LA GALA – AMORES MÍNIMOS – RELATO 8

La alfombra roja, inmensa, da la vuelta a la plaza y traza el camino para los invitados a la gala.

El frío de la noche queda amortiguado por el calor de los enormes focos de colores que proporcionan una dimensión grandiosa a las columnas de la fachada del teatro.

Una vez recorrida la alfombra, el hall del edificio da cobijo a los cientos de invitados que asisten a la entrega de premios.

Alfonso pasea de un lado para otro, zigzagueando en el tumulto de la entrada. Le saludan muchos conocidos y gente que ha trabajado en sus películas. Él también se detiene a saludar, correctamente, pero con brevedad, procurando en todo momento no perder de vista la puerta de entrada.

Lleva días impaciente, esperando que llegue esta noche.

Mira el reloj constantemente. Falta menos de media hora para el inicio de la gala.

No está. Ella aún no está. Pero seguro que va a asistir. Ha participado en una de las películas candidatas a los premios. Ana debe estar a punto de llegar.

Alfonso se apoya en una columna del hall desde donde domina la entrada para no perder detalle de cada una de las personas que acceden al teatro, una multitud.

No aparece. ¿Y si finalmente no viene? No, eso no puede ocurrir. ¿Es posible que no tenga oportunidad de verla esta noche? De ninguna manera. Ana va a venir. Seguro. Tiene que asistir a la gala.

La mirada de Alfonso abandona un momento la vigilancia de la puerta de entrada y recorre el hall. Al fondo de la sala, entre la multitud de personas engalanadas, observa a una mujer con un vestido negro entallado de corte sencillo y un recogido alto que descubre una nuca perfecta. Transmite elegancia. Conversa entretenida con un grupo de gente. De repente se gira para responder al saludo de alguien.

¡Es Ana! ¡Ha venido! Irreconocible con el nuevo peinado. Bellísima. Con ese atractivo que transmite la serenidad, tan difícil de describir. Hace mucho tiempo que una mujer no le provoca este sentimiento, que le inquieta, le hace sufrir, le mantiene en vilo. En su madurez, con su experiencia, vuelve a convertirse en un adolescente azorado, dudando de cada paso, deseando y a la vez temiendo hablar con ella.

Cuando observamos fijamente a alguien de forma continua, al cabo de un tiempo esa persona, al sentirse observada, devuelve la mirada. Alfonso va a comprobar esta teoría.

Comienza a fijar con intensidad la mirada en Ana, pero las interrupciones ocasionadas por saludos de conocidos son constantes. Llegan a irritarle, aunque consigue mantener el gesto cordial en todo momento.
Ana continúa charlando con el mismo grupo, ajena a la presencia de Alfonso, de espaldas a él.

El reloj avanza. Impaciente, él sigue mirándola en los momentos en que nadie le interrumpe con saludos o comentarios que, por cortesía, se ve obligado a responder.

Alfonso continúa observando la nuca de Ana, hasta que, de repente, ella gira la cabeza e instantáneamente su mirada se cruza con la de Alfonso, que no puede ocultar la emoción. No dejan de mirarse, hasta que alguien del grupo de Ana le pregunta algo e interrumpe su atención.

Poco a poco, de forma casi imperceptible, Ana va girándose y cambiando su posición, hasta quedar justo frente a Alfonso.

Las miradas de Ana y de Alfonso inician un ritual de complicidad, buscándose cuando tienen oportunidad.
Por megafonía se anuncia el principio inminente de la gala.

Los invitados se dirigen a las puertas de entrada.

Ana y Alfonso no dejan de mirarse, excepto en los intervalos, breves, en que las circunstancias les obligan a hablar con alguien.

Él continúa apoyado en la misma columna.

Ella permanece en el lado opuesto de la sala.

Poco a poco los invitados entran el auditorio.

Cada vez hay menos público en el amplio espacio que les separa.

El hall va quedándose vacío.

Pasados unos minutos tan solo un escaso número de invitados permanecen fuera de la sala. El grupo de gente con el que se encuentra Ana, también emprende camino hacia la puerta de acceso. Poco antes de entrar, Ana aduce un pretexto y permanece en el hall, de pie, a bastante distancia de Alfonso, mirándole.

Las columnas de la inmensa estancia parecen vibrar al comenzar los acordes de la música que marca el principio de la gala.

En la majestuosidad del hall Alfonso y Ana quedan solos, en lados opuestos, mirándose. La iluminación, cálida, resalta la intensidad de las miradas.

Durante la gala dos butacas del enorme teatro van a permanecer vacías.

Al final del espectáculo, durante la cena posterior, habrá gente que preguntará por Alfonso, también por Ana. Nadie encontrará explicación a su ausencia.

La alfombra roja de la entrada del teatro guardará el secreto de su marcha juntos, minutos después del inicio de la gala, a celebrar el amor y la vida.

El rojo intenso marca el camino.
La senda es larga,
deja que la recorra contigo.

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