ESCALÓN A ESCALÓN

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El pie deja de apoyarse en el suelo, atraviesa el aire, se asoma al vacío y empieza a inclinar su parte delantera. La pierna desciende y al realizar el movimiento la extensión del gemelo parece no ser capaz de llegar a completarlo. Finalmente, con esfuerzo, la puntera de la sandalia pisa con cuidado el siguiente escalón.

Poco a poco.

Escalón a escalón.

Un escalón. Dos escalones. Los músculos parecen alargarse más que días anteriores.

El fisioterapeuta (continúo en un proceso de rehabilitación de una fractura grave de tobillo) lleva dos semanas obligándome a practicar la bajada de escaleras.

Observo mi pie, débil, pero con la voluntad de realizar el movimiento. El primer día que comenzamos a practicar en las escaleras de la clínica, mi pierna estaba bloqueada, parecía que el cerebro no conservaba memoria alguna de ese movimiento.

Cada escalón, un paso. Como la vida. Escalón a escalón. Día a día. Minuto a minuto.
Hay que forzar y repetir y repetir el movimiento. Hay que insistir e insistir. Igual que la vida que a veces nos obliga a una persistencia tenaz en casi todos los terrenos.

Los dedos parecen encogerse en algunos momentos ante los treinta centímetros de altura del escalón. El abismo a veces puede medir tan solo unos pocos centímetros.

Los escalones de la vida. Tantos. De edad, de historias íntimas y personales, cada una distinta y en algunos momentos, tan parecida a la de todos.

En mitad de uno de los escalones, con el pie en el aire, recuerdo la película que he visto en el cine esta tarde. “Tú y yo” de Bertolucci. Una supuesta obra menor, a los ojos de algunos críticos, que ha cautivado mi interés. La adolescencia, ese escalón crucial de la vida. Siempre difícil. En algunos casos aún más difícil. Narra la historia de un chico con un comportamiento asocial que se esconde en un sótano durante días mientras sus padres creen que está divirtiéndose con sus compañeros en la nieve con motivo de la “Semana blanca”. Aunque en el paso de la niñez a la juventud no nos hayamos ocultado durante una semana, en esa edad crítica, todos nos hemos “escondido” y hemos escondido también mundos personales, amigos, quizás ocultando lo que para cada uno tenía mayor significado.

Alcanzo el final de la escalera. Subo de nuevo y vuelvo a iniciar el descenso. El tobillo, hinchado, en esta hora de anochecer, va quejándose del ritmo intenso de ejercicios del día.

Sigo forzando la bajada y pienso que no solo ocurre en la adolescencia, a veces en otros escalones de la vida también nos ocultamos. Vivimos de espaldas al dolor y a la muerte. No hablamos de ello, escondemos las huellas, los sentimientos, lo que realmente nos marca, lo que sin duda nos hace ser como somos. En la madurez uno percibe con cierto desasosiego que hay un puñado de escalones que ya han quedado atrás. Unos cuantos. Y que hay compañeros de camino que ya han abandonado la escalera. Pero no hablamos demasiado de ello.

Tras ver la película de Bertolucci esta tarde he salido a la calle Martín de los Heros de Madrid. Es la tercera vez que paseo por esta calle y por delante de la librería Ocho y Medio desde el fallecimiento de Jesús Robles, dueño de la librería, cineasta, amigo de casi todo el mundo vinculado a nuestro cine. Me parece volverle a ver haciendo bromas, siempre con esa inteligencia intuitiva de los poseedores de inteligencia deslumbrante, en Buenos Aires, compartiendo con otros profesionales un festival: Madridcine 2005. Aquellos fueron días excepcionales con gente excepcional. Fue una suerte compartir con Jesús esos días.

El adolescente de la película de Bertolucci se niega a abrir las puertas de la vida. Otros, en la madurez, dejan la vida de un mazazo en el mejor de los momentos, cuando hay aún mucho camino por andar y quieren andarlo.

Apoyo mal el pie y mi cuerpo hace un quiebro. Me agarro con fuerza a la barandilla, evito el resbalón y sigo bajando.

Los escalones de la vida.

A veces irregulares y extraños.

A veces traicioneros.

Vuelvo atrás en el tiempo y me veo hace un rato andando por Martín de los Heros y observando la terraza de la librería Ocho y Medio, llena. Gente que conversa, ríe, probablemente muchos hablan de películas que acaban de ver en los cines de enfrente.

El cine, un referente de vida, un espejo.

Sigo probando a bajar escalones cumpliendo los “deberes” del fisioterapeuta. Si las circunstancias permiten seguir subiendo escalones de vida, cuánto me hubiese gustado, dentro de años, pasar por la librería, entrar, encontrar a Jesús y pasar un rato charlando de cine, de esto y de aquello.

No va a poder ser. Pero espero hacerlo con María (Silveyro) que sigue al mando de esa nave de libros y sueños que crearon Jesús y ella hace unos años.

La vida, otras vidas, siguen sentándose en las sillas del bar de la librería y tomándose café y cañas. Siguen descubriendo los mundos del cine en esta librería maravillosa.

Desaparecemos pero algo de nosotros queda en lo que conseguimos crear. Una esencia. Una ráfaga de lo que fuimos. Algo de nuestro amigo Jesús late en ese tramo de calle, en esa librería, en el reflejo de la gente pasando al lado del escaparate.

Mi pie, cansado, ya casi no aguanta. Fuerzo para seguir bajando el siguiente escalón.

En la cuesta arriba de la escalera de la vida desaparecerá o desapareceremos gente, el tiempo apremia, no queda otra que avanzar y pisar cada escalón con la conciencia de haber apurado cada instante, de haber sentido, amado, pensado, actuado, impulsado… con intensidad, con pasión.

En “Tú y yo” hay un momento en que la hermana del protagonista le dice “No te escondas, sal, vive, y si te caes ya te levantarás”.

Me veo a mi misma un rato atrás alejándome Martín de los Heros arriba, observando los escaparates de Ocho y Medio y el reflejo de la gente que sale y entra del cine, que disfruta la tarde, que comparte experiencias, que vive.

Llego de nuevo al final de la escalera. Y veo desde abajo la escalera completa.

Cada escalón forma parte de un todo. Esta escalera tiene un principio y un final. Pero en la otra escalera, la más difícil, el final se difumina, como en un espectáculo en el que el humo en un momento dado apenas deja entrever el escenario. Desconocemos nuestros escenarios futuros y los escalones que aún quedan por recorrer permanecen en penumbra. Solo somos capaces de ver con claridad los escalones que quedan atrás. En cada uno de ellos, huellas de recuerdos, deseos cumplidos e incumplidos, sentimientos, pedazos de lo que somos, de lo que podríamos ser, de lo que fuimos. Y también el aliento de aquellos que han hecho con nosotros un tramo del camino.

Subo la escalera camino de casa. Mañana volveré a ejercitar mi pie y volveré a este tramo de escaleras donde la vida de mis vecinos y la mía se cruzan.

Y me voy con el recuerdo de Jesús riendo en Buenos Aires y su reflejo en el cristal de Ocho y Medio, que deja paso a la imagen de los protagonistas de “Tú y yo” bailando “Ragazzo solo, ragazza sola” (“Dime ragazzo solo dove vai, perché tanto dolore…”), encontrándose en un baile de amor y salvación. Y camino despacio pensando en vida, escalones, recuerdos y personas de ayer, de hoy.

Mañana con paciencia, con persistencia, continuaremos probando suerte con los escalones, sobre todo con los de la vida.

2 comentarios en “ESCALÓN A ESCALÓN

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