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Cine y escritura

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La semana pasada falté a mi cita con Brihuega, localización de un nuevo documental. Sin embargo, de alguna manera estuve allí. Tuve un sueño extraño.

Oscuridad. Un sobresalto repentino de luz, muy amarilla, como si el sol quemase. Cruces. Voy caminando entre cruces. Miro alrededor. Estoy sola. El cementerio -es claramente el cementerio de Brihuega, inconfundible- está vacío. De repente mi cuerpo parece desdoblarse. Desde la distancia veo que yo no soy yo. Tengo otro rostro, el pelo claro, pajizo, y la cara descompuesta. Alguien me acompaña. Un hombre. Hay una tumba abierta. Camina hacia ella. Va a caer por el hueco. Le agarro, pero tarde. Cae. Me impulsa. Voy a caer también. Antes, veo a lo lejos un toro sentado encima de una lápida  y empieza a llover a cántaros. Y yo sigo ahí, intentando no caer, pero cediendo poco a poco al impulso. No soy yo, pero soy yo. Y unas voces que parecen salir de las tumbas gritan. Es un tono que suena a advertencia. Pero no puedo entender lo que dicen y voy cayendo muy poco a poco.

¿Significa algo un sueño, este sueño? Ni idea.  Con toda probabilidad tiene que ver con la persistencia de una idea, con las dudas alrededor del guion de «Cruces», pero también rondan ahí las ideas de identidad, suplantación, el miedo, la muerte. Los procesos de generación de ideas, de creación, a veces nos asoman  a las preguntas esenciales, a lo nunca resuelto.

Pronto volveré a Brihuega,  a buscar historias, a intentar contarlas. Regresar a La Alcarria, cada vez más, significa volver a casa. En ese cementerio del sueño reposa parte de mi familia, sobre una vega donde reina una tremenda calma.

Mientras, recuerdo a un cineasta que rodó en la localidad una espléndida película y que ha fallecido hace unos días. Hablo de Miguel Picazo, que realizó «La tía Tula». Bastante tiempo atrás fui alumna de un taller impartido por él en el Círculo de Bellas Artes. Su cuerpo grande parecía expandirse al hablar de sus películas. Pasados los años me volví a encontrar con él entregando un premio a Carlos Saura en Cazorla, su tierra, donde estaba retirado. En el final a veces se regresa al inicio. Descanse en paz Picazo y disfrutemos de esa historia que nos escribió con luz de Brihuega.

Desde Madrid diviso la vega de Brihuega desde el cementerio. Veo un toro bajo la lluvia a la vez que recuerdo secuencias magistrales de «La tía Tula».

Regreso en breve a Brihuega, a «Cruces».

 

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TANGER Y MIJAS 473Duermes

hombre grande

La luna se desvela

y vigila el compás de tu aliento

en la madrugada de mis versos.

 

Descansan tus manos

del vértigo del tiempo

tras librar batallas de viento

en las olas de mi cuerpo.

 

Duermes

en el atardecer de heridas

de cristales y lamentos

Pero el amanecer nos aguarda

hombre,

grande,

de la talla  de mis besos.

 

 

Duermes y te siento

niño  / muchacho / hombre / anciano

Y en tus edades te quiero

vestido de sábanas blancas

en la claridad de la luna

esperándome

en las orillas del sueño.

 

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El final es el principio.

La sala de cine vacía, la recepción y la taquilla, desiertas, marcan la melancolía del final.

Hay algo de huida en tus pasos atravesando el umbral de la puerta. Es como si el sonido suave de cada pisada hablase de tristezas y días, como si los ecos de las conversaciones y encuentros de las últimas jornadas en la entrada del cine -alguno, especialmente- reverberasen en las paredes, ya huérfanas de carteles anunciadores.

Un festival genera un mundo alrededor, o distintos mundos.

Qué  difícil el acto de atravesar y cerrar la puerta de la sala de cine ese ultimo día. Las secuencias, sesiones, actos, talleres, encuentros, se dibujan en una película acelerada de recuerdos. Una buena edición, si. Logramos retos interesantes. Pero hay que soñar con el horizonte. Con avanzar.

Queda en la sala de cine el eco de la voz del presentador; el sonido, hermoso, de las películas; de la animada entrada del público; los ojos llorosos de algún director; la entrega al aplauso de los espectadores; el desparpajo de unas niñas presentado su película; las manos entrelazadas de una pareja madura acariciándose en el silencio de la sala; imágenes clavadas en la retina en este final del festival.

Y la noche es más noche al salir.

Y el centro parece desierto cuando entras en el coche y observas de reojo la fachada de sala, los fantasmas de la emoción, del público.

La ciudad no te mira, mientras atraviesas calles y plazas.

Y sientes el vértigo del tiempo -pero, ¿ya ha pasado una semana/Semana?

Regresarán días de luz y proyecciones. El final nos lleva al principio… De otro festival, del disfrute, de la intensidad.

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Nota: Muchas gracias a todos los espectadores, directores, equipo de la Semana del cortometraje. ¡Muchísimas gracias!

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Tú no eras tú
Yo no era yo

Infinito juego de espejos
barreras del deseo
Horizonte oculto tras postizas caretas de indiferencia

Y el mar, ahí
Y lo queríamos

Naúfragos de balsas de vida
Agarrados a escuálidas tablas de resistencia
Escondiendo cada gesto
bajo mil sombreros de indiferencia

Y el mar, ahí
Y lo queríamos

Un día te atrapó una nube,
y tu vuelo dejó sombra en el mar
Tú fuiste tú
Y yo fui yo
nadé hasta  que llegó la última ola

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Me recuesto y veo las nubes que atraviesan hoy el cielo de Madrid. Tienen un efecto relajante, tranquilizador. Te llevan en viaje imaginario a otros espacios, a la búsqueda de un relato, de la palabra para esa frase que no termina de cerrarse, de la solución para ese plano que no acaba de montar con el anterior… las nubes y el amor, eso es otra historia.

De niña miraba nubes con mi padre -veo ahora su máquina de escribir, detrás del ordenador -, imaginábamos figuras extrañas en las barrigas enormes de esas amigas fugaces. Vuelvo a ser niña observándolas e imaginando historias. También miro las nubes buscando un efecto relajante. Hay problemas, estrés, pues a poner la mente en blanco y observar el paso hipn’otico de las nubes.

Correos, llamadas, mensajes, redes sociales… poner en marcha un festival recuerda siempre el inicio de un rodaje. Llegado este momento, uno siempre piensa que querría huir a las Antípodas y, a la vez, no puede dejar de chequear, contestar, adelantar, prever, avisar… de buscar la mejor solución para cada uno de los mil pequeños detalles por concluir, de las dudas que van surgiendo.

13 años. Han pasado 13 ediciones de la Semana del Cortometraje por mi. Gran parte de su historia, que comenzó en 1999 (¡gracias, Antonio Delgado, por poner en marcha el proyecto!). Han pasado muchas cosas en el mundo -¡tantas!-, y también en mi vida (cambios/proyectos/muertes/amores y desamores/ el tiempo, complicándolo todo).  En sus inicios la  Semana era una muestra de cortometrajes -los subvencionados por la Comunidad de Madrid- y se ha convertido en un festival/evento que se celebra en 66 municipios con actividades de todo tipo  (talleres, encuentros profesionales, foros, charlas,  colaboraciones numerosísimas). Veo el programa actual y pienso en las pocas hojas que tenía en aquellos inicios. Los proyectos culturales -probablemente también todo tipo de todos-  tienen que crecer poco a poco, probando equipo, programación, promoción… testándolo todo. La consistencia nace de una experiencia que se va mejorando, corrigiendo, anulando los elementos que no funcionan, probando y cambiando aspectos de acuerdo con los cambios del sector. Es todo complejo. Fascinante, también. Y siempre hay un elemento sorpresa: el público.

En un festival uno está y no está. Es responsable, pero el proyecto no es propio y esto es un elemento que a veces se confunde. El equipo es esencial. Los objetivos anuales son un horizonte necesario. La selección de fechas es crucial. La programación tiene que mirar al público y seducirle, combinando la audacia con la prudencia (¡tan difícil!). La promoción siempre es sorprendente, lo que funciona un año, al siguiente es baldío. Y el festival crece y tú creces con él y un día miras hacia las nubes y ves pasar 13 años y sumida en el recuerdo de tantos momentos y anécdotas, de repente, una voz desde la televisión habla de un festival. Agudizas el oído y entonces escuchas que hablan de la Semana del Cortometraje y la nube que pasa parece esbozar una sonrisa. El festival sigue creciendo.

Pero mañana comienza. Dejas el sillón y vuelves al ordenador… ¡Tanto por hacer!

Muchas gracias a todo el equipo, a todos los compañeros de la Comunidad de Madrid que colaboran en este proyecto que mueve la ilusión de tanta gente. A por la 18ª edición

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ojalá que la tierra no te bese despacio.. Ayer en una pequeña sala de Caranbanchel asistí a un monólogo de un actor, amigo. Viví desde la primera fila su esfuerzo por componer el personaje, por crear, por hacer creer a los espectadores su historia. En un momento de la obra suenan los acordes «Una mujer con sombrero» de Silvio Rodríguez y viajo mentalmente a mi querida Habana. Al final los caminos nos conducen siempre a los espacios y momentos que han sido motor y cambio. Y hoy, la inercia me ha hecho estar tarareando mentalmente a Silvio, otra canción… Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda… Ojalá que se acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta…ojalá pase algo que me borre de pronto… ojalá pase algo…una luz cegadora… en todos los segundos, en todas las visiones.

Y así con esa letanía, que hacía mucho que no recordaba, girando en mi cabeza y un día de no parar, entre tarea y tarea, pienso en la creación. ¿Qué lleva a un actor a arriesgarse en un monólogo de una hora? ¿A un escritor a lanzarse al vacío en un poema? ¿A un cineasta a tirarse años levantando un proyecto?

Cada cual tendrá que responder como pueda. Para mí la respuesta llegó en el Malecón de La Habana. Allí supe que en mi horizonte siempre estaría el cine, cuando decidí levantar por tercera vez, debido a problemas técnicos, un rodaje (el de «Confluencias») por el que nadie daba un duro. Allí supe que sin la intensidad de esa emoción que es la creación (y todo lo que supone en el caso del cine), la vida quedaría vacía.

La creación es como la respiración. Si no está, viene el ahogo. La creación es salvación, te libra del abismo, a veces hundiéndote un poco, para luego liberarte. Crear es juego y sombra. No hay manual de instrucciones. Es maravilloso y también tremendamente cruel. Un viaje interminable a las profundidades de uno mismo, de los demás, del mundo. Crear, intentarlo, es emprender un viaje a un horizonte al que nunca se llega.

En estos días en que preparamos la Semana del Cortometraje y vivimos alrededor la energía de tantos creadores, solo podemos sentir agradecimiento por tener tan cerca la vida y las historias de tantos compañeros del cine que, con su aliento, nos hacen cada día creer de nuevo que la magia de la creación -en cualquier disciplina- siempre nos lleva a caminos mejores, aunque el trayecto no siempre sea cómodo.

Creer creando. Crear creyendo.

CREAR. CREER.

 

A Juan. A su esfuerzo, al que hará durante la Semana del Cortometraje.¡Muchas gracias! 

 

En el camino a casa, un autobús varado en un atasco me obliga a un respiro largo en el que leo las noticias del día.

Las líneas curvas de la obra de Zaha Hadid, fallecida hoy, sobrevuelan las aceras de la Gran Vía, repletas de rostros desdibujados por la prisa del paso, y también por alguna mancha en el cristal. Observando las fotos de su obra en el móvil pienso que si no sintiese pasión por el cine y  la escritura, la arquitectura sería mi opción. Me fascina asomarme al mundo de creación de los arquitectos. Ojalá uno pudiese vivir varias vidas y tuviese oportunidad de transitar distintos mundos profesionales, distintos espacios, conocer, profundizar, probar, revivir. El tiempo ha transcurrido en ese encierro revisando la impresionante obra de Hadid. Después de un rato, he repasado otras noticias y he llegado a la información de la muerte de Kértesz.

Sobrevivir a Auschwitz. «El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización», leo esta frase del Nobel húngaro y regreso en el recuerdo a la entrada de Auschwitz en una visita, un día de nieve de 2015. Algo te sacude, sientes una mezcla de vértigo, asco, verguenza… una sensación de repulsa que recorre cada centímetro de tu cuerpo (y decides grabar desde esa emoción, en el aquí y ahora). En un sentido opuesto, tiene algo que ver con la visceralidad del amor, con ese sentimiento incontrolable  que te sacude, literalmente, al ver a la persona que amas y que te eleva, pero a la vez te hunde, en el espacio diminuto que ocupan tus pies. Y en ambos casos, con la tremenda sacudida, la respiración se entrecorta, el cuerpo es pura tensión. Y reaccionas. O no.

La palabra fue probablemente bálsamo y cura para Kértesz. Palabra que traslada el testimonio de su vivencia en el campo de concentración. La constatación del horror. Queda la memoria. Queda la palabra.

La línea, la estructura, el espacio fue el mundo de Hadid. En los paisajes de la arquitecta, tan diversos, se dibujan los planos de lo que probablemente quedó por hacer, la sombra de las construcciones que le sirvieron de inspiración. ¿Se conocieron, siquiera remotamente, Kértesz y Hadid en vida?

Morir a la vez  que otros tiene algo de enigma. Ojalá pudiese haber encuentros en ese tránsito al no ser. Viajar de la mano de alguien que abandona el barco en el mismo momento. Ojalá en ese trayecto de mares extraños se pudiese hablar de palabras, líneas y espacios sin la estúpida tensión de un autobús varado en la Gran Vía, esperando que el paso del tiempo haga que el trayecto continúe.

 

 

 

 

 

 

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Hay espacios que asociamos a un momento. Son ese momento, aunque cambien tiempo y circunstancias.

La incipiente primavera suaviza el paisaje recio de la Alcarria. Esta mañana he vuelto a asomarme a los colores de la hermosa vega de Brihuega en busca de unos primeros planos de referencia del documental «Cruces», de sus protagonistas.

Todo es un volver a empezar en cada proyecto, como en la vida. Al llegar a Brihuega me aguardaba la triste noticia de la muerte de la persona en la que yo pensaba para abrir el documental, a quien lamentablemente  no tendré oportunidad de conocer. Descanse en paz, en el maravilloso cementerio de la localidad.

El inicio de una obra marca todo su desarrollo. En el comienzo de «Cruces», el documental que preparamos, el futuro espectador nunca sabrá que la historia iba a ser otra. Solo nosotros conoceremos los hilos narrativos que pudieron ser y no fueron . ¿Cuántas secuencias de cada película no han llegado a buen término? ¿Cuántas mejoraron / empeoraron con los cambios? Todos los proyectos audiovisuales están sujetos a modificaciones constantes, algunas insignificantes, otras de calado. Iniciar un proyecto es subir a una montaña rusa que no finaliza hasta que se cierra su distribución. Pero los cambios no pueden vivirse como una tragedia, como una losa, tienen que ser un incentivo para bucear en las entrañas de la historia. En el documental este aspecto se multiplica exponencialmente.

Ahí estaremos, indagando, buscando rumbos, personajes, tramas. Esta primavera, a ratos, nos espera La Alcarria.

Sí, hay espacios que asociamos a un momento. Hace mucho tiempo, en un día de invierno, en el cementerio de Brihuega, viví la experiencia del entierro de un familiar. Aquel fue el primer entierro al que asistí en mi vida. Cuando la tierra empezó a caer sobre el féretro, tuve que alejarme para aliviar la sensación de vértigo que me invadía. El paisaje de la vega, al otro lado, actuó como un bálsamo. La calma absoluta llegó de golpe tras la tempestad mientras la mirada recorría la belleza del panorama.

Buscaremos la historia, la belleza, la vida. Buscaremos «Cruces».

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Hoy es el Día de la Poesía -me recuerda un amigo por whattsapp-. No creo en los «Días de», pero parece más interesante un Día dedicado a la Poesía que a otra cuestión.

Salgo tarde de trabajar y en el camino a casa, bajo la lluvia, pienso en el inmenso poder de la palabra. Al final, queda la palabra -aunque el cine esté casi siempre, en mi caso-. En los momentos vitales más duros un poema, un relato, la voz de otro a través de la literatura se convierte en un eco que reverbera cierta calma.

Ítaca de Cavafis es mi particular refugio. Sirvió de lejana inspiración a «Confluencias» y, pasado el tiempo, también lo encuentro en el germen de «Cruces», si todo va bien, mi próximo documental. Porque ojalá sea largo el camino, pero siempre se vuelve al lugar de partida y, en esta ocasión,  con «Cruces», regresaré al origen de algunas de las personas más importantes de mi vida, que es mi origen, aunque el tema a tratar casi nada tenga que ver.

La vida es un camino de idas y regresos al comienzo, a esos lugares donde creció nuestra mirada, donde aprendimos la respiración. Y en mis viajes vitales, de fondo, de cuando en cuando, regreso a la Ítaca de Cavafis. Estos días vuelvo a las orillas de esta vieja amistad.

A los Lestrigones, a los Cíclopes

o al fiero Poseidón no temas

Haremos caso al maestro. Dejemos que su poema nos regale la noche.

 

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca

ruega que sea largo el camino,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

A los Lestrigones, a los Cíclopes

o al fiero Poseidón, nunca temas.

No encontrarás trabas en el camino

si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita

la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,

ni al feroz Poseidón has de encontrar,

si no los llevas dentro del corazón,

si no los pone ante ti tu corazón.

Ruega que sea largo el camino.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que – ¡con qué placer! ¡con qué alegría! –

entres en puertos nunca antes vistos.

Detente en los mercados fenicios

para comprar finas mercancías,

madreperla y coral, ámbar y ébano,

y voluptuosos perfumes de todo tipo,

tantos perfumes voluptuosos como puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

para que aprendas y aprendas de los sabios.

Siempre en la mente has de tener a Ítaca.

Llegar allá es tu destino.

Pero no apresures el viaje.

Es mejor que dure muchos años

y que ya viejo llegues a la isla,

rico de todo lo que hayas guardado en el camino

sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te ha dado el bello viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

No tiene otra cosa que darte ya.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado,

sabio como te has vuelto con tantas experiencias,

habrás comprendido lo que significan las Ítacas”

 

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Esas mañanas de sábanas blancas y aroma de primavera.

Esos momentos en que no eres nadie ante el otro, en que el otro no es nadie ante ti, dos mundos extraños que se acercan y sueñan.

Esa luz que nace a lo lejos en amaneceres que no terminan de llegar.

Esa mirada que se asoma a la tuya y pregunta en silencio.

Esa respiración que agota el tiempo, que se cruza con el latido extraño de tu recuerdo.

Esa sensación de haber vivido un momento otras veces, en otra vida, en otro espacio.

Esa luz que deja el eco de una palabra apenas susurrada.

Esa hermosa verdad de descubrirse en el otro.