lacalledelavida

Cine y escritura

«Solo son palabras. Escritas en el agua»

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Conozco a un conductor de autobús que es músico. Aunque casi siempre camino la ciudad, en ocasiones el autobús de  la línea 2 me traslada de casa al trabajo. Algunas veces coincido con él y me alegra mucho verle. Sigue estudiando música y actuando. A la vez, día a día, pacientemente, con amabilidad, conduce el vehículo atravesando la Gran Vía, la ciudad.

Hoy he conocido a otro conductor de autobús. Escribe poesía y cada día cumple su misión de llevar de un lado a otro a la gente de Paterson.

He llegado al cine justa de tiempo. He salido tarde de la planta de paliativos de un hospital donde visito algunos días a la mujer de la sonrisa -a la que dediqué el post «Una sonrisa»-)

Bella durmiente, ¿por qué duermes?, ¿en qué mundos se extravía tu mirada? Que no sufran tus párpados. La niña de tus ojos te recordará , ya te recuerda. Descansa tranquila, en la noche de tus sueños.

¿De dónde nace la creación? ¿Cómo se construye un poema? Jarmush construye su respuesta en Paterson. El protagonista, un hombre de bondad  inmensa, mira atento a su mundo cotidiano, utiliza los elementos que le rodean. Su rutina es conducir, observar y la búsqueda de la palabra, la construcción de sus poemas (y a esa rutina se atiene el director de la película, siguiendo los días de la semana del protagonista). No tiene ambición, ni siquiera hace una copia de sus poemas que escribe con cuidada caligrafía en un cuaderno. Disfruta construyendo poemas en los huecos de su trabajo, atendiendo a las conversaciones, personas y objetos que tiene alrededor.

Durante la sesión mi cabeza está yendo y viniendo de la película.Me recuerdo llegando al hospital. Despistada, entro, por error, en la planta de pediatría. El llanto de los niños, sonido de vida, de camino que se inicia.

Mientras Paterson avanza por las calles conduciendo, veo a un hombre cortando una madera con una máquina.Ese mismo hombre coloca papel en la máquina de escribir. El papel empieza a llenarse de letras, de palabras.

Paterson abraza a su mujer. Cuando despierta, todos los días, le da un beso. La mujer tumbada, ausente en su sueño, me recuerda tanto a la bella mujer de la sonrisa. Mucho.

Encuentro por fin paliativos. Entro en la habitación. La paciente está tumbada, ajena ya al mundo. La mujer de la sonrisa ya no puede sonreír. Mira el vacío desde su rostro, bello y ausente. La habitación es ella, el desamparo de esa mirada ausente, fija. Las luces de la ciudad asoman a la quietud de la habitación en el anochecer del día y de la vida.

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El hombre fuerte  pulsa teclas de la máquina de escribir. Al rato, hace un descanso. Mira alrededor. Enciende un cigarrillo y parece ausente mirando a través del cristal.

Paterson escribe en los huecos de trabajo, cuando puede. Escribe con el disfrute de cada palabra, de cada frase. La creación, obstinada, que salva y secuestra. (Recomiendo la película especialmente a aquellos que viven la creación).

Al salir del cine me acompañan Paterson, la mujer de la sonrisa y el hombre que escribe. Dejo enseguida a los amigos con los que he quedado.

Es tarde. Llueve en Madrid. Llevo paraguas. No lo abro. Camino la ciudad bajo la lluvia con mis tres acompañantes invisibles.

Nada más llegar a casa me dirijo  al escritorio. En una esquina, una máquina antigua de escribir. Pienso en el hombre que la utilizaba, que trabajaba la madera de día y escribía de noche, cuando podía.

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Todos somos creadores. Paterson rinde homenaje a los creadores y a su búsqueda. La voluntad de perseguir la creación. Conocí muy bien a alguien con esa voluntad.

«Solo son palabras. Escritas en el agua», dice Paterson cuando desaparecen sus poemas.

Solo las palabras de unos pocos sobreviven en el tiempo a sus autores. Los demás solo sobrevivimos en las pupilas y en el recuerdo de un puñado de personas. Pero nos aprendemos y crecemos con lo que creamos.

Bella durmiente, descansa. No temas la hora de la oscuridad. Tu gente, la niña de tus ojos, te recordarán en sus días y en sus noches. 

Con el pelo mojado, acompañada de Paterson, la mujer de la sonrisa y del hombre que se buscaba en la máquina de escribir de mi escritorio -mi padre-, enciendo el ordenador y empiezo a escribir .

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Roja, erguida, extiende ya sus hojas en una mesa situada entre el escritorio (el lugar que más utilizado de la casa) y el sofá del salón.

Allí está, como precursora de los días navideños que vienen, como recordatorio de los que se han ido de este año, casi todos.

La flor de Pascua llega, se instala como reina de la casa, destacando por la fuerza de su color y la elegancia de sus hojas, hasta que el tiempo -corto- vence su gracia, el rojo va apagándose y las hojas parecen encogerse debilitadas. Ese momento llegará, para ella, para todos los seres vivos, para nosotros y, cuando corresponda nos iremos, si es posible, repartiendo sonrisas, serenidad y cariño.

No creo en deseos formulados para una fecha concreta. Todo tiene que tener fondo y trasfondo, también los buenos deseos. Me permitiré, en estas fechas, compartir con vosotros, lectores, amigos, deseos sin fecha de caducidad.

En adelante, siempre, os deseo el mar. Su fuerza y su calma. La llegada cauta a la orilla, el arrebato de una ola que sacude la arena y modela la costa. Su inmensidad, bravura y ternura. Su permanencia.

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Os deseo la luz. La de primera mañana arrebatando el negro de la noche. La del día abierto, añil, veraniego. La de la tarde nublada y acompañada tras cristales de niebla. La de anocheceres de lumbre, lecturas y sábanas compartidas.

Os deseo el arte. En las cosas cotidianas. En las relaciones. En vuestra casa, vuestra vecindad, en la ciudad que habitáis. En este mundo extraño que vivimos.

Os deseo la reciprocidad para esos sentimientos que os desbordan. La voz cálida de alguien al otro lado del teléfono en cualquier llamada, en cualquier momento. El abrazo que alberga y atrapa. La mirada que calma y estimula. La sonrisa que desborda el alma.

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Mar, luz, arte y reciprocidad, combinados con el deseo de seguir siempre persiguiendo sueños, quimeras y utopías, propias y compartidas.Hasta el último momento de salud, hasta la última respiración.

Cuidaré  esta flor de Pascua para que su tiempo sea todo lo largo que pueda ser. Para que sus hojas sigan ofreciéndonos su luz y el arte de su naturaleza cuanto sea posible.

Felices fiestas. Felices años venideros. Feliz vida.

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El tren llegó a la estación final hacia las cinco de la mañana. Recorrimos despacio las callejuelas, débilmente iluminadas. No tardamos en llegar a la plaza, inmensa, solitaria, hermosa incluso en la oscuridad.

Esperamos el amanecer sentados cerca de barcos y góndolas.

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El sol apareció despacio y la luz despertó las aguas de mares y canales y reflejó la belleza de los edificios. El ensueño de Venecia se descubrió ante nuestros ojos. Una ciudad más allá de la realidad.

Venecia. Venezia. La belleza o, mejor, en italiano, la bellezza.

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Regreso a Venecia después de años de aquel viaje de iniciación, a los dieciocho años. Primera salida fuera de España, primer amor. Un excepcional trayecto de descubrimiento.

En esta ocasión llegamos a la hora de comer a la plaza de San Marcos. Aunque es diciembre y las nubes amenazan lluvia, los turistas llenan la plaza.

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Todo es distinto, pero la belleza de Venecia -la bellezza- late en cada piedra. Una belleza  que resulta indescriptible.  Se pueden describir cada uno de los elementos que compone el conjunto, pero no hay palabras que puedan hacer justicia al efecto global.

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Alguien me dice que Venecia es un sueño. Otra persona me recuerda el síndrome de Stendhal. No sé. Solamente en la plaza de San Marcos he sentido la fuerza de la belleza, que oprime, revuelve, deja sin respiración y lleva hasta la lágrima.  La alegría de vivir ese momento y la tristeza de la consciencia de su finitud: el momento pasa, estás condenado a perderlo.

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No amanecí en esta última ocasión en Venecia, pero recorrí a fondo la ciudad, feliz, recordando, sintiendo el privilegio de haber podido regresar para admirar  de nuevo»la bellezza».

He regresado a Venecia y he regresado al italiano, idioma que estudié muy joven. Adormecido, empieza a despertar.

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Durante el recorrido he grabado y he realizado fotos de una parte de Venecia, en ningún momento la plaza de San Marcos. No creo que esa belleza se pueda capturar, pero probablemente valga la pena intentarlo.

Siempre querré volver a ese lugar donde, tiempo atrás, una mañana de verano descubrí la belleza. La bellezza.

Torneró.

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La tarde se dibuja naranja y malva a través del cristal. Enciendo el ordenador para trabajar, pero no puedo dejar de pensar en un momento, una sonrisa, hoy mismo, una hora atrás.

No dejamos de recibir lecciones, cada día, cada vez que nos atrevemos a mirar alrededor con interés. Yo hoy he recibido una lección, y especial.

En los pasillos de los hospitales no se dibujan colores. En los pasillos de los hospitales vive el temor y, a veces, una sonrisa que desmorona, que hunde y levanta, que, sin quererlo, te reta.

Hay que descolocarse para recolocar / recolocarse.

 

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Hoy, en un hospital, he conocido a una mujer joven que, según parece, no tiene mucha vida por delante. No hay diagnóstico. Los médicos investigan. Las enfermedades raras, que a veces oímos y de las que nadie parece saber.

Hoy he conocido a una mujer apenas antes de que ella pusiese su huella en un papel de testamentaría ante un notario -no puede mover los dedos, no puede escribir y me cuentan que hace diez  días paseaba como cualquiera- para que su hija, una niña de 10 años, tenga todo más fácil si llega el final.

Hoy he conocido a una mujer que me ha brindado su mano, la que no puede apenas mover, con fuerza, cuando nos han presentado.

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Una sonrisa es la paz, el perdón, la tolerancia, la complicidad. Una sonrisa es un pasaporte hacia el otro, la cercanía, la puerta abierta. Una sonrisa puede ser bondad, temor, tristeza que se contrarresta, aceptación desde la serenidad, fuerza en la debilidad. Un mundo. Mundos.

Hoy he conocido a una mujer que sonríe. A pesar de todo, sonríe con una sonrisa que puede con la luz que entra por la ventana. En un momento de total incertidumbre, su sonrisa es luz. Es la luz.

Si mañana veo el final cerca quiero, como esa mujer, sonreír en paz, sonreír a todos y que esa sonrisa sea el perdón, el inicio y el final, un pasaporte.

Deseo la vida para esa mujer a la que acabo de conocer pero que me parece conocer de siempre. A esa mujer que no se puede mover y que, tumbada, postrada, da lecciones sin saberlo. Deseo que los médicos encuentren el camino y que un día cercano, pueda recorrer con su hija y con su sonrisa las calles de Madrid iluminando este otoño de grises, malvas y naranjas. Ojalá. Inshallah.

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A los que vienen de otros lugares y nos regalan sonrisas y lecciones.

 

 

Hay pocos hombres que me resulten elegantes con sombrero. Él era uno de ellos. Veo imágenes de su sombrero, encima de una silla, esperándole, mientras él pronunciaba un discurso emocionante en la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias, en 2011.

El tiempo pasa, nos deteriora y, finalmente, nos lleva.

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Cohen explicó su viaje final hace muy poco, en su último disco: «You want it darker». Es bella la idea de despedirse a través de canciones, de poesía cantada. Quizás sea un alivio tener la oportunidad de decir adiós y dejar el legado de sentimientos y pensamientos en tus últimas canciones.

El catarro me está venciendo en estos días de mucha actividad. He hecho una parada en casa para descansar un rato antes de ir a Alcalá de Henares a la gala de entrega de premios de ALCINE. Recostada en un sillón, oigo algunas de sus canciones y siento el paso del tiempo de Cohen como algo propio, vinculante, que me entristece. Es una sensación extraña echar de menos a quien no has conocido nunca. Ocurre con esos maestros  que han significado cambio, reflexión y avance en nuestra vida.

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Cuando era muy joven alguien muy querido por mí me regaló «El juego favorito», una novela de Cohen que devoré. Detrás de ella, sus poemas-canciones, el regalo de sentir, en algunas letras, una forma de escribir, una forma de comunicarse con el mundo que resultaba familiar sin serlo en absoluto.

Hace unos meses, alguien también muy querido que se ha ido lejos, colocó en su muro de facebook la canción «So long Marianne», dedicada a Marianne Ihlen, un gran amor de Cohen, con motivo de su fallecimiento. Coincidió con mi cumpleaños y la música y la letra de esa canción me acompañó sin descanso ese día de agosto, a lo largo de mi viaje al sur más al sur.

«Si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía», bella despedida de Cohen a su amor.

Las palabras y la música que te acompañan en distintos momentos, a lo largo del tiempo, son tesoros.

¿Qué es un poema? Un viaje, una emoción, un trazo de lo que somos, quizás.

¿Qué es un poeta? Cualquiera, cuando una frase se convierte en melodía y resuena el alma del autor en el alma de quien la escucha.

«La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista», dijo Cohen en su discurso en Asturias.

Bendito territorio el de la poesía.

«Solamente cuando por fin leí las obras de Federico García Lorca, fue entonces cuando comprendí que había una voz», también dijo Cohen.

Bendito descubrimiento. Ese momento, sagrado, en que una palabra, la palabra de otro, te descubre tu palabra.

Salgo de casa corriendo hacia Alcalá pensando en los maestros que nos enseñan la palabra. Al coger el abrigo se cae un sombrero del perchero y pienso en el sombrero de Cohen esperándole en sillas infinitas.

Amigo nunca conocido, poeta, nos encontraremos en el horizonte de tu obra. Bailemos hasta el final.

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Solo una palabra

tu palabra

hace caer nieves de olvido.

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En el muro del castillo

rondan lobos

y caen hojas amarillas,

muertas

de árboles fatigados.

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Es otoño

y solo una palabra

tu palabra

libra los vientos y el miedo

a no ser

a ser quien no fui

a saber ser

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En la confusión de tiempos y olvidos

cuando niebla y sombra me habitan

la palabra es agua

que escupe fuego y niebla.

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En los elevados muros

del castillo abandonado

tu palabra resuena

tu palabra.

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Y sale el sol

y refleja sus rayos

en tejas y palabras.

Y caminamos

y somos.

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De repente, todos caminaban en una única dirección, hacia una luz hermosa, cegadora. Alrededor todo parecía haber dejado de existir. No importaba nada, solo llegar, tener el privilegio de conocer de cerca aquella especie de torre que el sol parecía coronar. Y desde allí observar París,  el mundo.

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El reflejo del agua le hizo pensar en él, imaginó un pasado distinto y su perfil cerca, en aquel barco, mirando el paso del tiempo desde proa. Con ella. Pero inmediatamente le pensó subiendo a aquella torre agarrando de la mano a una mujer joven. Pasado. El presente era aquel frescor del agua y el beso ligero de la imaginación.

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En el puente, te esperé en el puente. No llegaste. No llamaste. Pero veo apuntar la tarde, desde el recodo de un río. En París, en otra parte, muy acompañada, con el verso a punto.

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En aquel enjambre de edificios que se extendían y alcanzaban el horizonte, vivían miles, millones de personas. Y ella pensó que cada uno de ellos era protagonista de una historia única, apenas conocida por unas cuantas personas y de forma sesgada. Qué lástima no disponer de vida suficiente para ir uno a uno, entrevistando, intentando agarrar las cuerdas de cada biografía, escribirlos y describirlos para, haciéndolo, dejar constancia de su testimonio, conocer, saber un poco más la grandeza y la miseria que encierra el pequeño gran mundo de cada existencia.

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Pienso tanto en la escritura cuando las circunstancias no me permiten la escritura…Viajando disfruto mucho, y sin embargo, siento nostalgia del recogimiento de la página en blanco. Aunque a veces uno se topa con la escritura, con mayúsculas, y con el retrato de un gran escritor,  en una gran sala de un palacio lejano.  Muy bien acompañado de ventanas que dejan pasar la luz clara de un día de París otoñal.

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Sentaban sus pensamientos en un banco y el sol era faro y sombra. Él realmente no pensaba en ella. Tampoco ella pensaba en él. Veían juntos pasar el tiempo, sentados, agarrados de la mano, mientras la primavera tornaba otoño.

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Un contraluz traza el envés del paisaje, del objeto, de la persona iluminada de forma directa. Adoro el contraluz. Me gusta que los objetos se desdibujen en la sombra, se reinventen con el contraste. He vuelto a los Inválidos. Una vez estuve alojada muy cerca, el año en que «Confluencias» participó en la Bienal de Cine del Georges Pompidou. Ha pasado un tiempo y los Inválidos hoy dejan ver a contraluz. Como el mundo, a ratos.

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El futuro está ahí, a la vuelta de la esquina. El futuro es presente y, a veces, puedes toparte con él de forma curiosa,  en un paseo por un barrio de una ciudad que visitas, por ejemplo. Allí fue donde ella le encontró, en el futuro, despistado, preguntando por una dirección. Aquel hombre no lo sabía, pero iba a compartir la vida con ella. No cabía duda. De momento, tomaban un café bajo la sombra de un hermoso rascacielos.

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Le gustaba subir a los lugares más altos de la ciudad, pero sabía que compartía ese gusto con mucha gente. Así que dejaba vencer su deseo de tranquilidad y se dejaba mecer por el ruido de la muchedumbre  en su trayecto a las alturas. El día era azul y hermoso. Se sentía el alborozo de los últimos días de luz clara del año. Demoró el paso, se deleitó en la subida. Ya en la cima, cerró los ojos y vio París.

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Ayer tuve tres encuentros memorables. La tarde y la noche se convirtieron en un bello regreso a la infancia. Dos personas y un barrio.

En unos días de cierres, y esfuerzo intenso de lecturas y visionados, hice un hueco en el trabajo para encontrarme con alguien a quien, por distintos avatares, no veía desde niña. ¡Qué extraño y qué emocionante a la vez reunirte con alguien después de tanto tiempo! Me alegró tanto ver que sigue con ese brillo en la mirada, tan familiar. Nuestras vidas, que descubrimos tan paralelas, sin embargo, han estado lejos. Hasta ayer. Queda mucho por contar. Nos veremos y visitaremos esa Alcarria que unía a nuestros padres, a nuestra familia.

Cuando salimos de la cantina de Cineteca, llovía. Y nos encaminamos a Usera, pero sin movernos de Matadero, como espectadores de las «Historias de Usera» de Kubik Fabrik. Una obra en la que actores profesionales se unen a vecinos del barrio para recrear historias reales e imaginarias sobre Usera. Muy recomendable.

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De niña, los domingos eran Usera. Mis padres iban desde el centro, donde vivíamos, hasta Legazpi en metro y desde allí, andando. Mi madre, parándose siempre en el puente del Manzanares a ver el agua, a ver Madrid. La casa de mis abuelos, en la calle de Ramón Luján esquina con Marcelo Usera. El paseo por el barrio de la mano del abuelo Manolo, siempre con alguna sorpresa para su niña. El taller de ebanistería del abuelo, a dos calles. El aperitivo del domingo. Los pasteles del domingo.

Y la casa de los abuelos cerrada, pronto, demasiado pronto.

Gracias a estas «Historias de Usera» ayer di un paseo por el barrio de la mano del abuelo. Volvieron, sin nostalgia, pero con una enorme emoción, aquellos domingos de la infancia. Y desde ese sentimiento, viví la representación y admiré el trabajo interpretativo de actores y vecinos del barrio.

Justo en la fila de delante un hombre mayor contaba anécdotas de Usera a sus vecinos de asiento antes de la función y en el intermedio. Cuando acabó la función, se realizó un encuentro del equipo con el público y él fue la primera persona del público que felicitó al equipo y contó también alguna de sus vivencias.

Durante este encuentro posterior a la función, yo seguía agarrada a la mano de mi abuelo Manolo «paseando por Usera». El abuelo me enseñaba el barrio. Su silueta recortada contra la luz del balcón. La calle, muy transitada. Desde el recuerdo, desde la emoción, desde ese lugar, entre las tripas y el alma, desde donde nacen las historias, sentí que en Usera había algo que yo tenía que contar. Y ese señor sentado delante de mí, de silueta recortada contra el fondo del escenario, sabía del barrio en la época en que lo vivieron mis abuelos.

Así que cuando acabó el encuentro con el público, entrañable, y mi abuelo dejó de agarrarme de la mano y «volví en mí», esperé a que ese hombre, que antes estaba sentado delante y que ahora estaba felicitando efusivamente a una de las actrices, saliese. Y cuando lo hizo, me acerqué  a decirle que me encantaría conocer  alguna de las historias que él sabe del barrio, que me gustaría grabarle. Y aquel hombre, simpático, locuaz, y yo, empezamos a hablar.  Y el público de la función se fue yendo. Y nos quedamos solos y salimos despacio de Matadero, hablando. Y permanecimos un buen rato en Legazpi, hablando. La plaza vacía y Usera, protagonista de nuestra charla nocturna.

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Nos veremos, Luis, y  será un placer seguir descubriendo contigo Usera.

Y pronto, un día cualquiera, volveré a Legazpi y desde allí,  cruzaré el puente, y me detendré un momento a ver el río y, después, subiré la cuesta de la infancia y la cuesta de Marcelo Usera y encontraré una historia. Y mi abuelo Manolo y el relato, terrible, de una parte de su vida, no será protagonista, pero me acompañará en ese viaje.

 

Va por ti, abuelo.

 

 

A veces te encuentras en la mirada de otro.

Una imagen puede devolverte mundos en los que jamás has estado, pero que hacen regresar a ti recuerdos, sensaciones, la voz de alguien, la sombra de un pasado que sientes cercano y lejano.

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No sabía nada de un pueblo llamado Cespedosa (lamento mi desconocimiento) hasta esta mañana. No he visitado nunca este lugar de la provincia de Salamanca. Y sin embargo, el viaje por los años y las fotografías que ha realizado de forma magistral Juan Manuel Castro Prieto, al que nos invita desde las salas de Tabacalera (¡qué gran espacio este! ¡que bien encaja en este trayecto a la memoria del autor!) era también mi viaje.

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Una silueta de espaldas en un paisaje,así se inicia el recorrido. Y unos versos de César Vallejo que se clavan también en la espalda.

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La mirada del autor sobre Céspedes recorre los años de habitaciones, rostros y objetos. Es fácil recordar lo que no se ha conocido cuando nos trae tanta memoria de habitaciones, rostros y objetos de lugares que son nuestros, que amamos.

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El desgarro de una almohada.

La familiaridad de unas gafas que esperan a alguien encima del hule de una mesa.

La soledad de una televisión, en su mueble adornado con tela floreada. El paño coronando el aparato, cubriendo parte de la pantalla. El ayer y el hoy.

Si, como indica Luis Peñalver, lo que tanto nos atemoriza es lo familiar hecho jirones, el recuerdo de lo que va desapareciendo. De lo que ha desaparecido ya, pero es tan próximo en la memoria.

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Los niños y las sombras. El juego y el pasado. Y una frase inigualable de García Márquez que habla del puñal del desarraigo, del deambular sin rumbo por el territorio de los recuerdos. Así me he sentido hoy en esta exposición a la que volveré.

Las hermosas fotografías de Juan Manuel Castro Prieto me han devuelto al territorio de recuerdos y memorias de mis últimos trabajos, aún en montaje, aún indefinidos en tantos y tantos aspectos.

Y, como el niño de la foto, me siento jugando rodeada de sombras que desconozco.

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Visitad la exposición y recordad porque Cespedosa es cualquier parte del mundo, de tu mundo.

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Todo empezó cuando ella buscó un cuadro que no existía, aunque realmente todo se había iniciado mucho antes. El diagnóstico de Alzheimer «probable» cayó como una bomba.

El desarrollo es rápido, porque no quieres que suceda y, a la vez, resulta lento. En su caso, diez años.

Las decisiones. Los cambios. El entorno. Las opiniones sobre qué hacer. El giro brutal de las rutinas. La memoria, atesorada toda la vida que se difumina, minuto a minuto, hasta no recordar nada, ni a tus hijos. La crueldad del olvido.

Un centro de salud. Un grupo de ayuda mutua para cuidadores de enfermos de Alzheimer.    Hora y media de puesta en común, de conocimiento de distintas situaciones, problemas, soluciones, del dolor, del amor, de cómo apoyarse y atender mejor al padre, la madre, la mujer, el marido, el familiar.

Hoy leyendo noticias sobre la celebración del Día Mundial del Alzheimer, recuerdo. Vienen a mi muchos momentos, tantas emociones. Pero hoy recuerdo especialmente a los hombres y mujeres a los que conocí en aquel grupo de autoayuda. Recién llegada a la enfermedad y sus cuidados, aprendí muchísimo de todas sus experiencias. Técnicas, aspectos psicológicos, cuestiones prácticas, de todo.

Todas aquellas personas, con la experiencia del Alzheimer a sus espaldas, podrían tomar las mejores decisiones, bregar con situaciones complejas en cualquier campo de la vida, serían buenos compañeros de viaje en casi cualquier situación. Tenaces, valientes, tranquilos. El Alzheimer -y supongo, el cuidado en otras enfermedades de características similares- templa la paciencia, agudiza el ingenio para salir de atolladeros, ajusta tu visión de lo importante y lo accesorio de la vida y del día a día, te obliga a un permanente aprendizaje y a adaptarte un cambio constante. En el curriculum profesional de una persona  que ha ejercido labores de cuidador de un enfermo de Alzheimer, debería destacarse esta tarea y ser valorada positivamente.

Hoy recuerdo aquellas tardes con el grupo y deseo que los caminos de todos aquellos maestros transiten por paisajes más calmados, merecidos.

Hoy, te recuerdo. Caminas por aquel pasillo largo, con pasos que van  siendo más cortos a medida que pasa el tiempo. Cantas, de forma entrecortada, cantas. Ya no hablas, pero lanzas la mano cuando paso cerca de ti. Pilar, madre, de golpe te recuerdo, guapa, sonriente, esperándome en un aeropuerto, sorprendiéndome. Tú energía, siempre desbordante, contagiosa.

Hoy sé que lo más difícil que he hecho en la vida tiene que ver con el Alzheimer: ser cuidadora. Quise hacerlo. Tomé la decisión y realicé el aprendizaje más grande y más complejo de mi vida.

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A los que cuidaron, cuidan y cuidarán a los que ya no recuerdan.