A MARÍA – AMORES MÍNIMOS – RELATO 10

 
 
Por el camino va la niña,
 
siguiendo la vereda hacia la fuente
 
Quien fuera fuente
Quien fuera agua,

O siquiera, niña, la hebilla de tu sandalia

———————————

No sé como contar esta historia. Tan familiar y, a la vez, tan distante.

En casa guardo una caja de fotografías antiguas que reviso muy de tarde en tarde. Hoy, después de años, vuelvo a hacerlo. Dispersos entre multitud de imágenes de grupo aparecen algunos retratos individuales. Uno de ellos es una imagen de tamaño medio doblada por una de sus esquinas. Cuando vuelvo a encontrar el rostro sereno de esa mujer de pelo blanco a la que apenas tuve oportunidad de conocer, me conmueve comprobar el cierto parecido físico que nos une. Siento emoción al conocer su historia y pertenecer a ella, aunque sea de forma lejana.

Aquello ocurrió hace mucho tiempo. Debía correr el año 1915. María era casi una niña. A sus catorce años era una chica alta que aparentaba más edad y que percibía, con rubor, la admiración de algunos chicos. En su rostro empezaba a asomar la mujer que sería poco tiempo después, de una belleza muy apegada al sur.

María había nacido en Bedmar, un pueblo de Jaén. La mala fortuna quiso que sin haber llegado a cumplir los diez años, muriese primero su padre y, casi inmediatamente después, su madre. De un día para otro una tía materna, Antonia, se convirtió en su tutora. Así fue como María y su hermana cambiaron los paisajes de sierra y olivos de Bedmar por el promontorio de la llanura castellana de Hita, en la provincia de Guadalajara. Las calles de este último pueblo vieron como abandonaba la niñez camino de la adolescencia junto a su tía y su familia.

María era tímida. Las circunstancias le habían enseñado a callar y a observar. Ocultaba los deseos más triviales, miedo, penas y alegría. Era mayor que sus primos y su hermana y se veía en la obligación de aligerar la carga de su tía, por la que sentía, además de cariño, un enorme agradecimiento. Diligente, siempre se adelantaba a cualquier petición pero, cautelosa e introvertida, siempre guardaba para sí cualquier mínimo deseo.

Sucedió un día de abril. En los árboles parecía haber brotado de golpe la primavera. María se despertó de repente y notó que su cuerpo ardía. Se levantó despacio y abrió una rendija de la ventana. Observó que el horizonte prometía un día azul y luminoso. No hizo caso de su malestar, que también se extendía al estómago, y comenzó a vestirse procurando no hacer ruido para evitar despertar a su hermana, profundamente dormida en la cama de al lado.  El cuerpo parecía no responder a su prisa por arreglarse para ir a la cocina a echar una mano.  Le costaba mover cada uno de sus músculos y sentía un calor interno que la ahogaba.

Atravesó despacio el pasillo hasta llegar a la cocina, grande, con una lumbre llameante,donde su tía trasteaba con los cacharros del desayuno y preparaba el almuerzo para su marido. En cuanto observó que María tenía la cara hinchada y roja, le puso la mano en la frente y, sin dudarlo, diagnosticó fiebre. María se vio empujada de regreso a la habitación que compartía con su hermana y, poco antes de caer vencida por una fuerte sensación de sueño, oyó como su tía despertaba  a su hermana y, acto seguido, le pedía a su marido que se acercase a buscar al médico.

En un estado cercano a la inconsciencia, María, sin embargo, oyó los pasos de unas botas avanzar por el pasillo. Los susurros de sus tíos se mezclaban con la voz inconfundible del médico, grave, jovial. A pesar de su malestar, antes de que se abriese la puerta, María había hecho un esfuerzo por colocarse mejor el camisón, retirarse el pelo de la frente y taparse hasta las orejas. Cuando el médico entró en la habitación, unos ojos oscuros algo empequeñecidos por la fiebre asomaban entre un cúmulo de mantas.

– Antonia, vamos a abrir aquí, que la oscuridad hace mala pareja con la enfermedad. Es bueno que su sobrina pueda ver la luz de este día hermoso que hace.

Cuando oyó la voz de Constantino, el médico, dirigiéndose a su tía, María dio un pequeño respingo. Sus ojos se iban agrandando a medida que le veía avanzar hacia ella.

– ¿Cómo estás, María? A ver, cuéntame qué te pasa.

Mientras hacía esta pregunta, el médico ponía la mano en la frente de María, que ardía.

María balbuceaba, incapaz de articular la respuesta. Enseguida su tía comenzó a referir lo ocurrido un rato antes en la cocina.

Los ojos de María se agrandaron un poco más cuando, a petición del médico, su tía retiró las sábanas y  abrió los botones de su camisón. María no podía estar más congestionada. A su malestar se unía el apuro por sentir un rubor intenso que atravesaba su pecho y le subía al rostro. La mirada del médico, pendiente del estetoscopio y de medir las constantes de María, no se cruzó con la suya, salvo al final del reconocimiento. En ese momento, mientras informaba a su tía de que no tenía que preocuparse y le daba algunas indicaciones, mirándola, le sonrió.

– Esto no es nada, María. Ya verás, te pondrás bien en unos días. Pero tienes que estar en reposo y tomar lo que le dicho a tu tía. Y también beber mucho líquido.

Mientras el médico atravesaba el pasillo hacia la salida, acompañado por sus tíos, María le oyó decir que volvería a última hora de la tarde para ver cómo evolucionaba.

Durante tres días, María sintió una tremenda confusión. Se encontraba físicamente mal y a esto se añadíala gran alteración que sentía  cada vez que venía el médico. Pero, a pesar de ese estado de nerviosismo que le provocaba, deseaba intensamente sus visitas.

María, una chica fuerte, mejoró rápido. Enseguida echó en falta la presencia del médico. A lo largo de esa primavera y de las siguientes, fue dándose cuenta de cómo se azoraba cuando a la vuelta de la escuela o de hacer algún recado, se encontraba con Constantino por las calles de Hita. Aunque le saludaba, no se atrevía a mirarle y, sin querer, aceleraba el paso cuando se cruzaban. También sentía mucha curiosidad y un cierto rubor cuando alguien hablaba de él. En el pueblo era un hombre querido, se elogiaba su disponibilidad para todos, en cualquier momento del día o de la noche. Se llevaba bien con todo el mundo y había conseguido vencer en poco tiempo la desconfianza inicial que provocaba su juventud. Pero había un aspecto que era objeto de muchos rumores: su soltería. Siempre se hablaba de alguna joven candidata a convertirse en su mujer. María callaba y prestaba mucha atención.

De todos los rumores y de los acontecimientos de la jornada hablaban los hombres por las tardes sentados a la entrada del pueblo, en una pequeña plaza desde donde podía contemplarse el camino hacia la fuente. Y como era tiempo de roles marcados, las mujeres hablaban por su lado de todo lo que acontecía, habitualmente mientras recorrían el camino que iba de la salida del pueblo hacia la fuente, a donde iban a llenar cántaros de agua y a lavar.

María observó que el médico se unía por las tardes a la tertulia de la plaza y ella, dispuesta, procuraba acompañar a su tía y a las vecinas a la fuente. En el recorrido, cuando pasaban cerca del corrillo de los hombres, casi no se atrevía a apartar los ojos del suelo. Pero le gustaba oír la voz y la risa del médico, sentir su presencia, aunque fuera desde lejos y a pesar de que este disfrute durase tan poco tiempo, tan solo unos instantes a la ida y a la vuelta del trayecto.

El tiempo fue pasando. Casi cuatro años después, un día María y Constantino se cruzaron en la calle. María levantó por fin la mirada y se encontró con la de Constantino. Y en aquel momento supo lo que no había sido capaz de intuir en aquellos años. El médico se había fijado en ella mucho tiempo atrás, incluso antes de aquellas visitas a casa de su tía cuando estuvo enferma. Hacía mucho que el día se alegraba cuando la encontraba, que su mirada seguía con disimulo sus pasos cuando iba a la fuente, que la observaba en la distancia y en silencio, que esperaba. Incluso ya unos pocos días después de atenderla como médico, en un momento intenso de bromas de los compañeros de tertulia de la plaza respecto a su soltería, Constantino,  muy serio, había apuntado hacia el camino de la fuente y les había dicho señalando a María, que caminaba  junto a su tía:

– ¿Veis esa niña que va hacia la fuente? Pues ella va a ser mi mujer.

La carcajada fue general. Los vecinos lo tomaron como una broma del médico para salir del paso. Nadie sospechó que, en su enfado, Constantino había descubierto su verdad.

En el revoltijo de la caja de recuerdos encuentro una foto de boda. Ella, tan joven, vestida de oscuro, sentada, con la mirada tímida. Él, de pie, con una barba cuidada que le otorgaba madurez, con la pose que parecía exigirse a los hombres en aquella época. María y Constantino se casaron al poco de cumplir ella dieciocho años. Hoy les vuelvo a ver en esta fotografía sepia, muy preparada, que no deja traslucir las verdaderas sensaciones del momento.

Por la vida de la pareja pasaron quince años y cinco hijos. Un invierno, Constantino enfermó. Estando en cama le dieron el aviso de que  una mujer de la comarca con graves problemas de salud a la que él atendía habitualmente, se había puesto de parto. Su vida y la del hijo en camino podían correr peligro. No había tiempo para localizar a otro médico. A pesar de las súplicas de María, Constantino se levantó de la cama, subió a lomos del caballo y atravesó los campos bajo una intensa lluvia hasta llegar a la pequeña aldea donde vivía la parturienta. Jacinto, el alguacil del pueblo, que le había ido a avisar, viendo que el médico no se encontraba bien, le acompañó. Fue un parto difícil, pero al final, madre e hijo pudieron sobrevivir. En el camino de regreso, la lluvia continuaba y Constantino se mantenía en el caballo casi milagrosamente. A duras penas Jacinto podía sujetarle.

María estaba alerta, esperando, y les oyó llegar. Al entrar en el establo, la alta fiebre hizo que Constantino contemplase la cara asustada de María como si fuese la imagen de un sueño, borrosa e indefinida. Poco antes de caer desvanecido, cogió entre las manos el rostro de María y, temblando, le anunció que le quedaban diez días de vida. No se equivocó. (*)

María, rota de dolor, se vio abocada a poner en pie otra vida y a sacar adelante a sus hijos en Madrid. Pero esa es otra historia, un relato inmenso de tesón y fortaleza en los tiempos oscuros
de una España que dibujaba en el horizonte de su futuro cercano una guerra y una dictadura.

Revolviendo en la caja de fotografías encuentro una instantánea que debió tomarse a finales de los años 50. Dos mujeres caminan por la Gran Vía. La más madura, vestida de oscuro, luce un hermoso pelo canoso peinado en un moño. Se agarra del brazo de una mujer más joven, con una melena negra y brillante cayendo en rizos por los hombros y un vestido claro. Del parecido se deducen fácilmente lazos familiares. El paso de ambas parece firme. Sonríen a la cámara.

Es una imagen de María, mi abuela, y de su hija pequeña, Pilar, mi madre, caminando por las calles de la vida.

Observándolas, me reconozco en algunos rasgos. Pero en lo que me gustaría reconocerme es en ese andar firme, en esa mirada sonriente a pesar de todo y de todos.

Una historia de amor en un pueblo de Guadalajara, la de María y Constantino, mis abuelos, fraguó el discurrir de muchas vidas, las suyas, las de todos los que les hemos seguido. Es una pequeña historia de amor entre millones de historias. Son las historias de los que nos antecedieron, de las que nacemos, relatos que llevamos impregnados en la sangre y en la memoria. Amores mínimos en la gran historia del mundo, pero inmensos para los que de una u otra manera somos, en parte, su consecuencia.

(*) Recordemos que en aquella época aún no existían los antibióticos, que se generalizaron a partir de 1943.

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