LA BALA – AMORES MÍNIMOS – RELATO 28

otoño 2012 069

Un, dos, tres. Ya. No hay vuelta atrás.

Los ojos se cierran por el impacto. En la oscuridad percibe la velocidad de la bala al salir de la recámara. Instantes de nada, preludio del final. Breves momentos de vida para ese hombre que camina delante, tan solo a unos metros, ignorante del recorrido preciso de la bala que rasga el aire y se dirige hacia su nuca.

El hombre que sujeta entre sus manos la pistola, al entreabrir los ojos, observa la silueta del hombre al que persigue la bala más allá del gatillo. Cabeza rapada, espalda fornida, andar ligero, chaqueta negra. Ese hombre desconoce cómo el destino, inesperado, fulminará en unos instantes su futuro y hará que se desangre en el suelo. En segundos la bala completará su recorrido, causará un impacto mortal y todo habrá terminado.

Los ojos vuelven a entrecerrarse. La certeza de la muerte del hombre que aún camina a poca distancia provoca un extraño nerviosismo y una sensación de vacío en las entrañas, aunque matar no sea una novedad, aunque la víctima sea un asesino, aunque la persecución y el crimen conformen tu vida. Vacío y vértigo. El que apunta y dispara es capaz de ver la herida del otro antes de que se produzca. Imagina toda la secuencia de hechos hasta el final y, al imaginar el final del otro, construye el temor ante el final propio. Dios y nadie ante esa proximidad descarnada de la muerte. Así se siente.

La bala está a punto de alcanzar su objetivo. Faltan milésimas de segundo. En medio del silencio, de ese temblor conocido, una voz rompe el vértigo. En algún lado, cerca, ¿dónde?, alguien canta. Una voz suave, casi un susurro.

El hombre baja la mano, que tiembla ligeramente, una señal de la inquietud del asesino que anticipa el dolor de la víctima. La pistola queda ahora mirando al suelo pardo del lugar, un parque desierto del extrarradio de la ciudad. No hay vegetación y sin embargo, ¿es posible?, un poco más allá una joven cuelga la ropa en un prado. Las sábanas bailan al ritmo de sus manos y su sonrisa. Está cerca, a pocos metros, justo frente a él. No puede ser. Al fondo, el castillo y la plaza principal de un pueblo. Y allí, a un lado, la fachada de una casa bien conocida, la casa de sus padres, el lugar donde el hombre que sostiene la pistola vivió infancia y primera juventud. Pero, ¿y la bala, el hombre de la chaqueta negra, los columpios vacíos del parque? La niña, rodeada de ropa blanca que ondea al viento, se gira y le sonríe, pero la sonrisa se congela cuando un chorro de sangre empieza a brotar de su boca y cae por la barbilla hacia su pecho. Ella, con la inocencia en los ojos, con la mirada blanca y azul de aquel tiempo de infancia, en el que la vida era un futuro inagotable y casi todo parecía posible. Ella. La que siempre será, la que siempre fue, la que nunca estuvo con él. La única. La diosa de su infancia. El amanecer de los sentimientos. La niñez. Lo que nunca fue que regresa. Siempre regresa. Si ella muere todo acaba. Ella no puede morir.

Sangre. Sobre el pasado irrecuperable, sobre el presente brota sangre. En los ojos de Candela, en su boca, en esa vida que él no supo o pudo llegar a vivir.

El hombre que sostiene la pistola camina lentamente hacia atrás. Todo ha acabado. Candela bañada en sangre. La bala ha alcanzado el objetivo y la sangre brota de la nuca del hombre rapado que acaba de sentir el impacto frío, el dolor seco penetrando en las vísceras. La sacudida de la muerte, impensable hace unos instantes. Vértigo y vacío. Mientras se desploma el hombre de la chaqueta negra palpa su nuca y percibe la viscosidad de la sangre. Intenta mirar hacia atrás, descubrir el rostro del autor de su herida, de su muerte. El parque y las casas de extrarradio que lo rodean se desvanecen. A unos metros no hay nadie empuñando una pistola. El horizonte es un pasillo inmenso blanco con puertas grises. En el terrazo comienza a oírse el sonido suave de unos zapatos de tacón. La señorita Julia atraviesa con aplomo el pasillo. Joven, casi tan joven como sus alumnos, reparte sonrisas a los que van cruzándose con ella de camino hacia las aulas. También a él que apenas se atreve a mirarla cuando se cruza con ella. Nunca una sonrisa como aquella.
El hombre cae al suelo y los ojos se cierran. La señorita Julia entra en el aula y el sol parece mimar los reflejos de su pelo casi castaño, casi pelirrojo. Los niños están aún revueltos tras el recreo. Da los buenos días e impone con suavidad orden en el aula. Le mira. A él. La señorita Julia, le mira. Sus ojos sonríen, le sonríen, como nunca una mujer le ha sonreído jamás. Le pide que cierre la puerta para empezar la clase. Y él es feliz, con esa mirada, con esa sonrisa, se levanta del pupitre con diligencia para cumplir la orden de la señorita Julia.

El hombre de la chaqueta negra yace en el suelo. Junto a él, un charco de sangre.

Y, siguiendo las instrucciones de la señorita Julia, cierra la puerta del aula. Suena un portazo duro, seco. Y todo es oscuridad y silencio.

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