HACIA EL CIELO Y MÁS ALLÁ – AMORES MÍNIMOS – RELATO 23

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Aquel era un fenómeno realmente extraño. Alicia nunca había oído narrar un acontecimiento similar. Tampoco ella había experimentado antes nada semejante. No sabía qué ocurría, pero, tras una observación metódica, había llegado a una  conclusión: aquello sucedía siempre del mismo modo. Era verle y elevarse como una cometa. Literalmente. Nada más atisbar la presencia de él aquello siempre sucedía del mismo modo. Primero flotaba a unos centímetros del suelo y luego se elevaba despacito, pero sin un momento de pausa en ese subir y subir.

Él era un extraño, un sujeto desconocido con quien, casi todos los días, se cruzaba en aquella calle, la suya, de aquel barrio del centro de su ciudad, Madrid.

Él.

Cuando la acera de la calle repiqueteaba con el ritmo de los pasos lejanos de él,  las suelas de los zapatos de Alicia empezaban  a despegarse poco a poco del suelo y sus manos se alzaban  hacia el cielo, incontrolables, impulsando su cuerpo a las alturas. A veces, para sentirse volar, bastaba tan solo con  oír a lo lejos  la voz de él entonando un saludo cordial dirigido a algún vecino.

Volaba, aquello era un hecho, amigos, Alicia volaba.

Fíjense como sería el tema, que un día, en su volar, Alicia llegó a situarse a la altura del piso su vecina Teresa, nada menos que en la cuarta planta de su bloque de viviendas. Allí estaba Teresa, tan tranquila, batiendo huevos en la cocina, ajena al trajín de subidas y bajadas de Alicia. Además, se producía un fenómeno curioso, otra singularidad del hecho, nadie parecía ver a Alicia cuando “volaba”, cada uno inmerso en sus quehaceres, todos  ajenos a aquellas  incursiones “aéreas”. Pero  yo pude verlo. Tengo mucho tiempo libre y soy observador. Además, tengo que confesar que  tuvo una experiencia similar, muchos años atrás, en mi juventud.

Pero volvamos a nuestra historia. Cuando él desaparecía de su campo visual, el cuerpo de Alicia parecía ganar peso y se dejaba caer lentamente, con una sensación de hormigueo en el estómago y en la cabeza. Todo acababa.

Como pueden suponer, resultaba tremendamente complicado poner remedio a este asunto tan peculiar. Cuando, caminando por la calle Alicia presentía la aparición de él, únicamente podía preocuparse de  intentar mantenerse en el suelo agarrándose  con fuerza al árbol de la esquina, a la farola de enfrente de su casa, a verjas y portones. A la vez,  bajaba la mirada hacia sus pies como si, haciéndolo, les impusiese la disciplina precisa para permanecer firmes sobre el suelo.

Hasta que un día ocurrió algo que cambió el curso de los acontecimientos. Si, amigos, la rutina nos vence hasta que algo la trastoca. Aquel  día todo sucedió de otra manera. Él adelantó unos minutos su horario y cambió su ruta: cruzó la calle y caminó por la acera habitualmente transitada por  Alicia.  Tan es así que pasó al lado de ella, casi rozándola  y se distrajo al observar las manos de Alicia (pero, ¿qué diantres agarraba esa mujer de rostro anguloso y bello?).  Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, como suelen suceder esos momentos que, de repente, nos cambian la vida. Abstraído, resbaló torpemente  y cayó a lo largo de las losetas que cubrían la acera. Alicia, presa de un gran dilema, quería atenderle pero, si lo intentaba y dejaba de agarrarse al árbol, despegaría hacia los aires sin remedio.

Atontado por la caída, pasados unos instantes, él levantó la cabeza lentamente  y observó, atónito, como los pies de ella, entonces muy  cercanos a su propio rostro, distaban unos centímetros del suelo. Aquello era inaudito. La mirada recorrió con presteza las piernas y el torso de Alicia  hasta advertir, curioso, la fuerza con que la mano de ella se agarraba a aquel árbol rotundo y centenario. Poco después, alcanzó la luz de unos enormes ojos rasgados que le devolvieron tímidamente una sonrisa.

Aquello sucedió en un momento. Fui testigo y les aseguro que fue increíble.  Justo en el instante en que los ojos de él y de ella se encontraron, el cuerpo de él empezó a levitar y tumbado boca abajo, en la misma posición en que cayera, se situó a la altura del rostro de ella. Ambos, cómplices, se dejaron llevar y ascendieron juntos, sonrientes. Se elevaron sobre los tejados del barrio, dejaron atrás las nubes inmensas dueñas del horizonte,  divisaron el atardecer ocre sobre la ciudad y volaron hacia el cielo y más allá.

Mucho más allá.

Aunque los vecinos que pasaban -¡incautos!- tan solo veían a un hombre y a una mujer en la acera, sentados, mirándose como si por primera vez sus ojos se abriesen al mundo.

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