LUCES

 

Las luces parpadean. Presumen de sus colores ante la admiración de los paseantes de las calles de La Valetta en la noche de un fin de semana de diciembre.

Caminar las ciudades es pensar y pensarse al ritmo cambiante de los pies. Conocer y conocerse en calles, esquinas y plazas; en la mirada del otro.

Mientras camino, observo los arcos de luces de decoración navideña. Sus colores, la disposición de las bombillas, el efecto espacial en la calle. Pero acabo fijando la mirada en un grupo de bombillas de diferentes colores. Luego, me detengo en una bombilla roja, parpadeante.

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En aquella sala se colocaba el árbol encima de un aparador grande, compartiendo espacio con un belén que comprimía cada vez más sus escenas -cada año se añadía alguna figura nueva, pero el hueco era el mismo–.  Alrededor del árbol, recuerdo unas bombillas pequeñas, alineadas en un cable que colocábamos, entre el espumillón y las bolas y adornos, y que una vez acabadas  las Navidades se guardaban cuidadosamente hasta el año siguiente. Colocar esas bombillas era el momento final, el último toque de la decoración navideña de la casa. “No, así no queda bien”. “Hay que subirlo de este lado”.

Las luces del árbol de Navidad de la infancia. Su recuerdo.

Luces. Resplandor. Destellos. Alegría.

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Llegan unas nuevas las navidades  con sus  “sillas vacías” y sus “flores de pascua” -aludo a posts anteriores-. Pero también con luces, que hacían volar la imaginación en la infancia.

Aquellas luces, aquel árbol, aquel belén. Se fueron y se llevaron con ellas a los que, año tras año, colocaban pacientemente sus piezas.

En la pintura, en la fotografía, en el cine, se sabe bien que una luz adecuada puede salvar deficiencias de la escenografía y mejorarlo todo. El decorado de nuestro día a día puede cambiar. Tenemos que convertírnos en directores de fotografía, escenógrafos, atrecistas…  Cada persona tiene que encontrar su “luz”. Cada uno elegirá un foco distinto y lo colocará a su manera. Lo que sirve para una persona, quizás no es adecuado para otra.

Tras el rastro de la luz, mi caminar se dirigió hace unos días a la Valletta. Porque el viaje es una de mis “luces”: cambio, corte con la realidad y búsqueda de caminos. El cine, por supuesto, la lectura, la música, el arte, son otras vías, pero el viaje y su cambio de lugar resulta más radical. Te traslada a otra realidad, te sacude, te sorprende, te cambia.

Hoy, en casa, hay velas que iluminan rincones que habitualmente no cuentan con tanta luz. No hay  luces rojas dando vueltas a ningún árbol, ni belén, ni ningún aparador grande.

Enciendes las últimas velas. Y recuerdas las luces de aquel árbol, lejanas; las de la Valetta, recientes. También las luces de tantas ciudades que te mostraron en mapas las mismas personas que colocaban cada año las luces del árbol, cuando eras muy niña. Has caminado ya muchas. Pero aún quedan muchas por andar, ¡tantas!

Caminos. Viajes. Luces.

¡Felices fiestas a todos! Y luces, caminos y viajes el año próximo y siempre!

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A los que nos guiaron en las búsquedas de la infancia. A los que nos llevaron hacia la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

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