ALZHEIMER

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Todo empezó cuando ella buscó un cuadro que no existía, aunque realmente todo se había iniciado mucho antes. El diagnóstico de Alzheimer “probable” cayó como una bomba.

El desarrollo es rápido, porque no quieres que suceda y, a la vez, resulta lento. En su caso, diez años.

Las decisiones. Los cambios. El entorno. Las opiniones sobre qué hacer. El giro brutal de las rutinas. La memoria, atesorada toda la vida que se difumina, minuto a minuto, hasta no recordar nada, ni a tus hijos. La crueldad del olvido.

Un centro de salud. Un grupo de ayuda mutua para cuidadores de enfermos de Alzheimer.    Hora y media de puesta en común, de conocimiento de distintas situaciones, problemas, soluciones, del dolor, del amor, de cómo apoyarse y atender mejor al padre, la madre, la mujer, el marido, el familiar.

Hoy leyendo noticias sobre la celebración del Día Mundial del Alzheimer, recuerdo. Vienen a mi muchos momentos, tantas emociones. Pero hoy recuerdo especialmente a los hombres y mujeres a los que conocí en aquel grupo de autoayuda. Recién llegada a la enfermedad y sus cuidados, aprendí muchísimo de todas sus experiencias. Técnicas, aspectos psicológicos, cuestiones prácticas, de todo.

Todas aquellas personas, con la experiencia del Alzheimer a sus espaldas, podrían tomar las mejores decisiones, bregar con situaciones complejas en cualquier campo de la vida, serían buenos compañeros de viaje en casi cualquier situación. Tenaces, valientes, tranquilos. El Alzheimer -y supongo, el cuidado en otras enfermedades de características similares- templa la paciencia, agudiza el ingenio para salir de atolladeros, ajusta tu visión de lo importante y lo accesorio de la vida y del día a día, te obliga a un permanente aprendizaje y a adaptarte un cambio constante. En el curriculum profesional de una persona  que ha ejercido labores de cuidador de un enfermo de Alzheimer, debería destacarse esta tarea y ser valorada positivamente.

Hoy recuerdo aquellas tardes con el grupo y deseo que los caminos de todos aquellos maestros transiten por paisajes más calmados, merecidos.

Hoy, te recuerdo. Caminas por aquel pasillo largo, con pasos que van  siendo más cortos a medida que pasa el tiempo. Cantas, de forma entrecortada, cantas. Ya no hablas, pero lanzas la mano cuando paso cerca de ti. Pilar, madre, de golpe te recuerdo, guapa, sonriente, esperándome en un aeropuerto, sorprendiéndome. Tú energía, siempre desbordante, contagiosa.

Hoy sé que lo más difícil que he hecho en la vida tiene que ver con el Alzheimer: ser cuidadora. Quise hacerlo. Tomé la decisión y realicé el aprendizaje más grande y más complejo de mi vida.

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A los que cuidaron, cuidan y cuidarán a los que ya no recuerdan.

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