíbulo de recepción del hotel. Porta en su mano una cartera grande, sin cerrar, de la que asoman algunos planos de edificios. Enseguida el recepcionista le indica que la mujer que está al lado del ventanal ha preguntado por él.

Carlos mira hacia la cristalera y observa una catarata de nubes en el horizonte.

Avanza lentamente a través de la sala y, desconcertado, siente como las nubes invaden lentamente el espacio.

Ya no hay muebles, ni suelo, ni techo.

Descubre a Amelia, hermosa y sencilla como muchos años atrás, subida en un carruaje de nubes.

Amelia se gira, le sonríe y con la mirada le invita a atravesar el horizonte.

  
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 El mar nos habla,

susurra las historias del pasado.

Relatan sus olas el tiempo que nos queda por vivir.

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