lacalledelavida

Cine y escritura

 

Despierto a otra luz, al color de un lugar que no es el mío. Otra ventana. Otra cortina. Otra ciudad. Y pienso en caminar. Recorrer la ciudad. Pasear sus calles. Detener la mirada en puertas y ventanas. ¡Cuántas cosas cuentan las puertas y las ventanas de las ciudades! Observar el andar de la gente, las paredes chillando colores que no son de mis lugares. Amarillos, morados, naranjas, rojos, colores que recorren esta ciudad que aún no he caminado.

Quizás aún sueño. Quizás aún dormito en el avión y sueño lo que vendrá. Pero no, camino por la ciudad y recorro lugares ya conocidos y me detengo en fachadas que ya captaron mi atención un año más.

Me pregunto si estoy escribiendo un diario o jugando con mis impresiones y saltando de lo real a lo ficticio, confundiendo presente, pasado y futuro.

Quizás hoy el desorden es jetlag. Quizás mañana venga el orden. O no. Mejor dejar que cada día la forma nazca de la emoción por lo vivido. Quizás este diario sea una interrogación en cada entrega.

La ciudad camina. Yo camino. Y las imágenes van pegándose unas a otras en el ordenador casi espontáneamente.

La mañana se ha convertido en madrugada y sigo caminando esta bella ciudad desde la habitación, con el ordenador colocado sobre las piernas mientras el sueño me abate.

Soñemos ciudades de colores. Soñemos la libertad de caminarlas lentamente con la mirada y la imaginación abiertas.

Mañana será otro día. Por aquí nos encontraremos.

¡Bienvenidos a Guanajuato!

 

 

 

 

Cerrar la maleta. Pasar de la preparación a la acción. Días por delante y la promesa del viaje: conocer y conocerse. El viaje interior paralelo al trasiego de aviones, ciudades, carreteras y gentes por venir.

Madrid pasa al otro lado de la ventanilla, pero la ciudad querida se desdibuja porque los paisajes de futuro empiezan a imaginarse y a cobrar realidad en la retina. Las calles conocidas parecen transformarse en los colores y olores de otro continente, de un país apenas conocido en un viaje anterior. Vuelven los recuerdos de días de amistad y grabaciones. Regresamos y el olor de las ciudades por venir impregna el día madrileño.

El coche parece ralentizar su recorrido a través de edificios, puentes y bifurcaciones. Madrid va quedando atrás.

La maleta va cargada por el presente de un nuevo documental que viaja a iniciar su recorrido de proyecciones  en el lugar donde se grabó. Volvemos al jardín. A un jardín donde hemos pasado buena parte del tiempo libre del otoño y del invierno desde una mesa de edición. Allí,  nos perderemos la maleta y yo. Quizás alguno de vosotros nos queráis acompañar a la aventura de este breve diario que a veces será escritura, a ratos imagen, en ocasiones también voz.

El viaje se inicia. ¿Venís?

 

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He muerto y he resucitado

Borroso. Indefinido. Blanco.

Una cortina que parece de papel suave cubre la camilla. Gente al otro lado. Hablan. Piden instrumentos. Comprueban constantes.

Con mis cenizas un árbol he plantado

La cortina deja abierto un pequeño hueco que permite ver parte del espacio. Limpio. Aséptico. La mirada, inquieta, va recorriendo el espacio. Todo deja de ser borroso y se va definiendo la realidad del quirófano.

Su fruto ha dado

Y desde hoy, algo ha empezado

Suave, una canción deja su letra entre las conversaciones de médicos y ayudantes. Una canción de los ochenta. Tanto tiempo sin escucharla.

He roto todos mis poemas

los de tristezas y de pena

Si, he roto algunos poemas. Tiempo atrás. Pero en el regreso, crear será una palabra eje, la palabra. Nacerán escritos, se retomarán películas no acabadas. Un jardín será el inicio del regreso al audiovisual. Siempre regresando. Siempre en viaje de ida y vuelta entre el cine y la palabra.

Ayùdame y te habré ayudado

Despierta, en un quirófano, mientras mi muñeca -no siento el brazo-, abierta, se expone al hacer del equipo médico, escucho atentamente la canción. Es un regreso. A esa música. A mí misma. Ayúdame y te habré ayudado. El brazo se recuperará. Ayúdame. La operación es fácil. Tres meses de rehabilitación, dijo ayer el médico. Te habré ayudado. Quizás.

Que hoy he soñado 

En otra vida, en otro mundo

¿Sueño? ¿Es realidad este quirófano? Esta cama, esta cortina. ¿Es la realidad borrosa cómo la veía hace un momento? ¿Es esto el mundo, mi mundo? Vuelvo. Regreso de otro lado. Regreso.

Ya no persigo sueños rotos

No, no hay sueños rotos. Solo sueños que a veces se interrumpen. A seguir, con la creación, con la vida.

A finales de abril me operaron de una fractura de radio y en el quirófano sonaron canciones. Esta fue la primera canción que escuché en mi despertar. Vuelvo a escribir, aún con cierta dificultad. El verano terminará de traer la recuperación. Regresamos.

¡Buen verano a todos!

 

Nota: Pero a tu lado es una composición de Enrique Urquijo, interpretada por Los Secretos

IMG_6945El semáforo cambia a verde y su color contrasta con el rojo de sangre y fuego del atardecer.

Contrastes. Un tono que destaca en el firmamento rojizo.

Hoy es fin de año. Un día que no es diferente a otro pero al que socialmente se ha atribuido un sentido en el desarrollo de estos períodos llamados años que marcan temporalmente nuestra vida.

En el final de este ciclo de 365 días os deseo que, como en la foto, seáis luz que rompe la monotonía de vuestro entorno. Cambiar el mundo de abajo arriba será imposible, pero arrojar brillo en nuestro día a día y en el de los más cercanos parece una obligación razonable de presente y de futuro, por nuestro propio bienestar y el de todos.

Las luces brillan y alumbran especialmente lo más cercano. Qué maravilla contemplar con más ímpetu la hermosura del mundo que está a la vuelta de cada esquina. El lado oscuro se debilita por el impacto del haz de luz -fuerce, preciso, con objetivos-.

Arrojar luz en las tormentas cotidianas, a veces huracanadas. Nuestras sombras, nuestros miedos, son los peores enemigos.

Y cuando no haya posibilidad de que nuestra luz alumbre ningún camino, arropémonos al abrigo de los que han recorrido senderos difíciles y atravesado continentes antes de nosotros, en los maestros de tantas disciplinas. Encontremos luz en bibliotecas, museos, centros culturales, teatros… y, por supuesto, en los cines. Dejémonos llevar por la emoción, imaginación y pensamientos al abrigo de una pantalla de cine. La palpitación de las historias, la confrontación con los personajes, la vida inventada de la pantalla. Permitamos que nos traspase el aliento.

Que el cine y la cultura sean compañeros de viaje esenciales de este año que comienza.

Feliz año, feliz vida. !Un 2018 DE CINE para todos!

 

 

Las luces parpadean. Presumen de sus colores ante la admiración de los paseantes de las calles de La Valetta en la noche de un fin de semana de diciembre.

Caminar las ciudades es pensar y pensarse al ritmo cambiante de los pies. Conocer y conocerse en calles, esquinas y plazas; en la mirada del otro.

Mientras camino, observo los arcos de luces de decoración navideña. Sus colores, la disposición de las bombillas, el efecto espacial en la calle. Pero acabo fijando la mirada en un grupo de bombillas de diferentes colores. Luego, me detengo en una bombilla roja, parpadeante.

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En aquella sala se colocaba el árbol encima de un aparador grande, compartiendo espacio con un belén que comprimía cada vez más sus escenas -cada año se añadía alguna figura nueva, pero el hueco era el mismo–.  Alrededor del árbol, recuerdo unas bombillas pequeñas, alineadas en un cable que colocábamos, entre el espumillón y las bolas y adornos, y que una vez acabadas  las Navidades se guardaban cuidadosamente hasta el año siguiente. Colocar esas bombillas era el momento final, el último toque de la decoración navideña de la casa. “No, así no queda bien”. “Hay que subirlo de este lado”.

Las luces del árbol de Navidad de la infancia. Su recuerdo.

Luces. Resplandor. Destellos. Alegría.

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Llegan unas nuevas las navidades  con sus  “sillas vacías” y sus “flores de pascua” -aludo a posts anteriores-. Pero también con luces, que hacían volar la imaginación en la infancia.

Aquellas luces, aquel árbol, aquel belén. Se fueron y se llevaron con ellas a los que, año tras año, colocaban pacientemente sus piezas.

En la pintura, en la fotografía, en el cine, se sabe bien que una luz adecuada puede salvar deficiencias de la escenografía y mejorarlo todo. El decorado de nuestro día a día puede cambiar. Tenemos que convertírnos en directores de fotografía, escenógrafos, atrecistas…  Cada persona tiene que encontrar su “luz”. Cada uno elegirá un foco distinto y lo colocará a su manera. Lo que sirve para una persona, quizás no es adecuado para otra.

Tras el rastro de la luz, mi caminar se dirigió hace unos días a la Valletta. Porque el viaje es una de mis “luces”: cambio, corte con la realidad y búsqueda de caminos. El cine, por supuesto, la lectura, la música, el arte, son otras vías, pero el viaje y su cambio de lugar resulta más radical. Te traslada a otra realidad, te sacude, te sorprende, te cambia.

Hoy, en casa, hay velas que iluminan rincones que habitualmente no cuentan con tanta luz. No hay  luces rojas dando vueltas a ningún árbol, ni belén, ni ningún aparador grande.

Enciendes las últimas velas. Y recuerdas las luces de aquel árbol, lejanas; las de la Valetta, recientes. También las luces de tantas ciudades que te mostraron en mapas las mismas personas que colocaban cada año las luces del árbol, cuando eras muy niña. Has caminado ya muchas. Pero aún quedan muchas por andar, ¡tantas!

Caminos. Viajes. Luces.

¡Felices fiestas a todos! Y luces, caminos y viajes el año próximo y siempre!

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A los que nos guiaron en las búsquedas de la infancia. A los que nos llevaron hacia la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

IMG_1011La carretera se extiende hacia Madrid. En el trayecto pienso en el regreso, en los regresos. Al otro lado del cristal la tarde refleja colores que apuntan hacia en otoño en los queridos campos de La Alcarria. Quizás aún no he regresado del verano, del color en el otro lado del mar.

México aún está. Como estuvo Cuba, el país más querido, el que me ha dado el cine.

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Veo fotos de amigos que aún permanecen allá y que lloran su inminente regreso. Y recuerdo, una localidad pequeña, Juventino Rosas y a Sshinda, que hace juguetes que son sueños infantiles. La playa de Platanitos y uno de los mejores baños de mi vida, rodeada de amigos mexicanos, en Tepic, donde acudimos a ver una feria que hacían los indios huicholes, que mostraban su cultura y una artesanía prodigiosa. Una de sus pulseras me acompaña desde entonces.

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Recuerdo el coche de Gabriel, siempre sonriente, siempre atento, siempre con nuevas ideas de rutas, para posibles grabaciones. Y el camino hacia un desayuno muy especial el día de mi llegada con gente encantadora que me mostraría un lugar que me impresionó tanto que allí terminamos grabando la última semana, porque tenía que ser así. Un lugar te golpea la emoción y sucumbes al trabajo, la cámara, la búsqueda y lo que haga falta.

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Los recuerdos se acumulan. Una mañana en la que fuera casa de Trotsky, impactante. Algo  retiene a los visitantes en aquel lugar. Una tarde en Coyoacán, entre risas y amigos. La ciudad universitaria de México, sencillamente impresionante. El Zócalo y sus alrededores, qué decir. Calles desiertas en la noche, que cae de golpe en Guadalajara. La maleta que va y viene en los autobuses mexicanos, estupendos. Tantos paisajes grabados tras el cristal. Las madrugadas pensando en cómo rodar una historia que, en gran parte, aún no sabemos.

Y todo se condensa en un amanecer espectacular el primer día de la grabación. Contemplar lentamente como la luz cambia. Morado, naranja, amarillo. Quizás una grabación sea simplemente eso, saber observar cómo la luz, los elementos, cambian. Saber dirigirlos, a veces, para favorecer el cambio.

Y grabé. Y sentí. Y regresé, pero no regresé. Porque este ordenador, desde el que escribo, guarda los planos de la historia que esperamos ver crecer. Desde dentro. Del ordenador. De mí.

No he regresado de México. México ha viajado conmigo.

En un tiempo espero que conozcan la historia de un jardín. Ahí lo dejamos. Mientras, de vez en cuando, escribiré sobre alguno de los lugares que he conocido por allá. Si me permitís, para mitigar el recuerdo.

A veces los regresos son así. No llegan a ocurrir.

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Si pudiera hablar te diría que mi luna te espera, que me persigue  el aliento de tus sueños de niño grande y me sangra el alma cada vez que la madrugada vence los cristales de la espera.

Marcharé lejos. Mañana volveré al camino y acabará el tiempo de lo que no llega. Mañana será aire, adiós, distancia.

En el equipaje, repleto, viajará mi agotada espera.

Duerme hombre grande, que el mar sea tuyo, que el viento borre mi pena.

Hasta otros mundos de azúcar y canela.

Adiós.

 

 

 

 

México es hoy una carretera que avanza entre montañas verdes.

Nubes suaves aprietan el horizonte y dejan hueco a unos pocos rayos de sol que esparcen aquí y allá su luz anaranjada en el paisaje.

Todo por delante. Ciudades, historias, grabaciones. La vida intensa, a veces surrealista de este país enorme.

La ilusión de un primer viaje -nunca antes visité México- es inigualable. Podré volver o no, pero nunca sentiré el impacto de este primer viaje.

Escribo estas líneas mientras viajo en un autobús entre Guanajuato y México DF.

Guanajuato, ciudad bella, tranquila y turística, ha sido una entrada suave a este país impetuoso, de fuertes contrastes.

Alguna persona que he conocido en Guanajuato espera conocer mi impresión de la Ciudad de México a mi regreso. Porque el viaje mexicano comenzó y acabará en Guanajuato. Veremos. Todo por descubrir.

He tenido la fortuna de grabar a algunas personas interesantes en Guanajuato. Personas humildes, especialmente, que sorprenden con su saber estar y un excelente dominio del lenguaje en las grabaciones. Generosas y “platiconas”, como dicen por aquí.

Un aprendizaje. De cómo usar la cámara en investigaciones antropológicas, hablamos brevemente en una charla con alumnos de la Universidad de Guanajuato. Al final de la charla, concluimos que, más allá del conocimiento o la técnica, es necesaria la pasión, en el cine, en la investigación, en la vida. La pasión que te impulsa a vencer obstáculos, a ir más allá, a arriesgar, a seguir. A vivir sin dejar pasar los días.

Apasionadamente observo el paisaje mexicano que viaja al otro lado de la ventanilla..

Mucho por recorrer, por grabar y por vivir en México, aunque el reloj del regreso avanza rápido.

 

 

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Estrenar una película es ofrecerla al mundo, dejar que ande su camino, acompañarla al comienzo de la vereda dándole la mano para ir observando como se pierde en los vericuetos de los senderos, entre luces y sombras.

“Ventanas”, el último documental que he cerrado (hay otros en distintas fases que esperan su terminación) no tuvo estreno. Por mi trabajo decidí que no se iba a estrenar en Madrid -especialmente en Madrid-, tampoco en ningún sitio.

Dejé este trabajo en medio del sendero, en la sombra. Sin embargo, salió de esa penumbra cuando fue nominado al Goya al Mejor Cortometraje Documental.

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Pasado un tiempo, rescato “Ventanas” de su camino, para ponerlo a disposición de quien quiera dedicar 15 minutos de su tiempo a verlo.

Es mi trabajo más pequeño, también el más personal, el que me arrebató la emoción a la entrada de Auschwitz en una mañana de nieve en abril. “Ventanas” trajo a mí el convencimiento de que la idea es más importante que la sofisticación técnica, de que contamos ahora mismo con herramientas simples que nos pueden ayudar a contar cualquier historia. Un ipad puede ser un aliado de un arrebato creativo y emocional. Hay que aprender a expresar con los medios a tu alcance la historia que quieres contar.

He crecido con “Ventanas”, con este trabajo “menor”. No es pretencioso. “Ventanas” me ha ayudado a liberarme del yugo de los medios técnicos. A buscarme en la simplicidad. Quiero buscar la esencia. En esas estamos.

Desde el sentimiento, “Ventanas”.

“Ventanas” puede visionarse en http://www.pilargarciaelegido.com/cine.

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