TRAS LA REJA

ventana balconete

Tras esos cristales rotos, esa madera desvencijada, esa reja herrumbrosa, mi abuela, sentada en una mecedora, mira a un punto indeterminado.

La ventana está abierta, en la calle se oyen las risas de niños jugando y mi abuela mira a lo lejos, como mira quien ha regresado de mil batallas y quiere ahora detenerse a saborear el color del viento. Es una mirada que no he encontrado en otras miradas. Está a la vez presente y ausente de la realidad y tiene un brillo compasivo. Lo que pasó, pasó, y ahora solo importa el olor del tomillo del patio, el andar de esa niña que, desde la calle, con los rizos y la curiosidad de los cinco años, la mira.

Por unos instantes, miro esa ventana y vuelvo a ser esa niña que observa algo especial en la mirada de su abuela, pero aún es incapaz de expresar todo eso que siente. Mientras, ella le sonríe, se levanta de la mecedora y le pide que entre a la casa que ya es la hora de la merienda. Y de la mano de esa mujer alta, de moño blanco y andar ágil se dirige a una cocina enorme donde no se separa de ella porque, aunque no dice nada, le da miedo un hueco muy grande que hay en el techo, una chimenea enorme por donde piensa pueden entrar esos duendes que aparecen en los cuentos. Su abuela la mira de reojo, conoce sus miedos. Porque hay algo en esa casa irreal, extraño, como si uno viajase a un mundo distinto donde el campo y ese paisaje alcarreño, diese a la vida otra esencia. Algo de esta extrañeza pasa por la cabeza de la niña mientras toma pan con chocolate con su abuela en la terraza del patio desde donde se ve un valle ocre, amarillo, gris, azul, tranquilo, casi excesivamente tranquilo.

Hoy, mirando esa ventana, recuerdo a esa mujer de la que guardo un recuerdo vago, pero que marcó mi primera infancia con su mirada, sus paseos y esa mano delgada que parecía poder protegerte de todo y de todos cuando te llevaba a cualquier parte. Esa mujer que se quedó viuda con cinco hijos en la época de preguerra y, entre mil dificultades, sacó siempre todo adelante y fue capaz de preservar la tranquilidad en su mirada.

Vuelvo a ese pueblo y a esa casa, porque la casa, que ahora es propiedad de más de veinte personas, se hunde. Hay que demoler.

Y esa demolición, que duele, parece una metáfora de un tiempo que se va, al que quizás hemos dejado irse. De una época y unas relaciones familiares que no son las actuales. De un modo de vida que ha quedado atrás.

Espero no olvidar nunca la mano acogedora de mi abuela, agarrándome entre las sombras de la chimenea de aquella casa. También, ojalá, tener una pizca del coraje de esa mujer para sortear marejadas y tempestades. Y recordar siempre esa mirada suya, ajena a cualquier mirada.

La hermosa mirada de mi abuela María meciéndose detrás de aquella ventana.

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