lacalledelavida

Cine y escritura

 

Las luces parpadean. Presumen de sus colores ante la admiración de los paseantes de las calles de La Valetta en la noche de un fin de semana de diciembre.

Caminar las ciudades es pensar y pensarse al ritmo cambiante de los pies. Conocer y conocerse en calles, esquinas y plazas; en la mirada del otro.

Mientras camino, observo los arcos de luces de decoración navideña. Sus colores, la disposición de las bombillas, el efecto espacial en la calle. Pero acabo fijando la mirada en un grupo de bombillas de diferentes colores. Luego, me detengo en una bombilla roja, parpadeante.

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En aquella sala se colocaba el árbol encima de un aparador grande, compartiendo espacio con un belén que comprimía cada vez más sus escenas -cada año se añadía alguna figura nueva, pero el hueco era el mismo–.  Alrededor del árbol, recuerdo unas bombillas pequeñas, alineadas en un cable que colocábamos, entre el espumillón y las bolas y adornos, y que una vez acabadas  las Navidades se guardaban cuidadosamente hasta el año siguiente. Colocar esas bombillas era el momento final, el último toque de la decoración navideña de la casa. «No, así no queda bien». “Hay que subirlo de este lado”.

Las luces del árbol de Navidad de la infancia. Su recuerdo.

Luces. Resplandor. Destellos. Alegría.

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Llegan unas nuevas las navidades  con sus  «sillas vacías» y sus «flores de pascua» -aludo a posts anteriores-. Pero también con luces, que hacían volar la imaginación en la infancia.

Aquellas luces, aquel árbol, aquel belén. Se fueron y se llevaron con ellas a los que, año tras año, colocaban pacientemente sus piezas.

En la pintura, en la fotografía, en el cine, se sabe bien que una luz adecuada puede salvar deficiencias de la escenografía y mejorarlo todo. El decorado de nuestro día a día puede cambiar. Tenemos que convertírnos en directores de fotografía, escenógrafos, atrecistas…  Cada persona tiene que encontrar su «luz». Cada uno elegirá un foco distinto y lo colocará a su manera. Lo que sirve para una persona, quizás no es adecuado para otra.

Tras el rastro de la luz, mi caminar se dirigió hace unos días a la Valletta. Porque el viaje es una de mis “luces”: cambio, corte con la realidad y búsqueda de caminos. El cine, por supuesto, la lectura, la música, el arte, son otras vías, pero el viaje y su cambio de lugar resulta más radical. Te traslada a otra realidad, te sacude, te sorprende, te cambia.

Hoy, en casa, hay velas que iluminan rincones que habitualmente no cuentan con tanta luz. No hay  luces rojas dando vueltas a ningún árbol, ni belén, ni ningún aparador grande.

Enciendes las últimas velas. Y recuerdas las luces de aquel árbol, lejanas; las de la Valetta, recientes. También las luces de tantas ciudades que te mostraron en mapas las mismas personas que colocaban cada año las luces del árbol, cuando eras muy niña. Has caminado ya muchas. Pero aún quedan muchas por andar, ¡tantas!

Caminos. Viajes. Luces.

¡Felices fiestas a todos! Y luces, caminos y viajes el año próximo y siempre!

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A los que nos guiaron en las búsquedas de la infancia. A los que nos llevaron hacia la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

IMG_1011La carretera se extiende hacia Madrid. En el trayecto pienso en el regreso, en los regresos. Al otro lado del cristal la tarde refleja colores que apuntan hacia en otoño en los queridos campos de La Alcarria. Quizás aún no he regresado del verano, del color en el otro lado del mar.

México aún está. Como estuvo Cuba, el país más querido, el que me ha dado el cine.

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Veo fotos de amigos que aún permanecen allá y que lloran su inminente regreso. Y recuerdo, una localidad pequeña, Juventino Rosas y a Sshinda, que hace juguetes que son sueños infantiles. La playa de Platanitos y uno de los mejores baños de mi vida, rodeada de amigos mexicanos, en Tepic, donde acudimos a ver una feria que hacían los indios huicholes, que mostraban su cultura y una artesanía prodigiosa. Una de sus pulseras me acompaña desde entonces.

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Recuerdo el coche de Gabriel, siempre sonriente, siempre atento, siempre con nuevas ideas de rutas, para posibles grabaciones. Y el camino hacia un desayuno muy especial el día de mi llegada con gente encantadora que me mostraría un lugar que me impresionó tanto que allí terminamos grabando la última semana, porque tenía que ser así. Un lugar te golpea la emoción y sucumbes al trabajo, la cámara, la búsqueda y lo que haga falta.

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Los recuerdos se acumulan. Una mañana en la que fuera casa de Trotsky, impactante. Algo  retiene a los visitantes en aquel lugar. Una tarde en Coyoacán, entre risas y amigos. La ciudad universitaria de México, sencillamente impresionante. El Zócalo y sus alrededores, qué decir. Calles desiertas en la noche, que cae de golpe en Guadalajara. La maleta que va y viene en los autobuses mexicanos, estupendos. Tantos paisajes grabados tras el cristal. Las madrugadas pensando en cómo rodar una historia que, en gran parte, aún no sabemos.

Y todo se condensa en un amanecer espectacular el primer día de la grabación. Contemplar lentamente como la luz cambia. Morado, naranja, amarillo. Quizás una grabación sea simplemente eso, saber observar cómo la luz, los elementos, cambian. Saber dirigirlos, a veces, para favorecer el cambio.

Y grabé. Y sentí. Y regresé, pero no regresé. Porque este ordenador, desde el que escribo, guarda los planos de la historia que esperamos ver crecer. Desde dentro. Del ordenador. De mí.

No he regresado de México. México ha viajado conmigo.

En un tiempo espero que conozcan la historia de un jardín. Ahí lo dejamos. Mientras, de vez en cuando, escribiré sobre alguno de los lugares que he conocido por allá. Si me permitís, para mitigar el recuerdo.

A veces los regresos son así. No llegan a ocurrir.

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Si pudiera hablar te diría que mi luna te espera, que me persigue  el aliento de tus sueños de niño grande y me sangra el alma cada vez que la madrugada vence los cristales de la espera.

Marcharé lejos. Mañana volveré al camino y acabará el tiempo de lo que no llega. Mañana será aire, adiós, distancia.

En el equipaje, repleto, viajará mi agotada espera.

Duerme hombre grande, que el mar sea tuyo, que el viento borre mi pena.

Hasta otros mundos de azúcar y canela.

Adiós.

 

 

 

 

México es hoy una carretera que avanza entre montañas verdes.

Nubes suaves aprietan el horizonte y dejan hueco a unos pocos rayos de sol que esparcen aquí y allá su luz anaranjada en el paisaje.

Todo por delante. Ciudades, historias, grabaciones. La vida intensa, a veces surrealista de este país enorme.

La ilusión de un primer viaje -nunca antes visité México- es inigualable. Podré volver o no, pero nunca sentiré el impacto de este primer viaje.

Escribo estas líneas mientras viajo en un autobús entre Guanajuato y México DF.

Guanajuato, ciudad bella, tranquila y turística, ha sido una entrada suave a este país impetuoso, de fuertes contrastes.

Alguna persona que he conocido en Guanajuato espera conocer mi impresión de la Ciudad de México a mi regreso. Porque el viaje mexicano comenzó y acabará en Guanajuato. Veremos. Todo por descubrir.

He tenido la fortuna de grabar a algunas personas interesantes en Guanajuato. Personas humildes, especialmente, que sorprenden con su saber estar y un excelente dominio del lenguaje en las grabaciones. Generosas y «platiconas», como dicen por aquí.

Un aprendizaje. De cómo usar la cámara en investigaciones antropológicas, hablamos brevemente en una charla con alumnos de la Universidad de Guanajuato. Al final de la charla, concluimos que, más allá del conocimiento o la técnica, es necesaria la pasión, en el cine, en la investigación, en la vida. La pasión que te impulsa a vencer obstáculos, a ir más allá, a arriesgar, a seguir. A vivir sin dejar pasar los días.

Apasionadamente observo el paisaje mexicano que viaja al otro lado de la ventanilla..

Mucho por recorrer, por grabar y por vivir en México, aunque el reloj del regreso avanza rápido.

 

 

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Estrenar una película es ofrecerla al mundo, dejar que ande su camino, acompañarla al comienzo de la vereda dándole la mano para ir observando como se pierde en los vericuetos de los senderos, entre luces y sombras.

«Ventanas», el último documental que he cerrado (hay otros en distintas fases que esperan su terminación) no tuvo estreno. Por mi trabajo decidí que no se iba a estrenar en Madrid -especialmente en Madrid-, tampoco en ningún sitio.

Dejé este trabajo en medio del sendero, en la sombra. Sin embargo, salió de esa penumbra cuando fue nominado al Goya al Mejor Cortometraje Documental.

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Pasado un tiempo, rescato «Ventanas» de su camino, para ponerlo a disposición de quien quiera dedicar 15 minutos de su tiempo a verlo.

Es mi trabajo más pequeño, también el más personal, el que me arrebató la emoción a la entrada de Auschwitz en una mañana de nieve en abril. «Ventanas» trajo a mí el convencimiento de que la idea es más importante que la sofisticación técnica, de que contamos ahora mismo con herramientas simples que nos pueden ayudar a contar cualquier historia. Un ipad puede ser un aliado de un arrebato creativo y emocional. Hay que aprender a expresar con los medios a tu alcance la historia que quieres contar.

He crecido con «Ventanas», con este trabajo «menor». No es pretencioso. «Ventanas» me ha ayudado a liberarme del yugo de los medios técnicos. A buscarme en la simplicidad. Quiero buscar la esencia. En esas estamos.

Desde el sentimiento, «Ventanas».

«Ventanas» puede visionarse en http://www.pilargarciaelegido.com/cine.

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Hay palabras que pesan. Son vida y muerte, luz, explosión y tiniebla. Sus sílabas se pronuncian desde las tripas. Son raíz, paisaje donde recrear la mirada, nubes, tormentas extremas y sol tranquilo de mañana otoñal.

En Córdoba hace calor y hay demasiada gente visitando patios repletos de plantas, color y estallido primaveral. Caminar las calles estrechas de la Judería es ir sorteando turistas o dejarte llevar por el tránsito que parece dirigirse a la mezquita.

Entrar en el Patio de los Naranjos es una relajante preparación para el visitante. Camino lentamente el lugar que respira la luz de otros tiempos. Bajo la sombra de un árbol, mientras hago fotos, recuerdo.

Madre.

Era verano. El calor apretaba, la carretera se extendía por llanuras y lomas cubiertas de olivos. El atardecer quemaba el interior del coche. Íbamos a Málaga, pero insististe en hacer parada en Córdoba. Probablemente me sentiste cansada de conducir, puede que tú también estuvieses cansada. Sabías convencer. «Cenamos en Córdoba y mañana podemos ver la mezquita, dar una vuelta y seguir camino a Málaga». La mezquita. Cedí a tu plan.

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El verano caía sobre la noche de Córdoba y , en la primera mañana, el calor teñía el camino a la mezquita.

Te veo caminar por el patio de los Naranjos, absorbiendo y buscando el aroma de árboles y plantas.

Madre.

Tenías razón, como casi siempre. Era necesario detenerse en Córdoba, para ahora, en este momento, entrar en la mezquita y verte de nuevo caminando entre las columnas, apareciendo y desapareciendo en el bosque de arcos. Sonriendo al verme impresionada ante el espacio, al sentirme disfrutar de la belleza.

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Hoy he grabado en el interior de la mezquita, presente y pasado. Tú no estabas, pero caminabas a mi lado, dirigías mi mirada a un lado y a otro, mi pulso al grabar, calmabas la respiración acelerada por el recuerdo.

No creo en fechas, creo en emociones. Mirar la espectacularidad de esta mezquita es recordar, recordarte. Saberte en mí. Soy porque eras. Soy como soy porque allanaste caminos y descubriste paisajes para mí. Por el regalo de tantos momentos que son centro, guía  y cuando la tormenta arrecia, lugares de refugio, donde no puede entrar la furia de la naturaleza, del mar, ninguna furia.

Te debo el reposo de un paseo por la mezquita, que recuerdo y me mueve, pasados años, a volver a Córdoba.

Madre.

Hay palabras mundo. Tierra. Madre.

Estás. En esta mezquita. En tu Alcarria. En tantos lugares y aprendizajes.

En mí.

Te veo alejarte entre arcos y columnas por una de las puertas laterales de la mezquita, a contraluz.

Sigo grabando.

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A Pilar, a su madre, a la madre de su madre. A las madres.

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Un coche atraviesa a velocidad las calles  de un barrio periférico. Llega a una plaza grande, vacía, y frena ante uno de los edificios. El auto parece diminuto en el espacio, enorme. Un hombre joven sale del coche y, corriendo, sube las escalinatas de acceso a uno de los edificios.

En el ecuador de la Semana del Cortometraje, que finalizó ayer, uno de los participantes me contó una anécdota que ha marcado su vida profesional. Un coche, un despiste, un atasco, cualquier nimiedad puede suponer un giro radical en tu vida.

Esa imagen de un coche llegando a una plaza vacía, me ha acompañado durante todos estos días de proyecciones, foros profesionales, talleres y trajín. Quizás con el cansancio y las emociones a flor de piel, es más fácil que una imagen te golpee y te acompañe.

La persona que me relató la anécdota de cómo estuvo a punto de no llegar a tiempo a la realización de una prueba de acceso a una escuela de cine, consiguió llegar, y pasado el tiempo cuenta con una filmografía interesante. Pero un día, hace años, estuvo a punto de perder la posibilidad por un cúmulo de circunstancias. Un taxi y la comprensión del conductor  le ayudó a conseguir su sueño. ¿Qué hubiese pasado de otra manera? ¿Hubiese emprendido otro camino? ¿Cómo sería ahora su vida?

Ese coche llegó. Pero no todos los coches llegan.

En estos días de la Semana del Cortometraje en los que decenas de profesionales del cine presentan sus cortometrajes, imparten talleres o participan en foros profesionales, con esa imagen recurrente en la cabeza de un coche intentando llegar a su destino, me pregunto  cuántos coches han llegado y no han llegado al destino adecuado en la vida profesional de todos estos creadores o de todos.

A veces circunstancias nimias suponen una sacudida en la trayectoria de alguien y en su vida.

Y pienso en mí, en las circunstancias que me llevaron a la Semana del Cortometraje, a la promoción del cine. Pudieron no ocurrir, pero sucedieron y, en el caso de la Semana, me dieron la posibilidad de trabajar para ver crecer un evento, poco a poco, como deben fraguarse los proyectos que buscan solidez y cumplimiento de objetivos.

Ayer, tras la última sesión de la Semana del Cortometraje, atravesando la ciudad con la melancolía que siempre me acompaña al finalizar un rodaje o la organización de un evento complejo, contemplando las aceras de la Gran Vía desde un taxi, volvió a mí la imagen del coche llegando a la plaza vacía. Mientras miraba a través del cristal, supe que si, que soy muy afortunada, mi coche llegó a tiempo.

Mientras el taxi seguía avanzando entre otros coches me vino a la cabeza la música de «Azzurro» y recordé a Jacopo Chessa, director del Centro Nazionale del Cortometraggio Italiano cantando en la gala de la Semana. Esos momentos singulares que te ofrecen los festivales. Y sonreí cantando para mí mientras atravesábamos la Plaza de España.

Azzurro/ il pomeriggio è troppo azzurro/ e lungo per me. /Mi accorgo/ di non avere più risorse, /senza di te /E allora /io quasi quasi prendo il treno /e vengo, vengo da te, /Ma il treno dei desideri /nei miei pensieri all’incontrario va.

Y el coche llega a casa.

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P.D.: A todo el equipo de la Semana del Cortometraje, que son familia. Queridos todos, muchas gracias por contribuir con el esfuerzo de la Semana a que tantos cineastas intenten llegar a tiempo. La plaza no está vacía. Los coches van llegando, a tiempo.

A J.M. por darme que pensar con su anécdota.

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Un sol brillante detrás del cristal.

La primavera ha llegado para mí con placas en la garganta y antibióticos. Anulada la posibilidad de viajar al festival de Málaga el fin de semana, he estado por primera vez en meses, tres días completos en casa esperando que garganta y fuerzas me acompañen en una semana que se presenta dura de trabajo.

En estos días de lectura, ordenador y sillón, he repasado algunos discos duros de fotos y vídeos de estos últimos años. Todo un recorrido que, aparte de trasladarme a ciudades y paisajes, me ha brindado el recuerdo de los viajes interiores de estos años, reviviendo  momentos cruciales, positivos y negativos, a un ritmo vertiginoso de imágenes -cuánto fotografiado y grabado, cuánto por ordenar, editar, trabajar-.

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Voy a detenerme en estas líneas en la fotografía. No soy fotógrafa, pero como «aprendiz de directora», me gusta buscar encuadres, ángulos. Me gusta extraer de la realidad un plano, el que para mí define un espacio o persona en un momento determinado. La tecnología nos ayuda a crear, a explorar, a inventar. Los terminales móviles actuales son pequeñas cámaras y ordenadores con los que podemos recrear el mundo, jugar. Yo me tengo que declarar jugadora constante de este juego  que sirve para compensar, de alguna manera, en el día a día, la falta de tiempo para sentarme a escribir o a editar el documental que estoy dirigiendo.

El móvil me permite hacer fotografías «al paso» -¡qué maravilla!-, inesperadas, según voy caminando por Madrid o en mis viajes a otras ciudades. Las fotografías no son buscadas, me encuentran. Y ese encuentro ha ido logrando un lugar importante para mí a lo largo del tiempo. Cuando no puedo escribir -siempre insustituible el maravilloso reposo de la escritura- las fotografías hechas desde el autobús o en la esquina de la calle donde trabajo también cuentan historias. La cámara salva la urgencia creativa en esos días totalmente ocupados en los que no queda hueco para nada.

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Algunas de estas fotografías están colgadas en instagram.  Imperfectas, comunican un espacio, un momento. Esos pequeños encuadres, que hoy voy a dejar abiertos a cualquiera que quiera echar un vistazo, son también escritura -improvisada, veloz-. Mis imperfectos haikus en imágenes.

@pilargarciaelegido

Ilustrando el artículo, fotos tomadas en Valencia recientemente.

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Hay muchos lugares de obligada visita cuando se viaja a Roma. Uno de ellos es la Fontana de Trevi, quizás la fuente más famosa de Italia, a lo mejor, del mundo. Todo turista que se precie de serlo pasa por allí. Hace poco viajé a esa ciudad de tantos recuerdos y, como no, fui a la Fontana. Allí, agazapado entre la multitud, estaba Marcelo, el gran Mastroianni, buscando a Anita Ekberg. Le miré, me miró y nos entendimos sin palabras. Era mediodía, él sabía bien que debía esperar pacientemente hasta que la noche recogiese a toda aquella gente porque a altas horas de la madrugada aparecería ella, diosa exhuberante, dispuesta a bañarse de nuevo en la fuente. Marcello, esperaba.

El cine es una herramienta de promoción impresionante, el mejor de los anuncios. Ninguna publicidad puede equipararse a lo que esa secuencia de la película «La dolce vita» ha supuesto para la Fontana di Trevi. Quien quiera difundir un lugar, una ciudad, que apueste por el buen cine.

Caminando Roma encontré un cartel anunciador de una película americana, «La la Land», una imagen que estos días se encuentra en  la fachada de los cines de todo el mundo. Ayer, en Madrid, vi la película.

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El cine estaba, como la Fontana de Trevi, abarrotado. La entrada que conseguí era muy lateral, no quedaba nada más. Y sufrí lo mío al principio de la proyección, pero enseguida, me olvidé.

Aún con Roma en la retina, desde esa butaca lateral viajé de golpe a Los Ángeles y me encontré metida en un gran atasco de autopista. La fuerza de la música, de la puesta en escena de los primeros minutos de la película casi me hace bailar. Impresionante. Magnífica la música de la película, de  Justin Hurwitz.

La ciudad de Los Ángeles tiene una presencia reducida en la duración total de la película y, sin embargo, La la Land, es Los Ángeles. Sus personajes, sus bares, sus diálogos, todo es una representación de la ciudad ofrecida por el director de la película.

El cine y su manera de promocionar lugares. El cine.

En La la Land, puedes estar o no de acuerdo con la idea central que subyace en la película (leo opiniones encontradas), pero más allá de diferencias, es indudable que toda la maquinaria cinematográfica está muy bien engrasada y hay algunas secuencias magistrales que funcionan como un reloj.  El enorme trabajo de producción, puesta en escena, o postproducción consigue trasladarte desde butacas de cines madrileños, a otro mundo, otra ciudad.

Tarareando la canción «City of stars», recuerdo momentos de la película.  Quien no ha tenido sueños, quién no ha rechazado enamorarse de alguien para luego enamorarse locamente, quien no ha tenido problemas en compaginar realidad y sueños, quien no se ha sentido abandonado por alguien en un momento crucial de su vida, quien no ha tirado la toalla en algún caso, quien no ha pensado en lo que pudo haber sido y no fue…, y quien no se deja llevar por la música que tiñe toda la película con notas de emoción. Los mecanismos de identificación con los protagonistas están servidos.

Durante los últimos minutos de la película, soberbios, el director -Damien Chazelle- propone a los espectadores acompañar a los protagonistas en la vivencia de dos historias. Muy hábilmente, aunque hay un final muy claro,  nos propone dos opciones, dos argumentos contrapuestos (no entro en más detalles para no destripar como finaliza la película). Emma Stone y Ryan Gosling -grandes interpretaciones- a esas alturas del metraje somos nosotros, los espectadores de butacas laterales o centradas. Sus posibles historias son las nuestras. Disfrutamos y sufrimos. Y Los Ángeles es un telón de fondo constante, aunque no aparezca. A estas alturas de la película, hemos vivido más de dos horas en esa ciudad, nos hemos convertido en Emma y Ryan en Los Ángeles.

El cine nos traslada, viajamos de su mano, desde nuestra butaca, a lugares que a lo mejor nunca llegaremos a conocer, pero que quizás deseemos visitar tras haberlos descubierto en una película, en una serie, en un documental.

Viajemos a través del cine. Viajemos realmente. Viajemos. Y sepamos que nuestras ciudades, nuestros rincones, nuestras calles, bares y avenidas, las nuestras de verdad, las que vivimos, también merecen muchas películas que las narren.

A S. en su primer año de aventura y esfuerzo. Mil gracias por el día a día.

 

 

 

 

 

 

Una vela. Roja.

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Caminamos las calles estrechas del barrio madrileño de Tetuán con sus construcciones irregulares, atractivas a veces en su fealdad. Las aceras, estrechas, recuerdan el tiempo del rodaje de un corto hace ya mucho. Después de un rato de callejeo y despiste, llegamos a una iglesia, cerrada. Una fila nutrida de gente, espera.

Enciendo la vela.

Tras un rato de animada charla en la cola, abren por fin la iglesia -Nuestra Señora de las Victorias, así se llama-. El espacio es más grande de lo esperado. Ordenadamente nos colocamos en bancos y esperamos la hora de inicio del concierto. La iglesia se llena, cierran las puertas. Vestidos de negro, cantantes y guitarrista, salen por una puerta situada a la derecha del altar y el director del grupo, un hombre de cara simpática, introduce con energía la primera canción de gospel.

Veo la llama de la vela oscilar, como si un viento suave empujase su luz.

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Las voces de los hombres y mujeres del grupo rebosan un ritmo y una alegría que contagian a un auditorio entregado, siguiendo las instrucciones del director que anima en momentos concretos a cantar o a dar palmas. La música y su fuerza para modificar estados de ánimo, para movernos, física y emocionalmente.

La vela roja, resaltando entre las velas blancas.

De repente, vibra el móvil. Lo miras.

No. No. Noooooooo.

La gente da palmas al ritmo que ha marcado el director. Todo el mundo alrededor está animado. Tú lo estabas hace un momento. Te levantas e intentas salir discretamente. El recorrido hasta Bravo Murillo, aún a paso muy ligero, se hace eterno. Las aceras multiplican su longitud hasta que consigues alcanzar la calle y parar un taxi.

Observas la luz de la vela, hipnótica, calmante.

En el trayecto, mientras hablas por teléfono, te fijas en el sol que inunda Madrid. La entrada del hospital parece poco concurrida en este día de Nochebuena. Subes a la planta. Cuando llegas a la habitación crees que ya se la han llevado, pero no, la mujer de la sonrisa (a la que dediqué el post «Una sonrisa») está cubierta por la sábana que tapa completamente su cuerpo, delgado, totalmente debilitado después de la batalla de los últimos días en paliativos. A través de la ventana el sol limpio de la mañana rinde un homenaje de despedida a la bella mujer de la sonrisa.

No puedes dejar de mirar el suave oscilar de la vela.

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Cuando se llevan el cuerpo de la mujer de la sonrisa empiezan trámites y demoras. El dolor de la hermana de la fallecida tiene que esperar. Hay que hacer autopsia, los servicios funerarios del hospital y de la mezquita (la mujer de la sonrisa es musulmana) tienen que ponerse de acuerdo, hay que fijar todos los trámites en un día en el que trabaja menos gente. Al final, morirse también es una cuestión burocrática.

Cuando todo el proceso por fin se pone en marcha, la hermana de la mujer de la sonrisa tiene por delante la tarea más dura: volver a su casa a decir a una niña de once años que su madre ya no está. Pero los niños a veces dejan de ser niños antes de tiempo. Y saben. Ella ya sabe.

Miras el pasado en la luz oscilante de la vela.

Y cuando dejáis a la hermana de la mujer de la sonrisa en ese trayecto que jamás olvidará hacia su sobrina, que dentro de poco tiempo -esperemos- se convertirá legalmente en su hija, regresas a casa. Es media tarde y mientras preparas la ropa para cambiarte e ir a la cena de Nochebuena, recuerdas. Una puerta se abre y ves a tu madre atravesando el umbral para darte la noticia, la que ya sabes, la que esperas.En el mismo momento la puerta de otra casa se abre y otra niña recibe hoy la noticia más dura, la que ya sabe, la que espera. Te recuerdas en aquel momento, atravesando aquel pasillo hacia la edad adulta. En la mujer que eres, en el eje de su fortaleza, también de su debilidad, está el dolor y el reto de aquella niña que se enfrentó pronto a la pérdida.

Y mientras preparas todo para marchar a la cena, que será breve -mañana acompañarás el último recorrido de la mujer de la sonrisa- buscas una vela, roja, y la enciendes, por la mujer de la sonrisa, por su hija, esa niña que, de golpe, hoy es adulta.

Y tu mirada se pierde en la calidez de la luz de la vela.