LA MUERTE O EL BAILE – AMORES MÍNIMOS – RELATO 24

Yace en la cama.

El aliento se agota.

Alrededor todos saben y esperan. El silencio de la habitación es un mal presagio.

La mujer de pelo blanco, tendida entre edredones, apenas es capaz de abrir los ojos. Los párpados pesan. Quieren abrirse. Luchan por mirar, por volver a ver. La tensión al observar el enorme esfuerzo que realiza la enferma se extiende entre los familiares que rodean la cama. Finalmente los párpados consiguen despegarse levemente y observa.

La habitación ha cambiado. Parece otra. Su decoración, en tonos pastel, no existe más. Una tonalidad rojiza envuelve mobiliario, personas, el conjunto entero. El espacio parece diferente, es amplio, enorme. Desde el fondo de la ahora inmensa estancia, un hombre apuesto camina hacia ella. Vestido con frac (¡cómo en las películas de Fred Astaire!) y unos zapatos de charol que marcan sus pasos sobre la madera, su rostro va cobrando un aire más familiar a medida que se acerca.

Pero, ¡no puede ser! ¡Si es Eduardo! Su novio de juventud.  ¡Increíble!  Desapareció en la guerra, durante los últimos meses de contienda, casi cuando todo aquel desastre estaba a punto de terminar. Pero ¡es él! y está aquí, a unos pasos, acercándose a ella. ¡Tan apuesto! ¡Y qué  bien vestido! Parece un artista de aquellas películas maravillosas que iban a ver al cine, eso si, siempre acompañados, que en aquella época, no se podía salir sin carabina. ¿Dónde se habrá metido Eduardo todos estos años? Lustros de espera y, mira, ahora aparece hecho un dandy.

Un esbozo de sonrisa parece dibujarse en el rostro de la mujer de pelo blanco. Un gesto que provoca suspiros y preguntas entre los familiares que le acompañan alrededor de la cama.

Nada se supo de Eduardo tras la guerra. Su rastro se perdió cerca de Valencia. Parecía que se lo hubiese tragado la tierra. Pasado un tiempo le dieron por muerto. ¡Se querían tanto ellos dos! Habían hecho infinidad de planes para su futuro, pero el futuro reservaba otros senderos para ellos, les separó de un tajo. La tristeza se apoderó de su juventud. Luego, pasados unos años, apareció Luis, un buen hombre, y enseguida empezaron a nacer los chicos y ahora, en los últimos tiempos, han llegado los hijos de los hijos.

Pero, ¿qué habrá sido de Eduardo durante todos estos años? ¡Ha pasado tanto tiempo! ¿Por qué no volvió jamás? Y ahora, aquí está,  ¡y qué guapo!  Siempre lo fue, pero vestido de esta manera tan elegante, parece más atractivo que nunca.

El fondo de la habitación se tiñe completamente de un rojo anaranjado muy luminoso, como un atardecer en verano cuando apunta ya la noche. Y focos de una luz hermosa y cálida alumbran los últimos metros del camino de Eduardo que va peinado con gomina y, más de cerca, se da un aire a Gene Kelly.

La mujer de pelo blanco observa con una mezcla de alegría y asombro como Eduardo, que curiosamente permanece tan joven como era cuando desapareció, llega hasta ella con paso alegre.

Comienza a sonar la música de un vals, al principio de forma muy suave, aunque poco a poco va aumentando su  intensidad.

Con una sonrisa amplia y mirándola fijamente a los ojos, Eduardo tiende la mano hacia la mujer de pelo blanco y la invita a bailar.

Pero ella, ¡no puede bailar! Tendrá que explicarle que no puede moverse, que está enferma. ¡Qué lástima!

Sin embargo, ella nota enseguida como los dedos de sus pies empiezan a moverse. Poco a poco sus piernas, sus brazos, su torso, todo su cuerpo, cobra ritmo y movimiento, parece rejuvenecer. Es sorprendente, en tan sólo unos instantes es capaz de levantarse vertiginosamente apoyándose en el brazo de Eduardo. El camisón de diminutas flores rosas que llevaba puesto hace un momento no existe más. Se ha convertido en  un vestido rojo largo, de un rojo intenso, que transmite luz, alegría, movimiento.

Un sentimiento embriagador, que va mucho más allá de la dicha, le acompaña en el momento en que Eduardo la toma por el torso y dan  los primeros pasos de baile juntos. Más que bailar, vuelan. Los pies aletean sobre la alfombra y trazan figuras en el aire.

En el entorno rojo de la habitación sus siluetas se reflejan en el espejo, que ahora parece  inmenso. Ella se ve joven, muy joven, tan joven como él. No queda rastro de ninguna arruga y los ojos han recobrado la vivacidad de la juventud. Ríe, exultante y feliz, mirándose flotar en las pupilas de él. Giran y giran sonrientes. Y se dejan guiar por la música que les lleva entre focos luminosos más allá de esa habitación ahora teñida de rojo.

Un sonido suave parece sentirse cerca del espejo. Los familiares de la mujer, situados alrededor de la cama, se han girado para ver qué es. Pero todo permanece igual. Aunque, ¡qué extraño!, el espejo parece reflejar repentinamente una estela de una tonalidad rojiza.

Cuando vuelven a mirar hacia la cama,  una sonrisa amplia se ha dibujado en el rostro de la mujer del pelo blanco.

Alguien da un grito.  No respira. Todo parece haber acabado.

Sin embargo, en el rojo intenso del universo, ella sigue girando feliz al ritmo de un vals interminable junto a Eduardo, que le ha reservado un baile, el más importante de su vida y que le sonríe como antaño, como siempre.

La mujer ya no tiene el pelo blanco. De nuevo brilla su larga melena oscura y se mece al ritmo de cada uno de sus giros. La juventud ha regresado. Otra vez es joven y feliz. Eternamente feliz. Y continúa bailando, dando vueltas al ritmo de la música abrazada al amor más importante de su vida.

 

No sé si hay algo más allá de la vida pero, puestos a imaginar, y ya que no se puede evitar lo inevitable, sería estupendo que alguien muy querido nos llevase de la mano, bailando, hacia otras orillas, ¿no?

 

5 comentarios en “LA MUERTE O EL BAILE – AMORES MÍNIMOS – RELATO 24

  1. Aida

    Jo Pilar, acabo tu relato con lágrimas en los ojos. Ójala cuando se fue mi abuela, ella viera a mi abuelo esperándola de ese modo… Qué bello relato. Besos grandes.

    1. Aida, siento la emoción. La inspiradora del relato es mi madre, siempre alegre. Le gustaba mucho bailar y a mi me hubiese gustado pensar en su momento que el final, su final, los finales, tienen un aspecto que se nos escapa, a ser posible, alegre y tranquilizador.
      Un abrazo y muchas gracias por el comentario!

  2. Alberto G.G.

    Desconozco el motivo por el cual escribes: si es como recreo, pues no está del todo mal; pero si es por alguna razón más firme, o para que sea leído: desengáñate. Siento ser yo el que te despierte de tus ensueños ilusorios.

    1. Muchas gracias, Alberto, por tus comentarios.

      Soy una persona de cine que escribe. Cada espectador o, en su caso, lector, recibe la película, narración u obra que sea de distinta manera según referencias, gustos.etc. Es muy difícil narrar en el cine, en la escritura, en la vida. Es muy difícil que lo que tu obra llegue de la misma manera a todo el mundo. Eso tiene que saberlo alguien que intenta crear, como también que se puede mejorar, día a día, narración a narración, plano a plano. Es mi intención aprender y mejorar en el cine, en la escritura y, sobre todo, en la vida.

      Mil gracias y suerte con tus actividades.

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