LA BAILARINA O EL EQUILIBRIO – AMORES MÍNIMOS – RELATO 14

La bailarina se balancea suavemente al ritmo que marca la brisa ligera de un otoño recién iniciado. La figura, de tamaño reducido, colocada en el centro de la barandilla, juega a mantener un equilibrio arriesgado danzando sobre el hierro que separa el parque y la acera de la calle.

Desde la terraza de su casa Raúl contempla el baile desconcertante de la bailarina que, con la rodilla flexionada, parece comenzar el dibujo de un salto. Mientras la observa, preguntándose por su procedencia, Raúl traza una peculiar pirueta hacia el recuerdo de otros tiempos. Su madre, joven, limpia cuidadosamente una vitrina en la que atesora la vajilla de la abuela entre figuras de porcelana. Nadie puede acercarse a esa vitrina salvo ella. Está prohibido.

El viento parece ir a más. Raúl, movido como por un resorte, baja las escaleras hacia la planta baja, atraviesa el salón y roza levemente al pasar la vitrina de los recuerdos de su madre, situada en la pared norte del salón. Se detiene y observa que está prácticamente vacía. A pesar de llevar unos meses viviendo en esta casa, que fuera la de sus padres, después de su reciente separación, no se ha percatado hasta este momento de esos estantes desiertos. En el espejo del fondo del mueble su imagen se transforma en la de su hermana hace cinco años, tras el fallecimiento de su madre, entristecida, recogiendo y embalando en una caja enorme el contenido de aquellas estanterías. Fueron casi los únicos objetos que ella quiso quedarse de toda la casa, antes de cerrarla.

Tras detenerse unos instantes mirando la vitrina, Raúl abre la puerta de la casa y cruza la calle que parece desierta. Sin embargo, algunas luces tímidas se dibujan en las ventanas de los vecinos. En la barandilla, la bailarina continúa tambaleándose levemente. De repente, un fuerte golpe de viento sacude la figura que se desequilibra y cae hacia el parque. Raúl la atrapa en el aire un momento antes de que se rompa al impactar contra la gravilla.

Con la bailarina en la mano, Raúl desanda el camino hacia su casa. Observa sus rasgos con la luz tenue de las farolas de la calle. Hay algo de vulnerabilidad en el rostro delgado de la figura, carente de expresividad. Entra de nuevo en el salón, lo atraviesa, abre la vitrina de su madre e introduce en ella la bailarina situándola en el centro de la repisa superior del mueble. Luego, sube las escaleras hacia su estudio y, mientras repasa en el ordenador algunos planos del almacén que diseña, no deja de preguntarse quién y por qué habrá dejado esa figura allí.

Dos días después, Raúl regresa a casa en su coche tras visitar a un cliente. A pesar de que aún no son las ocho de la noche, noviembre ha teñido de noche el barrio. Algunos coches salpican la calzada estrecha de la calle. Raúl conduce muy despacio, buscando el sitio más cercano a su casa para aparcar. Antes de pasar por su puerta, mira hacia la barandilla que separa la calle del parque. En el mismo sitio donde encontró la figura de la bailarina días atrás, un payaso de tamaño medio y colores chillones parece animar a un público invisible a la carcajada.

Raúl aparca rápidamente el coche y se dirige al lugar donde está el payaso, casi enfrente de su casa, muy cerca de la entrada del parque. Hay algo desolador en el gesto aparentemente cómico de la figura, que parece haber sido fabricada en serie imitando un material noble. El payaso pasa a formar parte de los nuevos inquilinos de la vitrina de su salón.

Después de colocar la figura en un espacio lateral de la vitrina, Raúl se sienta en uno de los sillones y observando el espacio, con muebles renovados y decoración minimalista, recuerda los tiempos en que aquel lugar, repleto de cuadros y mobiliario, parecía no tener descanso en aquellas tardes de carreras, balonazos y escondites que pasaban su hermana y él entre el parque y la casa, jugando con los niños de la vecindad. Más de cuarenta años después, parece ver los rostros de cada uno de sus amigos sentados allí o entrando corriendo en el salón y a su madre repartiendo pan con chocolate como merienda. También se acuerda de algunas niñas, las amigas de su hermana, que subían y bajaban entre cuchicheos y secretos las escaleras hacia las habitaciones y allí jugaban, espiadas por los chicos, a ponerse la ropa de la madre, pintarse y contarse cosas que parecían profundamente misteriosas.

Raúl dirige su mirada hacia las escaleras y ve a su hermana y a una jovencita rubia de sonrisa inmensa bajando las escaleras. María. Se llamaba María. Vivía cerca, unas casas más allá y aunque tenía la misma edad que Raúl, parecía mayor. Durante una época fue íntima de su hermana. Raúl sonríe. Cuando las veía llegar a casa se hacía el remolón con los chicos de la pandilla, ponía pretextos, hasta para jugar al escondite, su juego preferido y volvía a casa a estudiar. Eso era lo que decía. En realidad, intentaba estudiar cómo acercarse a aquel ángel rubio que, de vez en cuando, pasaba por casa.

¿Qué habrá sido de María? ¿Cómo la habrá tratado el tiempo? Cuando se trasladó fuera a estudiar la carrera, perdió su pista. Luego el tiempo había dibujado una cortina de humo con casi toda la gente con la que compartió adolescencia y juventud.

Raúl deja en el salón a todos sus amigos de la infancia con sus juegos y risas y sube a su estudio a enfrentarse con el diseño de un centro cultural municipal. Entre líneas y planos siguen apareciendo los rostros jóvenes y sonrientes de la pandilla del barrio.

Transcurridos pocos días, un sábado, su hijo pequeño está en la casa, cumpliendo con su régimen de visitas. Por la tarde, viene de jugar en el parque y le sorprende enseñándole una especie de noria mecánica. No es antigua, mirando bien la pieza, Raúl encuentra una pegatina diminuta. “Made in China”, señala. Su hijo le cuenta que el juguete estaba colocado en la barandilla frente a la casa y se sorprende cuando ve a su padre introducir este objeto en la vitrina del salón.

“¿Estás bien, papá?” le pregunta, con cara de preocupación. Claro que el chaval lleva unos meses con ese gesto que se acentúa cuando no entiende el sentido de algo de lo que ocurre alrededor. Le sucede a menudo. La edad y las circunstancias. Raúl se abalanza sobre él, le revuelve el pelo y le empuja hacia la cocina para preparar la cena.

Alguien abandona figuras en la barandilla frente a su casa. ¿Por qué? Raúl retira la cortina y mira a través del cristal el anochecer en el parque. ¿De dónde vienen esas figuras? Quizás lo más fácil de averiguar es cuándo, el lapso temporal en que se dejan allí las figuras. Lo observado hasta el momento parece apuntar que sucede a última hora de la tarde y no todos los días. Con el ánimo de un detective, Raúl mira constantemente a través de la ventana la barandilla del parque.

En días sucesivos encuentra un caballo galopando, un niño de rostro triste tocando un tambor, un gato chino de la suerte y la reproducción de una maceta de porcelana. La vitrina de su madre vuelve a lucir casi como en sus mejores tiempos. Las figuras aparecen entre las siete y las ocho de la tarde, pero no ha conseguido descubrir quien es el autor del abandono.

Un día Raúl se asoma a la ventana y descubre a un señor de edad, vestido con una gabardina gris pegado a la barandilla, frente a su casa, al lado de la figura de un busto que parece reproducir a Beethoven. ¿Es él la persona que deja las piezas en la barandilla? Al principio, la respuesta parece positiva, pero luego Raúl se da cuenta de que aquel individuo mira con asombro la figura, como preguntándose quién la ha colocado allí. Parece querer llevársela, pero no se atreve. Raúl cierra bruscamente la ventana produciendo un ruido que asusta al viandante. Continúa su camino con paso ligero dejando atrás la figura, que permanece rezumando soledad en medio de la extensa barandilla que da al parque. Poco tarda en encontrar compañía, y muy diversa, en la vitrina de Raúl.

Otro día, mientras intenta resolver cómo ubicar una cabina de proyección en el salón de actos del centro cultural que diseña, Raúl se asoma a la ventana. Por la acera, a unos diez metros observa el caminar lento, de espaldas, de una mujer alta y rubia, dirigiéndose hacia la salida de la calle. A continuación, se fija en la barandilla y ve una figura de madera que parece representar al dios Shiva.

Poco después Raúl sitúa a Shiva junto a la bailarina que inició aquella extraña colección de su vitrina, mientras recuerda el andar de la mujer rubia por la acera. Qué diversidad de figuras, piensa, mientras observa los tres ojos y los abalorios que adornan la representación del dios del hinduismo.

Una mañana, Raúl está trabajando en su estudio. Escucha el movimiento de muebles y objetos en la planta de abajo. Amalia, la mujer que viene a limpiar la casa unas horas a la semana, se encuentra en plena faena. Decide hacer un descanso y bajar a la cocina a prepararse un café. Cuando llega al salón, Amalia, una señora que le conoce desde bien joven, que trabajó durante años con sus padres, está limpiando la vitrina, bastante repleta de objetos.

– Voy a la cocina un momento, Amalia.

– ¿Le puedo ayudar? ¿Quiere que le prepare algo?

– No, muchas gracias. Voy a hacer un descanso.

Raúl observa que Amalia ha abierto la vitrina y limpia en este momento la noria que encontró su hijo.

– Como quiera. ¿Le puedo hacer una pregunta?

– Claro. Dígame.

– Estas figuras… ¿eran de su madre?

– No, son mías. ¿Por qué lo dice?

– Pues verá es que estoy asombrada.

– ¿Asombrada?, ¿por qué?

– Por coincidencias. Bueno, mejor me explico. Todos los martes vengo a limpiar la casa de doña Asunción. Llevo años haciéndolo.

Amalia coloca la noria en la vitrina, que luce impoluta.

– ¿Doña Asunción?… No sé quien es.

– Una señora que vivía en esta misma calle, al final. Tiene Alzheimer desde hace años, pero ya está en un estado muy avanzado. Es una pena. Hace poco la han llevado a una residencia porque no podían manejar la situación.

– Vaya, pues lo siento, pero no entiendo…

– Verá, a doña Asunción siempre le gustó tener la casa llena de adornos y cuando empezó con los primeros síntomas de la enfermedad le dio por ir a las tiendas de los chinos. Ya sabe que venden muchas figuras, todas de imitación. Ella no paraba de comprar cosas. Llenó la casa, fíjese.

Raúl, pensativo, observa la figura de la bailarina. Recuerda su balanceo, el equilibrio frágil sobre la barandilla.

– ¿Ah, si? Pues siento lo que me cuenta, pero no recuerdo a esta señora.

– Si, tiene que recordarla. Su madre la conocía bastante, debían ser más o menos de la misma edad. Y tenía dos hijas. Seguro que jugaron juntos de pequeños.

Amalia extrae la figura de la bailarina de la vitrina y se dispone a limpiarla mientras continúa hablando con Raúl.

– A lo mejor, ¿cómo se llaman?

– Carmen y María.

Amalia se distrae y la bailarina parece resbalar de sus manos. Raúl la rescata casi en el aire.

– Disculpe, me he distraído.

– Ya. No se preocupe. Esta misma figura estuvo a punto de caerse y romperse hace unos días. Hablaba usted de las hijas de esa señora. Carmen y ¿María?

– Si, Carmen se casó con un chico de Bilbao y se fue a vivir allí. María también se casó, pero se ha separado hace un par de años y ahora es la que se está encargando de recoger la casa de la madre. A ratos. Porque, claro, doña Asunción, viva el tiempo que viva, no va a volver a su casa. Es una pena entrar ahora en esa casa.

– María… Si, creo que me acuerdo de ella. Rubia, ¿no?

– Si, muy guapa. Sigue siéndolo. Muy buena gente. Tiene algo en el rostro que transmite confianza.

– Ya. Pero, no entiendo, Amalia. ¿Por qué me cuenta usted la historia de doña Asunción?

– Pues porque, fíjese, todas estas figuras de la vitrina, son muy parecidas a las que tenía doña Amalia. Es más, parecen idénticas.

Amalia coloca la figura de la bailarina en la vitrina. Raúl observa el impacto de la luz del sol en la porcelana, reluciente.

– Bueno, no son piezas de valor. Supongo que hay muchas iguales. Las tenía mi exmujer en la que fue nuestra casa.

Amalia rescata un payaso de colores chillones de la vitrina y comienza a limpiarlo.

– Perdone, que no era mi intención…

– No se preocupe. Dígame, ¿cómo está María?

– Muy preocupada por su madre. Pero bien. Viene un par de tardes a la semana a recoger la casa de su madre. Igual la ve usted por aquí.

– No sé si la reconocería. Ha pasado mucho tiempo.

– Seguro que la reconoce. Sigue igual, con más años, pero el rostro y el gesto no han cambiado.

María va dos tardes a la semana a la casa de su madre. No ha cambiado. María no ha cambiado. Las figuras. María. Dando vueltas a lo que acaba de oír, Raúl entra en la cocina y se prepara un café.

Pasa el tiempo y llega el invierno. El frío parece detener el ritmo con que Raúl va encontrando nuevas figuras. Aparecen algunas, pocas. Las descubre en la barandilla cuando llega la noche y de un modo mucho menos frecuente que antes. Pero Raúl, sigue abandonando a cada rato su trabajo para observar por la ventana. Las figuras parecen aparecer por arte de magia en el atardecer, no consigue coincidir con la persona que las deja frente a su casa.

Las Navidades transcurren como un tiempo gris y de trabajo para Raúl. Pasado Año Nuevo, prepara la casa para que vengan sus hijos el día de Reyes. En una de las mesas de su estudio empaqueta los regalos que les ha comprado.

La tarde empieza a caer. Raúl, siguiendo su costumbre de los últimos meses, se asoma a la ventana justo en el momento en que una mujer de pelo corto rubio se detiene enfrente de su casa. Raúl no pestañea. Con cuidado, ve cómo extrae de su bolso un paquete y lo desenvuelve. Se trata de la figura de una niña vestida con atuendos de otra época y una guirnalda de flores en el pelo. Coloca con cuidado la figura en el centro de la barandilla, calibrando el lugar exacto para evitar su caída. Entonces Raúl puede observar el perfil de su rostro, maduro, atractivo. La sonrisa se deja vencer por un aire de tristeza.

María sigue siendo bellísima.

María camina por la acera unos pasos. De vez en cuando mira hacia atrás. Parece comprobar que la figura se mantiene en la barandilla.

Raúl, inmóvil, observa cada uno de sus movimientos. María llega a la entrada del parque y se para. Se encamina hacia un banco y se sienta de espaldas a Raúl que ha seguido su trayecto casi sin atreverse a respirar.

María juega con su hermana y con otros niños en aquel parque. Sonriente, feliz.

Raúl recuerda mientras baja corriendo las escaleras. Sale de su casa y atraviesa la calle en dirección al parque, hoy desierto. Al llegar a la entrada frena su velocidad.

María juega a la comba con su hermana, canturrean una canción mientras saltan.

Los pasos de Raúl, suaves, van marcando un sonido armonioso en el lecho de las hojas caídas.

María tropieza con la cuerda, pierde y tiene que abandonar el juego. Se queda sentada, mirando como saltan otras niñas.

El caminar de Raúl va siendo más lento a medida que se acerca a María, totalmente abstraída, ajena a sus movimientos. Raúl presiente que, como las figuras que coloca en la barandilla, María intenta mantener un equilibrio difícil en el que están implicados el pasado, el presente y el futuro corto y difícil de su madre.

Llega al banco y mirando fijamente a María, ausente, Raúl se sienta.

Días después, María vuelve a entrar en la casa de Raúl. Allí, en una vitrina, descubre casi todas las figuras que ella ha ido dejando en la barandilla del parque. Los tesoros de su madre.

María, con los ojos húmedos, sonríe. La figura de la bailarina, reina de la vitrina, parece haber encontrado su equilibrio.

Para mi amiga E. que me contó una historia preciosa, mucho más que este relato al que ha servido de inspiración.

4 comentarios en “LA BAILARINA O EL EQUILIBRIO – AMORES MÍNIMOS – RELATO 14

  1. Preciosa historia, delicada y emotiva. En estos días me temo que somos muchos los que estamos en un equilibrio inestable, de una u otra forma, o incluso de varias.

    Al menos, como en tus relatos, el amor siempre asoma por algún lado.

    Saludos.

    1. Muchas gracias, Alan.
      Coincido contigo. Son tiempos extraños, en los que la inestabilidad nos acompaña y nos hace ser equilibristas de nuestra propia vida. Hay que crear espacios-burbuja en los que, de vez en cuando, sumergirse y aislarse buscando nuevas fuerzas. Eso, sin volver la espalda a lo que sucede. Volvemos al difícil equilibrio.
      Buena semana y un abrazo.

  2. Hola que Historia, hoy un día nublado lleno de sensibilizadores, cargado de emociones encontradas, vasto de sentimientos que son..y con la música de le radio Amadeus; hoy he me encontrado con esta BELLA HISTORIA… solo se me ocurre decir que es la incertidumbre, el aparente desconcierto de Raúl un observador exigente… lo que me recuerda que el mejor momento es ahora, el mayor recuerdo la acción acometida.
    En fin Pilar estoy muy conmovida con este texto GRACIAS es una verdadera GENIALIDAD

    1. Muchas gracias, Mariana. Estamos de acuerdo, el mejor momento, el único, es el ahora. Pero el momento actual de Raúl -como el de todos- se ve salpicado de referencias al pasado, a momentos significativos que, en su día, parecían simple rutina. A otros que habían sido ocultados por el peso de los días.
      Agradezco mucho tu comentario que también llega para mi en un día complicado en el que se mezclan muy buenas noticias con otras que no lo son tanto y con alguna que otra referencia a ese pasado que, de vez en cuando, golpea inesperadamente el presente.
      Mil gracias y los mejores deseos para ti.

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