MALETAS

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La maleta abierta. Curiosidad.

La maleta preparada. Inquietud.

La maleta avanzando el camino de nuestra mano. Descubrimiento. Alegría. A veces, decepción, dolor. El viaje, metáfora del recorrido vital, intenso, con valles y colinas. A veces, montañas escarpadas. A veces, EL MAR.

En la ida, la maleta acumula deseos mientras sus compartimentos se llenan de un puñado de ropas y objetos que nos representan y anticipan aquello que esperamos encontrar: frío, calor, casas amigas, alojamientos variopintos, paisajes diversos, amistad, extraños, calor, cierto vértigo ante lo desconocido.

La maleta cerrada es la duda. Qué llevamos. Qué dejamos. Los objetos correctamente seleccionados. Los olvidos imperdonables. El recelo de lo que pueda acontecer acompañando el deseo acuciante de la partida. Haz y envés, caras de la misma moneda.

Por fin llega el momento de ponerse en camino. A veces los trayectos de la maleta y los nuestros se separan, generando siempre la inquietud de su llegada a destino. Con ella se traslada un pedazo de nuestra vida, de nuestra casa, de nosotros mismos.

Durante el viaje la maleta es reflejo del impacto que nos produce el recorrido. Los objetos se desordenan, se ensucian, se mezclan. Mientras nosotros conocemos, saboreamos, contrastamos lo esperado con lo real, intercambiamos experiencias, vida, la maleta va transfigurándose, haciéndose eco del trasiego físico y emocional del viaje.

Buena compañera, se acomoda a los avatares del camino, aguanta sobrecargas, el apresuramiento de días y venidas, nervios, buena fortuna o incertidumbres.

Y un día, siempre antes de lo que quisiéramos, llega el momento del regreso. Todo empieza y todo acaba. Intentamos entonces con la desilusión de ese final sobrevenido, ordenar la maraña de objetos de la maleta. A lo que transportábamos desde nuestro punto de partida, se añaden recuerdos, vivencias. Demasiadas cosas. Las piezas no encajan. Como no encajan aún los acontecimientos vividos en este tiempo con la perspectiva de retomar la rutina, de la vuelta a lo conocido y a los conocidos, a lo de siempre. Querríamos quedarnos, pero también queremos volver. La posibilidad de dos o muchas vidas en paralelo. Buscamos eludir la realidad. Pero no es posible. La maleta solo puede albergar lo justo, aunque parezca hacerse más amplia para adaptarse a lo que necesitamos.

Regresamos, aunque volvamos al recuerdo de lo vivido frecuentemente en los primeros momentos. Y regresamos acarreando nuestra maleta, en la que sabemos que, junto a ese contenido físico que ha ido creciendo a lo largo del camino, también viajan esos sueños personales de los que raramente hablamos y que, sin embargo, son nuestra sombra, nos acompañan siempre. Nos definen más que nuestras realidades, son un cuaderno de bitácora de lo que queremos, profundamente, y aún no ha llegado. Que llegará -ojalá- o quizás no. Motor y deseo. Sin esos sueños, se abriría ante nosotros el abismo. Lo sabemos.

Llegamos a casa y la maleta se vacía. De todo. Lo objetos que guardaban vuelven a los estantes y cajones y se mezclan con el resto de objetos de nuestra casa. Lo vivido ya forma parte de nosotros, nos acompaña, se añade a nuestro bagaje, nos cambia.

Y al final la maleta queda, vacía, aparcada en algún rincón de la casa, esperando la curiosidad, la inquietud y el descubrimiento que traigan nuevos viajes.

Esperando sueños.

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