LA PROMOCIÓN CULTURAL

•mayo 19, 2015 • Dejar un comentario

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Una valla de una obra convertida en un vehículo de promoción de las artes escénicas.

Maneras de difundir la cultura que buscan la cotidianidad, la cercanía con el público, también una transformación de lugares que no tienen relación con las artes, en espacios de promoción de distintas manifestaciones culturales.

La foto ilustra una valla de una obra en la localidad de Clermont-Ferrand. Sabemos bien que lo que nos rodea condiciona la mirada. El municipio francés no solo apuesta por festivales de cine internacionales que tienen repercusión en todo el mundo -de todos es conocido el prestigio de su Festival de Cortometrajes-. En la calle nos topamos con este otro tipo de apuestas que suponen la introducción del arte en la vida cotidiana. Y esto es la promoción cultural. No es cuestión de presupuesto (no únicamente, al menos), es un asunto de concepto.

LA ILUSIÓN

•abril 25, 2015 • 1 Comentario

Domingo por la mañana.

Hay nubes dibujando el perfil de Madrid. Desde la terraza de uno de los edificios de Gran Vía, los tejados avanzan hacia el horizonte. En cada una de las miles de ventanas la vida rastrea resquicios para la ilusión más allá de las fronteras de la rutina.

La calle desde la planta ocho parece un escenario, la maqueta de una película.

Los ojos recorren el panorama de la ciudad. En los pocos minutos de espera, las calles de Madrid multiplicándose hacia el horizonte se mezclan con imágenes de los últimos once años. El recuerdo viaja atrás y adelante, rompiendo cronologías, saltando entre pasado y presente. Muchas de las imágenes tienen una sala de cine como escenario y al fondo, una pantalla, que refleja mil historias. Delante, a un lado, un micrófono de pie al que se acercan en planos sucesivos muchos soñadores, más de 400, que cuentan anécdotas de sus trabajos, agradecen, vibran… se ilusionan. Mientras, decenas de planos se suceden en la pantalla del cine y en la retina de la memoria. Comedias que relevan a dramas que reemplazan a películas de suspense…. hasta volver al principio.Directores y equipos llenos de ilusión, con la pantalla detrás, en vestíbulos de cine atestados de gente, saludando a gente, dedicando premios.

¡Qué suerte haber vivido 11 años del mundo de ilusión de un festival, de tanta gente!

La mirada se desplaza a la línea en la que los edificios de Madrid se unen al cielo parcialmente nublado de este domingo. Y en esa línea el recuerdo son los rostros en primer plano de tantos, emocionados, sorprendidos, después de oír el aplauso del público en la sala.

¿Qué hay más alla de esa línea del horizonte? El sol quiere abrirse camino entre las nubes. En el futuro, otros cineastas, aplausos renovados, nuevas historias. La ilusión genera ilusión. Es difícil escapar de ese bucle de ilusión, ganas y energía de la creación, aunque las condiciones de puesta en marcha de los proyectos sean complejas, esa espiral continúa. Tiene que continuar.

Maravilloso trabajo, necesario, el de un festival de cine: apoyar y generar ilusión, mantenerla, hacer que crezca.

La puerta de la terraza se abre. Hora de entrar en antena a hablar de cine e ilusiones, de la Semana del Cortometraje, justo el último día de proyecciones.

Una última mirada al horizonte y a los recuerdos. Plano a plano, la ilusión de los proyectos audiovisuales crece, se hace realidad. También pasa con los proyectos culturales de promoción del cine. Película a película, sesión a sesión, con la difusión se va generando un espacio más amplio de ilusión. Esa es la historia de la Semana del Cortometraje y de tantos festivales de cine: ganar, edición a edición, terreno a la ilusión.

Entramos en antena.

El domingo 19 de mayo, desde una terraza de la cadena Ser, antes de vivir la última entrevista de la Semana del Cortometraje en A VIVIR…, recordando los últimos años de este proyecto. Sintiendo LA ILUSIÓN.

EL GOYA Y LOS TACONES

•febrero 7, 2015 • Dejar un comentario

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30 metros pueden suponer un esfuerzo mayor que 30 kilómetros.

Los pies se mueven a un lado y a otro. Bailan en el hueco entre el asiento que ocupo y la butaca de delante. A un lado el pasillo. Siempre se ha rumoreado que si estás en el pasillo tienes todos los ases en la mano para ser uno de los nombrados. Será una leyenda.

Una de las cámaras se acerca y las palpitaciones aumentan. El presentador dice un nombre. Los pies frenan su baile.  Tú no sabes si tú eres tú, o estás suplantando a alguien. No distingues la realidad de la ficción, quizás todo esto es un decorado, a lo mejor una confusión, puede ser que estés viviendo una de las películas que te gustaría hacer.

Hay que arrancar del asiento y los pies se han paralizado, sientes debilidad en las piernas y mucha luz alrededor, demasiada luz. Atisbas sonrisas alrededor mientras arrastras los pies como si no fuesen tuyos, como si moles inmensas de piedra hubiesen ocupado su lugar. No sabes andar con tacones y eres demasiado consciente de que no sabes andar con tacones. Hay 30 metros por delante. 30 metros y puedes torcerte el pie, el tacón es alto, demasiado alto. Cambiarías esos tacones por unas chancletas si pudieses porque tienes el convencimiento de que te vas a caer. Presientes el objetivo de una cámara en la nuca. Una mala pisada, una caída y esa cámara grabará cada segundo de tu cuerpo desmoronándose al pie de la rampa que han colocado este año para subir al escenario. Esa rampa es el Everest y tienes que subir el Everest con los tacones que en cualquier momento pueden partirse en dos y entonces  rodarás y te llevarás por delante esa cámara que presientes tan cercana. Y subes y aunque avanzas, ves a la presentadora cada vez más lejos, va empequeñeciéndose metro a metro. Y parece que tu cuerpo no responda a tu esfuerzo, inmenso, por subir y por hacerlo deprisa. Las moles de granito de tus pies parecen haber tomado el mando del resto de tu cuerpo. Los músculos responden lentamente, sometidas al esfuerzo de la subida (el Everest es mucho Everest) y de la mole de piedra de los pies que parece anclarte en el suelo e impedir el avance. Cada metro es un reto.

Subes con un esfuerzo ímprobo y, una vez en el escenario, los pies parecen volver a su sitio. La presentadora te cuchichea que seas breve y te das cuenta de que en el trayecto de esos 30 metros/kilómetros, no has podido pensar nada más en los tacones y en la mole de tus pies y que ahora la cabeza tiene que ser rápida, como no lo han sido los pies en la subida. Y, como si alguien dictase las palabras que dices, van surgiendo rápidas las ideas que tantas veces has pensado, se plasman en un par de frases de agradecimiento y de petición de apoyo al género documental. Y, acompañada del jefe de producción del cortometraje, que ha seguido tus pasos como ha podido, respiras hondo porque vuelves en ti. Los tacones ya no importan. El Everest queda atrás y sientes un enorme alivio acompañado de una alegría inmensa. Ahora saldrás de allí a celebrar con el equipo. No sabes que aquello no ha acabado, que abandonarás el escenario, entrarás en un ascensor y te llevarán por un pasillo al espacio de prensa y que allí los focos volverán a inundarlo todo y que aún tardarás un rato en dar un abrazo a los tuyos y al equipo y a celebrar.

Pero los pies, ya sientes los pies. Ya eres tú y nada importa, ni caerse de los zapatos de tacón. La estatuilla parece volar en tus manos mientras atraviesas pasillos y flashes.

Dedicado a los compañeros del cine, especialmente de las categorías de cortometraje que hoy tienen los nervios de saber si subirán o no a recoger un Goya. Recordando una ceremonia de hace unos años, cuando “Confluencias” tuvo el Goya al Mejor Cortometraje.

HUÉRFANOS

•octubre 14, 2014 • 2 comentarios

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Hay gente que nace a golpes, crece a golpes, muere a golpes. Su vida choca contra una hilera infinita de muros y acaba dándose de cabeza contra una de las piedras de la pared de alguno de ellos. La pobreza es la primera barrera, luego las demás se multiplican en una espiral que parece irrefrenable.

Ayer. Televisión. Noche. La imagen de un niño.¿Seis, ocho años? Tirado en la calle, como un perro, mucho peor que un perro, aislado detrás de una esquina. La multitud al otro lado. Sin acercarse.

Ese niño negro, pobre, enfermo de ébola (¿peste?), vivió mucho, lo peor, la miseria propia y la ajena, sobre todo la ajena, tirado en ese callejón de muerte. Quizás vivió toda una vida larga, eterna, en el tiempo, horas, días, lo que sea, en que estuvo solo, agonizando, tirado en la dureza de una acera de mugre, de la mugre que hay al otro lado, no de la calle, de todas las calles, del mundo. Porque el mundo entero es la negrura infinita si ese niño, esos niños, esas personas, abandonadas, mueren en la soledad de todos, de todo. En el destierro inmenso de la humanidad. En un callejón, en un país, en otro, por una enfermedad, por un virus, por otro. SOLO. SOLOS.

¡Qué paso por el mundo el de ese niño muerto solo en esa acera negra! Sintiendo el terror de la lejanía de todos, además de la enfermedad y de la cercanía de la muerte.

Me disculpáis este breve exabrupto. Unas fuentes dicen que son 4.000 los huérfanos del ébola, otras dan cifras más altas. La tragedia dentro la tragedia. Una tragedia que llega a las noticias, ¿cuántas no lo hacen más allá del ébola, en guerras desconocidas de rincones recónditos?

¿Cómo se puede preservar la infancia de tales negruras? Cada cual verá o no si hay respuestas.

El carrusel gira y vamos dando vueltas, día tras día, sin dedicar demasiado tiempo a mirar alrededor. Y la vida, mientras, juega  con una baraja marcada.

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Enlace noticia:

http://www.lasexta.com/noticias/mundo/unicef-alerta-que-son-cerca-4000-ninos-huerfanos-ebola_2014101300302.html

BOYHOOD

•septiembre 20, 2014 • Dejar un comentario

“…Es que esperaba que hubiese más…”

Una mujer de mediana edad rompe a llorar ante su hijo, a punto de irse de casa camino de la universidad, después de hacer ante él un rápido repaso por su vida, para explicar con esa frase sus lágrimas.

Esas palabras, como muchas otras, como muchos momentos de la película, golpean al espectador, que asiste al apasionante desarrollo de la vida de esa familia desde dos horas antes.

…esperaba que hubiese más… Y cada espectador desde su asiento se plantea si él también esperaba más, si el tiempo se ha ido poco a poco, engullendo ilusiones que no parecen ya posibles. ¿Aún hay posibilidad de ese algo más?

Es una frase de “Boyhood” de Richard Linklater: un peliculón. En resumen. Y lo es porque ha conseguido atrapar algo extremadamente difícil, todo un conflicto vital, el del paso del tiempo. El hecho de rodar a lo largo de 12 años la historia es un elemento que ayuda a este logro, pero no sería posible sin la estructura férrea creada por el director, en la que las elipsis están maravillosamente ideadas, las secuencias están trazadas sin adorno alguno y la verdad de los personajes se persigue con todos los elementos que el cine puede utilizar para poner en escena una historia.

La historia de este niño, Mason, y su paso a la adolescencia y a la juventud, y de su familia, te clava en el asiento porque aunque retrate una familia americana, los hitos del crecimiento, las inquietudes y las grandes preguntas de Mason, de los que le rodean, llevan al espectador a la evocación de los grandes momentos de los pasos de cada uno desde la infancia a la entrada en el mundo adulto.

Un barrio de Madrid, Malasaña. Un piso de una calle popular. El eco de la
Gran Vía cercano. Todo muy alejado del marco de la familia de Mason y, sin embargo, “Boyhood” me llevó, una y otra vez, a lo largo de su metraje a los territorios de mi infancia, a las grandes preguntas de un tiempo en el que el cuaderno de la vida tiene aún muchas páginas que completar.

Nota: Para los muy interesados, recomendamos el pormenorizado análisis que ofrece la revista Caimán Cuadernos de Cine en su número de septiembre.

DEPRESIÓN “POSTPARTO”

•septiembre 15, 2014 • Dejar un comentario

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Una calle estrecha. La sombra del atardecer cayendo sobre fachadas de casas bajas. Al fondo, un monte verde iluminado por un sol anaranjado que anuncia el declive del día. La cámara graba el último plano de la jornada, también el último plano de los días pasados en un pequeño pueblo alcarreño, que se pierde al final de una estrecha carretera. Allí empezamos hace ya un año nuestro rodaje, de días espaciados a lo largo del tiempo.

A pesar de la discontinuidad del rodaje, la sensación es la misma que al acabar cualquier otro: vacío, inseguridad ante lo grabado y ante las decisiones del montaje que vendrá, pérdida de la emoción que supone el rodaje, con la espera e ilusión de los planos por hacer y la sorpresa ante lo que ocurra en las horas intensas de grabación.

Sentimientos contradictorios. El material está completo y pocas cosas importan y deseas más que tener la grabación cerrada cuando aún queda rodaje por delante. Sin embargo, al finalizar sientes una mezcla de vértigo y nostalgia. La “depresión postparto” acecha con frecuencia tras los rodajes y supone mucho más que cansancio después de un gran esfuerzo emocional y físico.

El descubrimiento que se hace de facetas de uno mismo durante esa intensidad casi siempre es denominador común. Sorprende y es difícil renunciar a esa sensación a veces de cambio, de superación, de descubrimiento de un caleidoscopio nuevo de matices y sensaciones.

Hoy, desde Madrid sigo paseando las calles de ese pueblo y dibujando los rostros que se han dejado fotografiar para “Demolición”, nuestro cortometraje, una pequeña pieza que será obra de la gente que vive allí, abierta, habladora y afable. Se han hecho querer y les queremos. También recordando épocas lejanas, que no hemos tenido oportunidad de vivir, pero que fueron coetáneas de algunos familiares. El pasado y el presente han jugado a confrontarse en algunos planos. En esta primera jornada tras el final de la grabación la memoria gira en espiral y me devuelve una y otra vez a aquellas tierras alcarreñas. Queridas tierras.

Y entre las imágenes que se repiten y juegan entre ellas a montar mil historias en mi cabeza, hay una que cobra más y más importancia: una reja en la fachada de una casa… Pero no entremos en esa historia, que intentará contar más adelante “Demolición”, después de toda la etapa de postproducción. Aún mucho camino y muchos descubrimientos por delante.

NUBES DE DOMINGO

•agosto 3, 2014 • 2 comentarios

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Las nubes avanzan en el azul de la tarde de domingo. El verano es menos verano este año. El calor ha dejado paso a una brisa mantenida que lleva acompañándonos casi toda la estación. El verano es suave casi un inicio de otoño.

El sol va olvidando la intensidad del mediodía. La ciudad adormece en el naranja de la tarde estival. Detrás de cada ventana, de miles de ventanas, un puñado de historias, rosas y cuchillos de realidad, esperan que alguien se acerque con su pluma, con su cámara, con su pincel, con músicas y sonidos, para arrancar un pedazo de verdad que se asemeje a los sucesos, los relatos personales que, día a día, en la rutina, van hilándose detrás de cristales y persianas.

La realidad es inabarcable, así es que uno deja de mirar a pie de tierra y bucea en las alturas del cielo. Las nubes narran historias que han visto en territorios lejanos, las que han oído en las noches de desiertos y valles, las que han imaginado entre las luces y las sombras de montañas y océanos.

Esta tarde las nubes son blancas, pequeñas y regordetas. Parecen pastelillos de nata que nos atraen desde el vértigo de la distancia.

El domingo es muchas cosas. La tarde de domingo es el latido inicial de la semana, la cumbre que se asoma al acantilado. Pero la mañana de domingo es luz, nubes y tebeos. La luz de la infancia. La luz de mi padre llevándome de la mano hacia el quiosco del barrio. El tebeo de la semana, que querías leer ya sin despedirte de Ramón, el quiosquero. Pero, sobre todo, las nubes.

El domingo por la mañana era jugar con las nubes desde el banco del parque, de cualquier parque, después de leer el tebeo. Adivinar formas. Imaginar animales portentosos, buscar los perfiles de gente conocida o desconocida en los recovecos algodonosos.

Los domingos por la mañana eran de mi padre y las nubes. Mi padre, que me enseñó a buscar en el cielo lo que no estaba en las calles del barrio.

Pasados los años, los domingos por la mañana son de las nubes que enseñan a viajar a territorios inexplorados, a imaginar historias que se balancean en el andar rápido de aquel cúmulo, a buscar relatos que sueñan ser contados.

 
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