EL VIAJE DE MERCEDES – AMORES MÍNIMOS – RELATO 7

Te fuiste

La calle enmudeció

En mi balcón suena el desconcierto del silencio

Los zapatos de Mercedes, de medio tacón, se empinan con esfuerzo al subir los escalones del autobús.

Una vez por semana Mercedes recorre media provincia para ir a visitar a Tomás. Ese día se levanta muy pronto y acude, impaciente, al primer turno de desayuno del comedor de la residencia. Después parece volar cuando, con pasitos cortos y ligeros, regresa a su habitación para lavarse los dientes y peinar cuidadosamente sus rizos blancos. Tras darse una vuelta, coqueta, frente al espejo, agarra el bolso y sale presurosa para no perder el autobús que pasa a las 9.45 por la parada situada a escasos metros de la residencia.

De un tiempo a esta parte, las piernas de Mercedes no responden como antes. Le cuesta doblar las rodillas y hoy, al sentarse, ha sentido el latigazo de un calambre ascendiendo de forma intermitente por su pierna derecha. Es la edad -piensa- mientras sus ojos grises parecen lamentar el paso del tiempo detrás de los cristales gruesos de las gafas, a la vez que observan las obras que parecen inundar la ciudad sin prestar gran atención.

Al llegar a una plaza bastante alejada de la residencia, Mercedes tiene que descender del autobús para tomar el tren. Entra en la estación y observa con dificultad el panel de salidas. No ve bien las letras intermitentes y acaba pidiendo ayuda a una chica joven que le indica la vía de la derecha.

¡Hay que ver! ¡Ya podían los sobrinos de Tomás haber buscado otras opciones más cercanas! Hubiese sido estupendo. En ese caso podría visitarle más a menudo. Aunque, ¡con lo bien que estaba Tomás antes, en la misma residencia que Mercedes! Lo ideal hubiese sido no hacer cambios. Así todo iría sobre ruedas. Ella podría estar con él todos los días, mañana y tarde. Verle, acompañarle, ayudarle. Aunque, todo hay que decirlo, hay que reconocer que las auxiliares de la planta donde estaba Tomás cada vez le dejaban estar con él menos tiempo. Es que, ¡eran tan raras! En los últimos meses, se dedicaban a hacerle la vida imposible. El gesto de Mercedes, habitualmente dulce y apacible, parece endurecerse con estos pensamientos. Porque claro, a ella le importaba Tomás e intentaba que caminase, se preocupaba por sus comidas, quería llevarle a su habitación a que oyese canciones de Estrellita Castro, porque ¡cómo le gustaba a Tomás oír a Estrellita Castro! Y con aquellas arpías que a duras penas permitían que estuviera con él en la sala de estar, no había manera.

Además, las últimas semanas de Tomás en la residencia habían sido terribles. Todo había empeorado a raíz de aquel día. ¡Qué barbaridad! Es que no era de recibo, Tomás no podía estar todo el día sentado, tenía que andar, desentumecerse, hacer ejercicio. Un día, con ese propósito, estaban en el salón y aprovechando que las auxiliares no estaban a la vista, Mercedes le cogió del brazo y le ayudó a levantarse. No habían avanzado ni tres o cuatro pasos cuando la zapatilla de Tomás se enganchó en la pata de una mesa y, claro, tropezó, se cayó y Mercedes detrás de él. Pero no les había pasado nada, había sido hasta gracioso, pero estas chicas es que no tienen ningún sentido del humor. A partir de este suceso, cada vez que a Mercedes se le ocurría pasar por la planta de Tomás, tenía a una de las auxiliares pisándole los talones. Aquello no podía ser, tenían que estar solos, ¡cómo se iban a contar sus cosas con alguien delante!

Total, al final todo se había complicado tanto que a Mercedes únicamente le quedó una opción: la noche. Así es que habitualmente se ponía su camisón, se metía en la cama y cuando pasaba la auxiliar de su planta a comprobar si los residentes estaban bien y a dar las buenas noches, fingía estar dormida. A continuación, esperaba un buen rato acostada y cuando la residencia estaba completamente en silencio, se levantaba, abría con cuidado la puerta de la habitación, atravesaba el pasillo y bajaba los cuatro tramos de escalera hasta llegar a la planta donde estaba Tomás. Una vez allí, miraba a derecha e izquierda y, cuando estaba segura de que no había auxiliar a la vista, recorría con cuidado el pasillo hasta llegar a la habitación de Tomás. Tenía que procurar no asustarle, porque, claro, ya estaba en la cama y, a veces, dormido. Mercedes llegaba y se sentaba en un ladito de la cama, le cogía de la mano y le contaba, en un susurro, lo que había hecho aquel día. Sólo se quedaba unos minutos, para no tentar a la suerte. Al despedirse, siempre le decía que se tenían que cuidar mutuamente, estaban los dos solos y ella ni siquiera tenía sobrinos, como él. Luego le soltaba la mano y le daba un beso de buenas noches en la frente. A veces él protestaba un poco. Era un poco gruñón, que le vamos a hacer, pero ¡qué gran persona era Tomás!.

Una noche la suerte no estuvo de lado y en el momento en que salía de la habitación de Tomás, Mercedes se dio de bruces con una de las auxiliares. ¡Qué dura esta chica! ¡Ni que fuese un crimen visitar a un amigo! Y a partir de ahí todo fue de mal en peor. En la residencia se oían rumores de todo tipo sobre Mercedes y Tomás. Pero, ¡qué se tiene que meter la gente en la relación de nadie! Y además, ¡que nos importa lo que digan! Pero aquello tuvo sus consecuencias. Al final, han acabado separados por una barbaridad de kilómetros de distancia.

La cara redonda de Mercedes refleja nostalgia en el cristal del tren. De pronto, mira con atención y se da cuenta de que tiene que bajarse en la próxima estación.

Un joven ayuda a Mercedes a bajar los escalones del tren de cercanías. Ella le da las gracias y le sonríe como gesto de amabilidad y también porque es feliz: va a vivir las mejores horas de la semana. Sólo tiene que andar cinco minutos y llegará a la residencia donde está ahora Tomás.

Ya delante de la verja de entrada, Mercedes se estira la chaqueta, la falda y se retoca el pelo con bastante maña. Después, llama al timbre.

En el jardín pregunta a una de las auxiliares por Tomás. Ella le indica un árbol en el lado izquierdo. Una enorme sonrisa llena la cara de Mercedes. Efectivamente, allí por fin está Tomás.

Bajo aquel árbol se distingue, desde la distancia, a un hombre de bastante edad.

Mercedes se acerca con emoción. Sus zapatos se van llenando de polvo a medida que atraviesa la gravilla del jardín.

El hombre está sentado en una silla de ruedas.

Mercedes le llama con tono alegre: ¡Tomás! ¡Ya estoy aquí otra vez, Tomás!

La mirada del hombre se pierde en la distancia.

Cuando llega a su altura, Mercedes, con una sonrisa enorme que también se refleja en el color de sus ojos, ahora verdosos y extremadamente abiertos, abraza suavemente a Tomás y le da un beso en la frente.

El hombre sigue abstraído, con la mirada fija en algún objeto lejano del jardín.

Después, Mercedes, tomando la mano de Tomás, dice que le encuentra muy favorecido con la camisa azul que lleva y que, como tiene un montón de cosas que contarle y seguro que ya está aburrido de ver el jardín desde ese lado, lo mejor es pasear un rato y así mientras, van charlando.

El hombre sentado en la silla de ruedas no responde, continúa mirando al vacío.

Mercedes se cruza el bolso en bandolera y, situándose detrás, empuja suavemente la silla a la vez que empieza a contar a Tomás las peripecias de los últimos días.

Los zapatos de Mercedes se alejan despacio, deslizándose con suavidad sobre la hierba del jardín, siguiendo el giro de las ruedas de la silla de Tomás.

Ven

Por el sendero,

Por el aire

Por las aguas gélidas del invierno

Ven

No dudes, ven

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