NUBE Y ÁRBOL – AMORES MÍNIMOS 33

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Érase una vez una mujer que quería ser nube.

Cuando veía que el cielo se encapotaba y la tormenta estaba próxima, subía al tejado del edificio y dejaba que sus compañeras nubes le abriesen paso en el cielo. Y volaba. Alto, volaba. Desde el cielo tupido descubría el perfil de su ciudad, recorría campos cercanos, bosques frondosos al pie de montañas escarpadas, la tremenda soledad de los valles. Un día llegó muy lejos, hasta una provincia cercana y antes de deshacerse la tormenta, la última nube la dejó en la torre de la catedral. Desde allí o desde cualquier lugar extraño, cercano o lejano, al finalizar la tormenta la mujer regresaba a su ciudad, a su casa. Y seguía una vida rutinaria, previsible, ocultando a todos que ella quería ser nube.

Las nubes, compañeras, se contaban unas a otras la historia excepcional de esta mujer/nube que dejaba todo atrás cuando el cielo truncaba su color y tronaban rayos y centellas.

A veces, el lapso de tiempo entre tormenta y tormenta se alargaba y la vida alrededor iba cobrando una monotonía que conducía a la mujer a la melancolía. Con el cielo azul todo parecía perder brillo. Cuando esto ocurría, caminaba y caminaba, buscando en el cielo un atisbo de nube.

Un día, en uno de sus largos paseos, llegó a un parque de las afueras de la ciudad. Era un lugar pequeño, pero contaba con árboles viejos, muy frondosos, que apenas permitían vislumbrar el cielo. Allí le pareció ver a un hombre subido encima de un inmenso roble centenario.

No se trataba de ninguna ilusión óptica. Aquel hombre estaba sentado encima de una de las ramas superiores, casi tocaba el cielo. La visión impresionó a la mujer, tanto que convirtió aquel parque casi desierto en un destino habitual de sus paseos. Un día, descubrió la agilidad del cuerpo de aquel hombre que se movía como un contorsionista entre las ramas. Otro día, se detuvo en la forma alargada de sus manos, que tendían los dedos al cielo con la gracia del más avezado bailarín. Otro día observó lo fácil que era la sonrisa para aquellos labios carnosos. Jornada a jornada, gesto a gesto, la mujer/nube fue conociendo al hombre/árbol que, aunque enraizado en la tierra buscaba siempre la parte alta del árbol para observar el cielo. Hasta que pasado tiempo, un día, descifró en el brillo de la mirada de él la contestación a todas sus preguntas: una abierta invitación a descubrir el universo desde la copa de aquel árbol.

Ese día, al verla dudar, el hombre descendió del árbol y bajo su sombra hablaron largo y tendido. De cielos y árboles; de nubes y ramas; del color rojizo de las hojas del otoño, de tormentas de granizo en crudas noches de invierno. Y siguieron hablando y hablando, días y más días. Desentrañaron sus sueños al ritmo de largos paseos por los vericuetos de la ciudad.

Desde aquel día, ocurre algo singular, cuando el viento sopla fuerte y las nubes cubren el cielo de la ciudad, la mujer/nube vuela siempre hacia un mismo destino. Dirige a sus compañeras nubes hacia aquel parque de la periferia. Y cuando las ve aproximarse, el hombre/árbol saluda con regocijo desde la rama más alta la inminencia de la lluvia.

4 comentarios en “NUBE Y ÁRBOL – AMORES MÍNIMOS 33

  1. Resu Morales

    !Que historia tan hermosa! Pero claro, sólo un talento y sensibilidad tan grande como el de Pilar García Elegido puede convertir en magia nuestra litaratura. Gracias por pemitirme asomarme a tú corazón. Felicidades!!

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