DEPRESIÓN “POSTPARTO”

•septiembre 15, 2014 • Dejar un comentario

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Una calle estrecha. La sombra del atardecer cayendo sobre fachadas de casas bajas. Al fondo, un monte verde iluminado por un sol anaranjado que anuncia el declive del día. La cámara graba el último plano de la jornada, también el último plano de los días pasados en un pequeño pueblo alcarreño, que se pierde al final de una estrecha carretera. Allí empezamos hace ya un año nuestro rodaje, de días espaciados a lo largo del tiempo.

A pesar de la discontinuidad del rodaje, la sensación es la misma que al acabar cualquier otro: vacío, inseguridad ante lo grabado y ante las decisiones del montaje que vendrá, pérdida de la emoción que supone el rodaje, con la espera e ilusión de los planos por hacer y la sorpresa ante lo que ocurra en las horas intensas de grabación.

Sentimientos contradictorios. El material está completo y pocas cosas importan y deseas más que tener la grabación cerrada cuando aún queda rodaje por delante. Sin embargo, al finalizar sientes una mezcla de vértigo y nostalgia. La “depresión postparto” acecha con frecuencia tras los rodajes y supone mucho más que cansancio después de un gran esfuerzo emocional y físico.

El descubrimiento que se hace de facetas de uno mismo durante esa intensidad casi siempre es denominador común. Sorprende y es difícil renunciar a esa sensación a veces de cambio, de superación, de descubrimiento de un caleidoscopio nuevo de matices y sensaciones.

Hoy, desde Madrid sigo paseando las calles de ese pueblo y dibujando los rostros que se han dejado fotografiar para “Demolición”, nuestro cortometraje, una pequeña pieza que será obra de la gente que vive allí, abierta, habladora y afable. Se han hecho querer y les queremos. También recordando épocas lejanas, que no hemos tenido oportunidad de vivir, pero que fueron coetáneas de algunos familiares. El pasado y el presente han jugado a confrontarse en algunos planos. En esta primera jornada tras el final de la grabación la memoria gira en espiral y me devuelve una y otra vez a aquellas tierras alcarreñas. Queridas tierras.

Y entre las imágenes que se repiten y juegan entre ellas a montar mil historias en mi cabeza, hay una que cobra más y más importancia: una reja en la fachada de una casa… Pero no entremos en esa historia, que intentará contar más adelante “Demolición”, después de toda la etapa de postproducción. Aún mucho camino y muchos descubrimientos por delante.

NUBES DE DOMINGO

•agosto 3, 2014 • 2 comentarios

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Las nubes avanzan en el azul de la tarde de domingo. El verano es menos verano este año. El calor ha dejado paso a una brisa mantenida que lleva acompañándonos casi toda la estación. El verano es suave casi un inicio de otoño.

El sol va olvidando la intensidad del mediodía. La ciudad adormece en el naranja de la tarde estival. Detrás de cada ventana, de miles de ventanas, un puñado de historias, rosas y cuchillos de realidad, esperan que alguien se acerque con su pluma, con su cámara, con su pincel, con músicas y sonidos, para arrancar un pedazo de verdad que se asemeje a los sucesos, los relatos personales que, día a día, en la rutina, van hilándose detrás de cristales y persianas.

La realidad es inabarcable, así es que uno deja de mirar a pie de tierra y bucea en las alturas del cielo. Las nubes narran historias que han visto en territorios lejanos, las que han oído en las noches de desiertos y valles, las que han imaginado entre las luces y las sombras de montañas y océanos.

Esta tarde las nubes son blancas, pequeñas y regordetas. Parecen pastelillos de nata que nos atraen desde el vértigo de la distancia.

El domingo es muchas cosas. La tarde de domingo es el latido inicial de la semana, la cumbre que se asoma al acantilado. Pero la mañana de domingo es luz, nubes y tebeos. La luz de la infancia. La luz de mi padre llevándome de la mano hacia el quiosco del barrio. El tebeo de la semana, que querías leer ya sin despedirte de Ramón, el quiosquero. Pero, sobre todo, las nubes.

El domingo por la mañana era jugar con las nubes desde el banco del parque, de cualquier parque, después de leer el tebeo. Adivinar formas. Imaginar animales portentosos, buscar los perfiles de gente conocida o desconocida en los recovecos algodonosos.

Los domingos por la mañana eran de mi padre y las nubes. Mi padre, que me enseñó a buscar en el cielo lo que no estaba en las calles del barrio.

Pasados los años, los domingos por la mañana son de las nubes que enseñan a viajar a territorios inexplorados, a imaginar historias que se balancean en el andar rápido de aquel cúmulo, a buscar relatos que sueñan ser contados.

LUNA DE JUNIO – AMORES MÍNIMOS 44

•junio 12, 2014 • 3 comentarios

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En la luna de junio
el taray mece su brisa entre las luces del parque
enjambres de alas de mariposas
acosan la serenidad de las farolas
mientras el silencio alumbra nieblas
en los sueños del barrio.

En una acera, luz
En la otra, oscuridad
Y mi caminar esquivo
entre el sol y la sombra
dibujando la línea de un verso
en las esquinas del amanecer
buceando mares de sílabas
oteando la precisión de un adjetivo
la ilusión de un verbo
tramando la conjunción de un ramillete azaroso de palabras
para saberte
para oírte
para mirarte mirando
para decirte o no decirte.

Decirte.

Y con las palabras, quizás, soñar otro tiempo.

DE CAMINOS Y MARIPOSAS – AMORES MÍNIMOS 43

•junio 8, 2014 • Dejar un comentario

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Árboles de flores ocres y sombra tímida
dejan caer una lluvia suave de hojas espigadas sobre su pelo.

El grupo avanza por una senda de madera que atraviesa las lagunas.
Aguas que emergen desde recónditas profundidades,
de lugares que han visto nacer y hundirse viejos continentes,
de espacios donde el origen del mundo, agazapado, guarda cobijo.

Calcula mal las distancias.
Camina deprisa,
a pasos cortos,
a veces desiguales,
sobre aquellas tablas que ocultan las fosas del tiempo.

Sola, detrás.
Sola, sin perder de vista la sombra del hombro de él
que avanza delante
sin aminorar el paso
ni mirar atrás.

Sola.

Una punzada de dolor atraviesa su vientre.
Cae al suelo.
El grupo y él continúan un avance uniforme.
Cada vez más lejana
la sombra del hombro de él.

Con un dolor de siglos,
acurrucada sobre las maderas
observa el agua
sin percibir un atisbo del fondo
Levanta la mirada, honda,
y no alcanza a ver el hombro de él.

Cierra los ojos.
Se desvanece.

Su cuerpo encogido,
en el apunte de la puesta de sol
se convierte en un haz de luz.

Brotan alas de un rojo intenso donde estaban sus brazos
Su piel se transforma
Tejidos, vísceras, huesos, músculos
inquietan a la naturaleza con su cambio.

En el momento en que el sol empieza a desaparecer en el horizonte
Justo en el lugar donde cayó el cuerpo de la mujer sola
una bella mariposa roja bate las alas.
Lentamente, sobrevuela la laguna
hasta posarse en unos juncos.

La mariposa, sola, espera.

Las tablas de madera empiezan a vibrar.
Los pasos del grupo resuenan cada vez más cerca
con ritmo uniforme.

La mariposa inicia, tímida, el batir de alas,
despega hacia las nubes,
y, como una estrella roja fulgurante,
desciende en espiral hacia el grupo.

Aletea alrededor de él que,
fascinado por la luz rojiza que brota de sus alas,
observa el vuelo delicado
antes de posarse en su hombro.

Queda camino aún
La mariposa avanzará junto al hombre
paso a paso,
hasta el encuentro con el anochecer del tiempo.

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ESTRELLAS FUGACES – AMORES MÍNIMOS 41

•junio 1, 2014 • 2 comentarios

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Atrapar las estrellas fugaces que atraviesan tu rostro

quiero

esas que cuelgan, sutiles, de los hilos de tu barba

e iluminan mares y nieblas en tu mirada.

Esas que siembran la noche de caminos y vericuetos

que van desde la luna de una sonrisa

hasta el amanecer dibujado en los pliegues de tu frente.

Quiero acariciar su luz

suave, rotunda

Pero no sé cómo alzar la mano

cómo dibujar el movimiento perfecto

para evitar la huida de esas minúsculas gotas de luz

y no dejar a oscuras

las aceras desiertas de nuestras noches.

DIFERENTES – AMORES MÍNIMOS 41

•abril 27, 2014 • Dejar un comentario

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Hay personas que llevan el dolor marcado en el rostro. Él era una de ellas. Casi todos los demás, podían disimular, ocultar los restos del naufragio. Él no.

No ignoraba su verdad. Tampoco era ajeno a la barrera de silencio que provocaba su presencia. Así, como podía, caminaba la vida sorteando ese estigma. A pesar de todo, caminaba.

Una mañana temprano, en la parada del autobús, descubrió con sorpresa un rostro con el dolor marcado en el rostro, como él. Le miraba.

Se observaron en la distancia como iguales. Él a ella. Ella a él.

Al día siguiente volvieron a coincidir y al siguiente y al otro. Puntuales, siempre llegaban exactamente a la misma hora. Cumplían un ritual. Él aparecía de un lado de la calle, ella del contrario. Se observaban de frente caminando hasta la parada, situada a mitad de calle. Día a día, a medida que avanzaba el tiempo, en los rostros de ambos iban desapareciendo rasgos de dolor, primero alrededor de los ojos, luego en la frente y el entrecejo, más tarde en las mejillas y en la zona de la boca. Transcurrió tiempo hasta que un día aquella mujer, igual con él en la diferencia, avanzó unos pasos hasta ponerse frente a él. Mientras le preguntaba algo sin importancia, sonrió. En aquel momento él fue testigo de cómo en segundos esa sonrisa, borraba del rostro de ella los últimos rastros del dolor. Como en un espejo, vio reflejado en ella su propio cambio.

Desde entonces cada mañana en la parada del autobús se ven, adormecidos, rostros que parecen de cera, rostros hinchados de tanto ocultar cualquier emoción, rostros que fingen sosiego, rostros como máscaras y, al otro lado de la marquesina, dos rostros con pasión de vida. Los de él y ella. Diferentes.

LA PUERTA – AMORES MÍNIMOS 40

•abril 20, 2014 • 1 Comentario

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Cuando la puerta se cerró tras él, el aire pareció detenerse. Sintió como los huesos de su cuerpo crujían y se rompían, mientras su carne tersa y aún joven, se hinchaba y enrojecía. Ella llegó hasta el espejo del baño temblorosa, cojeando. Allí no se reconoció en aquel rostro ensanchado que se agrietaba, en aquel pelo repentinamente encanecido, en el abismo de su mirada. Extraña y vieja, así se veía.

Arrastrándose como una culebra atravesó la casa y llegó a la cama. Allí pronto su corazón dejó de latir.

A la mañana siguiente, siguiendo las tradiciones del lugar, tiraron su cuerpo al mar.

En el fondo del mar, cerca de la playa, un pez rojo empezó a jugar con su pelo. Pronto todos los peces de la colonia nadaban alrededor de su cuerpo. Aquel no era su sitio. Empujaron su cuerpo en bloque hacia la orilla. Allí un montón de algas azules y blancas adornaron su pelo y caracolas de mil tamaños se colocaron alrededor de su lecho de arena.

Abrió los ojos y se vio frente a un mar azul cobalto. Las olas, cálidas, llegaban a sus pies. Su cuerpo despertaba y se estiraba en el calor de la arena. La tranquilidad lo inundaba todo.

El sol era fuego y luz. Como la mirada de ella, de nuevo fuego y luz.

Un hombre parecido a él paseaba por la orilla y la miraba desde lejos.

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