HISTORIAS DE PARÍS

De repente, todos caminaban en una única dirección, hacia una luz hermosa, cegadora. Alrededor todo parecía haber dejado de existir. No importaba nada, solo llegar, tener el privilegio de conocer de cerca aquella especie de torre que el sol parecía coronar. Y desde allí observar París,  el mundo.

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El reflejo del agua le hizo pensar en él, imaginó un pasado distinto y su perfil cerca, en aquel barco, mirando el paso del tiempo desde proa. Con ella. Pero inmediatamente le pensó subiendo a aquella torre agarrando de la mano a una mujer joven. Pasado. El presente era aquel frescor del agua y el beso ligero de la imaginación.

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En el puente, te esperé en el puente. No llegaste. No llamaste. Pero veo apuntar la tarde, desde el recodo de un río. En París, en otra parte, muy acompañada, con el verso a punto.

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En aquel enjambre de edificios que se extendían y alcanzaban el horizonte, vivían miles, millones de personas. Y ella pensó que cada uno de ellos era protagonista de una historia única, apenas conocida por unas cuantas personas y de forma sesgada. Qué lástima no disponer de vida suficiente para ir uno a uno, entrevistando, intentando agarrar las cuerdas de cada biografía, escribirlos y describirlos para, haciéndolo, dejar constancia de su testimonio, conocer, saber un poco más la grandeza y la miseria que encierra el pequeño gran mundo de cada existencia.

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Pienso tanto en la escritura cuando las circunstancias no me permiten la escritura…Viajando disfruto mucho, y sin embargo, siento nostalgia del recogimiento de la página en blanco. Aunque a veces uno se topa con la escritura, con mayúsculas, y con el retrato de un gran escritor,  en una gran sala de un palacio lejano.  Muy bien acompañado de ventanas que dejan pasar la luz clara de un día de París otoñal.

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Sentaban sus pensamientos en un banco y el sol era faro y sombra. Él realmente no pensaba en ella. Tampoco ella pensaba en él. Veían juntos pasar el tiempo, sentados, agarrados de la mano, mientras la primavera tornaba otoño.

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Un contraluz traza el envés del paisaje, del objeto, de la persona iluminada de forma directa. Adoro el contraluz. Me gusta que los objetos se desdibujen en la sombra, se reinventen con el contraste. He vuelto a los Inválidos. Una vez estuve alojada muy cerca, el año en que “Confluencias” participó en la Bienal de Cine del Georges Pompidou. Ha pasado un tiempo y los Inválidos hoy dejan ver a contraluz. Como el mundo, a ratos.

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El futuro está ahí, a la vuelta de la esquina. El futuro es presente y, a veces, puedes toparte con él de forma curiosa,  en un paseo por un barrio de una ciudad que visitas, por ejemplo. Allí fue donde ella le encontró, en el futuro, despistado, preguntando por una dirección. Aquel hombre no lo sabía, pero iba a compartir la vida con ella. No cabía duda. De momento, tomaban un café bajo la sombra de un hermoso rascacielos.

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Le gustaba subir a los lugares más altos de la ciudad, pero sabía que compartía ese gusto con mucha gente. Así que dejaba vencer su deseo de tranquilidad y se dejaba mecer por el ruido de la muchedumbre  en su trayecto a las alturas. El día era azul y hermoso. Se sentía el alborozo de los últimos días de luz clara del año. Demoró el paso, se deleitó en la subida. Ya en la cima, cerró los ojos y vio París.

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