lacalledelavida

Cine y escritura

E3F62DCA-F3D2-4DE9-8029-E38D2304528A.jpegLas luces y la noche de repente son claridad, agua y arena. Amanecer y silencio en el estruendo del tráfico.

No eres nada. Un cuerpo que se transforma en aire.

Eres todo. El viento que se convierte en sonrisa. La mirada que vuela.

No hay límites. Tú eres yo y él. Todo y todos a la vez. Y volamos, en el silencio y en el tráfico. En la nube frágil. Volamos. Somos el mundo cambiante o inmóvil. Una elección. Un conjunto casi infinito de elecciones.

Nada vale. Todo importa. El tiempo se detiene en el brillo de la mañana, en el café, el paseo consciente, la sonrisa en el silencio, la generosidad en el agotamiento de las horas. El frío y el calor, el bizcocho y la tortilla, el cuidado de alguien, la conversación inmensa, la imaginación del otro. Conocer, avanzar, creer, crear. El ruido como noria que se transmuta en silencio. Amarse y amar. Descubrir el instante. Una sombra en el sol. Gazpacho y cocido. Limón y aguacate. La página abierta de un libro. El ritmo mágico de un puñado de notas.

Juntos. Tú, yo, él. Andamos hacia el mar que alcanza el caminar de tu pie atravesando la arena. Y ahí, justo ahí, en ese límite fugaz entre tierra y mar te  regalo un pensamiento. Fugaz, vibrante y eterno. El roce de este puñado de palabras en la retina. El sentimiento que quede flotando en la estancia de tus recuerdos.

Navega. Vuela. Álzate y emprende viaje. Tu viaje. Te regalo el sonido de estas sílabas entre ola y ola. Entre luces, guirnaldas y brillos, entre la música del agua y el salitre.

No es Navidad. O quizás sí. Solo importa el mar, la arena que pisas, el brillo del tiempo.

Corre. Disfruta el camino. El futuro está cerca.

Feliz vida.

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Una mirada. Un paisaje. Una noticia. Un encuentro. Un suceso familiar, cercano o lejano. La lluvia que cae ahora mismo al otro lado de la ventana.

Ahí está, y en otros infinitos lugares. El origen de la creación. El nacer de una historia. Ahí, donde empieza todo: el teatro, una novela, una pintura, una melodía, el grito de un poema, el riesgo de una película.

Todo está alrededor. Todo está en uno mismo. El latir de las historias.

Pero antes, la necesidad de contar. Tan antigua. Porque el ser humano “es” en relación a los otros. Y, entre medias, en el límite entre tú y el otro, las historias propias y ajenas. Relatos -en cualquier formato- que comunican, enseñan, entretienen, mueven a la reflexión, a la emoción, a la empatía, al asombro… al sueño y la vigilia. A crecer.

Somos las historias que nos contaron, las que contamos.

Cuando creamos, retratamos nuestros mundos, incluso adaptando las historias de otros. Y el mundo crece con la creación de todos.

Mirando el caer de las gotas de lluvia en el cristal pienso en las historias en el cine, su complejidad. Escribir para la imagen. Escribir para que otros interpreten y lleven a la pantalla tu historia. La enorme generosidad del primer creador de una película: el guionista.

Secuencias de lluvia, de tormentas en parajes recónditos, en el centro de las más abigarradas urbes… en el origen, quizá, una tarde de domingo cualquiera en que el guionista mira por la ventana.

Apasionante el origen de cualquier creación pero estos días, mientras preparamos una semana muy dedicada al guion – Encuentro de Desarrollo de Guiones y MadridCreaLab- pienso en el doble salto mortal de los guionistas que desconocen el destino final, cómo equipos amplios de profesionales, serán capaces de poner en escena esas páginas escritas con tanto esfuerzo.

Qué gran suerte. Esta semana viviremos en el lugar DONDE NACEN LAS HISTORIAS, las del cine.

Y sigue la lluvia.

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0C791FAF-BC0C-4917-B97C-529813A1D248Más allá del espejo… la otra vida.

Luces entre los arcos.

Sombras en el espacio alargado e infinito.

El sí y el no. El quizás. El puede ser, en otra ocasión.

Pero no, definitivamente es ahora, en este momento.

En una tarde gris adornada de sonidos de lluvia.

Es ahora,  el tiempo de mudar la piel.

Ser lo que sé es.

Nada más. Nadie más.

De forma desnuda y tajante.

Más allá del espejo… la levedad de una imagen. Que se desvanece y se nubla. Que aparece y se esfuma.

El espacio que nos habita. Nos derrumba y empuja. Nos hace crecer.

Ahora soy un patio con arcos que da a un jardín.

Me veo a través del espejo caminando cada metro como un territorio de infancia. Tan conocido y tan ajeno. Pero no, tan propio que conozco cada baldosa, cada hoja que cae suavemente sobre la fachada, frondosa.

Jugar en el jardín. Rescatar el jardín. Soñar el jardín.

El que no se ve, detrás de las columnas.

Más allá del espejo, esperándonos, la vida.

Las manos y la fascinación de sus gestos.

Que acarician. Que pegan. Que sujetan.

Que tejen, escriben, rasgan, tocan, arañan, susurran.

Los dedos bailando en el aire. Abanicando el sentir del hoy, quizás el de mañana.

La conversación sin palabras. El gesto que asiente. El que contradice. El que refuerza. El que duda.

Somos palabra en cada movimiento de nuestras manos.

La mirada nos define. El movimiento suave, vertiginoso, oscilante, sensual, cálido o gélido del volar de nuestras manos, también.

Esta madrugada distraigo el dormir revisando fotos hechas con el móvil en un viaje reciente a Zamora.

Me descubro fotografiando manos en esculturas y pinturas. Cada fotografía, cada mano, contando una historia. Allá van unas cuantas.

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Somos manos que relatan.