LA MUJER QUE NO TENÍA CORAZÓN – AMORES MÍNIMOS – RELATO 27

ROSA

Érase una vez una mujer que no tenía corazón. Su amor había partido hacia un país lejano y el regreso fue postergándose. En ese largo tiempo una cavidad había ido horadando su pecho, día a día y centímetro a centímetro se había hecho más y más grande. La mujer ocultaba la deformidad de su cuerpo, su dolor y su silencio, con una holgada gabardina roja con la que se sentía protegida de sol, lluvia y sospechas.

Un nublado día de primavera, en su caminar errático por la ciudad, descubrió un palacio que parecía abandonado rodeado de un inmenso jardín.
La verja de entrada estaba abierta. Empujó un enorme portón de hierro y pronto anduvo entre tilos, ciruelos rojos y hermosas plantas para ella desconocidas. Resultaba chocante que una vegetación rica y cuidada creciese al lado de las paredes desconchadas del palacio.

En un camino lateral la mujer que no tenía corazón descubrió una parcela sin cultivar. En el ocre de la tierra destacaba el color rojo apagado de una rosa a punto de secarse. Atravesó los metros que le separaban de la rosa, cuyos pétalos mustios miraban al suelo. La mujer suavemente palpó la rosa con las yemas de sus dedos y advirtió una vibración de vida, de belleza que resiste. Retrocedió hasta el camino y se perdió entre lavanda y tomillo, entre cipreses y robles buscando agua para la rosa. Anduvo por senderos estrechos rodeados de una vegetación enhiesta ante la primavera. En una esquina de la inmensa parcela encontró una fuente y al lado un cántaro que llenó de agua hasta el borde.

Retrocedió el camino apoyando el cántaro en la cavidad de su pecho. Al acercarse a la rosa vio pétalos esparcidos creando dibujos singulares en el ocre de la tierra. Sin perder un instante la mujer que no tenía corazón derramó el agua del cántaro alrededor de la flor y se sentó sobre la tierra para observar la rosa. El cansancio la condujo al sueño. Pasadas muchas horas, un rayo de sol de primera mañana la despertó. Abrió con dificultad los ojos y frente a ella encontró con mar de rosas. En el centro, con un color más oscuro, reconoció la rosa que estaba a punto de morir, rodeada de nacientes rosas rojas que lucían brillantes bajo el sol de primavera.
Durante un buen rato estuvo abstraída disfrutando del color rojo, de los olores y texturas de aquel bosque de rosas. Después, al levantarse del suelo, apoyo la mano en su pecho y notó algo extraño. Se quitó la gabardina roja para observarlo. Un nuevo corazón, pequeño como una nuez, estaba naciendo en la cavidad de su pecho y se agrandaba segundo a segundo.

La mujer que ya tenía corazón se despidió de las rosas y recorrió el camino hasta la entrada del palacio. Cerró con cuidado el portón y, con su nuevo corazón latiendo con fuerza, empezó a recorrer las calles buscando el camino para emprender un largo viaje.

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