LOS ZAPATOS ROJOS – AMORES MÍNIMOS – RELATO 26

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En aquella ciudad remota todos se mueven con dificultad. Los pies parecen pegarse al suelo en cada paso. Cada pisada conlleva un arduo esfuerzo.

Ella, una mujer, la extraña, camina lentamente por un estrecho callejón de la desvencijada ciudad. Un gris amarillento parece entonar los muros de piedra de cada casa, de cada tienda, de cada esquina. En aquel laberinto gris, como una luz cegadora, destaca un pequeño escaparate. El cristal, reluciente, refleja los destellos rojos de unos zapatos que parecen llamar a la extraña desde el interior de la tienda. De charol y piel, tacón discreto y suela almohadillada capaz de sostener el mundo sobre sus punteras, así son aquellos zapatos, subir a ellos le permitirá caminar en los horizontes grises de aquella ciudad de empinadas cuestas y suelos imposibles.

La extraña sale de la tienda con los pies teñidos del rojo de los nuevos zapatos y con la sonrisa amplia de quien es capaz de escalar, sea como sea, las montañas de lejanía y grisura que le rodean.
Con los nuevos zapatos rojos la extraña es capaz de alcanzar en breve lapso de tiempo el punto más lejano de la ciudad. Con los nuevos zapatos se siente volar frente al paso atormentado y cansino de los habitantes del lugar, de alma gris y pesada calma.

El caminar ligero de aquellos maravillosos zapatos rojos le permite que el tiempo, antes lento, transcurra más rápido, como si se contagiase de la velocidad de sus nuevos pies. Como si el aire que dejan atrás los zapatos al caminar hiciese volar cada minuto. Y el tiempo, cada segundo, es importante, cada instante es una cuenta atrás para volver a casa, para volver a él.

La extraña, agotada, llega a su alojamiento al final del día. Gris, como la ciudad. Estrecho, como las calles. Lúgubre, como la luz pesada que acompaña sus días en aquel lugar. Y la extraña, se quita con extremo cuidado los espectaculares zapatos rojos, que con su destello iluminan la habitación mucho más que la lúgubre bombilla colgada del techo. Esa luz rojiza mantiene su esperanza, en el regreso, en la posibilidad remota de volver a su ciudad, a su barrio. De regresar a él.

Y la extraña siente que el tiempo se ha detenido, que la vida, en un giro inesperado, le ha llevado a aquel lugar y le ha empujado dentro de una espiral de la que no sabe salir. Incansable, camina y camina con sus zapatos rojos buscando como abandonar aquella ciudad, pero resulta imposible. Recorre sin descanso y sin rumbo las calles y todos los caminos siempre, al final del día, le devuelven a su pequeño hotel.
La vida detenida. En aquel pequeño espacio gris. Detenida.

Cuando la noche cae sobre la ciudad, el gris de los muros oscurece y todo resulta casi negro. En ese instante, para no ver el vacío alrededor, la extraña se despide de sus zapatos, que son luz, que son pasión y cierra los ojos recibiendo como despedida del día los destellos rojizos de su brillo.

Y sueña, la extraña, sueña. Se ve a sí misma volviéndose a poner con mimo los zapatos, alzando los brazos e impulsando su cuerpo hacia la ventana. Porque los zapatos son mágicos. Mágicos. Con ellos vuela, atraviesa cordilleras, salta de nube en nube, camina sobre los océanos hasta que llega a su ciudad, a su barrio, a él. Y la extraña, subida a sus zapatos que son como pequeñas alas, vuela a lo largo de su calle y llega a su balcón, y entra en la habitación donde él duerme, y se acurruca a su lado y, poco a poco, se va abrazando, más y más, a él que, con los ojos cerrados, entre sueños, le devuelve un cálido abrazo que llena la habitación de luz. La extraña, que ya no es más extraña, se deja llevar por los sueños de él, que surca mares de aguas azules y calmadas en barcos que dibujan estelas rojas en su navegar.
Y aquella mujer, que ya no es extraña más, que ha volado desde una ciudad recóndita y triste, ahora surca brillantes aguas en barcos rojos desde los que se atisban pueblos blancos y alegres.

En medio del mar, con él, cerca de él, viendo la sonrisa de él iluminando el mar sobre el viento, se escucha un ruido extraño. Un zumbido. Otro barco. Pero no. Un pez. Pero no. La brisa es suave y se está bien en cubierta. El susurro de las olas se rompe. Ese pitido, ¿de dónde sale?

La mujer entreabre los ojos. Una luz suave entra en la habitación. El día amanece al otro lado del cristal. Sobresaltada, busca los zapatos rojos bajo la cama. No están. ¿Dónde están los zapatos rojos? Se han perdido, los zapatos, se han perdido. No puede ser. Sin los zapatos ella no puede caminar. Será incapaz de encontrar el camino de vuelta. La vida detenida aún lo será más sin los zapatos. Nunca podrá regresar a casa sin los zapatos rojos.

La mano de la mujer, moviéndose inquieta bajo la cama, toca algo blando. Se incorpora, alza el brazo y extrae una zapatilla de lana de debajo de la cama. Roja, muy roja.

Mira alrededor. Todo es familiar. La mesilla, la ventana, el espejo, la cómoda, el armario. Todo está en su sitio. La mujer se calza las zapatillas rojas y se levanta. Sus manos recorren uno a uno muebles y objetos: la mesilla, la ventana, el espejo, la cómoda, el armario. Sus dedos se detienen en cada objeto para comprobar que son reales, que esa habitación es la habitación de siempre, su habitación. Da dos vueltas por la estancia palpando la madera, la pared, las lámparas, los cuadros, hasta que vuelve la mirada hacia la cama.

Allí, en medio del océano de sábanas, navegando sin brújula, yace él que parece albergar un sueño profundo. La mujer le mira y mira. No hay zapatos rojos, ni muros grises. Esa es su habitación. No hay ciudades lejanas de las que regresar. No necesita salir de muros grises y volar sobre océanos. Está en su habitación. Está con él.

Lentamente, la mujer se sienta en la cama, suavemente se quita las zapatillas rojas y se tiende en la cama junto a él, se acurruca a su lado y se va abrazando, poco a poco, más y más, a él que, con los ojos cerrados, entre sueños, le devuelve un cálido abrazo lleno de luz.
Y la vida se detiene.

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