SIN PALABRAS – AMORES MÍNIMOS – RELATO 24

otoño 2012 262

– No hay nada en el mundo que desee más que estar contigo.

La mirada de ella, directa, es confirmación rotunda de esas palabras que parecen haber dejado flotando en el aire un eco leve que se expande. Su sonido, firme aunque suave, atraviesa el estrecho espacio que los separa y llena de luz los ojos de él. Una frase, tan solo un puñado de palabras, trae consigo un golpe de felicidad que desborda su retina. La vida se ensancha,  el universo cobra sentido y él querría abrazar el mundo que, entero, en ese instante, podría caber en este hall de un hotel vulgar cercano al aeropuerto de una ciudad cualquiera donde se encuentran.

Él ha viajado desde lejos para comprobar una intuición, una emoción especial, distinta a cualquiera sentida antes, que surgió de repente cuando, pocas semanas atrás, el azar provocó, que ella y él se conocieran.

Con las palabras de ella el mundo ha perdido su patina gris y parece reflejar luminosidad y belleza en cada esquina. Como ella, como su sonrisa, como el sonido dulce de sus palabras, que aún brilla en su retina.

Él recuerda. Apenas pudieron hablar en el momento en que se conocieron, días atrás. Poco saben uno del otro. Un puñado de frases intercambiadas en el marco de un encuentro breve y casual, en un país extraño a donde les habían encaminado viajes de trabajo.

Él desconoce el pasado de ella.

Ella no sabe apenas nada de la historia de él.

Pero hace unos instantes,  las palabras rotundas de ella, han detenido  la rotación del universo para ambos.

La piel urge el encuentro.

Los cuerpos, sabios, se atrajeron desde el primer instante de su encuentro inicial y han vibrado en el momento en que se han vuelto a tener frente a frente.

Una habitación en la penumbra del atardecer y el tiempo por delante.

Las ropas dejan paso a la desnudez de los cuerpos. La luz cálida que irrumpe a través del balcón dibuja los movimientos acompasados de las siluetas de él y de ella.

Los cuerpos, enlazados, rompen barreras, se buscan y trazan su propio camino, más allá de las palabras.

Él pronto reconoce en la piel de ella el sabor de la melancolía y una percepción del tiempo como tesoro frágil que se agota, de imposible regreso.

Ella paladea en la boca de él una historia larga de desarraigo e infancia perdida.

Sin palabras, las miradas se convierten en brújula iluminando los senderos de los cuerpos, mientras besos y caricias semejan faros que descubren al otro.

Nada es casual. La mirada profunda de él, siguiendo expectante cada temblor, suspiro o mirada de ella. Los movimientos lentos, pero precisos de ella, perseverante en su timidez.

El deseo traza una red que, invisible,  les rodea. Allí, bajo su tutela, avanzan en el descubrimiento del otro.

Ella, desde la suavidad de su caricia, atisba en el torso de él su voluntad férrea, para los demás, para él. Besa su nuca y recorre su espalda con la boca. La tensión en las vértebras narra una desgarradora historia de exilio, de juventud y porvenir quebrado.

Los cuerpos juegan, disfrutan y se aman como si hubiese sido anunciada la desaparición del mundo y esta tarde fuese la última de su vida, como tripulantes de un barco que se acerca a la deriva cuyo último deseo fuera tenerse, sin tregua, apurando los segundos.

Sin palabras, en el silencio de la tarde y de los cuerpos, se descubren. Mucho más allá de cualquier relato, piel contra piel, amándose, se transmiten sus historias de vida.

Él indaga en el cuello de ella las huellas de besos no recibidos y, acariciando su pecho, descubre la entrega en plenitud. La boca de él avanza en un sendero descendente por la suavidad del cuerpo de ella. En su vientre encuentra la quiebra de su entereza y, más abajo, en el punto álgido de su deseo, le sorprenden la contradicción, la negación, el bloqueo. Ella primero resiste, luego le guía, para ayudarle a evadir la senda de sus desgarros.

La tarde es larga pero el tiempo, lleno de urgencia y lentitud, acaba.

Ella necesita saber más de él. Averiguar  la historia de los años de dictadura que tiemblan en su espalda, de un tiempo que no le perteneció y, sin embargo, dirigió el rumbo de su vida.

Él siente urgencia por desgranar los porqués de ella. Conocer su infancia, el límite y la situación por el que su cuerpo se bloquea, inventar nuevos horizontes de placer para ella que atenúen el abuso sufrido.

La tarde va apagándose. El día deja paso a una noche que abrirá camino a un nuevo día en el que ellos continuarán trazando rutas y descubriendo historias de vida en el mapa de sus cuerpos.

Vendrán más días para ellos. Días de miel, otros de temor a la distancia, de rutina y añoranza, de espera, temor y pasión.

Vendrá el tiempo de reconocerse en el cuerpo del otro, después de aprenderlo y descubrir senderos inesperados.

Los días se sucederán, cada uno distinto al anterior, e inundarán de ilusión las aceras de sus vidas.

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