14 “SEMANAS”…

•mayo 20, 2012 • 1 comentario

Pasan rápido los años. Apenas nos damos cuenta y todo ha cambiado.

Este año la Semana del Cortometraje cumple su 14º año. Ya se encuentra en la adolescencia. En poco tiempo, la mayoría de edad.

Recuerdo mi primer año en la “Semana”. No fue fácil. En Atocha se produjo el desastre, la tragedia. Las actividades se detuvieron y se retomaron un poco más adelante. Fue un duro inicio, aunque nada grave ante lo sucedido. Luego la “Semana” parece haber tomado vida propia y ha ido creciendo y creciendo.

La “cosecha de cortometrajes” de cada temporada ha tenido siempre sorpresas. Por el escenario del Cine Bellas Artes han desfilado buena parte de los cortometrajistas más destacados del momento. Allí les hemos visto presentando sus cortos con emoción, con alegría.  Más de 500 cortometrajes han pasado por ahí desde aquella época. Un lujo.

Porque hacer una película tiene algo de mágico y llegar a exhibirla y poder hacerla llegar a espectadores tiene algo de milagro.

Pero, claro, las proyecciones de nuevos cortometrajes madrileños fueron el inicio. Poco a poco, abrieron el camino para nuevas actividades. Era necesario crear puntos de encuentro profesionales, actividades formativas, llevar el cortometraje a los niños (en bibliotecas, en centros culturales…), proyectar cortos donde habitualmente no se han exhibido nunca (este año las cárceles).

Poco a poco, los festivales inventan un mundo, generan expectativas, provocan al público. Eso tratamos todos los años, en nuestra pequeña escala, desde la Semana del Cortometraje.

El equipo es pequeño, pero todo un lujo. Producir un evento en 46 espacios con un equipo reducido solo se puede hacer desde la profesionalidad y el entusiasmo.

Y aquí estamos. Ante la 14ª Semana del Cortometraje a punto de comenzar. Nos esperan días complicados, divertidos, apasionantes. Nuevos cortometrajes; homenajes a Pepe Jordana y Siminiani; Oberhausen y Sitges como festivales invitados; encuentros de directores y de productores y guionistas; talleres, sesiones especiales en más de 40 espacios… Intensa semana.

Y antes de empezar los pensamientos se agolpan: ¡Qué campo tan amplio hay para promocionar el cine, el cortometraje! ¡Qué suerte trabajar en la promoción de cine! Un privilegio. Un placer.

En el cortometraje está la cantera, vamos a descubrir la “generación 2012 madrileña”.

Grandes películas de formato corto.

¿Conocéis el mundo del cortometraje? Pues no lo dudéis, acercaros y no lo dejaréis nunca.

AMORES MÍNIMOS – RELATO 20 – SILENCIO

•mayo 20, 2012 • Dejar un comentario

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Nada más allá de nuestra distancia.

Eres una mirada ajena, un espejismo que vive en el cuerpo de un viejo amante. No eres nada.

Camino por los territorios de antaño, las calles de la infancia de los sentimientos. Busco a aquel que fuiste, a aquella que te amó, la vida que ya no es.

No estamos.

En mi caminar me cruzo con una chica de poca edad y teléfono ultramoderno.

“Te quiero tanto que me duele” dice hablando al viento, mientras camina con paso de galgo.

Sorprendida, me detengo y la observo. Continúa hablando mientras su andar avanza casi a ritmo de saltos. Su conversación, lejana, deviene en un rumor confuso. Su frase, esa frase, se ha esparcido en el aire de esa esquina que tantas veces hemos andado tú y yo, querido extraño. No hay más palabras que esas palabras.

“Te quiero tanto que me duele”

El eco de cada sílaba atraviesa las verjas de cada balcón, solivianta las aceras, detiene el paso de los automóviles que vagan sin rumbo en este barrio antiguo, bello. Todo se detiene, hasta el murmullo de los televisores más allá de las fachadas. Este pequeño mundo que fue tuyo y mío parece respetar ese mensaje de puro amor colgado del viento.

La chica desaparece a lo lejos y, sin embargo, pervive su ardor en el silencio.

Y esa frase me impregna y solo quiero volver quererte de esa manera rotunda. Tirarme como antaño al abismo de tu presencia.

Camino saltarina buscándote detrás de las esquinas, rescatando aquel tú que eras tú, aquella que era yo. Vuelve a mí, la punzada, el delirio.

Porque “te quiero tanto que me duele”.

BERLIN / DOCUMENTA

•mayo 5, 2012 • Dejar un comentario

Berlín es la nieve. Berlín es un muro ausente, una puerta que ya no divide, una escultura que es un cementerio, un festival de cine que aterriza cada año en la nieve.  Modernidad. Austeridad. Recuerdo de lo que nunca debería haber sucedido. Tantas cosas. Berlín.

Agua. Formas geométricas cercanas a la experimentación. Unos raíles avanzan vertiginosamente ante los ojos de un espectador. Aspas de señalización de vías. El tren avanza hacia una ciudad, Berlín, protagonista de una película muda realizada en 1927 por Walther Ruttman, a partir de un guión suyo y de Karl Freund: “Berlín, sinfonía de una ciudad”.

Ruttman era pintor y parece haber planeado minuciosamente cada encuadre de esta película, que incluye proliferación de encadenados y efectos de truca. Traza un recorrido de un día en la vida de la ciudad y de sus distintas clases sociales. Nos sumerge en aquel tiempo y nos traslada de escenario en escenario dejándonos apreciar los aciertos estéticos del director que incide en elementos que nos fascinan: los anuncios luminosos, los planos de pies o las ventanas realizando un juego de combinaciones geométricas.

Si no habéis tenido oportunidad de ver esta película no dejéis de hacerlo. En ella encontraréis elementos visuales de una modernidad apabullante, os toparéis con la belleza, el arte, el CINE con mayúsculas.

Hace dos días los espectadores de la gala de inauguración de Documenta Madrid 2012 volvimos a disfrutarla acompañada por la música de Clint y la Funeral Band -extraordinaria banda-. Fue el comienzo de la edición de un festival que nació en Madrid hace ocho años, con una especialización clara, el cine de no ficción, y que ha logrado, a partir de un trabajo cuidado de programación, un merecido lugar en el panorama de festivales nacionales e internacionales.

Documenta Madrid es un certamen necesario, imprescindible, que nos invita hasta el 13 de mayo, a conocer una selección importante del cine documental actual.

No podemos dejar de asistir a Documenta Madrid. Allí nos vemos estos días.

www.documentamadrid.com

BIBLIOTECAS

•mayo 1, 2012 • 4 comentarios

 

Observar por el agujero de la cerradura otras vidas, de ficción, reales;  descubrir el conocimiento que otros han ido acumulando; contemplar lugares que no llegaremos nunca a visitar;  realizar un viaje en el tiempo a épocas lejanas.

Los libros.

Leer. Respirar entre línea y línea y encontrar aquello que el escritor deja en suspenso. Vivir vidas paralelas en silencio. Un remedio para conjugar la soledad, los miedos, la zafiedad de un presente que, en ocasiones, parece vaciado  de futuro.

Las bibliotecas, contenedores de ilusión,  guardianas de vidas, de esperanza y proyectos.

Paseando por ellas puede ocurrir que oigas la llamada de un libro,  el susurro de un personaje, de un autor que reclama tu compañía desde una estantería. Hojeando un libro puedes descubrir que el mundo, a veces, transita con más veracidad por sus páginas que en la rutina de la vida real. Leyendo puedes ponerte el mundo por montera.

Dar un paseo por una biblioteca es una osadía, es atreverse a recorrer el mundo visitando tan solo un edificio. Es buscarse a si mismo. Es jugar a imaginar qué leerán los que, sentados en silencio, parecen beber con los ojos el papel que exploran.

Me gustan las bibliotecas. Durante años he trabajado en centros de documentación y, en paralelo, he rodado cortometrajes y documentales. Me gusta visitarlas en las ciudades a las que viajo, conocer como la arquitectura, muchas veces, facilita ese viaje interior, necesario, al conocimiento del mundo y de uno mismo.

Viajar en los libros y fuera de los libros provoca tolerancia y empatía, además de conocimiento. Refugio y asidero, como también lo son el cine, el teatro, la música, las artes plásticas… Sin embargo, los libros juegan con ventaja, lo atesoran todo.

Hace poco visité la biblioteca del TEA (Tenerife Centro de las Artes). La modernidad, la funcionalidad y la atracción del lector van de la mano en centros como este. Las bibliotecas avanzan. El libro, en papel, en formato digital, continuará siendo acicate de un viaje personal en el que cada uno es su propio capitán.

 

 

 

 

AL OTRO LADO

•abril 28, 2012 • 2 comentarios

 

Sobre un fondo neutro posan una muñeca y una niña.

La postura ha sido preparada por el fotógrafo. La muñeca, la preferida de la niña, está perfectamente colocada. La niña, con las manos sobre las piernas cruzadas atiende puntualmente las instrucciones de la voz al otro lado de la cámara. Sin embargo, en el momento del disparo, la foto cambia con la mirada de la niña, curiosa, que traslada su atención a algo situado fuera de campo.

La niña que mira hacia otro lado soy yo. El fotógrafo era mi tío. No tengo recuerdo de qué pasó en aquel otro lado, dónde se desplazó la mirada. Pero precisamente es esa mirada la que hace que me reconozca en esta foto de una niña de rizos y muy pocos años.

 

 

LAS CIUDADES A MEDIODÍA

•abril 15, 2012 • 2 comentarios

 

Sol suave. Nubes blancas e intensas más allá de la llanura, cerca de montes que cierran el horizonte. Postes. Caminos. Bandadas de pájaros. Y más postes seguidos de un paso a nivel.  Más de 250 km/hora de velocidad. Volando sobre el suelo el tren avanza hacia Zaragoza.

Viajes de trabajo, que no son viajes y que no son trabajo cuando el cine se confunde con la vida y la atrapa.

Llegas a una estación creada años atrás en una época en que íbamos a comernos el mundo. Enorme, un tanto desierta. Después, recorres l a ciudad en un taxi mirando el reloj. La ciudad que se atisba, pero no se vive. Esa sensación que acompaña tantos viajes.

El acto ha comenzado. La sala oscura. En la pantalla,  jóvenes hablan a cámara explicando qué supone para ellos hacer cortos en el instituto. Se suceden experiencias de vida que pudieron no existir pero que han dado luz, trabajo en equipo, diversión e imaginación a la adolescencia de muchos. El cine como herramienta de aprendizaje de otras materias (*) y del propio cine. En el descanso nos mezclamos entre chicos y chicas que se encuentran, que están nerviosos, que tienen ganas de grabar nuevas historias. El cine y el audiovisual como impulso de la creación, del conocimiento del mundo y de uno mismo. Como vida.

Más cortometrajes. La emoción vence a la técnica. Hay algo bello e indefinible en los trabajos primerizos de equipos tan jóvenes. La ingenuidad, maravillosa, imposible de imitar, llena la pantalla a ratos. La capacidad de analizar, sintetizar y transmitir un mensaje te emociona en la butaca.

Y llegan los premios y sientes que los galardones “institucionales” rompen el juego de la emoción. Toca trabajar, con gusto, pero con nervios. Nunca llegará el escenario sin alteración, ya lo has desechado. Agradeces de corazón y piensas de verdad que estas actividades que vinculan cine y jóvenes son las más importantes: para formar espectadores pero, sobre todo, para formar personas que analizan, crean, saben decodificar una imagen,  crearla, componerla, mimarla, quererla. Aprenden a amar el cine y la vida.

A continuación sigue la fiesta, los verdaderos premios, los de los institutos. Desfilan clases de chicos y chicas alegres que reciben vítores,  aplausos, emoción y premios. Acompañados de profesores entusiastas que nunca recibirán suficientes vítores, aplausos, emoción y premios.

Sales de allí contagiada de entusiasmo y sobre la ciudad late un gris que no te afecta. Vienes de la emoción, de conocer que el trabajo de formación cinematográfica da frutos, que no hacen falta estadísticas, que para saberlo sólo hay que entrar en una sala con quinientos alumnos que han tenido la oportunidad de acercarse al cine, de vivir un trabajo de cine.

Y caminas con paso ligero, pero sin rumbo fijo por el centro de la ciudad. Frente a lo que acabas de vivir vienen a tu cabeza los titulares de los periódicos de los últimos días. “El cine se acaba”… una forma de hacer cine probablemente,  tendrá que hacerse con un esfuerzo que seguramente será bastante superior al de otras artes, al de otras industrias culturales, pero se seguirá haciendo cine. Caminas bajo unos arcos mientras empieza a caer una lluvia fina. Decides que no quieres pensar ahora en lo ocurrido en los últimos días y llevas la cabeza  a tus relatos, a jugar a imaginar.

Alguien camina tranquilamente bajo unos arcos como los que atraviesas. Una motocicleta sale de un lateral de repente. El conductor arranca el bolso de la mujer que camina. Cae al suelo. Manido, muy manido. Mejor ella camina despacio porque va al encuentro con alguien a quien teme. No quiere llegar. De repente, alguien, por detrás, pone la mano en su hombro. Sonríes. No parece buen día para la imaginación. Hoy toda parecía estar concentrada en un salón de actos unas manzanas más allá, hace un rato.

Ves que, como la protagonista de este relato que no llegas a imaginar, caminas sola bajo los arcos. Es la hora de comer. Las ciudades a mediodía descansan. Es una buena hora para caminar y conocer en solitario.

Miras el móvil. Lástima. Hora de regresar a la estación y volver a Madrid.

En el trayecto, lees, envías mensajes y evitas que esa preocupación por los titulares de los días anteriores ocupe tu cabeza. Está ahí,  pero no quieres dar vueltas sobre el tema.

El paisaje se sucede y no puedes evitar mirar de tanto en tanto la ventanilla y observar cómo la velocidad hace morir el paisaje que parece un decorado visionado a una velocidad inadecuada en un monitor de vídeo.

Antes de llegar a Madrid el tren aminora la velocidad. La ciudad se va acercando. Las vías parecen una senda que hace preguntas. No hay respuesta.

¿O si?

Levantas el móvil y grabas una imagen de vías, graffitis  e incertidumbre. Como la vida. Madrid se anuncia.

“Do not forget to take your personal belongings with you”

En Madrid.

 

 

(*) Los institutos aragoneses compiten en el certamen “Cine y Salud”, este post lo escribo, con agradecimiento, después de acudir a la entrega de premios  2012 y vivir con ellos esa entrega en la que, además, la Asesoría de Cine de la Comunidad de Madrid recibió el Premio Ámbito Latinoamericano.

EL ÁRBOL – RELATO 21 – AMORES MÍNIMOS

•abril 8, 2012 • 6 comentarios

 

Soy un árbol que abraza. Extraños y paisanos vienen a mí en busca de sosiego. Me han convertido en una leyenda. Extienden los brazos e intentan rodearme, aunque no sea posible. El perímetro de mi tronco, enorme, algunos dicen que majestuoso, se alza en el centro de un parque cercano al mar. Rodeado por otros árboles y una vegetación que recuerda al trópico, oigo un distante rumor de olas. El mismo viento que azuza el agua del mar provoca el baile de mis hojas articulando sonidos evocadores.

De noche, vigía del sueño, abrazo la imaginación de los que me visitan y admiran.

De día, mudo en oidor de conversaciones, fisgón de caricias, hechicero de los amores que se tejen bajo mi inmensa copa.

Mi existencia de observador, ya centenaria, ha ido de la mano del descubrimiento de miles de historias de amor, soledad, dolor, melancolía, desamor, rabia, alegría.  Historias de vida y también de muerte que, paciente, siempre espera.

En el centro del parque se yerguen mis ramas que hoy, en esta débil luz de otoño, lucen sin apenas hojas.

Suena la campana de la catedral.  Hoy  su tañer no expresa vida. Con la contundencia de cada repique revive un recuerdo que hiere, reseca mi savia, marchita y hace caer mis últimas hojas.

Otro sonido, el del susurro lejano del mar me traslada a una mañana de un invierno alrededor de sesenta años atrás. Yo era un árbol aún joven. Muy temprano  una mujer abrigada, con un pañuelo en la cabeza, atravesó sigilosamente el parque, desierto, y se dirigió a mi temblorosa. Se quitó el pañuelo, que enmarcaba un rostro en el que la viveza de los ojos parecía disfrazar la perfección de las facciones. Su pelo brillaba con afán bajo  aquella primera luz del día. Adela era muy joven. Aquel día acababa de despedir a su marido que partía obligado al frente. Se habían casado tan solo meses atrás. Durante cuatro años, los que duró aquella guerra disparatada,  Adela vino a verme cada mañana muy temprano.  Atravesaba el parque a buen paso, abría los brazos y se agarraba a mi tronco en un abrazo en el que dejaba aflorar sin fingimiento el dolor. Era aquel un instante de sosiego en mitad de un día a día en el que las circunstancias no permitían exponer públicamente determinados sentimientos. Arrebujada contra mí, se dejaba ir y  lloraba.

El tiempo pasó y acabó el horror de aquella guerra, pero el marido de Adela no pudo regresar. Soldado del bando vencido, fue encarcelado, tardó años en volver a casa y, cuando lo hizo, su debilidad era tal, que poco tardó en morir. Adela continuó visitándome cada mañana, año tras año. Nunca perdió la costumbre de abrazarme al amanecer. Su abrazo cobró mayor intensidad con el paso del tiempo. A veces, todo sucedía en silencio. En ocasiones, Adela susurraba algunas frases sobre su amor perdido. Sentir mi abrazo probablemente significaba,  además del consuelo que no podía encontrar alrededor, aferrarse a una fuerza de la naturaleza, a la vida.  Ser cobijo de ese amor truncado ha sido el sustento de mi savia a lo largo de todos estos años.

Las campanas tocan a difunto. Ha muerto mi amante Adela. Una mujer que me abrazó, a la que abracé durante setenta años, durante los que se proclamó una guerra, seguida de una paz que convirtió a Adela  en la mujer del enemigo, del traidor y se sintió menospreciada, señalada, vejada. No tuvo grandes oportunidades de marchar pero, a pesar de todo, tampoco quiso nunca abandonar esta tierra donde una noche enterró a su amor en silencio, hace más de cincuenta años. Dejó que el tiempo transcurriese  por ella y por los demás hasta que el olvido imperó  sobre episodios lejanos de guerra, posguerra y odio.

Hoy  la vida que no llegó a poder vivir ha dejado paso a su muerte. Hoy se ha ido mi amante, ya anciana, tan hermosa como siempre. Recordaré los pasitos ligeros que la traían a mí en sus últimas visitas. Su pelo blanco enmarcando un rostro de ojos vivos, a pesar de la enfermedad, de la cercanía del final. Sus brazos rodeándome, despidiéndose de mí, de la vida.

Hoy, mañana, en el futuro, me visitarán muchas otras personas. Lo sé. Seguiré sintiendo en el abrazo de cada uno el pulso de la existencia humana, tan frágil. Pero mi tronco guardará la memoria del abrazo dulce de mi amada Adela, su historia, que fue la de muchos amores truncados en tiempos de guerra.

Alrededor, en este parque, el tañer de las campanas no ha detenido la vida. Mis ramas siguen enhiestas, danzando al ritmo del viento, a pesar de la tristeza.

Un poco más allá un niño rubio juega con una pelota. Calcula mal el golpe y propina un balonazo a una niña que, inmediatamente, rompe a  llorar. Se acerca a ella compungido. Se miran. La niña sonríe entre lágrimas.

Cerca de mí un señor maduro sentado en un banco observa  a una señora madura sentada dos bancos más allá. Pasarán algunos días y, probablemente, sentados juntos, conversarán y reirán.

La gente pasea, se sienta al sol, juega, seduce, disfruta. Pasan las horas y el mundo sigue andando a pesar de la ausencia de Adela.

Cae el día, aciago. El parque enciende sus luces. La gente abandona el lugar y la soledad toma el relevo de la multitud.

En medio del silencio de la recién llegada noche, una joven de ojos grandes y tristes atraviesa el parque y se dirige hacia mí con paso grácil de bailarina. Me abraza. Su cuerpo, casi desfallecido, se desploma sobre mi tronco y transmite todo el sentimiento que oculta. Dolor y pérdida. Mis raíces vibran con ese abrazo prolongado, veraz, emocionado, que emula otros abrazos que han pasado hoy a ser únicamente recuerdo. Al cabo de un rato se aleja de mí con el paso lento y  la mirada serena.

Como Adela, mi querida Adela.

La vida continúa. Unos suceden a otros. El juego del tiempo avanza, nunca se detiene.

Soy un árbol que abraza. Tierno, austero, frágil, vigoroso. Tuve suerte. Sentí el abrazo cálido de una mujer durante sesenta años. Reviviré su abrazo cada vez que alguien me rodeé con vehemencia, como hace unos instantes, aunque hoy, mañana, durante mucho tiempo,  recuerde con amargura y mi tronco exhume humedad por los poros de su madera.

Soy un árbol que abraza, aunque hoy llore en silencio, mientras la ciudad calla y duerme.

 

 

 
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