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Cine y escritura

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El cansancio. Fátima cae por unas escaleras de puro agotamiento. Limpiando de la mañana a la noche para conseguir que una de sus dos hijas estudie medicina. Cae.

El autobús está en la parada y vas mal de tiempo. Corres. Sin pensar, corres. Cuando ya has avanzado unos metros corriendo te das cuenta de que no has podido correr en mucho tiempo. Recuerdas tu caída, la lesión, las barreras que te han detenido, el miedo. Pero no paras, decides no parar, sigues corriendo. Y llegas al autobús con una sonrisa que ves que sorprende al conductor en la mañana de un día laborable cualquiera. No, no has enloquecido. Recuerdas y te sientes feliz por el logro.

Esta tarde, en el cine, cuando he visto caer a Fátima, la inmigrante de origen árabe  protagonista de la cinta de Philippe Faucon, ganadora del premio César francés a la Mejor Película, el resorte del recuerdo se ha puesto en marcha y he regresado a esa carrera de hace tres o cuatro días tras el autobús. También a una caída sufrida hace más de tres años. Rotura de tibia y peroné grave. Rehabilitación muy dura.

Fátima conmueve como personaje. Su historia de trabajo continuo y aislamiento seguramente pertenece a muchas mujeres de su país, de otros países, viviendo lejos, en una cultura distinta. Soria Zeroual, actriz protagonista realiza un trabajo impecable. La película, descriptiva, avanza correctamente por cauces previsibles, con el logro de contar una historia de mujeres, social, que habitualmente no llega a las pantallas.

En el proceso de rehabilitación que viví tras las operaciones tuve la suerte de encontrarme con Fati, marroquí, maravillosamente paciente, diligente, imaginativa en la solución de problemas, sonriente. La ayuda de Fati resultó insustituible en un momento en que para mí resultaba imposible dar un paso.

La imagen de Fátima en la pantalla se cruza con el recuerdo de Fati y las aventuras y desventuras vividas con ella en aquel tiempo de inmovilidad.

Avanzada la proyección, Fátima, que intenta formarse y aprender francés, redacta un escrito sobre las «Fátimas» y explica cómo su presencia, su trabajo, permite que otras personas sigan con su vida, puedan tener ayuda, ocio, en definitiva, tiempo. La tesis de la película se encuentra en este escrito que lee la protagonista.

Fati fue un apoyo esencial para afrontar un período duro de convalecencia y rehabilitación. Si he conseguido correr es porque tuve la posibilidad y el privilegio de tener su apoyo, aparte de un tratamiento médico adecuado y un rigor en la rehabilitación que aún me lleva al gimnasio a las 7 de la mañana varios días a la semana.

Fátima sufre un proceso de transformación a lo largo de la película y consigue logros, pero no lo tiene fácil. El desarraigo cultural es un tema importante para cualquier inmigrante en otro país.

Fati sigue trabajando con gente que, como fue mi caso en su momento, tiene algún problema de salud. Sigue prodigando su sonrisa. Está cerca. Tendrá siempre un lugar en casa, en mi vida.

Correré, con agradecimiento hacia Fati, sintiendo el privilegio de haber contado con su ayuda, también hacia todos los que me ayudaron en aquel momento. Ya sin miedo, correré.

 

 

 

 

 

Hay viajes para los que no necesitamos billete, ni trasladarnos a otro lugar. Hay momentos fugaces en los que uno se deja transportar por la imaginación y viaja al espacio más recóndito del planeta de la mano de un espectáculo, de la literatura, de cualquier creación artística. Esos momentos navegan en las aguas de la belleza, permiten que podamos ser otros, vivir las aventuras y desventuras de personajes de ficción de la mano de su creador. El más maravilloso de los viajes. Son momentos en los que somos y no somos, estamos y no estamos. La realidad se ausenta un rato y emprendemos viaje a otros mundos, a otras historias. A veces, a cuentos.

Entras en la taberna y te recibe una barra alargada. Enfrente, mesas. Parece que todo acaba en este espacio inicial, pero no, al fondo a la derecha hay una pequeña sala. Alrededor de cuarenta sillas colocadas frente a un escenario no demasiado grande, esperan. Al cabo de un rato, la sala ya llena, con el público mirando hacia ese espacio rodeado de cortinas. Un hombre joven sube al escenario desde el público. No hay apoyo escénico alguno. Empieza a hablar. La palabra modula las emociones de la historia. Y el lenguaje no verbal acompasa el relato. Cuando han pasado cinco minutos las personas de la sala no están realmente sentados en sus butacas, se han trasladado de época, de país, acompañando a Hector Urién, más que narrador de cuentos, mago de la palabra.

Sucedió allá por el año 800. Según parece un escritor dedicó recopilar los cuentos que se venían narrando oralmente chinos, persas, indios y añadió otros árabes. Así nació Las Mil y una Noches. Héctor cada noche de martes narra un cuento de esta obra inclasificable y nos traslada a los mundos de Scherezade, allí nos deja conocer en cada sesión uno de los cuentos de la obra. La emoción de su voz, se convierte en la emoción del público (*). Cuando acaba el cuento, quieres otro y luego, otro más, para sumergirte en esos mundos lejanos. Pero la sesión acaba…  y el relato se interrumpe hasta la semana siguiente.

La voz y el gesto, junto a la calidad de la historia, son el único apoyo del narrador. Sentada entre el público, de vez en cuando vuelvo de los mundos de Scherezade a la realidad y pienso que, en el fondo, todas las creaciones escénicas y cinematográficas basculan en dos elementos: una buena historia, bien contada. Dicho así parece una simpleza, pero es extremadamente difícil conseguir una óptima combinación de estos dos aspectos.

Héctor Urién cuenta una historia magnífica y lo hace estupendamente. Habrá que volver a verle más de un martes durante los próximos 20 años que calcula tardará en terminar de contar «Las Mil y una Noches». Ojalá después de las funciones futuras vuelvan a repetirse conversaciones tan interesantes como la que vivimos ayer sobre cuentos de distintas regiones con varios narradores y especialistas en literatura oral, gente que «vive del cuento», como también lo hacemos todos los que de una manera u otra nos dedicamos al cine, a la literatura, al teatro… vivimos de contar historias. Benditas sean.

«Cuéntase que en la antigüedad hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China…» (Las mil y una noches).

(*) Héctor Urién narra todos los martes Las Mil y una Noches en la taberna Alabanda de Madrid.

 

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El verso viene al azar. No se espera. No se busca. Ocurre. Como ocurren el amor o la muerte. No se anuncian.

Llega el fogonazo, una frase, un racimo de palabras que se esparcen y germinan la idea. Y te pilla haciendo la compra,  poniendo la lavadora o de camino a algún sitio. Y sabes que está ahí, que tienes que coger lo que tengas a mano para apuntar, para seguir, para quitarte de encima la tensión que genera ese impulso inicial.

No hay caminos y cualquier palabra es un camino. No hay fórmulas, el verso brota desde la emoción, desde la improvisación.

No soy poeta, pero escribo poemas, que llaman a la puerta sin avisar. Las últimas veces el autobús ha sido testigo del arrebato de la palabra y me he visto obligada a anotar rápidamente en el móvil la frase o frases. Cuando no puedes continuar en el momento, es como si tuvieses pendiente la cita más importante de tu vida, estás deseando terminar lo que sea para continuar escribiendo.

Cae noche.

Muere estrella.

Que venga ya la mañana,

borre inviernos y quimeras

y crezca la verde espiga

y sueñen mares y nubes

con soles y primaveras.

Que nazca en mi la sonrisa

helada en la tarde de un febrero

de certezas y miserias.

Cae noche

Llegará pronto un verano

y volveré,

noche,

a besar tus labios dulces

entre sábanas de arrebato

y a bailar contigo,

estrella.

 

Este esbozo de poema nació en un autobús de la línea 2 de Madrid. Esos fogonazos de la palabra tienen un paralelismo con la fotografía. A veces caminas por la calle y, de repente,  algo  llama tu atención, lo encuadras, tiras del móvil y captas ese momento (mi cuenta de instagram guarda unos cuantos de estos «momentos»). En realidad me gusta  hacer fotografías por encuadrar, que es una labor esencial en la dirección de cine. Las nuevas tecnologías ponen fácil la práctica.

Versos, tomas… No soy poeta. No soy fotógrafa. Pero todo forma parte de lo mismo. El cine, compendio de artes, de palabra e imagen. Los versos, las tomas, aunque no lo parezca, son una forma más -bella forma- de acercarte a la pasión del cine.

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Me visto hoy de negro

por los lutos del hoy

por los de entonces,

los del infinito ayer,

que a veces retumban desde cavernas de melancolía

y se asoman sigilosos a explicarnos la lluvia y el viento.

 

Me visto hoy de negro

por ti

por ausencias y el silencios

por la historia que vivió en mi y nunca fue

por la que mañana arrancará despacio

pero se esfumará como agua entre las manos

en el vertiginoso batir del tiempo.

 

Me visto hoy de negro

por mi, soñando nubes

por ti, izando vuelos

por todos

por siempre

por ese cálido añil del cielo.

 

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La primavera desborda la Alcarria. La vega de Brihuega parece un paisaje del norte. Tras las lluvias un verde intenso lo domina todo.

Retrato la vega y sentada frente a este panorama de primavera desbordante, me hago algunas preguntas. ¿Qué es lo primero que uno hace cuando quiere grabar un documental? ¿Por dónde empezar? ¿Se sigue una «norma»? Sé bien que no hay un único método, los caminos para llegar a un tema son muy diversos y cada creador los afronta de distinta forma. Difiere según la materia, el momento, los protagonistas, las posibilidades de producción…tantas cuestiones. Cada trabajo es un reto diferente, conlleva un proceso singular y es maravilloso que sea así. El aprendizaje es intenso. Por supuesto, se aprende mucho del tema concreto tratado, pero también, de esos procesos cambiantes que en cada trabajo nos conducen al retrato final.

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En cualquier caso, la preparación de un documental siempre empieza con la documentación y la observación -entendida a la manera de cada cual- del objeto que va a protagonizar el documental.

En el caso del trabajo que preparo, «Cruces», el protagonista es un determinado espacio y las historias que en él acontecen. Vamos a hablar de la muerte y, por contraposición, de la vida -no entro ahora en detalles, no es el asunto-.

¿Cómo acercarse al tema? ¿Cómo observar? ¿Cómo avanzar?

Grabo desde el primer momento planos de referencia. Observo, intento hacer mío el paisaje, pensar y sentir lo que me evoca, dedicar un tiempo a la introspección. Mientras observo, grabo.  Los árboles, los muros y las plazas de Brihuega empiezan a conocerme.

Después de grabar «Ventanas» en un momento de arrebato,  con una grabación  que se realizó sobre la marcha como una reacción puntual a una visita a Auschwitz, afronto «Cruces» desde una óptica muy distinta -la diversidad de la que hablaba-. Quiero vivir un proceso lento, con una primera etapa de observación en solitario que servirá para preparar y avanzar la grabación, en la que ya se incorporará el equipo.

Grabar en esta etapa inicial me permite tener referencias de luz, de tamaños y posibilidades de planos, cambios en la dinámica del lugar según el momento del día, personajes que van y vienen al espacio que va a protagonizar el documental… Grabar implica la posibilidad de analizar este material posteriormente y que las ideas vayan concretándose. Grabar en alta calidad, supone también tener un material que puede ser susceptible de incorporarse a la edición final, si fuese útil.

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En el caso de «Cruces», mi orden de preparación es:

  • conocer bien el espacio, grabándolo con gran diversidad de tipos de planos, exhaustivamente. En este caso, tengo que hacer un apunte personal, Brihuega es el pueblo donde vivieron mis abuelos, donde nació mi madre, me interesa conocerlo a fondo más allá del documental, saber de las raíces, de un tiempo que no viví. Sé que ese elemento familiar, de búsqueda, aunque no tenga nada que ver con el documental en sí,  es muy motivador y de una o de otra manera, enriquecerá mi visión de cara a cualquier grabación.
  • en paralelo, lectura de todo tipo de información sobre Brihuega, tenga o no que ver con el documental.
  • entablar la búsqueda de protagonistas, poco a poco, hablando con personas muy diversas del pueblo. Lo maravilloso del documental es que conociendo a los otros estableces un diálogo contigo mismo. Las preguntas de los demás, te hacen cuestionarte temas.
  • realizar un esquema de guion para empezar a grabar. Siempre complicado, siempre cambiante.

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Disfruto yendo y viniendo a Brihuega los fines de semana que resulta posible, a seguir avanzando en este proceso, retratando sus rincones, buscando las claves y encrucijadas del documental. Disfruto mucho siempre en los procesos de preparación, pero en este caso, siento una profunda tranquilidad cada vez que regreso a seguir observando y grabando. Cada vez  me siento más próxima a estos paisajes alcarreños. «Cruces» se prepara poco a poco, con un gran disfrute.

 

 

Tiene más de 90 años, pero no lo parece, juega la vida con la sabiduría del viejo, con la inquietud del adolescente. Juega cuando charla sin parar en una entrevista de horas en la que se va desgranando una biografía sin desperdicio. Juega con los objetos (dibujos, fotos, recortes de periódicos, revistas, libros) diseminados en su despacho. Juega caminando las calles hacia la comida sana que practica y defiende. Juega y apura el día a día.

Elías Zamora grabó varias películas en formato super ocho en los años 60 y 70. Pudo ser cineasta, o escritor, o pintor, porque en su biografía agitada practicó cine, escritura y pintura. Su inquietud le llevó a lanzarse a mil aventuras fascinantes. Sus películas tienen la ingenuidad del que no ha aprendido el cine en ninguna escuela. También el valor de la descripción ágil, lograda con un montaje realizado desde la propia cámara, es decir, sin ningún tipo de edición: la película se filmó en el orden de montaje, sin recorte temporal alguno, sin retoques.

«El pan de La Mancha» es uno de los títulos de Elías (se puede visionar arriba en el enlace). El cortometraje tiene un valor antropológico innegable. Nos traslada los procesos de trabajo en el campo hace no demasiado tiempo, pero en otro siglo, antes de que los avances tecnológicos cambiasen radicalmente estas tareas. Es un documento muy valioso para diversas disciplinas.

El cine amateur tiene un papel destacado como testigo de una época. Nos devuelve retratos reales de costumbres, ceremonias, modos de vida. Hay que prestar atención, buscar y valorar este tipo de materiales que nos devuelven fragmentos de nuestra historia, habitualmente los más vinculados a la vida cotidiana.

Es una suerte haber podido conocer a Elías y sus películas,  charlar con él de tantas épocas, de tantas cuestiones. Una suerte que tengo que agradecer a José Manuel Pedrosa, filólogo, folklorista, amigo, que investiga y graba tantos temas vinculados a literatura oral y a la cultura popular. Por supuesto, también a José Javier Martínez, apasionado de la fotografía y de cualquiera de estos temas. Es una fortuna poder acompañarles, aunque sea muy  esporádicamente, en alguno de sus viajes de búsqueda de historias y fiestas populares. El aprendizaje está asegurado. También risas y descubrimientos inverosímiles, como las mejores torrijas del mundo (excluyendo las de la madre de cada uno) en un sorprendente bar de carretera.

Y a Elías y a su familia, mil gracias por todo. A jugar el día a día.

 

 

 

 

 

 

 

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Los rostros de todo el mundo navegan en las redes sociales del mundo interconectado que vivimos. No conocemos de nada a un montón de gente que tiene acceso a nuestros archivos, visualiza nuestras fotos, atisba retazos de nuestra vida. Personas totalmente ajenas se encuentran en la representación que supone una fotografía en facebook, twitter, instagram o cualquiera de las redes sociales.

Me encanta hacer fotos, ni que decir grabar imágenes. Soy feliz cuando grabo.  Sin embargo, no me gusta posar : compostura falsa, gesto forzado, sonrisa preparada. Las personas que somos no llegan a aparecer  en los retratos preparados. Las fotos que se realizan cuando uno está abstraído y no ve a alguien pulsar la cámara, son las mejores.

¿Y las grabaciones? Estar acostumbrado a estar detrás de la cámara  y pasar al otro lado, no resulta fácil.

Llegas al estudio de televisión. Entras en maquillaje. Al salir tú, ¿eres tú? Una capa de maquillaje que prepara tu rostro para la dureza de los focos te distancia de ti mismo. Te miras a un espejo y encuentras una versión un tanto sofisticada y algo distante de ti misma. No terminas de reconocerte. Una azafata amabilísima te acompaña por pasillos largos, que parecen pertenecer a naves industriales enormes, muy cinematográficos. Hay una reunión previa en la que el director del programa indica algunas cuestiones de la grabación. Ves a los otros participantes -alguno bien conocido por ti- con el rostro tan cargado de maquillaje como el tuyo. Os reconocéis en la extrañeza. Llega el momento de grabación, entráis en el estudio. A partir de ahí, desde el sillón que te corresponde, te sientes fuera de la vida real, en un planeta extraño. Observas a los demás entre focos. Parecen estar sentados muy lejos, a millas de distancia, aunque realmente están al lado. E intentas centrar tu cabeza -siempre curiosa, siempre capaz de dejarse ir tras un detalle- en el coloquio.

Cuando llega el día de la emisión, dudas entre encender el televisor -ver el programa montado, y verte-,  o no encenderlo -para no verte-. Al final te puede la curiosidad y ves el programa de refilón, mientras haces otras cosas, porque sientes un cierto vértigo. Verte es observar cada detalle y hacer autocrítica.

Observas a alguien parecido a ti en las distintas intervenciones en el coloquio. ¿Se puede ser natural ante una cámara? ¿Se pueden parecer las respuestas a lo que contestarías tomando un café con amigos? ¿Puede uno olvidarse de los focos, de las pautas, de mantener una postura correcta? Seguro que es posible acercarse, con el tiempo y la experiencia, pero siempre habrá una distancia con nuestra forma de manifestarnos en otras situaciones.

¿Cuántos roles jugamos en nuestro día a día? Somos distintos como hijos, como padres, como amigos, como vecinos, en nuestro trabajo, en distintas facetas de nuestro ocio. En cada situación, con cada persona con la que nos relacionamos. Jugamos decenas de roles en nuestra vida cotidiana. Nuestro relato, nuestro lenguaje, nuestra actitud es distinta.  En el rol de participante en un programa televisivo, cuando conoces el medio desde detrás de la cámara y saltas al otro lado, te sientes como un actor farsante, quieres ser tú, pero te distancias de ti mismo por la extrañeza que te produce el entorno desde esta nueva óptica. Cada frase que dices parece ser de otro, quieres sintetizar y te trabas, quieres describir y cada frase parece vacía.

¿Quién eres? ¿Eres tú esa persona que habla en la pantalla? ¿O eres la espectadora del programa, trasteando por casa con una camiseta y unas zapatillas o despanzurrada en un sillón mirando de reojo el televisor?

El mismo día de la emisión, previamente, estuve en un encuentro literario. «Todo es ficción» dijo uno de los participantes, refiriéndose no solo a la escritura, sino a cada situación que vivimos. La vida cotidiana es una ficción que escribimos día a día como podemos. Hay renglones que nos vienen dados, pero en buena parte somos creadores de las distintas ficciones -un gran rango- que componen nuestra vida. En un programa de televisión tan solo se crean otras ficciones. Y cada uno de los participantes entra en esa ficción como puede.

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Gracias al equipo de «Historia de nuestro cine» por esta experiencia.

 

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La violencia seca. La dureza sin paliativos. La maestría del plano general que se alarga y no importa, porque lo que ocurre en el encuadre es tan potente que da igual que el plano no cambie de tamaño y se mantenga una eternidad. El otro lado de la vida. Los márgenes del terror revestido de normalidad.

El pasillo azul largo encierra el horror, la pertenencia al grupo como modo de supervivencia, la asunción de los códigos de la tribu, de sus maneras, sus líderes, sus límites, sus venganzas.

Y un muchacho sordo y solo entra en ese pasillo, azul, largo,  y opta por la supervivencia. Pero a veces, sobrevivir es vencerse, morir matando. Y llega el amor, un amor que asume los códigos del grupo, que lucha contra los códigos del grupo. Un amor que se paga, que hiere, que se sitúa en los límites, que lanza al abismo.

No he visto una película tan sórdida y tan bella en mucho tiempo. «The tribe», dirigida por Miroslav Slaboshpitsky. Sórdida, sin reparos, sin límites. Bella en su forma, en la puesta en escena de cada plano. Bella incluso en sus momentos más duros, bestiales.

La vi un lunes de lluvia y Fiesta del Cine. Una alegría ver un día entre semana, tarde, las salas llenas, el trasiego de gente entrando, comprando entradas, viviendo las películas.

Repetí al día siguiente. «Ahora sí, antes no» de Hong Sang-soo. Nada que ver con la anterior. Una reflexión suave sobre dos maneras distintas de enfrentar una misma circunstancia, un encuentro entre un director de cine y una pintora. Dos versiones de una misma historia. La segunda se inicia igual que la primera, van sucediendo cambios sutiles hasta que el cambio se manifiesta de un modo más drástico. Un juego elegante que lleva a la reflexión sobre la narrativa, el cine, también sobre la vida donde no se pueden escribir dos veces las mismas líneas, repetir los planos.

Al salir, sigue lloviendo en Madrid. Muchísima gente se desperdiga bajo la lluvia después de vivir una noche de cine en el cine.

 

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Las imágenes se suceden. La grabación tiene momentos destacables, otros que no merecen la pena, como ocurre siempre. Hay que estudiar cada toma, reflexionar, escoger.

En la pantalla aparece un pequeño pueblo de la Alcarria, nogales, olivos, un campo agreste porque se está dejando de cultivar, una calle larga en la que la vida transcurre tranquila, muy tranquila. En ella, una casa, protagonista de nuestro documental. La edición de «Demolición» avanza lentamente, sometiéndose a mis tiempos -escasos- a mis dudas -enormes-. El guion inicial, reposa sobre la mesa, casi olvidado,  la intuición nos lleva hacia otros caminos.

En la revisión de las horas de material grabado, llego a la imagen de un hombre delgado, con un jersey gris de dibujo desgastado, boina que se ajusta a la altura de unas gafas de cristal grueso que ocultan unos ojos azules que debieron brillar hace bastantes años. El hombre canta una copla a la virgen del pueblo, cuenta anécdotas desordenadamente, me piropea. Le gusta la cámara o, mejor, le gusta nuestra atención.

Una cámara en un pueblo de 70 habitantes concentrado en una calle, es muy visible. Una cámara que está situada varios días en el mismo lugar, frente a una de las casas del pueblo, protagonista de nuestro documental, es una presencia demasiado ostensible.

Juanpe, recorría todos los días muchas veces esa calle, del bar a su casa y a la inversa, y hablaba con nosotros en cada uno de los trayectos. A veces, interrumpía. Pero siempre encontraba una respuesta agradable de nuestra parte. Durante la grabación se convirtió en una presencia habitual que echábamos de menos cuando alguno de los días tardaba en aparecer.

Juanpe nos contó muchas veces que los servicios sociales le iban a llevar a una residencia pronto, en una localidad cercana. Siempre decía que si él no se encontraba a gusto, duraría un par de meses como mucho, porque se volvería al pueblo.

Juanpe posa para la cámara. Juanpe cuenta sus cosas a cámara. Juanpe quiere atención.

Han pasado dos años del final de aquella grabación que ahora ocupa mi pequeña mesa de edición.

¿Dónde estás, amigo? Cumpliste tu palabra. Te llevaron a la residencia y, un día, te buscaron y no te encontraron. ¿Qué pasó en aquel camino de regreso a tu pueblo, a ese trasiego habitual tuyo, calle arriba, calle abajo?

Quiero que sepas que estás muy presente en esta edición, que se me nublan los ojos cuando llego a tus planos,  que me alegra haberte conocido y haber oído tantas veces las canciones que repetías. Que no sé que voy a hacer contigo en esta edición compleja, aunque si sé que si finalmente apareces, será de una manera cuidadosa, como un pequeño homenaje, el único que podemos hacerte.

Mi imaginación vuela cuando pienso en tu huida de la residencia, pero quiero pensarte en los campos de lavanda cercanos e imaginarte allí caminando, entre los colores lila de un atardecer brillante.

Gracias, amigo.

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En la habitación de un hotel. El tiempo avanza lentamente entre estas paredes color crema decoradas con dibujos arquitectónicos. Esta noche he presentado «Ventanas» en la Filmoteca de Albacete y mi organismo ha puesto en marcha un proceso de aceleración que el cansancio no es capaz de detener. Mientras encuentro el sueño, escribo y recuerdo una historia personal que me ha emocionado. Ha ocurrido hace solo un par de días, mientras estaba trabajando en un evento de cine.

Cuando colocas la información de una actividad en redes sociales, no te detienes a pensar en quién puede responder a esa promoción. Si acaso se te ocurre que pueda asistir gente con la que te relacionas ahora. Pero a veces hay sorpresas.

Entre película y película del evento apareció una compañera de colegio. Venía a ver una sesión, a verme. Finalizada la etapa escolar apenas hemos tenido trato, fuera de algún encuentro casual en el que se ha producido un intercambio somero de noticias. En todas las ocasiones hablábamos de quedar un día, pero pasaba el tiempo y no ocurría, e iniciábamos el ciclo con un nuevo encuentro.

Cuando terminó la sesión pedí a mi C. -mi amiga del colegio- que esperase unos minutos a que comenzase la siguiente, comprobamos que la película arrancaba sin problemas y fuimos a tomar algo rápido. Era el día 1 de mayo e hicimos un buen itinerario de bares cerrados. En el recorrido, me parecía volver al uniforme del colegio, a las salidas en tromba cuando llegaba el final de las clases. Después de un rato de búsqueda, conseguimos  sentarnos en una cafetería un rato. En la conversación C. hablaba rápido, gesticulando. Como entonces. La veía con el pelo largo, fuerte, liso, peinado con trenzas, con coleta. Mientras me hablaba de su hoy, nos recordaba, niñas vestidas con los trajes de comunión, niñas con aquella falda azul plisada, jugando a la goma, a otro juego en el que se marcaban con tiza cuadros en el suelo y que se jugaba a la pata coja del que no recuerdo el nombre.

En un momento, C. me cuenta que está escribiendo el relato de su vida desde el hoy hasta dónde llega su memoria -las razones de esta escritura pertenecen a otra historia- y explica que en la narración de su infancia tengo un papel que considera importante. Las niñas que éramos corren por el patio del colegio, juegan al escondite en lugares de acceso prohibido, entran a la clase de matemáticas temiendo que la profesora les saque a la pizarra. Me impacta oírla.

Hay momentos que no son especiales por el entorno o por la situación. Hay momentos que te llevan a preguntas. Me pregunto cuántas personas insustituibles construyen el relato de nuestra vida; cuántas permanecen siempre; cuántas se pierden en el camino por falta de voluntad, ceguera, pereza de una de las dos partes, de ambas partes, de todos.

Me pregunto si hay personas para las que en un momento de vida hemos sido importantes y lo desconocemos. ¡Cómo me gustaría saber! O a cuántas personas no hemos declarado su destacado papel en un momento de nuestra vida. Los afectos no declarados, que se pierden para el otro, que perdemos al no darles voz. Esa ausencia de información por timidez, por orgullo, por temor, por cualquier cosa. Esa ausencia que puede significar un dolor para el otro, que ignoramos.

La vida acelera el paso y muchas veces nos arrastra en movimientos frenéticos que nos alejan de lo esencial, de las relaciones de todo tipo, de nosotros mismos.

Me doy cuenta de que si escribiese el relato de mi infancia C. también tendría un importante papel. Pero cuántas niñas de aquella época, amigas de infancia, se han desdibujado casi completamente en los avatares del tiempo.

C.  habla de mi padre. Tantos años después se acuerda de esa serenidad que transmitía. Me emociono. Hablamos de las familias, del ayer y del hoy. Y hay un vínculo, a pesar del tiempo, a pesar de todo.

Y escribiendo estas líneas, soy la colegiada que se emocionaba con las redacciones y soñaba con ser periodista mientras jugaba a los detectives.

Llega el sueño. ¡Agradezco tanto a C. ese afecto del pasado que se hace presente! Agradezco el recuerdo,  las preguntas, el impulso para declarar lo que muchas veces,  absurdamente, queda para nosotros. Los afectos y el tiempo, las únicas riquezas.

Me descubro mirando la pared crema, buscando en el recuerdo los afectos no declarados de mi relato de vida. Quizás…

La maleta, en mitad de la habitación, recrimina a la niña que escribe. Hay que madrugar. Hay que regresar a Madrid temprano.

Buenas noches, buenos afectos.